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La vida en estado puro

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Todo tiene un tiempo y un lugar; unas épocas y etapas en la vida de los seres humanos, aunque muchos de ellos no han podido tener la oportunidad de poder ni tan siquiera acariciar las sensaciones que la vida te ofrece en todas sus consecuencias naturales. Ese tren de la juventud que pasa por vez primera en la vida de todo ser viviente es único e irrepetible; almacenado de ilusiones, objetivos y metas, aunque muchas de ellas no logren consolidarse por unas series de circunstancias provocadas por el propio ser humano y por el destino natural de la vida.

Los años te hacen más reflexivo, responsable y comprometido con lo que cada uno haya querido obtener de la vida. Toda esa experiencia acumulada que la vida ha querido darte, te obliga hacer más desconfiado, motivando confiar más en ti y menos en los demás. Las desilusiones emocionales son las heridas más grandes que dejan huellas en tu corazón, especialmente si vienen de aquellas personas en las que tú habías depositado toda tu confianza, admiración y respeto. Sin duda, todos cometemos errores y no estamos exentos de defectos, pero cuando las acciones humanas se llevan a cabo a través de las estrategias o de las influencias de los demás, no te permite ver más allá de tus propias convicciones.

El pasado ya está pagado, puede que las heridas hayan dejado cicatrices, pero las cicatrices están ahí sólo para recordarnos que solamente somos humanos. Dios no nos ha dado el espíritu de cobardía; sino de poder de amor y de dominio propio. Esta hermosa frase me la regaló mi hermana, Mari Lutzardo. Es hermoso poder contar que hubo un antes y un después en la vida de todo ser humano, pues ello significa que has vivido lo suficiente para poder contarlo.

Rafael Lutzardo

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