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La visita ecológica de Al Gore

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Hijo de senador, Al Gore parece responder a una trayectoria programada casi desde su nacimiento para realizar una carrera política con meta final en la Casa Blanca. Estuvo a punto de conseguirlo cuando ganó Bush en 2000, seguramente de mala manera. Estudió en la Universidad de Harvard, cumplió el servicio militar en Vietnam, llegó al Congreso por Tennessee en 1976 y resultó elegido dos veces al Senado (1984 y 1990). Durante su época como segundo de Bill Clinton, negoció el Protocolo de Kyoto. Recortó todo lo que pudo los acuerdos en beneficio de las grandes empresas estadounidenses, pero también es cierto que Clinton firmó el protocolo cojo. Quien descolgó a Estados Unidos del acuerdo internacional (si recuerdo bien) fue el Senado estadounidense, de mayoría republicana, que decidió no ratificarlo. Durante una entrevista publicada el pasado mes de diciembre, Al Gore reiteró su idea principal. El cambio climático es la mayor amenaza para la humanidad. ¿Mayor que el terrorismo, el peligro nuclear, el hambre, la pobreza? “Sí, porque como especie la humanidad podrá sobrevivir tal vez incluso a otro conflicto generalizado, pero la humanidad no podrá sobrevivir a los efectos del calentamiento global si no lo detiene a tiempo”. Vale. Ya existe consenso sobre la gravedad de la situación presente y el futuro que Al Gore presenta como catastrófico. También forma parte del conocimiento común otro de los puntos señalado por el dirigente estadounidense en Madrid. A saber, Estados Unidos posee los índices más altos de emisiones de dióxido de carbono (CO2). China, por ejemplo, no se portará de forma responsable mientras no lo hagan los desarrollados. Los consensos sobre el diagnóstico son hoy, por lo tanto, casi universales. Sin embargo, las soluciones permanecen arrinconadas en el limbo o presentan como gran éxito aquel Protocolo de Kyoto que, digámoslo de una vez, de ninguna manera ha detenido o disminuido una destrucción cada vez más veloz. Al Gore merece la siguiente pregunta. Si usted considera tan grave el cambio climático, ¿por qué no hizo más cuando estuvo en el poder del país más poderoso del planeta? Aunque lo parezca, una pregunta de este tipo no pretende emprender un ataque personal contra el profeta del ecologismo tardío. Como siempre, lo importante sería la respuesta. ¿Es posible adivinarla? Quizás lo ataron de pies y manos las mismas empresas estadounidenses enemigas de cualquier medida que recorte sus beneficios. Las mismas que liquidaron, vía Senado, el Protocolo de Kyoto. Las mismas que hoy cuentan con el favor de Bush. Quizá por eso Al Gore centra el mensaje en ofrecer sanos consejos a gobiernos, empresas y consumidores, porque conoce de primera mano que quienes detentan el poder formal están supeditados o maniatados por esas corporaciones. Las exhortaciones de Al Gore promocionarán su figura y promoverán cierta conciencia ecológica, pero hoy su eficacia roza el cero matemático. Me parece. Los buenos consejos sirven poco o nada para superar los grandes males. Faltan los grandes remedios.

Rafael Morales

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