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A vueltas con Birmania

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Hace tiempo que, al calor del gas, reservas petroleras, piedras preciosas, madera de calidad y opio, la Junta militar acató la directrices neoliberales para construir una economía de exportación. Cierto que las privatizaciones, con beneficios preferentes para las empresas extranjeras (por cierto, Texaco-Total incluidas, además de chinas, indias…), se realizaron de un modo autoritario, basadas en la explotación infame de los trabajadores, provocando el exilio a más de dos millones de birmanos, con los salarios más bajos de la región, trabajos forzados, represión de las minorías étnicas, persecución implacable de la oposición política. Algunos olvidan el motivo inicial de las movilizaciones, pero conviene tenerlo muy presente: la eliminación de los subsidios a los combustibles el pasado mes de agosto, con el consiguiente aumento de los precios del aceite, los huevos, la carne de pollo. La escalada de la inflación, con un 35% de crecimiento medio en apenas unos días, cayó sobre las espaldas de los birmanos más pobres, la inmensa mayoría. Pero no se trataba de una recomendación china o india, sino el resultado de una sugerencia a cargo del Fondo Monetario Internacional (FMI) dirigida al Gobierno militar. La penosa fórmula para la población y peligrosa para los militares llegó, pues, de Occidente. Desconozco si las movilizaciones actuales lograrán suficiente fuerza como para conducir a Birmania a una verdadera apertura democrática, es decir la caída del régimen, el desarrollo de todas las libertades democráticas sin excepción, elecciones libres, la libertad de los presos políticos y propuestas económicas que permitan un mejor nivel de vida al conjunto de la población. Todas estas medidas supondrían una esperanza que además tendría indudables repercusiones positivas en sus vecinos igualmente expoliados. En cambio, los planes de las fuerzas exteriores con intereses en Birmania sí aparecen con claridad ante nuestros ojos. China (cuya influencia en la zona quiere frenar inútilmente Washington), India y Tailandia, prefieren los menores cambios posibles o, en todo caso, que no se altere el curso de sus negocios gobierne quien gobierne de ahora en adelante. Estados Unidos tampoco quiere que los birmanos vayan demasiado lejos con la apertura. Espera el fin de las movilizaciones pronto o en cuanto alcance algún pacto para una transición controlada. De ahí que busque un acuerdo de los militares con la Liga Nacional para la Democracia (LND), usando a la ONU como mediadora. Y esperando que los monjes budistas y los estudiantes rebeldes entren al trapo. La salida menos peligrosa para sus intereses sería la convocatoria de elecciones, que seguramente ganaría otra vez la LND, pero bajo la tutela de los militares, a quienes les garantizarían privilegios e impunidad por sus crímenes. Claro que la dictadura aceptó elecciones en una ocasión para desconocerlas después porque los resultados le fueron adversos. Esta operación no equivaldría a una ruptura real con la dictadura, pero sí a un nuevo reparto de Birmania entre las grandes empresas de las potencias extranjeras y la parasitaria burguesía birmana. Tampoco debe olvidarse que la LND ejerce como valedora de las fórmulas impresentables del Banco Mundial y del FMI. Cambiar algo para que todo siga casi igual, evidentemente. Pero el futuro puede depender más de las luchas del pueblo birmano, si continúan, que de las maniobras a sus espaldas. Al fin y al cabo, a esas movilizaciones corresponde el mérito de que la dictadura militar peligre, abriendo las puertas a la perspectiva de una vida mejor para millones de personas.

Rafael Morales

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