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Manolo Vieira, el hombre que caza realidades y sirve humor

EL HUMORISTA EXPLICA SUS VIVENCIAS MÁS TRÁGICAS

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Manolo Vieira fue un niño de la posguerra. En aquellos años de terrible y asfixiante atmósfera política y social ya recurría al humor para aislarse de ese ambiente. "Yo desde pibe era raro. Soltaban una frase y yo veía más allá y le buscaba la coña, creo que lo hacía como medio de defensa porque en aquella época todo eran responsabilidades", asegura. Y así, mientras sus amigos coleccionaban cromos él coleccionaba chistes que iba anotando en una libreta que aún conserva. El repertorio creció y con él Vieira, que se convirtió en padre de familia. Trabajaba como camarero en un bar y como "freganchín" en otro -el pub J.R-, un local que ofrecía actuaciones en directo donde el isletero saltó al escenario y se dio de frente con una profesión. "No es lo mismo contar chistes entre amigos en una boda que hacerlo ante un público, explica, hay unas técnicas".

Así fue como Manuel Vieira Montesdeoca, el camarero, pasó a ser Manolo Vieira, el icono que nos hacer reír destapándonos las vergüenzas, haciendo retratos de la especie humana con su don innato para la comedia.

Por eso y, según el jurado, "por haberse convertido en un punto de referencia de nuestra identidad y por su ejemplo de trabajo desde la base", fue por lo que le dieron una Medalla de Oro de Canarias hace ya cuatro años, en 2002, una distinción que el recogió como un regalo que te dan fuera de la fecha de cumpleaños. "Yo nunca trabajé en busca de un premio, el premio ya lo tenía, el que me daba el pueblo. ¿El por qué? Yo lo único que he conseguido es rescatar vocablos, reivindicar mi barrio y hacer reír", asegura.

Lo cuenta en su sala de humor, Chistera, el lugar donde cada año estrena su espectáculo. Un local canalla que hasta el 28 de noviembre acoge Hola ¿qui tal?, una obra que gira en torno a la labor del cómico. Un trabajo que Vieira resume en entretener y en trasladar al público fuera de su realidad cotidiana con imaginación y humor. Hola ¿qui tal? incorpora antiguos gags, una exigencia de los fieles del isletero. "Antes intentaba cambiar el espectáculo al cien por cien pero el público me decía: Coño Manolo ya no cuentas lo de antes. Muchos vienen a recuperar historias que oyeron y le gustaron", comenta.

Las historias de Vieira cuadran en todas partes pero tienen un epicentro, La Isleta, ese barrio que él ha diseccionado como un médico, analizado como un psicoanalista y retratado como un pintor para ofrecérselo al público en clave de humor. A Manolo le cuesta vivir sin sus lugares de siempre. "Aquí me tira la familia, la playa y los amigos. He vivido mucho tiempo en Madrid pero prefiero estar aquí, en cualquiera de las islas, pero aquí".

A su forma positiva de ver las cosas no contribuye el clima político y social que se respira en las Islas. Corrupción y racismo no pasan por alto en su último espectáculo. Si sobre la primera opina que es una mal que "todos sospechábamos que existía", sobre el segundo se muestra más crítico y arremete contra la falta de memoria histórica de los canarios. En Hola ¿qui tal? va más allá e invita a los xenófobos a expulsarle del Archipiélago. "Si ustedes se ponen radicales con esto de la inmigración a mí me mandan a la mierda porque yo soy nieto de portugueses", advierte.

En La Isleta o fuera de ella las historias de Carmelito, Marujita, Alerxis y Fefa gustan por igual a canarios, vascos, andaluces o madrileños. Vieira lo tiene claro: el humor es universal y "los isleños no somos tan especiales como se ha querido dar a entender".

Vieira nos observa y nos retrata a la altura de otros genios que el admira como Charles Chaplin, Gila o Juan Verdaguer. Pero por encima de todos: Les Luthiers. "Cada uno de ellos escribe guiones, cada uno de ellos toca un instrumento y tiene una base cultural amplia y luego la puesta en escena es acojonante", explica, aunque no duda en afirmar que "todo el que sube al escenario y es digno yo lo admiro".

Como Luthiers, Vieira también se acompaña de la música en sus espectáculos. Aprendiz de diversos instrumentos, el isletero se atrevió con un disco de boleros, un capricho una promesa que le hizo a su primera mujer. La experiencia, dice, fue bonita pero no funcionó. "Mejor, porque si funcional a lo mejor me desplazan del humor y es lo que más me gusta".

El humorista sobrevuela lo cotidiano para después aterrizar sobre las tablas con historias empapadas de crítica, ternura e ironía. Vieira es un animal de la escena que necesita de público para sobrevivir. Ha dicho no a series de televisión y siempre exige público en directo cuando grava programas para la pequeña pantalla. Su fuerza en el escenario ha llevado a su madre a la clínica en tres ocasiones, las tres que le fue a ver. "Quedamos de acuerdo en que no venía más a verme en directo", explica.

"He pasado página pero aún estoy tocado"

Su vida es una batalla constante entre la comedia y la tragedia, una dicotomía que le persigue y que probablemente le ha forjado su carácter. Vieira hace humor pero es un tipo serio. El isletero ha sufrido la muerte de demasiados seres queridos: su padre, su hermano y su primera esposa. Siempre ha tirado "pa'lante" gracias a la fe, en Dios y en si mismo. Para Vieira, "el problema deja de existir cuando buscas soluciones".

El último golpe, del que reconoce que aún no se ha repuesto, llegó en octubre de 2005 cuando su ex esposa le denunció por malos tratos. Un año más tarde el juzgado de Violencia sobre la Mujer número 1 de la capital grancanaria sobreseyó y archivó el caso. El humorista dice haber pasado página pero el dolor no le ha abandonado. Los ataques llegaron desde demasiados frentes. "Se me prejuzgó y se me condenó de antemano, me sentí ultrajado por la forma en que ocurrió. No sólo me difamó parte de la prensa sino también gente de la calle, incluso foros de Internet", lamenta. El rencor podría recorrer hasta su última víscera, pero no es el estilo de Vieira, "de lo contrario no podría dormir, yo pienso en hacer reír a la gente".

Se considera un superviviente. "Yo he tenido miles de problemas pero sigo creyendo en la bondad de la gente, a mí no me van a convencer de que la gente es mala". Vitalista y positivo afronta el dolor "mirando a los ojos de mis hijas, de mis amigos y a esa playa".

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