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Un teatro en el Museo, los collages de Jorge Rodríguez de Rivera

El artista grancanario afincado en París, se sitúa entre aquella visión ilusionista e inocente del mundo vista a través de la lente de la tradición y la posterior renuncia y ruptura con la misma

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Exposición de Jorge Rodríguez de Rivera en el museo Antonio Padrón en Gáldar

Exposición de Jorge Rodríguez de Rivera en el museo Antonio Padrón en Gáldar Canarias Ahora

Los drásticos cambios en la representación pictórica occidental, entendida como un proceso que se inicia en el Renacimiento, entran en crisis con el advenimiento de las vanguardias. El relato pictórico, basado en el naturalismo y la mímesis, fue denostado y cuestionado desde las vanguardias, desde una apuesta radical por lo novedoso y la supuesta ineficacia del discurso pictórico. Estamos ante la pintura como problema, es decir la pintura sometida a cuestión (parafraseando a Mark C. Taylor), enfrentada a sus propios límites; en definitiva, la pintura como argumento de la propia pintura y las paradojas de la representación.

Conscientes de la inactualidad de la pintura como ventana abierta al mundo, el cuadro como escenario donde se nos ofrecía la imagen de lo real, la imago mundi, los collages de Jorge Rodríguez de Rivera nos devuelven la ilusión, incluso cuando están concebidos desde la distancia, el artificio  y la ironía, de un mundo donde lo menos que interesa es la Verdad. Lejos de pretender elocuentes artificios que den una réplica de la imagen del mundo,  permanece la humana necesidad de crear sustitutos de lo real, simulacros, que de algún modo consigan arrancarle un momento a la muerte.

Liberada primera de ser el espejo de lo real, y liberada después de su propia liberación, de aquella libertad vigilada por la vanguardia que la condujo a renunciar a la realidad visible, la obra de este artista que no prescinde del referente, recurre al artificio y la escenificación de lo real para construir un sentido sin ocultar el artificio. Mostrando la tramoya que sostiene la puesta en escena, el artista grancanario afincado en París, se sitúa entre aquella visión ilusionista e inocente del mundo vista a través de la lente de la tradición y la posterior renuncia y ruptura con la misma, propia del arte de vanguardia.

Un tanto desencantado, a veces con una ironía sardónica, y alejado de las grandes utopías y relatos fundamentales de la modernidad, se sumerge de nuevo en las imágenes de la tradición, haciendo arqueología entre sus ruinas para articular nuevas combinaciones y significados acordes a nuestro tiempo. Muchos artistas, entre los que cabe situar a nuestro invitado, conscientes del poder y vigencia del gran banco de imágenes, ven el arte como un texto, o sea, algo interpretable y por tanto retórico; estos artistas dejan de perseguir verdades últimas sobre qué es el arte, verdades ebrias de romanticismo, y generan buenas preguntas, ya que son éstas las que, a modo de vacuna contra las certezas absolutas, espolean la conciencia y estimulan la imaginación, construyendo nuestra visión del mundo.

Podemos decir que estos collages se inscriben en esa estética de la fragmentación. Una estética que sin duda corresponde a nuestra realidad histórica, surgida de las cenizas de la modernidad. Una fragmentación que se constituye como la marca de nuestra época, eslabones sueltos de cadenas carentes de integridad, alejadas del relato que esgrimió la modernidad. Esta estética del collage que nace con las vanguardias, del montaje y el fragmento, se ha convertido en el estilo de nuestro tiempo, en que no se  puede imaginar la multiplicidad reducida a un principio unificador.

Rapsodia en cactus menor, es una propuesta realizada exclusivamente para la Casa Museo Antonio Padrón.Centro de Arte Indigenista y los diferentes espacios que lo componen. Así pone de relieve el Jardín como espacio para los sentidos, como naturaleza urbanizada y convertida a escala humana. Ese jardín que nos evoca el de las Hespérides, es una suerte de paraíso terrenal donde el artista pone en escena y en completo décalage espacio-temporal los fragmentos que extrae de la tradición iconográfica.

Viajamos a mundo orientalista, propio de aquel exotismo de la pintura decimonónica,  gracias al injerto de reconocidas imágenes de la pintura en acciones que se desarrollan en los jardines del museo. Superada la extrañeza inicial, el adecuado uso de la escala, e incluso de la luz en la composición, consigue que estas nos parezcan en perfecta resonancia con el entorno, en absoluta concordancia entre  fondo y figura.

No podemos menos que deleitarnos en esas atmósferas que nos evocan los paraísos lejanos que alentaban los sueños de los viajeros europeos, aquel  romanticismo de Delacroix, las Odaliscas de Ingres e incluso de la pintura holandesa del S.XVII. Fragmentos de un paraíso perdido convertido en parque temático y con aura  de vieja postal, que nos hacen imaginar  que el artista flaneûr encontró en algún bouquiniste parisino. Souvenir perdido en algún Passage  de aquellos que tanto gustaban a Baudelaire y a Benjamin.

En la frontera entre la naturaleza de las islas  y la metrópoli donde Jorge reside, es donde habita el jardín, reducto de racionalidad y orden donde el caos de la naturaleza no puede imponer su hegemonía. Este uso urbano de la naturaleza permite usarla como telón de fondo de ese teatrillo de la cotidianeidad. Escenario  de intercambios, de relaciones, en las que el jardín deviene un espacio para el ejercicio de la vida artificial.

Tanto el jardín como el espacio museístico se acoplan a la perfección con los personajes que desarrollan la acción en un extraño relato a la vez amable y perturbador, hecho de retales, de recuerdos, de trozos que el artista compone con singular destreza y determinación.

Las salas del Museo se convierten también por esta demiúrgica operación, en escenario de la representación, de personajes que actúan con un espacio público como si fuera la intimidad de sus casas. Sus actitudes son casi irreverentes, ya que “okupan” e intervienen en un espacio que a priori no les pertenece, salvo por la paradójica condición de pertenecer a la historia del Arte y por ende estar obligados a vivir en los museos. Imagino que los habitantes de museo, tienen algún tipo de prerrogativa o salvoconducto para pasar temporadas en otros museos que los suyos. Uno creerá, sin duda, que esos personajes siempre estuvieron ahí, pero quizás no teníamos la capacidad de percibirlos. El artista, alterando ese espacio “cotidiano” que es el museo, que a fuerza de costumbre deviene invisible, nos devuelve de algún modo la conciencia de la realidad sustancial del mismo, tanto del continente como del contenido.

En fin, que si hay que apurar una frase que nos permita ubicarnos, siquiera sea de forma inestable ante esta exposición, recurriría otra vez al genio de Baudelaire que decía aquello de que “nada hay más extraño que lo común”. Aunque sólo sea para no vernos en la embarazosa situación de aquellas pobres campesinas del cuadro En la exposición de Antonio Padrón.

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