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Cero a cero

HISTORIAS DEL DERBI

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Mis recuerdos de los enfrentamientos entre UD Las Palmas y CD Tenerife son bastante difusos, por así decirlo. Más de uno puede pensar que esto se debe a que mis derbis se alargan hasta más allá del tercer tiempo, y no seré yo el que le quite razón, pero hay más motivos.

Los derbis suelen estar catalogados en mi memoria por los hechos memorables que en ellos acontecen. Curiosamente, los hechos memorables que en ellos acontecen, para mí, rara vez están sobre el campo. Está 'aquel en el que mi colega El Chino se tropezó en la escalera y casi se va de boca', 'el del día que Migue llevó a su piba y la pobre salió asustadita de vernos gritar', 'la vez que Pepe llegó tarde porque tenía que trabajar y casi no nos encuentra'? Salvo algunas honrosas excepciones ('la vez que Las Palmas de Segunda B eliminó al Tenerife de la Copa a los penaltis' y 'la vez que Marioni mandó a Las Palmas a segunda'. ¡Ah! Y últimamente me viene mucho a la cabeza 'el del gol a última hora de Marcos Márquez', que mi amigo Chiqui llama 'el de Nos Han Robado'), pocos derbis recuerdo por lo que hayan hecho los futbolistas. Durante mucho tiempo pensaba que eran cosas mías, que mi cabeza no funcionaba muy bien y que lo normal es recordar los partidos de fútbol por su resultado y sus goleadores. Hasta la temporada 2006/2007.

Era la temporada del regreso de la UD Las Palmas a Segunda división tras dos años en Segunda B, y ese derbi la gente lo cogió con ganas. Unas 25.000 personas habría en la grada, si no recuerdo mal. Mi labor era recorrerme el Estadio de Gran Canaria, acompañado del gran David Blanco a los mandos de la cámara, buscando imágenes curiosas. David y yo, en un alarde de profesionalidad sin precedentes (y que, por lo menos en mi caso, tampoco se ha vuelto a ver), decidimos peinar concienzudamente el graderío, observando y grabando cómo vive la gente estos partidos. Y vimos. Y grabamos.

En esa grabación hay una señora con un traje típico totalmente amarillo, con el escudo de la UD Las Palmas y un gorro hecho de plátanos. Hay una peña partiendo y repartiendo un bocadillo kilométrico, al tiempo que se pasaban una botella de Coca Cola que, a mi parecer, tenía un color raro. Hay un tipo que recorrió el estadio de punta a punta con una bandera dos veces (una para ir y otra para volver). Hay un grupo que, tras una pancarta nos pedían que les grabáramos al tiempo que nos invitaban a fumar un cigarro que olía de forma extraña (no aceptamos, yo no fumo y David estaba de servicio, que quede claro). Hay un señor que, con la radio puesta, no perdía detalle del partido, puro en mano y con cara permanente de estar a punto de sufrir un ataque al corazón. En esa grabación hay, en definitiva, fútbol del bueno, del que da gusto ver. En estado puro, que es una expresión muy de moda.

¿El partido? El partido fue malísimo. Cero a cero, y sin mucha historia. Pero ese empate me sirvió para darme cuenta de que no soy sólo yo, sino que todo el mundo juega su derbi en la grada. Y que ese es el derbi que se recuerda, y nunca queda cero a cero.

(*) Redactor de la Televisión Canaria.

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