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Yo viví en Madrid cómo Las Palmas eliminaba al Tenerife

HISTORIAS DEL DERBI

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En mi etapa universitaria en Madrid pude gozar mucho de mi querida Unión Deportiva Las Palmas, a pesar de la distancia que me separaba de Gran Canaria. Desgraciadamente fue una de las épocas más tristes de nuestra larga y exitosa trayectoria deportiva, puesto que tocó peregrinar por los campos de la odiosa Segunda B. Pero yo, junto a un numeroso grupo de jóvenes y entusiastas estudiantes grancanarios, no nos perdíamos ni uno sólo de los muchos, para nuestra fortuna, encuentros que el equipillo amarillo disputó en la Comunidad de Madrid.

La temporada donde Álvaro Pérez era entrenador, y director de orquesta del famoso tractor amarillo, la pude disfrutar en nuestra isla, aunque el final no fuera precisamente muy feliz. Fue a partir de nuestro segundo año en la categoría cuando emigré a la capital de España para estudiar en la Complutense. Esa etapa me sirvió para darme cuenta de lo mucho que quiero a mi tierra. Todo lo que tuviera que ver con Canarias, y Gran Canaria en particular, me volvía loco y me movilizaba de inmediato, pero cuando se trataba de nuestra Unión Deportiva, nada podía con ella.

Los fracasos continuaron y llegaron entrenadores como Marco Antonio Boronat, Paco Castellano e Iñaki Sáez, con los cuales no logramos tampoco el ascenso. Recuero haberme desplazado hasta Jaén para presenciar un partido de liguilla. Posteriormente llegó el gran Pacuco Rosales, al cual casi veíamos un fin se semana tras otro, y con él el tan ansiado ascenso. En esa liguilla tuve la suerte de ver todos los partidos lejos de Gran Canaria y de disfrutar en Tarragona, León y Elche de las amplias e inmaculadas victorias de los nuestros. Cada lunes, ya en Madrid, recuerdo leer los periódicos locales de esas ciudades para saber qué decían de nosotros. Internet comenzaba en esa época, pero era caro y no era como ahora.

Cuando el equipillo jugaba por las mañanas en Madrid me sacrificaba sin salir el sábado por la noche y tener todos los sentidos centrados sólo en animar y que los nuestros se sintieran como en casa. El destino quiso que en esos años realizara mis primeros pinitos en el mundo de la comunicación, lo que me sirvió de base para la que hoy es mi profesión. Eso me ayudó incluso para estar presente en el estadio Martínez Valero en el ascenso a Segunda. ¡Fue toda una gozada!

Eliminatoria de Copa

Pero antes de que todo esto ocurriera, en la temporada 1994/95, con Castellano de entrenador de los platanitos, como a él le gustaba llamar a los canteranos, pude disfrutar de lo lindo, desde la distancia, de la eliminatoria de la Copa del Rey entre la UD Las Palmas y el CD Tenerife. La ida se disputó en el mes de diciembre de 1994 en el añorado Estadio Insular, donde se empató a cero. La vuelta, en el Heliodoro, tuvo lugar en el mes de enero de 1995.

Ese encuentro fue televisado para todo el país por Televisión Española y yo, como era lógico, no me lo perdí. Los días previos los viví como un auténtico loco, ya que invitaba a todo el mundo a mi casa a ver el derbi canario. En mi casa nos reunimos un nutrido grupo de fieles amarillos. Sufrimos al ver que el CD Tenerife, por aquél entonces en Primera división, podía ganarnos al tener mayor potencial, pero un excepcional Manolo López evitó la alegría de los que hacía un par de años eran sus aficionados. Como en la ida, el empate a cero fue el resultado final, por lo que había que irse a la tanda de penaltis. Y ahí emergió la figura de Edu García, que con su gol eliminaba a nuestro eterno rival. Imagínense el panorama: cerca de 20 personas dando brincos y gritos en un tercer piso de la zona de Argüelles pasadas las doce de la noche en el territorio peninsular. Era entendible que los vecinos nos llamaran la atención y nos amenazaran con hacer venir a la Policía Nacional.

En ese momento decidimos que la mejor elección era la de salir a la calle a celebrar tremenda gesta en una ciudad en donde cualquier día de la semana es propicio para quienes quieren armar jaleo. Algunos, los más responsables, decidieron que la fiesta ya estaba finalizada, puesto que al siguiente día había que ir a la universidad, pero unos pocos, quizás los más inconscientes en esos momentos, nos aventuramos a ir a la Cibeles a celebrarlo. Ahora lo pienso y ¡qué locos estábamos! Pues con un par. Pero claro, quién iba a estar ahí, tan lejos de Gran Canaria, con el frío que hacía y en una ciudad tan grande como Madrid. Pues no fuimos los únicos locos. Dos llegaron en una moto Honda 70, esa que nadie conoce en la península, y otros dos en coche particular, más nosotros cinco. En total nueve zumbados y locos por el amarillo. Dimos cuatro voces y nos fuimos a un bareto a celebrarlo. Poca más podíamos hacer ante la mirada perpleja de los que por allí pasaron. Es más, uno de nosotros, y no fui yo, tuvo los santos c? de mojarse en la fuente, pero vino a la acera como un rayo.

Fue algo distinto, pero que siempre recordaré, aunque lo que más me hubiera gustado hubiera sido poder celebrarlo con los nuestros en el Heliodoro. Ya como periodista he vivido este especial enfrentamiento desde dentro, y es otra cosa, ya que no puedes mostrar tus emociones cómo cuando eras aficionados, aunque los colores siempre los llevaré dentro. Y eso que a mucha gente, en especial en Tenerife, le parezco el ultra de la Cadena Ser.

(*) Redactor de la Cadena Ser.

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