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30TH HELSINKI INTERNATIONAL FILM FESTIVAL -RAKKAUTTA & ANARKIAA. 14.24.9.2017

Sin más dilación, empezamos con la edición del treinta aniversario del festival internacional de cine de Helsinki -Rakkautta & Anarkiaa

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El festival Rakkautta & Anarkiaa quiere ofrecer al público aquellas películas que no son fáciles de ver en las pantallas de los cines. Nos gusta mostrar aquellas películas que tocan temas que muestren la diversidad de las personas y cómo son los países en los que viven. Quizás ésa sea la principal motivación de quienes trabajamos en el festival; mostrar cómo viven, piensan y sienten personas de cualquier parte del mundo y cómo, en realidad, no somos tan distintos, independientemente de donde hayamos nacido o el idioma en el que hablemos.

Las palabras con las que empieza este artículo fueron pronunciadas por Pekka Lanerva, director del festival internacional de Helsinki - Rakkautta & Anarkiaa- ( Amor y Anarquía, en lengua castellana) durante la conversación que mantuvimos una vez finalizada la trigésima edición del encuentro cinematográfico finlandés, edición que supuso, en mi caso particular, el décimo aniversario como periodista acreditado en dicho evento.  En el caso del director del festival, su trabajo en Rakkautta & Anarkiaa empezó casi al mismo momento en el que un embrionario proyecto cultural nació veinte y ocho años atrás y, tal y como me comentó, lo que arrancó como una propuesta sencilla y casi diríamos que modesta se ha convertido en uno de los festivales cinematográficos más importantes del panorama europeo, además de una inmejorable plataforma para la promoción del cine que se produce en Finlandia y en buena parte del mundo nórdico.

No obstante, y lo digo con la perspectiva que da toda una década, Rakkautta & Anarkiaa no se ha convertido, con el paso de los años, en un festival impersonal, en donde solamente se busca cerrar negocios de distribución cinematográfica, mientras que los actores y directores atienden ruedas de prensa y entrevistas como si estuvieran trabajando en las antiguas líneas de producción en cadena montadas dentro de las factorías automovilísticas de Henry Ford.

Rakkautta & Anarkiaa tiene una parte comercial -el cine se trata, antes que nada, de un negocio que está viviendo su “final de la escapada” y entiendo que no se descuiden dichos menesteres, mientras el entramado siga en pie- pero el público asistente y quienes trabajábamos cubriéndolo disfrutamos de una consideración que no suele ser habitual, sobre todo en el último apartado, dado que, en cuanto al espectador finlandés, éste posee una cultura cinematográfica que se olvidó en nuestra geografía décadas atrás y, por lo tanto, sabe muy bien qué quiere y qué le debe reclamar a un festival de cine.

En cuanto a la vertiente profesional -e ignorando lo que pasará la próxima edición- debo afirmar que en esta ocasión, como todas las veces anteriores, asistir al festival y realizar el trabajo de periodista, por muy degradado y vapuleado que éste pueda llegar a estar visto en la actualidad, sigue siendo un verdadero placer y esa impresión se mantendrá viva en mi memoria, a pesar de que esta edición ha significado a la postre la última a la que asistiré por motivos estrictamente profesionales.  

Es de agradecer que quienes trabajan año tras año por lograr que Helsinki disponga de un encuentro cinematográfico de estas características no hayan olvidado el papel que podemos desempeñar quienes acudimos al encuentro para ver, disfrutar y luego contar lo que nos parecen las películas allí proyectadas. Tampoco me quiero olvidar de la posibilidad que se ofrece a los espectadores, sobre todo durante la semana de cine finlandés, de conocer a las distintas partes implicadas -actores, productores y directores- una circunstancia que raramente se da en nuestro país, donde los encuentros culturales están poblados, por no decir infestados, de cargos intermedios que utilizan su posición de privilegio para comerciar con ella en vez de ayudarte a desarrollar tu trabajo o simplemente, de disfrutar de dos horas de entretenimiento, sentado en una butaca de cine.

Estos modos y maneras han terminado por emponzoñar tanto la situación que, al final, optas por no acudir a muchos eventos, con tal de no tener que pagar el peaje, torticero e impresentable, de quienes NO se merecen el puesto que desempeñan, algo que por estas latitudes también sucede, pero no con tanta frecuencia.

En Finlandia, y siento decirlo, se usa y abusa del concepto de “voluntario”, olvidando en más de una ocasión que hay trabajos que SOLAMENTE pueden ejercer los profesionales, aunque luego haya que pagar su trabajo, claro está. En España, sin embargo, son los llamados “profesionales” los que se comportan como voluntarios recién salidos del instituto, pero, eso sí, vestidos con ropa de marca, como si su exquisito “hábito” pudiera disculpar la incompetencia que caracteriza a muchos de ellos.  Y si bien, en el primero de los casos, hay opciones de que los voluntarios de hoy se conviertan en los profesionales del mañana, con los pésimos profesionales que pululan por nuestra geografía, poca posibilidad de redención hay.

Además, cubrir un encuentro como éste, el cual dura 11 días, puede ser todo un reto, imposible de cumplir si no recibes algún tipo de ayuda en el camino y eso es precisamente lo que sucede en Rakkautta & Anarkiaa; es decir, cada cual sabe lo que debe hacer, la mayoría del tiempo, y tú no tienes que preocuparte por el resto.

Al final sólo queda confeccionar una selección de títulos, algo que dadas las herramientas que se proporcionan -un listado de títulos con una letra demasiada pequeña- no es una cuestión baladí y sentarse a disfrutar de las películas seleccionadas, por muy duras y comprometidas que puedan llegar a ser, todo sea dicho.  

¿Y por dónde empezar? Pues por una película ampliamente promocionada durante el momento de su estreno en Finlandia, en parte por contar en su reparto principal con la actriz Krista Kosonen, uno de los rostros más conocidos del panorama artístico finlandés. La actriz, nacida en la localidad de Espoo en 1983, ha ido logrado, poco a poco, no sólo colocarse entre los rostros más habituales en las producciones cinematográficas y televisivas finlandesas de la última década, sino que empieza a formar parte del reparto de producciones anglosajonas, tal y como ha sido el caso de Blade Runner 2049, película en la que aparece en dos secuencias, de manera secundaria, pero ya se sabe que cuando se juega en las ligas mayores hay que empezar desde abajo. No obstante, Miami, que así se llama la película protagonizada por Krista Kosonen y Sonja Kuittinen, bajo la dirección de Zaida Bergroth, es mucho más que un vehículo de lucimiento para una actriz determinada.

Miami

Krista Kosonen (Angela) y Sonja Kuittinen (Anna)

Miami demuestra, sin ningún pudor, que la disfuncionalidad, la falta de sentido por parte de los padres y un mundo en el que prima la constante huida hacia delante, mezclada con el éxito y el dinero fácil, terminan por resultar la peor receta posible si se busca llevar una vida medianamente segura y coherente. Y todos esos elementos se puedan dar cita en cualquier parte del globo terráqueo, por mucho que se piense que hay espacios geográficos más proclives a este tipo de situaciones que otros. 

Angela (Krista Kosonen) es una absoluta descerebrada que lleva dando tumbos, físicos y emocionales, desde la separación de sus padres. La joven se ha pasado la vida tratando de encontrar un cariño y un calor humano que, por una razón o por otra, nunca encontró y de ahí sus continuas aventuras y desventuras, sus escarceos con la religión y su afición por ser la más guapa del lugar, sin importarle cuanto se tuviera que arrastrar ante un varón -o muchos- para conseguirlo. Terminar siendo la líder de un grupo de bailarinas exóticas, actuando en garitos de segunda clase a lo largo y ancho de Finlandia, es solamente una faceta más de su continuo devenir vital.

En el extremo contrario del ring, en aquella esquina en donde las luces raramente enfocan porque el “púgil” carece de carisma, se encuentra su hermana Anna (Sonja Kuittinen) quien, tras la separación, tampoco es que las cosas le fueran mucho mejor que a su hermana mayor, aunque sí que es cierto que siempre ha tenido la cabeza mucho más centrada, además de ser más valiente y decidida que Angela, una razón que explica el empeño por encontrarla, una vez fallecido el padre de ambas. Anna, a diferencia de Angela, no se dejar llevar por sus instintos sin reparar en las consecuencias, algo que la otra hace todo el tiempo.

Cuando ambas se encuentran, es Angela quien sale huyendo ante la mera perspectiva de volver a tener familia, pero, cuando tenía todo el campo libre, se dio cuenta de la soledad que le acompañaba allá donde fuera y Anna se le antojaba un bálsamo para combatirla. Ya se sabe que la teoría de que un clavo ayuda a sacar otro nunca es del todo cierta, pero, durante un tiempo, la fusión entre ambas hará crecer a la pequeña como persona y dotará a la mayor de una estabilidad que tiempo atrás abandonó. Es fácil suponer que, con los antecedentes de Angela, esta situación es tan sólo un espejismo, pero la vida de las personas está compuesta de eslabones vitales, similares a los que forman las cadenas metálicas y aunque los primeros sean mucho más frágiles que los segundos, su importancia para forjar el carácter es igualmente importante y necesaria. Además, Anna ya era de por sí más dura, resolutiva y decidida que su hermana, tal y como se dijo anteriormente, razón que termina por explicar que, a pesar de todo, logre sobrevivir, evolucionar y asimilar todo mejor que Angela. 

Zaida Bergroth, autora junto con Jan Forsström del guión original -basado, éste, en una idea de Kaarina Hazard y Leea Klemola- maneja los hijos de ambas protagonistas con la habilidad del mejor titiritero ambulante de antaño, aunque el fresco resultante por su magnífico trabajo no sea sino un fiel reflejo de un mundo imperfecto, irregular y, cada día que pasa, más distópico y esperpéntico. 

Y si disfuncional es la relación entre Angela y Anna, disfuncional, aunque en menor medida, eso sí, es también la relación entre Varpu (Linnea Skog) y su madre, Siru (Paula Vesala), quien se comporta como el eslabón más débil de la relación, en contraposición a la madurez que demuestra la niña de doce años en todas sus acciones.

Varpu es una niña obligada a crecer a marchas forzadas en un país, Finlandia, donde los niños ya de por si se desarrollan mucho más rápido que en otras partes del mundo, dado el sistema social y educativo en el que están inmersos. En cuanto al segundo, dicho sistema no sólo propone unos parámetros académicos muy altos, sino que incentiva a los niños para que sean lo más independientes y creativos posibles y, en esa faceta, Varpu es una alumna aventajada. Cierto es que su progenitora es la excepción que confirma la regla y frente al espíritu indómito de Varpu, la madre se comporta como una colegiala asustada, incapaz de hacer frente a los problemas diarios que surgen en su trabajo y en su propia vida. Da la sensación de que Siru no se ha acabado de enterar de cuál es su papel en este relato, pero la vida no suele venir con ningún manual de instrucciones.

Además, para completar y desestabilizar más aun el cuadro, Varpu siempre ha querido saber más cosas de su padre biológico -ausente de la ecuación durante toda su vida- y dado que su madre no ofrece la estabilidad que la niña necesita, sobre todo en el momento en el que la adolescencia toca a la puerta, la mejor opción es emprender una búsqueda del progenitor perdido, aun cuando las respuestas que se encuentre en el camino no sean las que la niña desee encontrar.

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Varpu (Linnea Skog)

Tyttö nimeltä Varpu, escrita y dirigida por Selma Vilhunen, directora con una ya larga trayectoria profesional, pone sobre el tapete de juego aquellas vicisitudes que persiguen a las personas que deben sobrevivir en un mundo cada vez más polarizado. Ya se ha dicho que Varpu es una niña que disfruta de un sistema que le permite afrontar el futuro de una forma mucho más segura que por ejemplo en un país como el nuestro -territorio en el que se juega con las leyes de educación sin reparar en la importancia que dichas leyes pudieran tener sobre el futuro de una determinada generación de personas. Sin embargo, sus necesidades afectivas son las mismas que las de cualquier niña de su edad, sin importar el país, la raza o la religión que profese. Sus amigas, territoriales, presumidas, envidiosas e incisivas sin reparar en las consecuencias de sus actos, son tan reales en Finlandia como lo pudieran ser en España, en Francia o en los Estados Unidos Mejicanos, y en ese fresco, muy bien descrito en el guión, es donde reside el acierto de la película de Selma Vilhunen, dotada de un mensaje que la convierte en un vehículo de comunicación tan válido en un lugar como en otro.

Al final, crecer es solamente un camino que cada uno trata de recorrer de la mejor manera posible, rodeado de quien pensamos que nos pueden ayudar a superarlo de la forma menos traumática. Varpu, a diferencia de sus amigas, es lo suficientemente valiente como para no dejarse vencer por la adversidad y buscar aquello que, por una causa o por otra, no ha logrado encontrar durante su todavía corta vida. Y si bien no es una persona adulta, tal y como se concibe en nuestra sociedad, sí que es cierto que posee un espíritu que muchos quisieran para poder afrontar el día a día.

Y ahora pasamos de la disfuncionalidad emocional entre personas de una misma familia a la disfuncionalidad emocional entre personas que no guardan ningún parentesco, pero cuyas vidas terminan por cruzarse. En esta ocasión, Rakkautta & Anarkiaa ofreció dos buenos ejemplos de cómo la violencia puede ser causa y efecto de una relación que, en teoría, no debería llegar a ningún sitio.  The Marker, película británica, escrita y dirigida por Justin Edgar, nos lleva hasta el día a día de uno de tantos supervivientes que pululan por la tramoya de nuestra sociedad y que deben pelear de la mañana a la noche para evitar ser devorados por la podredumbre con la que comparten “mesa y mantel”, sin importar el lugar del globo, dado que en todos sitios es igual. 

The Marker

Marley Dean (Frederick Schmidt) es un matón de poca monta, mangoneado por su jefe Brendan Doyle (John Hannah) e inmerso en un mundo descarnado, sucio y cruel donde las personas importan tan poco como la moral que pisotean constantemente. Impulsivo, irreflexivo y brutal, sus excesos le pasarán una factura que nunca podrá pagar, incluso tras pasar por la cárcel por haber asesinado a una mujer que se cruzó en su irracional camino. El problema no es sólo la sangre de aquel crimen, sino los ojos de una niña pequeña que estaba presente cuando su madre pereció víctima del macabro juego de poder entre delincuentes de baja estofa, pero igualmente peligrosos por sus modos y sus maneras.  

Ana (Ana Ularu), la mujer y la madre asesinada por Marley Dean, se convertirá en un punto de inflexión, un alto en el camino obligado por el ingreso en prisión del delincuente, y en un sentimiento de culpa que pulula en forma de espectro recurrente, similar a las almas en pena escritas y descritas por William Shakespeare en sus inmortales tragedias. Este sentimiento no le libra de ser juzgado por el espectador, pero sí que es cierto que demuestra que, antes o después, los seres humanos deben aceptar las consecuencias de sus actos y no refugiarse en ideologías, creencias y/o estatus social para mirar hacia otro lado.

Llegado el momento Marley Dean no evitará hacer frente a sus responsabilidades y logrará esa lucidez a la que difícilmente se llega en nuestra actual sociedad. ¿Y con ello logra redimirse de todo lo hecho anteriormente? La verdad es que ni el guión de la película, ni creo que la intención última del director sea la de responder a esa pregunta. Cada cual tiene, o debería tener, su propio código ético y ser consecuente con lo que diga, razón por la cual será el espectador, tal y como se dijo anteriormente, quien decida si el personaje se merece la redención que el personaje busca, pero sin saber cómo hacerlo, por lo menos hasta que Jess (Skye Lourie) se interponga en su camino.

The Marker es otra de esas películas tan comunes en Rakkautta & Anarkiaa, en las que el “héroe” es un ser humano cualquiera, vapuleado por sus circunstancias vitales y muy alejado del glamour prefabricado del Hollywood de los años cuarenta, donde hasta los villanos lucían como verdaderas estrellas de cine. Incluirla en la programación del encuentro cinematográfico sirve para que el espectador, común y corriente, se dé cuenta de que sus problemas, sus anhelos y, sobre todo sus carencias, son comunes y habituales para la mayoría de los seres humanos que solamente tratan de sobrevivir sin ser devorados por una minoría avariciosa y carente de cualquier clase de ética.

Y quien también se mueve entre las sombras que tiñen las alcantarillas del planeta es Long (Chen Chang), un asesino implacable, capaz de acabar con un grupo de oponentes mucho antes de que éstos se den cuenta de las heridas por las que se les está escapando la vida. Su existencia es simple y sin dobleces; es decir, hace aquello que se le manda, por muy difícil que pueda parecer el trabajo y sin importar el o los oponentes a los que se debe enfrentar. Otra cosa es lo que dice el cálculo probabilístico: antes o después, las cosas se torcerán y Long se verá envuelto en una situación de la que solamente se salvará arrastrándose por el suelo, literalmente.

Una vez que logra recuperarse de las heridas, el asesino convertido ahora en presa verá cómo la ayuda le llega desde donde menos se lo pudiera esperar, aunque ya se sabe que “más vale ayuda menuda que ninguna”. La ayuda menuda se llama Jun (Run-yin Bai) y con su interés por ayudar al maltrecho sicario, la vida de ambos cambiará, de forma radical, aunque, a priori, ninguno de los dos tenga nada en común, sino la soledad que acompaña a ambos. Es más, su relación se construye entre gestos, actos y silencio, dado que hablan dos idiomas distintos. Long es taiwanés y Jun, japonés.

No obstante, Jun sabe cómo comunicarse, dado que el niño es otro de esos infantes obligados por sus circunstancias vitales a crecer rápido y sin tiempo para mirar atrás. Hijo de una prostituta, Lily (Yi Ti Yao) cuya vida está absolutamente condicionada no por su trabajo sino por el continuo acoso que sufre de manos de su explotador, unas de esas alimañas que se alimentan de la desesperación humana, el niño es un superviviente que sabe reconocer a un igual cuando lo ve.

Cuando Long sale de las sombras, merced a su capacidad para empeñar el cuchillo y los utensilios de cocina y preparar unos sensacionales manjares, la vida de la madre y su hijo, entrará en una suerte de limbo ideal, un hecho que no podrá evitar que la realidad termine por irrumpir en la vida de todos y cada uno de los protagonistas, con resultados desiguales, pero igualmente dramáticos.

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Long (Chen Chang)

Mr. Long(Ryu san), escrita y dirigida por el director japonés Sabú, ejemplifica, al igual que The Marker, los modos, los gustos y el interés por parte de los responsables del festival de cine finlandés por mostrarnos la tramoya de la nuestra sociedad, aquélla que tan bien reflejó Bruce Springsteen cuando compuso, interpretó y luego rodó el videoclip, en 1993, “Streets of Philadelphia”. Es en la enorme escala de grises que hay en nuestra sociedad actual, en la que se mueven Long, Marley Dean, Angela, Anna, Siru, la madre de Varpu y la misma niña, aunque esta última aún tenga tiempo de tomar el desvío correcto, en donde los programadores de Rakkautta & Anarkiaa desarrollan su labor con mayor seguridad, y baste con revisar las programaciones de esta pasada década para llegar a la misma conclusión.

Gracias a esta forma de actuar, la disfuncionalidad, entendida como un motor que genera consecuencias, se convierte en el crisol por el que se guían los dictados y la relaciones, amorosas y/o anárquicas de quienes desfilan por las pantallas de los cines que acogen el evento. 

Y si disfuncionales eran las relaciones entre los personajes de las películas tratadas anteriormente, no lo son menos los motivos que empujan a Lucy (Brittany Snow) y Stupe (Dave Bautista) a unir fuerzas para tratar de sobrevivir ante una versión 2.0 de la guerra civil que asoló los Estados Unidos de América en el siglo XIX (1861-1865).

La premisa sobre la que se sustenta Bushwick -la película escrita por Nick Damici y Graham Reznick, y dirigida por el tándem Cary Murnion y Jonathan Milott- puede resultar disparatada, pero un país donde la tenencia de armas de casi cualquier tipo roza la paranoia, y con un más que contrastado mercado “negro” de ingenios bélicos capaces de equipar a un ejército de cualquier país en desarrollo, no lo es tanto. Además, las heridas sin cicatrizar entre los partidarios de las fuerzas del sur, derrotadas más por la prepotencia de terratenientes trasnochados y por mala organización logística que por la incapacidad de sus líderes, continúan generando tensiones sociales y raciales, sin que ninguna de las administraciones presidenciales posteriores al conflicto haya sabido encontrar una solución al problema. 

De ahí que fantasear con una invasión liderada por un grupo de estados del sur de los Estados Unidos, contra los estados del norte, empezando por la ciudad de Nueva York, termine por ser una opción más que plausible, en un espacio geográfico especialmente dado a los excesos, sobre todo aquellos relacionados con las armas.

Después, solamente falta colocar a dos personajes diametralmente opuestos. Éstos son una estudiante de clase media, Lucy, y un excombatiente, Stupe. A los dos los metemos en medio de un escenario surrealista, digno de cualquier pesadilla del poeta William Blake, y ya tenemos una historia con la que identificarnos, con la que poner a prueba nuestras convicciones ideológicas, sociales o personales o, para simplemente, aceptar que este mundo tiene pocos visos de lograr sobrevivir ante el acoso y el derribo al que le somete la raza humana, día tras día.

El único problema reside en que la película no cuenta con un reparto conocido, ni lo suficiente atractivo para quienes juzgan las películas por el envoltorio, error en el que caen tanto los espectadores como quienes se dedican a escribir sobre películas, aunque, por lo general, mejor les hubiera ido trabajando de dinamiteros durante la expansión mundial del ferrocarril.

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Lucy (Brittany Snow) y Stupe (Dave Bautista)

Bushwick está interpretada, en sus dos papeles principales, por Brittany Snow, conocida por su trabajo en la trilogía Pitch Perfect (2012-2018), y Dave Bautista, actor que intercala su trabajo en franquicias tan interesantes y atractivas como Guardians of the Galaxy (2014-2018) con producciones tales como 2048: Nowhere to Run y Blade Runner 2049, o Ip Man: Cheung Tin Chi, actualmente en rodaje. Dave Bautista ha logrado evolucionar desde sus tiempos de luchador en ese enorme circo mediático que es el World Wrestling Entertainment, Inc (WWE) para convertirse en un actor más que convincente, de ahí que su rostro y su impronta sea cada vez más habitual en la gran pantalla. Su interpretación de un veterano de guerra, quien arrastra un marcado PTS (estrés post-traumático) resulta capital para entender el sinsentido de cualquier contienda, sobre todo cuando cualquier sentimiento nacionalista la tiñe y ejerce de principal motivación.

Su afán por proteger a Lucy, empeñada en llegar hasta la casa de su abuela -tan distante y peligrosa como lo estuviera la literaria casa de la abuelita de Caperucita roja, descrita por Charles Perrault en el siglo XVII- les supone recorrer un dantesco escenario donde todos luchan contra todos y ser víctima colateral se convierte en un eufemismo digno de la pantomima que en la actualidad gobierna el país de las “barras y las estrellas”.

Quienes todavía piensen que en los Estados Unidos de América NO sobran armas de fuego y, por el contrario, SI falta un diálogo serio sobre la dependencia de dicha sociedad para con ellas, mejor se viera esta película en vez de invocar y proteger la Segunda Enmienda (Amendment II) de la Constitución americana y lo que ello conlleva.

Por desgracia, Bushwick pasará muy desapercibida tanto para el gran público, como para la crítica especializada. Y también para quienes deciden, claro está, lo que se debe y lo que NO se debe estrenar en una pantalla de cine. Otra cosa es la curiosidad de la gente y lo que las redes sociales hagan, que válidas son cuando se saben utilizar de un forma NO torticera -algo que, al igual que las meigas, algunas veces pasa- logren que la película logre tener una mayor y mejor difusión. Mientras tanto, quedan estas líneas para tratar de reivindicar un producto modesto, pero muy válido y atractivo.

He dejado para el final una de las mejores películas de animación que he podido ver en los últimos años, y eso que, tanto este festival como algunos de los certámenes que se celebran en Finlandia suelen cuidar este apartado, en especial aquellas películas de producción oriental, mayoritariamente japonesa.

Kono sekai no katasumi ni (En este rincón del mundo) escrita y dirigida por Sunao Katabuchi, en colaboración con Chie Uratani y Fumiyo Kono -autora del manga original sobre el que se articula la película, que fue merecedor del Japan Media Arts Festival Excellence Prize (Manga Division) en el año 2009- es una sensacional y enternecedora radiografía del Japón, antes y durante la Segunda Guerra Mundial, tras el radical giro hacia el nacionalismo de tintes fascistas que adoptó el gobierno del país del sol naciente.

Kono sekai no katasumi ni

Suzu y su pasión por el dibujo.

La película se articula y construye sobre las espaldas de Suzu y su familia, durante la década de los años treinta del pasado siglo XX, en plena expansión territorial, ideológica y destructiva del imperio japonés. Para Suzu, una adolescente con ganas de vivir y aprender, día tras día, su vida se reduce a sus dibujos, sus familiares más directos y su vida en un pequeño barrio situado a las afueras de la ciudad de Hiroshima, localidad que pasara a la historia de la barbarie humana por ser, junto con la ciudad de Nagasaki, uno de los dos objetivos escogidos por las fuerzas aliadas para lanzar la bomba atómica, los días seis y nueve de agosto del año 1945.

A medida que el tiempo avanza, la paranoia, el militarismo desbocado y los efectos de una guerra que la mayoría de la población no deseaba, pero que sufrió de una manera brutal -una vez que los Estados Unidos de América devolvieron los efectos del ataque sufrido el siete de diciembre de 1941 en la bahía de Pearl Harbour- empiezan a ser patentes en el día a día de Suzu, sobre todo una vez que la joven decida casarse y asumir las tareas domésticas, justo cuando la escasez y el racionamiento empiezan a minar la moral de la población japonesa. Las penurias vendrán acompañadas por los cada vez más frecuentes bombardeos norteamericanos de las súper fortalezas Boing B-29 sobre las islas del imperio japonés, raid que se caracterizaba por el uso de bombas incendiarias y napalm de forma masiva, que arrasaba las casas, los templos y los mercados, construidos, éstos, mayoritariamente de madera y papel.

Ante tan dantesco escenario, Suzu tratará de sobrellevar las tragedias que se suceden a su alrededor llenando las páginas de sus cuadernos de dibujo, una actitud que también se verá amenazada por el totalitarismo desbocado de unas autoridades que deberían haber sopesado las consecuencias de sus actos, antes de atacar a una potencia como lo era, en aquellos momentos, los Estados Unidos de América. En aquellos años, hasta un inocente dibujo podía ser merecedor de una severa condena, por muy descontextualizada que ésta pudiera estar.

Oliver Stone llegó a declarar, durante los meses previos al estreno de su película Platoon (1986) que la primera víctima de la guerra era la inocencia, además de la verdad. Kono sekai no katasumi ni lleva dicho pensamiento hasta sus últimas consecuencias y nos demuestra la sinrazón que envolvió aquella contienda, engrandecida por una tradición milenaria -claramente palpable en la película de Sunao Katabuchi- y luego fortalecida sobre el culto hacia la personalidad del emperador. Esto dio como resultado ejemplos tan incalificables, desde un punto de vista ético y moral, como lo fueron los pilotos suicidas, conocidos como Tokubetsu Kōgekitai o Kamikaze. Suzu, su familia, sus amigos, junto con sus sueños, sus deseos y aquellas cosas que sustentaban su misma existencia encabezan la lista de víctimas colaterales que, pasado el seis de agosto del año 1945, ocuparon las primeras páginas de los diarios ante el espanto de una sociedad y unos mandatarios que nunca piensan en las consecuencias de sus actos hasta que es demasiado tarde.

La película de Sunao Katabuchi no sólo demuestra la capacidad del cine de animación por contar historias tan válidas como el cine de acción real -por mucho que aún haya espantajos en esta profesión que piensen lo contrario- sino que engrandece el panorama cinematográfico actual, lleno de producciones demasiado “cotidianas” y vacías de contenido o de cualquier mensaje válido, dado sus pomposas pretensiones artísticas.

En un mundo un poco más lógico, Kono sekai no katasumi ni debería incluirse en los temarios de las clases de historia de cualquier país con sentido de la responsabilidad para con las nuevas generaciones, en vez de llenar las clases de medias verdades y de supuestos “hechos históricos”, empapados del sentido nacionalista del partido reinante. Si se hiciera, la historia CON MAYUSCULAS le ganaría la partida a las mentiras oficiales y, entonces, saldríamos ganando todos, sobre todo los más jóvenes. Quizás, de esa forma, la historia de Suzu y de otras tantas como ella, NO se volvería a repetir, ni en éste, ni en ningún otro futuro posible.  

Rakkautta & Anarkiaa 2017 trajo más cosas dignas de comentar, pero mejor será dejarlo para una próxima ocasión, dada el cariz y la longitud de la presente reseña.

Miami © 2017 Helsinki Filmi Oy.

Tyttö nimeltä Varpu © 2017 Making Movies Oy & Final Cut for Real.

The Marker © 2017 104 Films, Achilles Entertainments, Ark Media & Sharp House.

Mr. Long © 2017 Live Max Films, LDH Pictures, BLK2 Pictures, Kaohsiung Film Fund & Rapid Eye Movies. 

Bushwick © 2017 Bullet Pictures, Mensch Productions, Ralfish Films & XYZ Films.

Kono sekai no katasumi ni © 2017 Mappa & Genco.

 

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