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THE WALK

Sueños, deseos, objetivos, pasiones… ¿Se olvidan al hacerse uno mayor? ¿O simplemente se esconden en nuestra mente por temor al rechazo, a sentirse diferente, a que no lo entiendan a uno? Si no es así, ¿por qué cuando alguien llega a hacer realidad un sueño lo sentimos, casi, como propio al enterarnos?

Y precisamente un sueño, el sueño de Philippe Petit, es el tema central de la película The Walk, protagonizada por Joseph Gordon-Levitt.

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Petit, un chico francés, queda extasiado al ver por primera vez el trabajo de los funambulistas en un circo ambulante y, desde entonces, su vida ya no es la misma. Para empezar, coloca cuerdas entre distancias cortas y baja altura, pues ya se sabe, uno tiene antes que aprender a caminar antes que a correr, pero poco a poco las distancias se van alargando y las alturas crecen. Su sueño, al igual que el conocimiento de su encontrada pasión, se va incrementando.

¿Y qué ocurre cuando el destino le plantea el reto más increíble al que un funambulista se podría enfrentar? Muchos, como ya dije anteriormente, esconden sus deseos, pero Petit no es de los que vive siguiendo las reglas del qué dirán.

Ahora permítanme situarles, históricamente hablando, y comprenderán que el reto es tan atractivo como suicida. Nueva York, verano de 1974, momento en el que las Torres Gemelas -sí, las mismas del fatídico once de septiembre- están a punto de ser finalizadas. Con una altura total de unos cuatrocientos metros de altura, y una separación de unos sesenta y un metros entre ellas…

Si tienen miedo a las alturas, como es mi caso, el reto de Petit no solo les sonará a chifladura, sino que, solo de pensarlo, ya empiezan a sentirse mal. Sin embargo, les aseguro que -y sí, he visto la película- a pesar del mal rato, la proeza en si merece ser experimentada, aunque sea una sola vez sentado en una butaca de un cine en tres dimensiones.

Y hablo de proeza, porque la visualización, planificación, y ejecución del sueño de Petit es de tal magnitud, investigación, detalle y talento artístico que no solo no deja indiferente, sino que poco a poco el espectador se convierte en partícipe tácito del sueño de Petit, y en su acompañante.

Si quieren experimentar algo diferente, excitante, y lleno de vida, les recomiendo The Walk. Eso sí, no me culpen de cómo se sientan al terminar, porque, seguro, se sentirán vivos, tal y como se sintió el auténtico Petit hace más de cuarenta años.   

© Elena Santana Guevara, 2015

© 2015 ImageMovers, Mel's Cite du Cinema & TriStar Productions

 

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