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La tragedia del MAXIM

Si les digo que vivimos en una época de cambios y, casi diría, que de demolición de todo aquello que recuerde al pasado, no creo que les esté descubriendo nada nuevo. Nuestro convulso país es un muy buen ejemplo de lo que la avaricia y la especulación pueden lograr.

No obstante, uno piensa que lo que es moneda de cambio en su país de origen no lo es en otros lugares, que se nos muestran como lo que debería ser en cuanto al equilibrio que debería reinar entre el pasado, el presente y el futuro.

El problema es que el mentado equilibro se suele topar siempre con la cuenta de resultados de quienes piensan en el beneficio, puro y duro, y no en el legado que un determinado edificio, una colección, o un paisaje le puede aportar al país en el que viven.

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La historia del cine Maxim, abierto en la ciudad de Helsinki a principios del pasado siglo XX, es la historia de un local que tras una reforma en la década de los setenta –lo que le permitió ofrecer dos pantallas, en vez de una sola, en el mismo espacio- había logrado sobrevivir a la reconversión y en buena parte a la especulación a la que han sido sometidas las grandes ciudades de nuestro planeta, desde hace décadas.

Hoy en día, y tras más de cien años de existencia, el cine Maxim está ligado no solo a aquellas películas que están pensadas para un público más adulto y exigente, sino que, además, es la sede de los festivales de ópera, ballet y teatro que, desde hace una década, se proyectan en los cines de buena parte del mundo. Lo paradójico del caso es que el Maxim también es la sede del festival de cine internacional de Helsinki Rakkautta & Anarkkia y del festival de cine de terror y fantasía de la misma ciudad Night Visions, dato que demuestra la versatilidad del espacio.

La empresa que se ha encargado de manejar el timón del cine desde hace ya unos cuantos años ha sido Finnkino, un consorcio que reúne a la mayoría de los exhibidores de este país, aunque el dueño del local en el que se haya el cine Maxim es una empresa que vela por la buena salud de las pensiones de los trabajadores de Finlandia.

En principio, esto no debería suponer ningún impedimento, dado que dicha empresa, Ilmarinen, tenía firmado un acuerdo de arrendamiento con Finnkino, en unos términos bastante ventajosos, pero que aseguraba que el cine siguiera existiendo y la empresa obtuviera beneficios. Esta situación -como es lógico pensar, si se conoce la maquinaria de una empresa aseguradora- no podía durar eternamente, más si se tiene en cuenta la complejidad del negocio de la exhibición cinematográfica antes y ahora.

Voy a decirlo claramente. Uno de los problemas que se nota mucho cuando se leen y/o escuchan opiniones acerca de la industria cinematográfica es el absoluto desconocimiento acerca de la exhibición cinematográfica que tienen las personas que opinan sobre las películas en los medios de comunicación. Una cosa es hablar sobre películas o trabajar en la distribución cinematográfica y otra, bien distinta, es trabajar en exhibición cinematográfica y lo que supone que un cine como local llegue a funcionar como es debido.

En la mayoría de los casos, las personas que forman parte de los dos primeros grupos mencionados suelen demostrar una ignorancia supina, porque olvidan la importancia que para la vida de las personas y de una ciudad supone la existencia de un cine. Si a esto se le suma que quienes dicen defender el patrimonio tienen como principal obligación lograr mayores beneficios, el resultado es el que les voy a contar a continuación.

Por causas que no están del todo claras -entre otras muchas cosas, porque no he logrado tener respuesta ni por parte de Finnkino, ni por parte de Ilmarinen sobre este asunto- a finales de este mes de mayo una de las salas del cine Maxim dejará de proyectar películas para, en el futuro, convertirse en un hotel o en cualquier otra cosa.

Dicha solución pasa por tener que respetar el Maxim original, pues éste no se puede tocar, pero a poco que se vea la distribución del cine cuesta ver cómo se podrá llevar a cabo dicha reforma, sin dañar la estructura del primitivo Maxim.

Entiendo las voces que se quejan del trato de favor del que ha disfrutado la empresa Finnkino a la hora de regentar este cine, porque, como ya he dicho, la empresa Ilmarinen está para velar por el futuro de los trabajadores finlandeses. Lo que no logro entender es cómo, en un país donde la cultura ocupa un lugar mucho más prominente que el que ocupa en España, nadie se haya planteado lograr que el Maxim forme parte de una fundación cultural para salvarlo de la especulación.

Admito que no tengo todos los datos sobre la mesa, pero me cuesta aceptar que los mismos comportamientos esquizofrénicos que se han llevado, y se siguen llevando, el patrimonio cultural de nuestro país por el retrete se lleguen a aplicar en un país como éste, que hace gala de todo lo contrario.

Puede que mi mayor defecto sea el haber pasado más de veinte años trabajando dentro de un cine, que no es lo mismo que estar sentado en una butaca para luego opinar, pero si las cosas siguen como van, en unos años, en las grandes ciudades solamente quedarán enormes edificios de oficinas, ministerios y centros oficiales, algún que otro museo, hoteles y restaurantes. El resto del patrimonio habrá que verlo en una visita virtual, la cual, qué quieren que les diga, no será lo mismo.

Nuestro país ya está al borde de lograrlo. Me encantaría pensar que en Finlandia son capaces de buscar soluciones alternativas, que no tengan que ver con la excavadora justiciera, ésa que se lo come todo.

Sin embargo, sé que el problema del Maxim, como otros muchos, se solucionaría con dinero, y no con un corto muy bonito y emotivo que, siento decirles, no sirve para nada. Y siento añadir a quienes han participado en él, que aquí, en Finlandia, sí hay recursos y dinero suficientes para salvar el Maxim, cosas que no ha habido en España para salvar los grandes cines de la Gran Vía o algunas de las salas más emblemáticas de la ciudad de Barcelona. Veremos qué ocurre, pero el final de esta historia me temo que no será bueno.

 

 

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