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Brown no considera una derrota la retirada de las tropas de Basora

LOS SOLDADOS SE REPLIEGAN A LA BASE AÉREA

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Con el repliegue, confirmado este lunes, de las tropas iraquíes desde el centro de Basora hasta una base aérea a una veintena de kilómetros de la ciudad, el primer ministro británico, Gorgon Brown, parece ir preparando el terreno para unas eventuales elecciones anticipadas en el Reino Unido.

En un discurso pronunciado este lunes en Londres sobre el futuro de la política, Brown no quiso en cualquier caso confirmar ese adelantamiento de los comicios a octubre, como le recomiendan algunos, pero tampoco lo descartó.

"Habrá un momento y un lugar para unas elecciones generales. Pero ahora toca seguir gobernando", se limitó a decir en tono críptico.

En teoría, el líder laborista, que heredó su puesto de Tony Blair a finales de junio en virtud de un pacto entre ambos, no tiene que someterse al veredicto de las urnas hasta el 2010, pero nadie cree que, pese a su conocida prudencia, vaya a esperar hasta entonces.

Consciente de que la ocupación militar de Irak ha sido el mayor factor de desgaste electoral de los laboristas, Brown parece haber optado por una retirada gradual de las tropas del país árabe.

Brown negó que la entrega a los iraquíes del palacio de Basora y el repliegue de los más de medio millar de militares británicos que aún permanecían allí a la base aérea, donde se unieron a otros 5.000 soldados del Reino Unido, equivalga a una retirada en fase de derrota.

Lo significativo en cualquier caso es que Londres haya decidido llevar a término la operación frente a las últimas críticas estadounidenses a esos planes británicos, que, según Washington, sólo aumentarán el caos en la región y la influencia de los milicianos chiítas.

El anuncio del repliegue coincide con la publicación en la prensa de duros ataques de dos altos mandos militares británicos a la estrategia - o más bien falta de estrategia - de EEUU para Irak tras el derrocamiento de Sadam Husein.

Rompió el fuego el general Mike Jackson, jefe del Ejército británico durante la invasión, al calificar en un libro de "majadería" la afirmación del ex jefe del Pentágono Donald Rumsfeld en el sentido de que no era labor de EEUU "construir naciones".

A la afirmación de Jackson de que la política norteamericana en Irak refleja "bancarrota intelectual" siguieron las críticas del también general en la reserva Tim Cross, quien acusa a Rumsfeld de haber hecho caso omiso de las advertencias británicas sobre las consecuencias de no involucrar al conjunto de la comunidad internacional en la reconstrucción del país árabe.

Ese tipo de críticas sólo pueden ayudar a un Brown dispuesto a demostrar que no quiere ser, como se reprochó en su día a Blair, "el perrillo faldero" del presidente norteamericano George W. Bush, sobre todo cuando éste se encuentra cada vez más aislado en su propio país.

Queda por ver, sin embargo, si el líder laborista, que sabe que sólo obtendrá auténtica legitimidad de cara al electorado cuando se someta a unas elecciones generales, aprovechará el repunte laborista en los sondeos - según algunos, sin embargo, insuficiente - y los bandazos que parecen dar últimamente los conservadores de David Cameron, para adelantarlas a este otoño.

Bajo la influencia de un nuevo asesor, procedente de la prensa sensacionalista, Cameron, que había centrado su partido en temas como la sanidad pública o la ecología, trata ahora de contentar al sector tradicional y a la prensa derechista poniendo de nuevo el acento en sus temas favoritos como la inmigración, la ley y el orden o la bajada de impuestos.

Con todo, la oposición tiene un arma con la que erosionar a Brown -el referéndum sobre la reformada Constitución europea-, promesa inicial laborista abandonada con el nuevo texto.

Brown tratará de evitar una consulta popular que está prácticamente seguro de perder, dada la tradicional hostilidad a Bruselas no sólo de la derecha sino en un importante sector laborista y de la mayor parte de la prensa.

Si convocase un referéndum, como le reclaman muchos, está casi seguro de perderlo, y ello podría obligar al país a replantearse incluso su futuro dentro de la UE, pero no hacerlo significa, como escribe The Economist, desoír a ese 80% de los británicos que reclaman una votación, y despedirse de su luna de miel con la prensa conservadora.

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