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El entorno sereno de Addur Amas

Doramas, hombre fornido pero no muy alto, tenía una peculiar espada de madera que solo podía blandir él con una mano. Ahora, en el Parque Doramas se escucha la serenidad y el césped acoge susurros y caricias en mesetas escalonadas

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Vista interior del parque Doramas. (Alejandro Ramos).

Vista interior del parque Doramas. (Alejandro Ramos).

Háganme el favor de estarse quietos. Pero con una quietud del siglo XV. Es decir, una quietud a toro pasado. Quietud de sedas de Italia, paños flamencos, enaguas alemanas, lencería de Holanda, brial en oro, mantos de terciopelo y armiño. No obstante, como en Canarias está prohibida esa cosa que llaman Fiesta Nacional, dejemos la apalabrada quietud en un serenar a baifo en fuga. Parece más propio. Y estamos en ese quince que fue siglo para darnos de bruces con un guerrero carismático del uno al otro confín de Gran Canaria. No era otro que Addur Amas, llamado Doramas por las huestes castellanas para ahorrarse disgustos, ejércitos que vinieron con el puñal de la conquista para llenar las calles de coches y cargarse los barrancos. Es por esa razón tan de peso y razonada que, en adelante, y simplemente por joder, a esas gentes se les llamó godos e incluso godos jediondos si se ponían tercos como tordas equus mulus, que los ingleses y Michael Jackson definirían como mulas black & white.

Hay historiadores que señalan que Addur Amas – mejor llamarlo por su nombre no sea que con eso de la Ley de la Memoria Histórica se levante de la tumba y comience a dar rebencazos – digo que Addur Amas se movía entre el guerrero anticolonialista y el bandolero bueno, más bien tirando a Robin Hood que a José María el Tempranillo. El caso es que los invasores lo tenían hasta el moño o las rastas, que eso no ha quedado claro, y como si conociera, bien el enfrentamiento de David contra Goliath, bien la cinematografía de Ridley Scott, le lanzó el pañuelo a la cara a un catellano con la intención de partírsela posteriormente y, de paso, ahorrar la gran charca de sangre que llegaría abocada por una entrada a toletazos entre guerreros de los bandos y bandas enfrentados y enfrentadas.

La espada de madera

A mí, personalmente, me suena muy bien el nombre de Doramas, aunque me gusta más el de Addur Amas. A éste último sólo se me ocurre ponerle una pega: que, dada su fonética evidentemente bereber, algún anti islamista o skin head elabore una teoría resultado de la cual se establezca que Addur era primo de Bin Laden y que tuvo mucho que ver en la perfecta caída en vertical de las Torres Gemelas o Mellizas, asunto que todavía está por verse. No creo que se atrevan a tanto pese a la conspiranoia que nos sobrevuela. Bueno, que Doramas, hombre fornido pero no muy alto, tenía una famosa espada de madera que sólo podía blandir él con una mano. El resto del personal necesitaba las dos, lo que me hace inferir que el arma blanca, que en este caso era marrón, debía estar construida con cedro del Líbano, ébano o palosanto. Dudo mucho que fuera de pino gallego. Pues con ese artilugio aún no alumbrado a la Edad de los Metales ni del Heavy Metal, se embronca absolutamente en serio con el godo Diego de Hoces, quien era algo así como el Billy the Kid o el Liberty Valance de la soldadesca castellana. Llevara o no llevara hoz, De Hoces pierde el combate después de resultar impactado por un susmago (proyectil sui generis) – pudo haber sido un partigazo o pirganazo – lanzado por Amas, que lo deja tieso y escarranchao en el piso. No en su morada sino en el suelo. En la tierra, vamos.

Pedro de Vera, organizador de la velada al estilo del Caesar’s Palace de las Vegas, no quedó contento con el knockout y, junto a unos soldados, que se va a por Addur, quien se defiende como caimán panza arriba hasta que un canalla lo ataca por la espalda y De Vera lo ensarta con su lanza. Una jugada al estilo de Bruto con César, aunque ésta fue en la Roma Imperial. Murió así el más famoso guerrero guanche y con él murió también un amor. Porque todos los guerreros son, al fin y al cabo, romeos. Se cuenta al respecto que, aunque de linaje muy pobre, Doramas quiso siempre que su buen hacer con las armas lo catapultara a la nobleza, de modo que entabló conocimiento carnal con una prima del guanarteme Tenesor Semidán, a la que recluyeron en el Roque de Gando como a Ana Bolena en la Torre de Londres. Ello no habría arredrado al valeroso Addur quien, al parecer, todas las noches nadaba desde la costa para encontrarse con su amada. La gesta – se desconoce si a crowl o mariposa y pasando de marrajos – obviamente deja como un aprendiz a David Meca, que mostró su gran contrariedad en una entrevista que le hizo un tal Inda, que no era guanche, ni castellano, ni hindú. Asimismo, no parece que su nombre fuera tampoco el devenir de apocopar Indalecio. Una cuestión que queda reservada a la historiografía.

Addur y Aquiles

Dicen que los panameños están pensando en dedicar un parque bien grande, amor, a los evasores fiscales españoles. Se barajan muchos nombres y va en cabeza el que ustedes ya saben. Luego, cosa sabida es de poca clase marearla y menealla. Al respecto, no sé yo qué diría Machado. Allá la poesía con sus rimas, nostalgias y melancolías. Lo esencial es que cada parque debe tener un nombre porque, parafraseando a Mario, un parque sin nombre pierde el respeto de la buena gente. Ello lo debían de saber apriorísticamente tanto monta monta tanto Isabel como Fernando, así que, eliminado Addur Amas y conquistada Gran Canaria, la historia siguió su curso. Porque la Historia es una carrera sin final conocido. Atrás quedó Doramas, – deciden siempre los vencedores – quien no podía tener otro homólogo en la mitología griega que Aquiles, el guerrero invencible que sólo debía preocuparse de cuidar su talón, que era su talón de Aquiles. Hay una diferencia esencial entre ambos: mientras que el bravo griego acudió a Troya junto a su amigo y amante Patroclo, Addur Amas evidenció su heterosexualidad desde Arucas a Gando al amar a una noble doncella. Así, el reposo de los guerreros era diferente en cuanto a sexo pero equivalente en lo que al amor se refiere.

Decía, y si no lo digo ahora, que la Historia construyó, con las manos de los hombres y la ayuda de los cielos, la ciudad en que hoy vivimos, llenando de urbanismo ese itsmo que separa la Bahía de La Luz de la Playa de las Canteras. Y llegó, con sus causas y sus cosas, el siglo XIX y la influencia inglesa, ya que una importante colonia de caballeros y señoras de la Gran Bretaña se instalaron en el exotismo de una de las Hespérides para dejar su impronta, en muchos casos antes de seguir hacia el continente negro y construir sus memorias de África, bastante antes de que Robert Redford y Meryl Streep se amaran en Kenia en épico aroma de cafetales, siguiendo la vida que la escritora danesa Karen Blixen les dio con mente, papel y pluma.
Entrada del Hotel Santa Catalina, situado en el parque Doramas. (Alejandro Ramos).

Entrada del Hotel Santa Catalina, situado en el parque Doramas. (Alejandro Ramos).

El hotel Santa Catalina

En 1882 comienza a construirse el Hotel Santa Catalina para que se alojara aquel glamour que viajaba no precisamente ligero de equipaje y que adoptaría los excelentes baúles y maletas de Louis Vuitton a base de madera y lona, construídos desde 1854 en la Rue Neuve des Capucines de París. J´aime Paris au mois de mai. Lorsque le jour se lève. Les rues sortant du rêve. Après un sommeil très léger. Coquettes se refont une beauté. J´aime Paris au mois de mai. Quand soudain tout s´anime. Par un monde anonyme. Heureux de voir le soleil briller …

El racionalismo prende como el fuego sobre la hojarasca y la compañía inglesa Gran Canaria Island Company Limited elige para la hospitalidad el proyecto del arquitecto irlandés Mr. McLaren quién culmina la obra en ocho años y se inaugura en 1890. Finalmente, fueron Miguel Martín Fernández de la Torre y su hermano, el artista canario Néstor de la Torre, quienes aportaron al Hotel Santa Catalina una fusión estilística de elementos canarios y mudéjares.

Y en un abrazo tierno y enternecedor, mientras los viajeros se apoyaban en las regalas de los balcones de madera, aparece desde el más allá el guanche Addur Amas con un parque entre los brazos, desterrada ya su invencible espada de madera. Aparece Doramas para hacerse un hueco para siempre en nuestra memoria, la de los que fueron y la de los que han de venir. Más de 10.000 metros cuadrados de jardines comienzan a seguir las estaciones dentro de una gran superficie, dicen que de 30.700 metros cuadrados, que se sitúa perpendicular a la línea de crujía de la ciudad, esa que sigue la derrota Puerto – Vegueta. El parque registra su última remodelación en 2001, pero antes, mucho antes, allí había un pequeño zoo en el que habitaban enjaulados unos cuantos animales. Quizá una gacela, unas gallinas exóticas, unos ratones, un pequeño grupo de gallos kíkeres, un dromedario y los dos líderes de aquel hermanamiento anti natura: el mono Felipe y un oso polar blanco como la nieve. Ya entonces, y levantaba pocos palmos del suelo, me preguntaba quién tuvo la feliz idea de traer a estas latitudes a un ser vivo que ama los glaciares y que disfruta haciendo surf sobre cualquier pequeño iceberg. Lo comprendí luego, cuando ya como periodista viví cinco años en la planta sexta de un hotel distinto al Santa Catalina, L’Hotel de Ville o Ayuntamiento, donde conocí tan de cerca a los políticos que mi capacidad de asombro se ensanchó mórbidamente hacia los cuatro puntos cardinales. Me quedé de piedra. Como Lolita Pluma y sus gatos en el Parque de Santa Catalina y Doramas y sus gestas en el parque que fue suyo en recompensa por la acción guerrera en defensa de una tierra que pronto perdió. El mono Felipe era un gran masturbador, más incluso que la pintura de Dalí, y muchos padres debían pasar terribles sonrojos para explicar a los niños qué hacía aquel pardoverdoso primate agitando todo el día la zambomba fuera o no fuera Navidad. En cuanto al oso, debió entrarle una especie de esquizofrenía que lo tenía quieto, estático, hierático, sólo balanceando el largo cuello como el péndulo de un viejo reloj de South Kensington.

Paz y serenidad 

Ahora, en el Parque de Addu Amas no hay violencia sino serenidad, césped para acoger jóvenes amores y caricias, sendas y mesetas escalonadas que como escaleras al cielo suben por la guitarra de doble mástil de Jimmy Page. Entre bancos para leer el periódico o dejar escapar los pensamientos a los alisios, hay quien hace gimnasia, yoga, meditación, contemplación, mientras en un pequeño estanque nada un cisne de impoluto blanco que es muy posible que sea Zeus al acecho de Leda para consumar una seducción fundamentada en la ternura y protección que la bella hembra le procuró para escapar de la muerte tras el acoso de un águila. Algunos estudiosos señalan con evidente malicia que no fue realmente así y que Zeus, haciéndose el cisne en vez del sueco, violó a Leda y tuvo que aparecer Hermes a poner orden … Ya saben que el más Dios de todos los dioses es quizá el más voraz de todos los sátiros … ¡Callad! ¡Callad ahora! Del Pueblo Canario llegan los ecos de isas, folias y tangos de El Hierro. ¿Acaso no véis que en el Museo Néstor simbolismo y modernismo se balancean siguiendo el compás de la música de timples, guitarras y bandurrias …? Poema del Mar, Poema de la Tierra, Poema de los Elementos … el Adagio, aquel que detiene y fija en un instante el nadar del cisne para que Leda, desnuda, acaricie su cuello.

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