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“La evidencia de la muerte nos hace más libres”

Antonio Hernández, a sus 72 años, recibe el reconocimiento de buena parte del mundo de las letras español, después de haber dedicado más de la mitad de su vida a la novela y la poesía

El escritor andaluz afirma que en el camino de su octava década de vida la certeza de la muerte se hace cada vez más notoria y que esto repercute en una mayor y mejor conciencia de uno mismo

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El poeta gaditano recibió en el 2015 la Medalla de Oro de Andalucía.

El poeta gaditano recibió en el 2015 la Medalla de Oro de Andalucía.

La literatura nacional ha decidido rendirle honores quizás en el momento justo. Antonio Hernández, a sus 72 años, recibe en este tiempo presente el reconocimiento de buena parte del mundo de las letras español. Después de haber dedicado más de la mitad de su vida a la novela y la poesía, en el 2014 fue reconocido con el Premio Nacional de Poesía, El Premio Nacional de la Crítica, el Premio de las Letras Andaluzas y la Medalla de Oro de Andalucía, como galardones más recientes para una carrera artística que desde muy temprana edad empezó a adquirir una importante notoriedad. El escritor andaluz afirma que en el camino de su octava década de vida la certeza de la muerte se hace cada vez más notoria y que esto repercute en una mayor y mejor conciencia de uno mismo. Pese a su largo legado creativo, Hernández insiste también en que cuando llegue el momento su obra seguirá estando incompleta.

P. - ¿De dónde le viene el gusto por la literatura?

R. - Es una historia un poco curiosa. En mi pueblo, Arcos de la Frontera, en Cádiz, además de haber un caldo de cultivo anterior a mí que me ayudó, mi abuela tenía una fonda donde iban muchos turistas y también artistas como pintores y poetas. Por ahí llegaron mis inicios, porque yo empecé a leer a temprana edad los libros que dejaban los pintores cuando no podían pagar los gastos de su estancia. Recuerdo perfectamente que uno fue el Romancero Gitano de Federico García Lorca y otro una antología de poemas de Gerardo Diego. Luego en la escuela también tuve un profesor que por la tarde la dedicaba a que nos aprendiéramos las canciones del Frente de Juventudes y este maestro tuvo un sustituto que prefirió leyéramos capítulos de Platero y yo de Juan Ramón Jiménez y El Quijote. Con esas bases, la verdadera vocación se inició en la adolescencia.

P. - ¿Cuándo fue consciente de que su profesión iba a ser la de escritor?

R. - En un principio me parecía imposible, porque las obras que yo leía eran libros que yo comprendía difícilmente incluso con 18 años. Pero resultó que a los 19 años me presenté al Premio Adonáis y tuve la suerte de que mi libro encajara muy bien. Me dieron un premio y fue publicado en su colección; a partir de entonces empecé a tomar confianza en mí mismo y pensé que podía valer para eso, sobreponiéndome a lo que era una corriente adversa de comentarios más o menos intensos en mi pueblo; ahora cuando regreso allí me dicen “¿Quién lo iba decir?”. Después llegó la universidad y todo fue progresando; lo que terminó por resultar definitivo fue el viaje a Madrid. Entonces me di cuenta realmente de que podía hacer algo en serio. Comencé a colaborar en periódicos de Madrid y al final he terminado por escribir en todos ellos. A partir de ahí me sentí un profesional.

P. - ¿La poesía es un oficio que se va entrenando con el paso del tiempo?

R. - Para llegar a ser un poeta destacado hay que saber mucho y trabajar mucho. Se nace poeta, es cierto, pero también hay que hacerse. Y esto, normalmente, sólo se consigue a través de mucha lectura y con el paso del tiempo. También es verdad que en ocasiones se da el caso contrario, el de los poetas intuitivos que inmediatamente captan el milagro de la poesía. Desde muy jóvenes escriben grandes trabajos. Con todo, el poeta surge cuando tiene que surgir y después queda un largo recorrido de mejora y perfeccionamiento, sobre todo para la laboriosa tarea de llegar a dominar las formas en el proceso de creación.

A sus 72 años de edad, Antonio Hernández ha sido galardonado en dos ocasiones con el Premio Nacional de la Crítica.

A sus 72 años de edad, Antonio Hernández ha sido galardonado en dos ocasiones con el Premio Nacional de la Crítica.

P. - En sus lecturas de temprana edad, ¿hubo libros que se le atragantaran y desistiera en su lectura?

R. - Por ejemplo, un poeta que yo admiro mucho ahora, como es Góngora, entonces no lo tragaba. Y también hay otros. De todas formas, tengo que decir que yo leí al ensayismo inglés y a los novelistas rusos muy pronto y eso creo que me dio una base muy sólida. Y sobre ella he ido trabajando y creciendo.

P. - ¿El Premio Nacional de Poesía tiene un título favorito?

R. - He leído tantos libros que me resulta muy difícil esta pregunta. Libros que me han gustado mucho puede ser alguno de Chaves Nogales, que es uno de estos escritores que no están reconocidos y uno no logra entender el motivo, cuando algunas de sus obras son realmente maravillosas. Este periodista se tuvo que ir a Inglaterra y escribió libros realmente extraordinarios que no figuran en el catálogo de distinciones de la literatura española.

P. - ¿Para un poeta es más importante leer o escribir?

R. - Las dos cosas. Creo que no se puede elegir entre una acción u otra. Se complementan y hay que saber acomodarlas bien en el día a día. Cuando escribes, llega un momento en que sientes que tienes que leer, y viceversa, cuando se está leyendo de buenas a primeras puede irrumpir también la necesidad de escribir. Yo intento, en mi caso particular, separarlo por temporadas, porque si uno está escribiendo y a la vez está leyendo a otro autor se puede dejar influenciar, y eso es lo peor que le puede pasar a un escritor. Lo que me ocurre a mí es que estoy en varios concursos como jurado y eso implica que tengo que leer mucho. En estos casos, leo bastantes libros inéditos y en muchas veces estoy deseando acabar y liberarme de esa pauta. Y cuando lo hago, vuelvo a los clásicos, los releo cuando estoy libre de compromisos laborales. Son la mejor herramienta. Tengo que decir que no estoy muy actualizado sobre todo si hablamos de narrativa. Suelo llegar tarde a las nuevas tendencias, más bien me las tienen que descubrir porque yo de un principio no les hago mucho caso; suelo estar empeñado en otras cosas. Eso, tengo que decir, no sé si es bueno o es malo, pero es lo que hay.

P. - ¿Tiene su día estructurado en base a sus hábitos? ¿Tiene horarios definidos para leer o para escribir?

R. - Cuando estoy escribiendo una novela sí. Entonces me hago un horario para el día a día que me permita avanzar en la construcción de los libros. Eso es lo único fijo que tengo, porque todo lo demás lo alterno, si escribo artículos, o ensayos o poemas, todo eso queda un poco más a la espera de que llegue la visita de eso que llaman la musa. Hay que estar en estado de gracia y estar deseando escribir ese poema, porque si no, eso no vale. El resultado de lo contrario suele ser algo artificial. Muchas veces puedo releer algunos de mis poemas y pienso que no tienen valor y es simplemente porque no estaba en forma.

P. - Entonces, se deben desechar muchos escritos…

R. - Sí, bastantes. Yo corrijo mucho el estilo. Sigo la máxima de Juan Ramón Jiménez, que decía que en la elaboración de los poemas existía el momento creador y el momento crítico. Y eso también se puede aplicar a la crisis. Toda obra hay que dejarla en barbecho una temporada y volver a leerla más tarde para ver si coincide el momento creador con la exigencia del instante crítico.

P. - Estos últimos años usted ha estado, de alguna manera, colmado de premios. ¿Estos reconocimientos son para usted un añadido inevitable o una alegría real?

R. - Son una alegría, pero los disgustos siempre duran más que las alegrías de los premios. Eso es así. En la vida, la alegría dura bastante menos que la pena. Es casi consustancial al ser humano. Hay alegría cuando las cosas van bien, pero cuando hay un problema es cuando las cosas se ponen serias y esa sensación de agobio es superior en intensidad a la sensación de bienestar.

‘Nueva York después de muerto’ es la última entrega poética de Antonio Hernández.

‘Nueva York después de muerto’ es la última entrega poética de Antonio Hernández.

P. - En la vida de un escritor, en el desarrollo de su profesión, ¿cuáles puede ser esas penas?

R. - No creo que pueda hacer una distinción ahí. Las penas vienen a ser las mismas que las de la humanidad, las penas familiares, la de los amigos, las desgracias propias y la de los seres queridos. En mi caso, yo tengo una edad, y tengo que decir que casi se nos muere un compañero cada día y en cualquier momento me puede tocar esa lotería negra a mí.

P. - Teniendo conciencia de eso, ¿la vida da para disfrutarla más?

R. - Creo que sí. Uno se vuelve más libre porque la evidencia de lo que está por llegar es algo irreparable. Se puede decir que la evidencia de la muerte da libertad. Esto va a ocurrir tarde o temprano y cuando se va asumiendo eso se le tiene menos miedo a la muerte. Mis compañeros y mis amigos se están muriendo y soy consciente de que a mí también me espera. No se puede salir corriendo.

P. - ¿Siente que se aproxima a ese momento con el trabajo hecho, se siente completo como escritor?

R. - Tengo que decir que no. Uno siempre quiere más y tengo que decir que si ahora me pasara algo, en lo referente a la literatura, sí tendría que decir que mi obra no está terminada. Me va a faltar tiempo para hacerlo. Hablo de la exigencia que yo tengo sobre mí, está claro que puede haber opiniones para todos los gustos y la gustativa no es común. Algunos pueden pensar que soy muy bueno con una obra completa y otros creen que soy muy malo. En general, por suerte, puedo decir que yo no he tenido mala crítica. Repetir el Premio Nacional de la Crítica no es habitual. Habemos cuatro personas que compartimos este honor. Este premio es independiente, no tiene dotación económica, por lo tanto no tiene movimientos espurios; es un premio que lo quiere todo el mundo y en el que participa todo escritor de habla hispana, porque lo que hay una competencia muy superior al Premio Nacional de Literatura. Te lo digo en serio, antes de recibir el Premio Nacional de Literatura yo sentía que no me hacía falta porque ya tenía el de la Crítica. Además, yo siempre he sido bien tratado en esto referente a los premios. La verdad es que el año pasado casi no me dio tiempo para enterarme, porque me cayeron muchos reconocimientos. Me dieron el Premio Nacional de Poesía, El Premio Nacional de la Crítica, el Premio de las Letras Andaluzas, la Medalla de Oro de Andalucía... Todo esto ha venido a refrendar la trayectoria de toda una vida dedicada a las letras. Ya soy mayor, tengo 72 años, y la tercera parte de mi vida me he dedicado a la literatura. No está mal que un momento dado lleguen los reconocimientos. Mi primer Premio Nacional de la Crítica y Gran Premio de Bellas Artes lo recibí muy joven, pero ahora, a estas edades, es quizás más normal que se dé este embotellamiento de premios.

P. - ¿España es un país en el que a usted le ha gustado vivir?

R. - Sí, por supuesto. Bueno, tengo que decir que a mí no me gustaba el franquismo, ni las cosas que entonces pasaban, y allí pasó buena parte de mi existencia, pero yo me siento español por un motivo claro, la mitad de mi vida la he vivido en Andalucía y la otra mitad en Madrid. He viajado mucho, pero nunca he vivido fijo fuera de España. Mi cultura es española y estoy contento de ello. Otro asunto es que no comparta ciertas ideas arraigadas en España, como puede ser los curas y este tipo de cosas.

P. - Ha mencionado los viajes, ¿qué influencia han tenido estos en su vida?

R. - Tengo que decir que determinante. Y me apoyo en esa frase que decía que los nacionalismos se curan viajando. Los viajes instruyen mucho, ver otras culturas, y sobre todo comprobar en primera persona que el mundo no es sólo el reducto cercano en el que nos movemos día a día. Hay mucha gente lejos con opiniones que nos puedes enriquecer y hacer cambiar la visión sobre nuestras costumbres, porque las costumbres pueden ser perniciosas también. A mí siempre me ha interesado ampliar conocimientos y viajar es una buena herramienta para lograrlo. Aquí me gustaría decir aquella frase del escritor portugués Gil Vicente: “Vivir no es necesario, viajar sí”.

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