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''Los canarios no quieren trabajar en la agricultura''

UNO DE LOS EMPRESARIOS DETENIDOS EN LA 'OPERACIÓN ZAFRA' DEFIENDE SU INOCENCIA

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"Los canarios no quieren trabajar en la agricultura, por eso tengo que echar mano de inmigrantes". Antonio Vega Vega, productor tomatero y una de las cuatro personas detenidas por presunta explotación de inmigrantes dentro de la operación Zafra, asegura que no tiene nada que esconder y que todos los rumanos que trabajan en su finca agrícola de Vargas ?Agüimes-, viven como "seres humanos" y no como animales, como se ha querido hacer ver a raíz de la denuncia de una de sus trabajadoras.

La especie de barracones donde duermen y conviven los 26 extranjeros que Antonio Vega tiene contratados legalmente, en realidad son viviendas prefabricadas que han recibido la pertinente homologación de la Inspección de Trabajo. "Tienen hasta aire acondicionado, algo que yo no tengo ni en mi casa", explica el empresario. En cada una de estos habitáculos, de aproximadamente 6 metros cuadrados, hay dos literas en las que descansan los empleados tras las ocho horas de trabajo diario.

Aquí nadie trabaja más de ocho horas, ni españoles ni rumanos", asevera de manera tajante Antonio Vega, quien explica que, además de los inmigrantes, en su finca de 25 hectáreas también hay otros 38 trabajadores españoles ?algunos llevan hasta 20 en la finca- que cobran prácticamente los mismo que los compañeros extranjeros ?alrededor de 800 euros netos al mes-

El empresario lleva dos días mostrando a la prensa sus invernaderos y el lugar donde se alojan sus trabajadores. Quiere dejar claro que él no es ningún explotador y, de hecho, se vanagloria del exquisito trato que reciben todos sus empleados. Seis duchas, cuatro retretes, una lavadora, un pequeño economato donde pueden comprar "lo que quieran", un comedor donde hay un congelador "lleno de carne" y una nevera donde tienen "de todo" para un buen desayuno -requisito fundamental para que "tengan fuerzas para trabajar"-.

Antonio Vega asegura que "para predicar con el ejemplo" y, aunque posee varias viviendas en propiedad, come con ellos todos los días, duerme con ellos en la finca prácticamente a diario e incluso se levanta antes que ellos. "Llevamos 27 años plantando tomates y nunca hemos tenido ningún problema", manifiesta Vega, confiando en que lo que se ha convertido en una pesadilla para él y su mujer se acabe lo antes posible.

Mónica Grama, la denunciante arrepentida

Ella es la trabajadora que denunció las precarias condiciones en las que supuestamente trabaja y vive dentro de Sábalos, la finca de tomates propiedad de Antonio Vega. Mónica Grama, que después de un mes fuera de la empresa ha regresado a estos invernaderos, asegura que "estaba muy confusa" cuando presentó la denuncia, mal asesorada por un grupo de compañeras rumanas de otra explotación agrícola cercana.

Ahora se arrepiente y dice sentir "mucho" lo ocurrido. "Nunca pensé que podía provocar todo esto, y ahora no sé cómo solucionarlo", declara Mónica, quien "si pudiera" retiraría su denuncia. Pese a que ni su jefe ni ninguno de sus compañeros ha tomado represalias contra ella ni la tratan de manera diferente, a sus 36 años dice estar "muy mal, porque sé que lo que he hecho es algo muy grave".

Lleva seis meses trabajando en esta finca, donde espera culminar su contrato de nueve meses para, luego, volver a su país. Lo mismo que Ene Gheorghe, que después de siete meses y medio trabajando para Sábalos volvió en mayo de 2006 a Rumanía para regresar en septiembre durante otros seis meses.

Ene Gheorghe sostiene que la denuncia de su compañera Mónica en absoluto le ha afectado. "Yo aquí estoy muy bien, todo está bien y me gustaría volver".

Las palabras de Ene prácticamente son idénticas a las repetidas por Cornel Dragu, otro trabajador de la finca de Antonio Vega. Cornel habla maravillas de su "patrono", al que describe como un hombre solidario, que nunca ha puesto "ningún problema" si alguno de sus empleados está enfermo o con dolores de espalda y no puede trabajar.

En este sentido, Cornel Dragu recuerda su experiencia en la Península, donde estuvo trabajando el año pasado cogiendo fresas. "Allí estábamos todos en una casa, rumanos, marroquíes, saharauis, ... con un solo baño para todos, una única ducha, la ropa la teníamos que lavar a mano. Aquí es diferente, estamos muy bien y me gustaría seguir aquí durante muchos años", concluye Cornel Dragu.

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