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Mauricio, mentiroso y cojo

El ex consejero de Economía y Hacienda y diputado de cámara de Aznar desafió a la verdad y volvió a quedar como un mentiroso y un impostor

Sabía desde julio, cuando lo inspeccionó la Seguridad Social, que había cometido una ilegalidad, pero prefirió culpar a la jueza que le abrió diligencias en octubre

La trabajadora cuyo contrato enseñó a los medios para defender su inocencia, ni era documentalista, ni sabía de turismo ni tenía nociones mínimas para manejar un ordenador

Guerra de candidaturas en el Club Náutico de Gran Canaria dos años después de las elecciones y el desalojo de Juan Marrero Portugués

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El exdiputado y exconsejero de Economía y Hacienda, José Carlos Mauricio. (ALEJANDRO RAMOS)

El exdiputado y exconsejero de Economía y Hacienda, José Carlos Mauricio. (ALEJANDRO RAMOS)

Cuando José Carlos Mauricio acusaba a este periódico y a la jueza Victoria Rosell de una suerte de conspiración en su contra ya sabía que no tenía excusa para su comportamiento. Es más, lo sabía desde el mes de julio cuando, en compañía de su hija, de su pareja y de la trabajadora cubana a la que contrató de aquella manera, atendió a una inspectora del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social que revisaba contratos, contabilidad y operativa de su fundación. Fundación de la que, por cierto, la Policía sospecha operaba de manera poco ortodoxa en relación con una empresa que podía haber estado actuando de tapadera. Lo sabía desde julio, insistimos, cuatro meses antes de que este periódico publicara que acababa de ser detenido por la Policía por una supuesta falsedad en relación con un delito contra los derechos de las personas inmigrantes. Ahora sabemos lo que ya sabía Mauricio en verano: que contrató a una mujer cubana, novia de un amigo que es decano de una facultad de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria; que ese novio le ingresaba a la fundación del ex consejero y ex diputado las cuotas de la Seguridad Social que su fundación ingresaba en el organismo correspondiente; que la presunta trabajadora no cobraba salarios, o que al menos no hay constancia de que así fuera; que no tenía conocimientos de turismo, ni de documentación, ni siquiera de informática, por mucho que el imputado afirmara locuazmente ante los medios de comunicación apostados en los juzgados que era una profesional del carajo que le había hecho unos trabajos sensacionales para su fundación. Todo era mentira. Como debe ser mentira también que una página web que nunca identificó publicara en agosto el suceso administrativo que protagonizó para dar a entender que esa noticia fue inducida por este periódico. 

 

 

 

No hay por dónde cogerlo

Mauricio podía haber reconocido los hechos, como hizo cuando por dos veces consecutivas fue sorprendido conduciendo sin carné. Y, como el rey Juan Carlos I, pedir disculpas a los que todavía siguen creyendo en él y prometer que no volvería a hacerlo. Que ya tiene una edad y unos conocimientos como para saber que no se pueden falsificar contratos, que intentar legalizar a una persona extranjera haciendo farfullos ya no es una obra de caridad, sino un delito penado en la legislación española. Que ir y venir con tus empleados o tus seres queridos de la oficina de empleo a la oficina de empleo para cobrar el paro ahora sí y después no, no es una práctica bondadosa, y mucho menos un comportamiento aceptable en una persona de izquierdas. Que el que defrauda a los organismos públicos está contribuyendo a que este país siga siendo un carajo de la vela en el que se quedan por el camino muchos recursos que debieran emplearse en las personas que verdaderamente lo necesitan. Pero si encima, cuando te trincan, sacas la lengua a paseo y culpas a los primeros que se te ocurre de una persecución hacia alguien que no merece ya ni siquiera que lo persigan, raya en lo verdaderamente patético. Se coge antes a un mentiroso que a un cojo. Y este charlatán es muy mentiroso.

Guerra abierta en el Club Náutico

Parecía que Juan Marrero Portugués y su junta directiva habían abandonado la gestión del Real Club Náutico de Gran Canaria de forma pacífica. El histórico presidente dimitió después de que empezaran a circular comprometedoras informaciones que hablaban de una gestión económica con más sombras que luces y le sucedió tras las correspondientes elecciones Óscar Bergasa Perdomo, no tan histórico de la vida pública grancanaria pero histórico también al fin y al cabo. Dos años exactos después de aquellas elecciones de noviembre de 2013 a la que concurrieron algunos veteranos del equipo de Marrero Portugués dentro de la plancha de Javier Sánchez-Simón, el resquemor por aquella estampida forzada no parece haberse resuelto. Más de treinta socios han sido expedientados por la actual directiva durante un intercambio bastante enojoso de reproches, bulos, palabras mayores y algunos insultos gruesos que todavía no han cesado. Para hacer frente a lo que Bergasa y los suyos consideran una campaña de desprestigio, lanzaron una hoja informativa a los socios (más de 6.000) en la que relatan los logros obtenidos y reflotan algunos de los trapos sucios que, a la postre, hicieron que sus antecesores salieran por la puerta de atrás. A la hoja informativa ha seguido estos días una dura carta de Marrero Portugués que, entre otras lindezas, dice a los de Bergasa “ya supondrán ustedes a dónde les estoy mandando”. La marcha de Marrero Portugués fue forzada a raíz de una demanda civil en la que se relataban determinadas irregularidades contables y alguna deslealtad hacia la buena gestión económica del club, demanda que fue retirada por los demandantes en algo que llamaron “pacto de caballeros” a cambio de que el demandado y los suyos dimitieran y dieran paso a unas elecciones en la entidad deportiva. Y así fue. Pero las heridas han quedado abiertas y amenazan con una batalla interna de imprevisibles consecuencias.

 

Paga el club

Si la hoja informativa de la actual directiva del Náutico fue contundente en su defensa y dura con sus antecesores, a los que culpa de instigar una revuelta interna en la entidad, la carta de Juan Marrero Portugués no tiene nada que envidiarle. En ella defiende su gestión de una manera que se puede catalogar como mínimo de anticuada. No en vano comienza lamentando que, con Óscar Bergasa, la entidad haya dejado de ser “un club de señores”, es decir, de esos señores de orden que no levantaban las alfombras de sus antecesores, ni aireaban cosas tan prosaicas como los gastos personales cargados a las arcas del club, el uso indebido de una tarjeta de crédito o el mantenimiento de un coche oficial para el presidente que la nueva directiva ya devuelto al concesionario. Marrero Portugués y su esposa viajaban por cuenta de las arcas del Náutico a distintos puntos de la geografía canaria (2.082 euros un viaje a El Hierro), peninsular (1.483 en billetes a Alicante) y europea (3.300 euros a Lisboa) en primera clase, a veces en compañía de otro directivo con su señora a los que también se le pagaban desplazamientos y hospedajes. Tenía a numerosos trabajadores sin contrato y sin alta en la Seguridad Social y formalizó un préstamo con La Caixa por 6 millones de euros por los que se pagó una primera cuota anual en 2009 de 230.000 euros y se terminará de pagar en 2023 con una cuota única de 540.000. Por no relatar asuntos tan chuscos como la negativa de Marrero Portugués a otorgar el carné de socio al marido de uno de ellos por resistirse, como un señor, al reconocimiento de matrimonios homosexuales en entidad tan señera y centenaria. Nadie sabe a ciencia cierta quién empezó esta guerra, pero lo que parece claro es que algunos no han sabido marcharse y otros probablemente no han sabido llegar. Es lo que tiene tener tiempo de sobra para las conspiraciones.

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