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El debate que ganaron los ausentes

El primer debate electoral de la era Negrín fue cualquier cosa menos entretenido y clarificador, por culpa del formato y de los candidatos

Son ellos, los candidatos, los que imponen las condiciones por miedo a perder ante las cámaras lo que creen haber conquistado de manera superpuesta durante la campaña

Mientras los monólogos se sucedían, Podemos y Ciudadanos conquistaban sus posiciones en las redes, sin recato y sin corsets

“En Telecinco estaban dando Supervivientes, ¿o era en Televisión Canaria?”, sintetizaba un periodista analista de esta casa

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La candidata de Ciudadanos al Gobierno de Canarias, Melisa Rodríguez, tras el mitin de la Radio Televisión Canaria (@mrhciudadanos)

La candidata de Ciudadanos al Gobierno de Canarias, Melisa Rodríguez, tras el mitin de la Radio Televisión Canaria (@mrhciudadanos)

El moderador del debate electoral ofrecido anoche por Televisión Canaria terminó celebrando ante los candidatos y los telespectadores que el programa hubiera alcanzado gran relevancia en las redes sociales. El bueno de Paco Luis Quintana, al que le encasquetaron esa responsabilidad tras el atrabiliario despido del jefe de informativos, Miguel Ángel Daswuani, desconocía por completo el contenido de los comentarios de los internautas, abrumadoramente dirigidos a descalificar el debate de la televisión pública autonómica por su método y formato y por la clamorosa ausencia de dos partidos que, con altísimas probabilidades, tendrán entrada en el próximo parlamento autonómico: Podemos y Ciudadanos, por no mencionar a otro que viene pegando fuerte desde La Gomera con resultados bastante inquietantes, el de Casimiro Curbelo. El debate verdadero tuvo lugar en las redes sociales, donde el personal volvió a despacharse libremente criticando a cada uno de los intervinientes cuando le dio la real gana, entrando y saliendo en los asuntos de su incumbencia, disparando contra la cadena pública por no haber sido capaz de sintonizar con la realidad presente y futura y por haber ofrecido a los telespectadores un debate antiguo, casposo, encorsetado, inútil y poco clarificador, a lo que sin duda contribuyeron los candidatos por a) haberse prestado disciplinadamente a ese juego, y b) por no haber sido capaces en ningún momento de romper moldes y sintonizar mínimamente con el alto interés ciudadano que estas elecciones han despertado. Estuvieron torpes, muy patosos, en ocasiones tibios y ñoños, demasiado sujetos a sus prontuarios y a sus ensayos preliminares. Temerosos de la pesada carga que creyeron que tenían sobre cada uno de ellos si no salían airosos del trance. Y ninguno consiguió superar el cinco raspado, lo que permitió a los que se quedaron fuera del plató ganarlo por goleada en las redes sociales donde, según el presentador, el debate fue trending topic.

 

Mudanzas en tiempos de tribulaciones

Las precipitaciones con las que el nuevo equipo directivo se ha hecho cargo de la Radiotelevisión Canaria y el medio millón que habrá de destinar a pagar las indemnizaciones de los fulminantemente despedidos deben ser las causas por las que un debate de esta naturaleza, en unos momentos decisivos de la vida política de las islas, se celebrara en un plató estándar y con una puesta en escena que no era sobria sino más bien anodina, y a esa altura parecieron situarse los candidatos, como para no desentonar con el fondo. Fallos de cronómetro, fallos en la asignación de turnos no hicieron más que hacer buena aquella máxima de San Ignacio de Loyola que dice que en tiempos de tribulaciones no se pueden hacer mudanzas. Perdonen por la contundencia, pero muchas de las cosas que pasaron en este debate no habrían ocurrido con Daswani y su equipo, muy rodado en estas lides, al frente. Debieron mantenerlos hasta final de mes y no hacer sonar esa cacharrería tan desagradable. Mudanzas en tiempos de tribulaciones.

Candidatos decepcionantes

En este tipo de debates, por llamarlos del modo oficial, todo está pactado de antemano; se sortean los sitios que ocupa cada cual y el orden de intervención de cada uno; los bloques temáticos que se van a abordar y cómo serán expuestos. No queda margan alguno para el intercambio de pareceres, las interrupciones y mucho menos las discusiones. El moderador está obligado a apagar de inmediato cualquier conato, so pena de padecer los insultos de un jefe de prensa o la precipitada marcha de un candidato o una candidata. Los tres partidos mayoritarios, PP, PSOE y Coalición Canaria, pactaron en abril acudir al menor número posible de debates, quizás conscientes del escaso peso dialéctico e incluso intelectual de sus candidatos, sin ánimo de señalar a ninguno de ellos. Pero parecía ineludible hacer un debate en la televisión autonómica, y con unas estrictas condiciones fue aceptado por los equipos de campaña. Una de esas condiciones fue que no acudieran Podemos ni Ciudadanos, los dos partidos emergentes capaces de ganar cualquier debate tan sólo con señalar a los demás adversarios como responsables directos, indirectos, internos o mediopensionistas, por acción u omisión, del estado actual de la cuestión. Sí estuvo en este programa Ignacio González, del CCN, hoy integrado en Unidos, que en realidad aparecía agrupando a su partido matriz y al PIL de Fabián Martín, porque ambos en puridad tienen representación parlamentaria en la actualidad, excusa incluyente para ellos pero excluyente para el resto de fuerzas con opciones.

 

Uno por uno

Algunos periodistas –compañeros y sin embargo amigos- consultados tras el debate resolvieron a su pesar la incógnita de siempre, ¿quién ganó el debate? Las respuestas proporcionadas por tres colegas fueron muy dispares. Desde la compañera que sostuvo que no hubo ningún ganador de entre los cinco presentes en el plató, hasta el que, en un rapto de generosidad, dio un ex aequo a Nacho González y a Román Rodríguez, sin menospreciar a Australia Navarro, quien para uno de nuestros consultados ejecutó a la perfección su papel superando a la otra mujer presente, Patricia Hernández, la peor valorada en esta consulta sui generis. La disparidad de criterios entre nuestros colegas refuerza la opinión generalizada de que ni el debate sirvió para esclarecer nada, ni los candidatos lograron salir de él con mayor ventaja o desventaja de la que tenían previamente. Fernando Clavijo decidió adoptar el papel de poli bueno en medio del generalizado intercambio de reproches. Sus asesores decidieron obviar la doctrina que anatemiza a todo aquel político que pasa sin limpiar o sin ensuciar. El buen rollito que le echó en cara Nacho González debe tener sus límites, particularmente a la hora de marcar el territorio. No resultó especialmente creíble esa pose. Patricia Hernández trató de explotar lo que sus asesores consideran sus valores: su sonrisa y su aparente espontaneidad. Vocalizaba tanto y en una octava tan alta que parecía estarle hablando a niños de cuna que a electores mayores de dieciocho años. Australia Navarro se subió al columpio del prontuario del PP sabedora de que sus adversarios pasarían por alto que la mayoría de las cosas que critica o que promete han sido o aplicadas o incumplidas por su propio partido. No resulta creíble oírle hablar de honradez y de transparencia llevando la ristra de chorizos que cuelgan de sus listas. Nacho González no abandona el populismo ni con agua caliente y vinagre; utiliza muy bien el lenguaje de la calle, sencillo, llano y con ribetes de tosquedad. Estaba obligado a hablar de los líderes que integran Unidos y rechinó escucharle elogios a favor de Fabián Martín (hijo de Dimas Martín) y de Domingo González Arroyo, marqués de las dunas de Corralejo. De Román Rodríguez cabía esperar un poco más de altura política y una visión más generosa de la que mantenían sus adversarios, pero cayó demasiadas veces en su necesidad de afear a todos los presentes las responsabilidades de la situación actual.

Ganaron sin maquillarse

Un debate, en definitiva, francamente prescindible, sin un puñetero titular que echarse a la boca y sin la menor chispa para el entretenimiento y el contraste de pareceres. La ausencia de Podemos y de Ciudadanos privó a los telespectadores de unas variables que seguramente habrían podido ser muy enriquecedoras, no sólo por las propuestas y las críticas que pudieran pronunciar los emergentes, sino por el argumentario que en su defensa habrían de desplegar los integrantes de la casta. Con perdón. El encefalograma de la cuestión lo resumía con una ingeniosa frase uno de los periodistas a los que consultamos: “En Telecinco estaban dando Supervivientes; ¿o era en Televisión Canaria?” Tendremos que esperar a los debates de dentro de cuatro años, porque si todo sale como anuncian las encuestas, ya no serán a cinco, sino seis o siete los presentes, si antes no se produce un cataclismo con el desmoronamiento de alguno o algunos que prometen. De momento, tanto los de Podemos como los de Ciudadanos se lo pasaron pipa en sus cuentas en Twitter poniendo a sus adversarios y a la tele autonómica a caer de un burro. Ganaron sin maquillarse.

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