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Privatizar la politica

Este hijo de mil padres, Ignacio González, como profesional del robo y la indecencia no va a aceptar ninguna idea que no sea la privatización; salvo que se encuentre en la coyuntura de aceptar un linchamiento....político por supuesto. LuciFer.

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Este es un comentario no dirigido a mí, sino a un artículo sobre Ignacio González y la privatización de la sanidad. El tono es el que, para mi asombro, se va volviendo habitual en muchos comentarios: esa beligerancia condescendiente y despreciativa que hasta ahora caracterizaba sólo a la derecha. Sí, ya sé que, como los adolescentes, ustedes se consideran justificados para exhibir su “santa indignación”, porque tienen razón y no es lo mismo y bla, bla, bla… Qué me van a contar, tengo una hija de catorce años. Como diría el buen Sancho, con su pan se lo coman, que yo me entiendo.

Partidario como soy de lo público y a ultranza (siempre he dicho que deberían estar prohibidas, entre otras cosas, la sanidad y la educación privadas), creo que son torticeros y falaces, además de interesados, los argumentos expuestos para defender “la gestión privada”. Sin embargo, lo que me llama la atención es la vertiente ideológica enmascarada en razones de eficacia. Hasta tal punto que a veces he llegado a maliciarme que, por debajo de toda esta cháchara sobre los “emprendedores”,  “la iniciativa” y demás pamplinas, no hay más que la ideología individualista de las hordas de cazadores de la prehistoria, la heredad de la derecha, es decir, la ley del más fuerte.

Hace tiempo me empezó a irritar la privatización de la lectura, a la que al parecer sin remedio nos conducen las nuevas tecnologías, y escribí algo sobre este asunto. El origen (legendario) del libro procede la sibila de Cumas, que escribía sus profecías en hojas sueltas, pero las perdía, se las llevaba el viento, se traspapelaban. Decidió coser las hojas y así nació el libro y, con él, una nueva concepción de la cultura. La escritura en hojas sueltas, volanderas, no era un accidente a evitar, sino que formaba parte de la esencia misma de la lectura profética. El viento revolvía las hojas y así significaban algo diferente para cada lector (que interpretaba el azar como destino). Cada uno leía un libro distinto, un vaticinio que sólo se refería a su consulta particular. Cada acto de lectura ordenaba de otra forma las hojas y le daba un sentido nuevo, personal, que ya sólo era inteligible para su destinatario.

¿Qué pasa cuando la sibila se decide a coser las hojas, es decir, a convertirlas en libro? La lectura se vuelve pública, sucede en el espacio público, implica a la comunidad, en lugar de dirigirse en privado al destino singular de cada lector. A partir de ese momento, todos leemos el mismo libro y, por tanto, podemos discutir sobre él, empezamos a hacerlo. De la lectura profética pasamos, gracias al libro, a la lectura cívica y pública

Ahora en cambio, entre San Bill Gates y San Steve Jobs (esos San Cirilo y San Metodio de segunda división) nos quieren hacer volver a la lectura privatizada, es decir, que ninguno leamos el mismo periódico ni el mismo libro ni veamos la misma tele ni las mismas películas, que no lo leamos en público, sino en privado, y que hagamos comentarios sólo entre los que ya estamos de acuerdo. Incluso ocultamos algunos que no nos gustan y aparece un letrero que dice “comentario oculto por votos negativos de la comunidad”. Una idea orwelliana de la democracia que sin duda hubiera entusiasmado a Goebbels.

Pero ya hemos ido más lejos todavía, hacia la privatización de lo político, que se lleva a cabo con los mismos torticeros y falaces, además de interesados, argumentos que la de la sanidad: eficacia, productividad, profesionalidad. En realidad se trata de privatizar la política y dejarla en manos de los políticos. O en otras palabras: de expulsarnos, de desalojar al pueblo del espacio político. De no ser así, ¿cómo se explica que, a una propuesta de referéndum en el País Vasco o en Cataluña, apoyada por la mayoría de vascos y catalanes, se responda con repulgos de empanada y artículos de la Constitución? De no ser así, ¿cómo se entiende que nos preocupen más los bancos que sus víctimas desahuciadas? De no ser así, ¿cómo se comprende que la policía tenga que proteger el parlamento de los propios ciudadanos?  De no ser así, ¿cómo se concibe que “las fuerzas políticas”, o bien desconfíen de los movimientos sociales, o bien quieran ponerlos a su servicio?

En mi nunca humilde opinión, o hacemos política o nos la harán. Si dejamos la política en manos privadas (¿o hay alguien que crea que el PP y el PSOE representan a alguien?), si consentimos que la privaticen en favor de sus intereses, merecido tendremos lo que nos pase. Más aún: si hiciéramos más política, si participáramos más, si lo hubiéramos hecho antes, a lo mejor no tendríamos que participar ahora para defender la sanidad o la educación.

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