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¿Ser o no ser?

¿Como se puede ser honorable si has sido condenado por un delito? ¡Con el PP todo es posible! Abg.

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A mí también me parece un disparate que el Banco de España se encargue de decidir por su cuenta si alguien es honorable o no, y a despecho de una condena judicial (no ya una imputación). ¡Barástolis, el Banco de España! Esa institución que goza de tanto prestigio, en vista de la vigilancia cuidadosa que Fernández Ordóñez impuso sobrebancos y cajas y su probada eficacia para contener la crisis financiera. ¿Y no sería mucho más prudente que fuera el orfeón donostiarra el que decidiera quién es honorable?

Como recordaba la semana pasada mi amigo Miguel Roig, el problema no es otro que el principio de Peter, formulado por Laurence J. Peter en 1969. Cuando alguien hace bien su trabajo se le asciende de inmediato. Si lo sigue haciendo bien, vuelve a ascender. Y así hasta que alcanza su nivel de incompetencia y se queda para siempre en ese puesto en el que no hace nada y en el que no sabe hacer nada. Lo peor son los dos corolarios del principio de Peter. Uno: con el tiempo, todo puesto tiende a ser ocupado por alguien incompetente. Dos: los únicos que trabajan son aquellos que aún no han alcanzado su “nivel de incompetencia”.

Salta a la vista que el principio de Peter también se aplica a la vida pública española. ¿Algún ejemplo? Juan Luis Cebrián, sin ir más lejos. No era mal periodista y fue ascendiendo sin parar hasta la dirección, donde tampoco lo debió de hacer de pena, de manera que fue catapultado a la empresa, cada vez más alto. Hace años que Juan Luis Cebrián ha alcanzado su  nivel de incompetencia y ahí le tenemos, inamovible, encadenado al sillón y desencadenando catástrofes impávido, sin la menor vergüenza. ¿Otro? Rajoy, que también nos pilla a mano. No era un ministro tan impresentable y fue subiendo, llegó a vicepresidente y, ahora por fin, ya presidente de Gobierno, instalado con comodidad en su nivel de incompetencia, decidido a no hacer nada, por si acaso y caiga quien caiga: él no piensa mover un dedo, así demostrará al universo que se merece permanecer en el puesto para el que es incompetente, en aplicación del principio de Peter. En fin, sobran ejemplos, desde Ana Mato a Javier de Paz. Y todos nos tememos que también hay pavorosos ejemplos de lo contrario: tipos que aún no han satisfecho su nivel de incompetencia y por lo tanto aún pueden darnos la lata, como Gallardón.

Lo que es para echarse a temblar es que llevamos muchos años de democracia tras la II Restauración borbónica. Demasiados. Ahora la política española se ha convertido en una organización empresarial, Política S.L.,  que no sólo aplica el principio de Peter, sino en la que también se deja sentir ya el efecto de los dos corolarios.

Por una parte, la mayoría de los puestos importantes los detentan incompetentes manifiestos. Pensemos en el Banco de España y los bancos de España, en los Ministerios, en el Consejo del Poder Judicial, en la Corona y la Familia Real, en nuestros parlamentarios aquí y en el Parlamento Europeo, en los catedráticos de universidad, en el Comité Olímpico Español, cuento y no paro.

Por otra parte, puesto que los incompetentes tienden a la inactividad, para no delatarse, la mayor parte del trabajo real de la política lo llevan a cabo quienes todavía no han alcanzado su nivel de incompetencia. El problema es su ambición, no piensan en otra cosa que en alcanzar el ascenso en el que puedan dejar de trabajar, acomodados en su nivel incompetencia. ¿Qué debemos temer más: un incompetente satisfecho que mira para otro lado y no da un palo al agua o alguien competente poseído por la ambición, con la vista puesta en el ascenso hasta su propio nivel de confortable incompetencia bien pagada?

Pues así las cosas, diría que lo único sensato es declarar en quiebra Política S.L. y nacionalizar la empresa, y que hagamos nosotros la política.

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