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Es más triste tener que leer

Hombre, tampoco son obligatorias la tauromaquia y la iglesia católica, y bien que las financia su ministerio y su Gobierno. Fernando HS

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A menudo intento convencer a mi hija (sin demasiado éxito, a decir verdad) de que, cuando dos personas mantienen posturas enfrentadas, el más testarudo y el verdadero tramposo es el primero que dice: no seas cabezota. Si cada uno mantiene su posición con la misma firmeza, igual de cabezotas serán los dos, ¿no? Y entonces, ¿con qué derecho se sitúa uno en ese lugar tan por encima del otro si no es el que le concede su propia cabezonería?

Lo mismo me sucede cuando oigo a alguien reclamar a los demás una reflexión “sincera y no demagógica sobre la financiación de la universidad”. La suposición del ministro Wert de que los demás no son sinceros y halagan sentimientos elementales del público para conseguir sus objetivos delata al taimado tramposo que siempre se concede el derecho a situarse por encima de su interlocutor.  

Sin embargo, se puede ser tramposo y razonar. No es el caso. Tras reflexionar con sinceridad y sin demagogia, el argumento al parecer decisivo del ministro, que la universidad no es obligatoria, denota la indigencia intelectual extrema, muy por debajo del umbral de pobreza. Aquí Wert me recuerda a un sintecho que carece de ideas bajo las que refugiarse y deambula, aturdido y vehemente, arrastrando todas sus (escasas, remendadas y de segunda mano) pertenencias culturales en una bolsa de plástico. Me lo imagino mendigando a sus asesores: ¡Dame una idea, por el amor de Dios, que es muy triste tener que pedir, pero es mejor que leer!

Naturalmente, lo único que le echan en la gorra es calderilla, y se nota, porque, como bien dice usted, esa “idea” es agua de borrajas y se desmonta en dos patadas. Claro que la universidad no es obligatoria. No lo es para cada individuo, pero ¿acaso no es obligatoria y necesaria para el país? ¿Puede España prescindir de tener universidades? A mí me parece que no (aunque sería estupendo que prescindiéramos de tener selección nacional de fútbol). Ni España ni ningún país, con la posible excepción de Luxemburgo (que aun así tiene una, más bien simbólica), considera optativo tener universidad. Es tan obligatorio como tener policía o bandera.

Entonces, si queremos tener una universidad, obligatoria para el país (aunque no para cada ciudadano), ¿vamos a dejarla en manos de los bancos, las constructoras y las compañías de teléfonos? ¿Vamos a consentir que las empresas, siempre tan filantrópicas y desinteresadas, decidan qué se estudia y qué se investiga? Una cosa (que ya da bastante vergüenza) es que alquilemos la estación de metro de Sol a Vodafone y otra, muy distinta, que dejemos los estudios superiores de lenguas clásicas o de física cuántica en manos de Apple o de Leche Pascual.

Lo único que garantiza una universidad de calidad y la igualdad de oportunidades para acceder a ella es que sea pública (y sólo pública, por supuesto). Si la universidad española la van a financiar unos grandes almacenes o una prestigiosa firma de embutidos, casi mejor ser el primer país europeo sin universidad.

Es muy triste ver deambular a estos menesterosos intelectuales por un ministerio, con su hatillo en el que llevan dos ideas caducadas cogidas de un contenedor, extendiendo la mano para que les echen calderilla, pero ¿cuál es la solución? No se les puede llevar contra su voluntad a un albergue o biblioteca y obligarles a ducharse o a leer, así que habrá que ayudarles al menos para que sobrevivan al invierno de su ignorancia, abrigados con papel de periódico y su resumen de Adam Smith en tetrabrik.

Denle algo al señor Wert, por humanidad, que no tiene ni para pensar.

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