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El abismo entre opinión pública y políticos

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Los políticos en general han dejado de mirar a los más jóvenes, con un pequeño paréntesis que se produjo con el Movimiento de los Indignados. Pero aquello fue una mirada de reojo y con distancia, porque entre otras cosas, consideran que no generan una opinión pública sustancial en estos momentos. Y se equivocan. Grandes estudiosos de la opinión pública han dicho que para poder analizar la opinión pública, es necesario tener en cuenta la percepción del mundo que se forman las personas; es decir, mirar sus imágenes mentales, que casi siempre se plasman a través de conceptos simples. Y a eso vamos.

Hace muy poco se ha dado a conocer un estudio realizado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, que se titula “Crisis y contrato social: los jóvenes en la sociedad del futuro”. Este estudio refleja tres mensajes vitales: en primer lugar, el 80% de los jóvenes saben que dependen y dependerán de sus familias para subsistir. En segundo lugar, 8 de cada 10 jóvenes culpa al gobierno de Rajoy y al resto de políticos de la actual situación de precariedad y falta de empleo. Y, en tercer lugar, un 36% tiene una visión muy fatalista sobre el futuro. Como se presupone, el estudio dice muchas cosas interesantes, pero hemos querido centrarnos sólo en estas cuestiones. Estas imágenes simples y directas de su realidad nos transmiten que tenemos una juventud realista, decepcionada, desafectada con los políticos y con un grado alto de baja estima personal. Mientras, los políticos sólo quieren hablar de cifras y gráficas. Estamos viviendo, por tanto, dos realidades que no van parejas, que cada vez se distancian más entre sí, cerrando la posibilidad de aunar la transmisión que debería formarse entre la opinión pública y los dirigentes. Este proceso que lleva gestándose varios años bien podría generar un estallido social, que algunos evocan, otros temen y algunos se preguntan por qué todavía no se ha producido.

¿Qué falta? Sencillamente, líderes de opinión pública que sepan aglutinar estas imágenes tan simples y sepan conducirlas hacia una solución. Parece sencillo, pero no debe serlo, puesto que de momento no aparecen, aunque muchos creyeron que del Movimiento de los Indignados podrían emerger nuevas caras y apellidos. Hasta ahora, no ha sido así. Mientras, los jóvenes se ven obligados, los que pueden, a seguir cursando nuevos estudios, para después restarlos de sus currículos y acceder así a trabajos menos cualificados que su preparación. Es un contrasentido. Sumar estudios para después borrarlos de un plumazo. Con este mecanismo sólo conseguiremos tener una generación desalentada y frustrada. Y los jóvenes sí hablan, no están dormidos, como piensan algunos. Hablan en las redes sociales. Los agentes sociales y políticos deberían seguirlos para saber qué piensan, ya que sus discursos son cada vez más lejanos a la opinión pública. Por eso la democracia se tambalea, se cuestiona, se rompe en algunos vértices. Más de 50 años de estudios sobre la opinión pública y, ¿para qué sirven?, si como en los currículos hay que borrar para poder comer.

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