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Maldita y envidiada Alemania

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A menudo se critica Alemania, la actual potencia hegemónica europea, por un "dumping" laboral compensado con unas exportaciones que el euro facilitaba enormemente. Se critica, pues, por su responsabilidad en la gestación y la salida en falso de esta gran recesión. Pero eso no quita que la hegemonía alemana tenga elementos meritorios y envidiables. Entre otros, dos de gran trascendencia.

En primer lugar, su organización territorial, una república federal que respeta el principio de subsidiariedad —hacer las cosas desde la instancia administrativa más cercana al ciudadano que las pueda hacer mejor—, con unos municipios, unos lands y un gobierno federal con la autonomía suficiente para gestionar lo que les es propio y que a modo de ejemplo incluye la gestión municipal del agua y la energía, y la gestión a nivel de land de la estrategia tecnológica y, por tanto, económica.

A buen seguro que su hegemonía actual debe muchas cosas a este modelo descentralizado que añade, a la agilidad de los estados más pequeños, como Holanda o Finlandia, la potencia de la unión. Y muy seguramente, de otro modo le habrían ido las cosas a España de haber escuchado a Cataluña cuando tocaba y hubiera avanzado firme en esta dirección federal y no en la contraria.

En segundo lugar, la cogestión en las empresas, con una alta participación de los trabajadores en todas las decisiones empresariales, lo que incluye las retributivas pero también todas las relativas a la mejora de la eficiencia, la innovación y la calidad. Una cogestión que se traduce en una muy alta productividad.

La descentralización política y la participación social, es decir, la coresponsabilidad ciudadana, se traduce en una mayor eficiencia social y económica que también sin el euro se habría acabado imponiendo. Habría necesitado más tiempo, eso sí, y no hacía falta añadir el dumping salarial, esto por supuesto que no, pero se habría acabado imponiendo igualmente. Porque los sistemas más eficientes siempre acaban desplazando a los que lo son menos, así entre los hombres como entre cualquier otra especie animal.

Por eso, en un momento en que los ciudadanos catalanes se han puesto en marcha, ojalá que no sea exclusivamente para alcanzar las mayores cuotas de autogobierno sino también, y sobre todo, para hacer de la participación y de la coresponsabilidad —en el barrio, la escuela, la empresa— la norma de funcionamiento. De lo contrario, si solo se trata de cambiar una oligarquía por otra, no habrá sido sino ruido.

Seguramente, nuestra tradicional falta de participación no se debe exclusivamente a una administración o a unas empresas que la impiden; es también la elección de unos ciudadanos acomodados a quienes les resulta más fácil delegar que asumir responsabilidades. Una delegación que termina siempre en provecho exclusivo del delegado. Por eso, más que en cambiarlo convendría ir pensando en participar más y delegar menos o nada. Y eso no quiere decir hacer política, o no sólo, significa sobre todo asumir responsabilidades allí donde sea que formamos parte.

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