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Confiar en los redactores

Nuestro periodismo no ha tomado nota del mensaje más profundo del caso Watergate: buscar, buscar y buscar más allá de las apariencias, buscar la verdad por incómoda que sea. Buscar y elaborar noticias, opinar poco.

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Kerry lamenta la muerte del periodista Ben Bradlee, el "editor jefe" de EE.UU.

A propósito de la muerte de Ben Bradlee se ha insistido en el gran tópico sobre el Watergate: no se habría producido sin 'Garganta profunda' (Deep Throat, por el título de un filme pornográfico de la época).

Esta contundencia en la valoración de la fuente misteriosa que guió la investigación de Bob Woodward y Carl Bernstein puede tener el efecto perverso de desmerecer el trabajo de estos dos redactores de The Washington Post.

Y de desmerecer, de paso, el papel de Bradlee como director del diario, así como el de su dueña Katharine Graham, también desaparecida. La revelación, en 2005, de que 'Garganta Profunda' era el exdirector adjunto del FBI Mark Felt no ha dejado de incrementarlo.

La prevalencia de esta interpretación sería profundamente injusta para la comprensión del caso y de lo que es el periodismo estadounidense, así como por las lecciones que debería haber sacado nuestro periodismo.

El papel de la misteriosa fuente ha sido suficientemente bien descrita en las memorias de Bradlee (Una vida de periodista, El País-Aguilar, 1996, p. 382-454) y de Graham (Una historia personal, Alianza, 1998, p. 361 -404), pero sobre todo por Woodward, después de que la familia revelara la identidad de Felt (El hombre secreto, Inédita, 2005).

El caso había comenzado el 17 de junio de 1972 con el seguimiento rutinario de un robo en las oficinas de la candidatura demócrata a las elecciones presidenciales de aquel noviembre, en el hotel Watergate, detrás del cual los redactores descubrieron la pista de la CIA.

'Garganta profunda' es una fuente que Woodward consiguió de una antiguo encuentro en la Marina. Una fuente que se limitaba a confirmar o desmentir sus consultas e indicar posibles pistas. "Seguid el dinero", insistía.

La fuente ayudó mucho, pero fue la investigación periodística que la fue a buscar. Sin una determinada tradición de seguir, profundizar y contrastar las noticias -dos y tres fuentes requerides- la fuente no habría existido ni hubiera valido tanto.

Nuestro periodismo no ha tomado nota del mensaje más profundo del caso Watergate: buscar, buscar y buscar más allá de las apariencias, buscar la verdad por incómoda que sea. Buscar y elaborar noticias, opinar poco.

La dureza y la grandeza del trabajo de Bernstein y Woodward descubre en la película Todos los hombres del presidente y se corrobora con creces en su libro El escándalo Watergate (Euros, 1974). Fue escrito antes de que nadie pudiera prever la dimisión de Nixon, el 9 de agosto de 1974, al descubrirse las cintas inculpatorias grabadas por él mismo.

Nuestro periodismo debería tomar nota del gran legado de Ben Bradlee: confiar en los redactores, dejarlos trabajar bien y animarles a ir hasta el fondo. Siempre estamos a tiempo. Motivos no faltan.

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