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Dossieres que esconden secretos

'Una casa a l'Est' ha inaugurado El Cicló del Tantarantana

Los padres de Laura Mihon se mudaron a España en 1992 cuando tenía 4 años. La dictadura a la que estuvo sometida Rumania las últimas décadas, una de las más duras del bloque comunista, había caído hacía tan sólo 3 años. Vinieron de manera temporal y finalmente se quedaron. Mihon se crió aquí, manteniendo siempre una estrecha relación con sus raíces, tanto por el idioma, como por las visitas anuales a los familiares de Bucarest.  Al comenzar este proyecto, pensó que requeriría una investigación histórica a fondo sobre un país del que la información siempre había llegado filtrada por su familia.  "Las historias que tenemos más cerca son, muchas veces, también difíciles de explicar", asegura la autora y directora. No pretendió hacer un estudio histórico, tampoco un trabajo autobiográfico, aunque sí está inspirada en todas las historias que le han contado sus padres y abuelos, vividas por ellos mismos o sus conocidos. A diferencia de la familia de la obra, Mihon y su hermano recibieron todo tipo de información sobre la dictadura.  

Para la elaboración del texto también serle de gran ayuda libros como Café Europa: Life After Comunism, de Slavenka Draculik, o El fin del Homo sovieticus, de Svetlana Aleksiévich, ambos centrados en los testimonios y experiencias personales de la gente común, durante el período soviético. Un hecho que ha inspirado en gran parte esta obra es la iniciativa por parte del gobierno de Rumania, en 2005, de permitir a cualquier ciudadano consultar su portafolio personal del régimen, en caso de que lo tuviera. Este hecho cambió la vida de muchas personas, que encontraron en estos documentos testigos de delatores, algunos conocidos o incluso familiares cercanos, que nunca habrían imaginado. Algunas de estas personas han publicado en la red sus historias, y también han sido fuentes de inspiración.

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Adrià Olay, Arántzazu Ruiz i Pau Sastre interpretan 'Una casa a l'Est'

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Núria Pompeia, sola ante la viñeta

Núria Pompeia aportó un punto de vista diferente y de gran calidad al humor gráfico

Nació en Barcelona pocos días después de la proclamación de la República en el seno de una familia burguesa y, pasada la guerra, recibió la educación típica de una señorita de época. En la Barcelona gris de la posguerra fue forjando su sentido crítico respecto a la encorsetada sociedad que la rodeaba. Hablaba con entusiasmo de sus veranos en Arenys de Mar y Sant Joan de les Abadesses. Decía sentirse libre paseando por los bosques y que el mar le sacaba todas las manías. Como explica en el libro Barceldones, "El prolongado y variado contacto con la naturaleza, en su punto más dulce, fue la semilla que arraigó dentro de mí, creció con mi cuerpo y mi mente y ganó terreno a otras manías y afecciones que, como dicen los entendidos, condicionan y conforman los valores y las prioridades, el carácter y la personalidad".

La afición por el dibujo de Núria Pompeia vino, más que nada, por falta de otras alternativas. Su padre decía que no le gustaban las mujeres sabias y la hizo estudiar cultura general a las monjas y luego la matriculó en la Escuela Massana para que aprendiera a dibujar. Este contacto con los lápices y los pinceles se rompió en 1952, cuando se casó con Salvador Pániker, y durante una larga temporada se dedicó a la profesión de madre de familia en la que no le faltó trabajo ya que tuvo cinco hijos. Hacia 1960 volvió a coger el lápiz, haciendo estampas para primeras comuniones, y comenzó a hacer algún dibujo con intención crítica y humorística. Hizo un librito y lo dio a un agente literario, que consiguió venderlo a una editorial francesa que lo publicó en 1968. El libro se llama Maternasis y es totalmente mudo. El mismo año comenzó a publicar la serie Metamorfosis en la revista Triunfo. Las viñetas de esta serie evolucionan y explican un cambio de forma sin ninguna línea de texto.

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Daniela Aronica: "Los cineastas italianos han dejado de mirarse el ombligo para confrontarse con la realidad"

Daniela Aronica, directora de la Muestra de Cine Italiano de Barcelona, considera que su país vive "un momento dulce", después de años de crisis, con una gran producción anual y una cuota de pantalla, que ha pasado del 21,8% al 35% en los últimos años. Aunque, asegura, que "la falta de una industria sólida europea es la causa de la escasa visibilidad del cine italiano fuera de sus fronteras. Es necesario ampliar propuestas como la nuestra y dotar de más apoyo a los proyectos y espacios que apuestan por la exhibición". Competir de igual a igual con el cine americano no ha sido fácil. A finales de los setenta el cine italiano entró en crisis por dos razones. Primero, la creación desregularizada de televisiones, en el año 78 llegó a haber más de cien canales. Las productoras dejaron el cine para pasarse a la pequeña pantalla. La segunda razón, la convulsa situación política. Grupos de izquierda radicales derivaron hacia el terrorismo, fue una época de asesinatos como el de Aldo Moro y las Brigadas Rojas estaban en su apogeo. Los artistas, la mayoría de izquierdas, prefirieron replegarse sobre sí mismos y dejar la realidad, la reflexión política y social.

Este panorama comenzó a cambiar en los años noventa con una regeneración de la sociedad. El juicio Manos Limpias fue muy importante. Los autores se replantearon su papel, y empezaron a estar convencidos de lo que decían y de cómo lo decían. El efecto Berlusconi también hizo reaccionar, ya no podían estar callados. Tras una primera década del siglo XXI no especialmente lúcida, el cine italiano está protagonizando en los últimos tiempos una remontada. El Oscar de Paolo Sorrentino con La gran belleza, el premio del jurado de Cannes a Matteo Garrone para Reality y el Oso de Oro de los veteranos Taviani por Cesare deve morire confirman, según Aronica, "la pujanza de este cine en los festivales, y las nuevas generaciones de directores encadenan obras que apuntan a un relevo generacional necesario. Este año los jóvenes son los grandes protagonistas de la Muestra de Cine Italiano".

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'La ragazza del mondo' de Marc Danieli

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Mos Maiorum

La expresión Mos Maiorum (la costumbre de nuestros antepasados) se usó en 2014 para ocultar el operativo policial que, implicando en varios países de la Unión Europea, impulsó el Consejo Europeo contra las personas inmigrantes. España participó en el operativo. El objetivo confesado era detener inmigrantes sin papeles para interrogar y pedir información con dos finalidades: dibujar el mapa de las migraciones (como llegan las personas, qué precio pagan a los que comercian con su transporte, etcétera) y establecer las rutas criminales de las mafias que se enriquecen con el tráfico irregular de personas. La Unión Europea insistió en que no era una operación de control de fronteras (no se trataba de impedir entradas ni de expulsar a nadie): sólo se pretendía obtener información.

Mos Maiorum es también el título que adopta el montaje de los creadores Ireneu Tranis, Mariona Naudin y Alba Valldaura. Nació en 2015 a partir de uno de los naufragios más graves de la historia del Mediterráneo donde casi un millar de personas murieron ahogadas en las costas de Lampedusa. La clase política europea enseguida puso el grito en el cielo, aparentemente indignada por el acontecimiento fatal que tildaron de "tragedia humana", pero a los pocos días la noticia ya había caído en el olvido y no se tomaron medidas ni se vieron cambios reales. Todo fue una pantomima hipócrita y políticamente correcta que se acabó convirtiendo en humo. El montaje se hace la inevitable pregunta: ¿Por qué no se evita este genocidio oculto?

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Niños refugiados en Europa

Unos 250 millones de niños viven en zonas del mundo afectadas por la guerra y los conflictos armados, según un informe del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). En cualquier emergencia por desastre natural o por conflicto armado los niños son los que están expuestos a peligros mayores. La evidencia es clara: en 2015, 98 millones de personas sufrieron las consecuencias de los desastres naturales, 37 millones de niños se han quedado fuera de la escuela en los países afectados por conflictos y uno de cada 200 es un refugiado. Los niños son las víctimas más indefensas y sufren consecuencias devastadoras como la desnutrición, la violencia y la falta de acceso a servicios básicos de salud, de educación y de protección.

El documental Un Hogar en el mundo aborda este y otros temas. Sorprende por su realismo sobrecogedor y consigue que nos pongamos en la piel de los niños que se han visto obligados a abandonar sus hogares debido a la inseguridad de la guerra. Magomed es un niño refugiado checheno. Desde un rincón del patio observa en silencio como sus compañeros de clase se pelean por un balón. Ali viene de Afganistán, de donde huyó en 2008. De noche tiene pesadillas donde cinco hombres con cuchillos hieren a su padre. Ellos y sus amigos pasan los días soñando en el momento en que sus familias obtendrán el permiso de residencia. Mientras tanto, juegan, hacen manualidades y aprenden a argumentar, al igual que hacen los niños en cualquier otra escuela. La diferencia es que ellos han vivido situaciones límite y conviven con recuerdos dolorosos. Muchos de ellos, como Ali, Magomed, Heda o Amel han huido de países en conflicto. Los educadores luchan cada día para que estos niños saquen lo mejor de ellos mismos y tengan las herramientas para construir un nuevo lugar en el mundo donde sentirse como en casa.

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L'Hospitalet, territorio 'manouche'

L'Hospitalet de Llobregat puede presumir de tener, a su Escuela de Música, un área de estudios de jazz manouche impulsados por el músico y guitarrista Albert Bello. Y no sólo eso, también todo un festival dedicado a esta vibrante y sustanciosa variante europea del jazz aglutinada en torno al legendario Django Reinhardt. El festival Django L'H se puso en marcha en 2010 coincidiendo con el centenario del nacimiento de Reinhardt, y desde entonces se ha ido consolidando como un punto de encuentro entre los aficionados al jazz manouche, los nuevos públicos que lo descubren y los intérpretes más destacados de la escena actual.

Uno de los puntos más importantes para la organización ha sido siempre trabajar por una programación con gran calidad musical y esto ha permitido proyectar internacionalmente el festival y la ciudad. Así pues en la edición 2015 se programó el concierto del Biréli Lagrène, uno de los mejores guitarristas de jazz de la actualidad. La llegada de público más allá de las fronteras y la gran respuesta de la gente de Hospitalet hizo posible llenar todo el aforo del Teatre Joventut.

Un hecho que podría repetirse sábado 26 de noviembre con un directo histórico en nuestro país, el concierto intergeneracional con dos guitarras y un contrabajo de Stochelo Rosenberg, uno de los máximos exponentes del jazz manouche de las últimas décadas, toda una leyenda viva. De origen sinti, comenzó a tocar la guitarra a los 10 años, ha grabado más de 60 discos - Seresta fue una revelación-, y ha actuado, entre otros lugares, en el Carnegie Hall con el gran maestro violinista Stéphane Grappelli. Le acompañarán dos de los intérpretes más potentes de las nuevas generaciones de manouche; Adrien Moignard, representante de la actual generación de guitarristas, abanderado de la velocidad y la improvisación moderna, y el contrabajista William Brunard, de base perfecta, que ha actuado con artistas como Biréli Lagrène y Tchavolo Schmitt, entre otros.

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L'Alternativa: militancia y resistencia cinematográfica

Laurie Anderson inaugurará el festival con su trabajo Heart of Dog

L’Alternativa ocupa una posición singular como oferta cultural, recorre su historia y pone de relieve las líneas más destacadas, entre las que destaca la opción por un cine al margen de los discursos oficiales y su vocación de investigación en las nuevas corrientes estéticas que determinan el futuro del audiovisual. La apuesta por un cine comprometido en el nivel ideológico y arriesgado en el plano formal determina una voluntad de movilizar el cine como instrumento de pensamiento frente el carácter evasivo y gregario del grueso de las propuestas audiovisuales contemporáneas. La propuesta de l'Alternativa se sitúa, pues, en las vías de un cine pobre, con la reivindicación de presupuestos bajos, de equipos reducidos y de una voluntad de retorno a la realidad.

A fuerza de resistir, de militar en los márgenes, el festival ha congregado un auditorio cada vez más numeroso, hasta convertirse en la principal muestra cinematográfica de la ciudad de Barcelona, indispensable en el ámbito catalán y notable en el ámbito estatal. El festival es un termómetro extraordinario del futuro de la creación cinematográfica y audiovisual en poner en pantalla y constituir en sección destacada los trabajos de estos potenciales cineastas. Aquí radica, en toda su pureza, el sentido del laboratorio: buscar, equivocarse, probar y experimentar con los elementos del cine. Si, además, añadimos la presencia constante de seminarios, mesas redondas y cursos diversos de formación en los aspectos cinematográficos, nos encontramos con una propuesta de vocación didáctica para la formación no sólo de cineastas sino de espectadores y espectadoras inteligentes.

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Havarie sobre el problema de la inmigración en el mediterráneo

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No tienes por qué temer al psiquiatra

Desde sus inicios, el arte dramático se caracterizó por otorgar a sus espectadores un beneficio psicológico que bien podría considerarse como terapéutico. Tras el nacimiento de la psiquiatría en el Siglo de las Luces, el efecto terapéutico del teatro no sólo se consideró que podía aplicarse a los espectadores, sino incluso a los actores. Xavier Sardà y Juan Carlos Ortega, por desgracia, no creemos que mejoren demasiado con esta terapia. “Tenemos severos problemas psicológicos", bromea Sardà.

Él y Ortega podrían ser objeto de psicoanálisis, pero de momento no se toman muy en serio la psiquiatría, al menos los viernes por la noche, cuando suben al escenario para representar Terapia (21h, Luz de Gas), un espectáculo en el que se ríen de los tópicos psiquiátricos y hablan mucho de política y de sexo. Intercambian papeles, el discurso es locuaz, se turnan en el sofá o el sillón como paciente y psiquiatra.

El reto consiste en adivinar quién de los dos está más loco, si el psiquiatra o el paciente. Atenderán a personas con patologías y enfermedades curiosas. Una mujer a quien se le aparece la virgen, un hombre que quiere dejar de fumar y un señor que no tolera los chistes de locos. En un gag Sardà quiere tener la misma ilusión que ve en la gente, quiere ser independentista por un día y experimentar qué se siente. En Terapia no solo hay consultas de diván, también vía teléfono.

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Diálogo sobre ‘periodismo en reconstrucción’

Acto de presentación del libro Periodismo en reconstrucción en la librería Altaïr

Cuando lo que ves te indigna y eres mínimamente empático, es imposible ser neutral. Y por eso hacemos muy bien si no nos dejamos arrastrar, si analizamos críticamente lo que vemos. Ahora bien: el periodismo, si queremos que siga teniendo alma, no se le puede exigir sólo neutralidad. Se le debe exigir que sea honesto. En el ejercicio de la profesión, durante cuarenta años, Josep Carles Rius ha defendido las dos cosas. También los periodistas que le acompañaban en la mesa de la Librería Altaïr: Neus Tomàs y Samuel Aranda. Tampoco éramos del todo neutrales los asistentes al acto, muchos compañeros del ex decano del Col·legi de Periodistes de Catalunya en diferentes etapas en El Periódico, La Vanguardia, Público, y ahora la Fundación Periodismo Plural. Una de las consideraciones más repetidas durante el acto fue que el libro es oportuno y necesario. Roberto Herrscher, director de la colección y responsable del máster de Periodismo Universidad de Barcelona-Columbia University, resumió la aportación de Periodismo en reconstrucción como "un viaje necesario para reconstruir un periodismo que escape de la nostalgia, la lágrima y la queja". 

Neus Tomàs, con una larga trayectoria como periodista, apuesta por el periodismo en consideración "a los lectores, no a los medios", porque "el periodismo de algunos grandes medios pasa de puntillas sobre las denuncias incómodas". La periodista de El Periódico considera que hemos perdido el olfato y el oficio que permite saber qué es noticia, que preocupa a los ciudadanos, o peor aún, "algunas veces el oficio consiste precisamente en saber distinguir qué conviene resaltar y qué conviene silenciar". Con todo, Tomás coincide con el autor que se trata de una crisis de modelo pero no una crisis del periodismo, porque hay una serie de circunstancias que dejan puertas abiertas a la esperanza. Gracias a las redes, el periodista puede tener voz propia más allá del propio medio y, gracias también a internet, ahora existe la posibilidad de crear medios alternativos, lamenta pero que estas oportunidades vengan a veces acompañadas de una "precarización de la profesión".

A su vez, el fotoperiodista Samuel Aranda, que coincidió con Josep Carles Rius en el Magazine de La Vanguardia, muestra su preocupación cuando "el periodista es el protagonista de la noticia". Con humildad, Aranda piensa que existe el riesgo de poner la autoría por encima del periodismo. "Para mí, el fotoperiodismo es un oficio. Y creo que a veces nos olvidamos de eso, corremos el riesgo de ser muy egocéntricos". El fotógrafo catalán, a pesar de haber sido portada en múltiples ocasiones en el diario The New York Times, nunca ha obtenido un contrato estable de un medio español para que cubra los conflictos. "Soy freelance", afirma. "Mis ingresos provienen del New York Times. Tengo unas condiciones estables: me han hecho seguro médico y tengo exclusividad con el diario a nivel de prensa diaria".

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El Viejo Topo: 40 años de historia

El Viejo Topo, la revista que una generación entera llevó bajo el brazo por los pasillos de las universidades españolas durante la transición, cumple cuarenta años y lo hace para reivindicar el espacio de pluralidad con el que nació en 1976. Eran los años del “Teorizad, teorizad malditos” de Manuel Vázquez Montalbán, de la subversión de la cultura, de Ajoblanco, de la edición española de Monthly Review, del Materiales de Manuel Sacristán... Un espacio para que “todos los que tenían inquietudes culturales y políticas”, en palabras del profesor y activista Jordi Mir, pudieran expresar sus propuestas. La revista alcanzaría tiradas de 50.000 ejemplares y se convertiría en símbolo de una época.

“El Viejo Topo se dirige a quienes no se conforman con lo que las cosas parecen y quieren saber lo que las cosas son”, ha señalado Miguel Riera, editor y director de la revista. Riera es el único de la dirección tripartita fundacional, junto a Claudi Montañá y Jorge Sarret, que sigue al frente de la publicación desde que apareciera en octubre de 1976. Con valientes planteamientos rupturistas cuando aún se temía por la reacción del búnker franquista y la debilidad de Adolfo Suárez, y con notable grosor intelectual salpicado por la filosofía libertaria y los incipientes movimientos pacifistas y feministas, El Viejo Topo resistiría, en una primera etapa, hasta 1982, para renacer en 1993.

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