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Marrakech, un mágico paraíso suspendido en el tiempo

El zoco es el centro de la vida económica y comercial de Marrakech / C. P.

Cada tarde decenas de curiosos se dan cita en las terrazas de los cafés. Sentados con sus tés a la menta contemplan extasiados como el sol se oculta en el horizonte. En el cielo anaranjado se recorta la esbelta silueta del minarete mientras el canto del muecín se repite hasta el infinito. Ajeno a tanta belleza, en la plaza sigue el trasiego incesante de gente y los restaurantes al aire libre relevan a los encantadores de serpientes. Es cuando Marrakech, la joya roja beduina, revela toda su magia.

Viajar a Marrakech es hacerlo a un paraíso suspendido en el tiempo, a un oasis de palmeras y agua clara rodeado de aridez rojiza. La imponente cordillera del Atlas que separa la ciudad imperial marroquí del avance implacable del Sáhara se refleja en los estanques de la ciudad y alimenta sus fuentes. El aire fresco de las cumbres nevadas hace más llevadera la contaminación e invita al paseante a abrigarse cuando se pone el sol.

Capital del imperio almorávide que invadiría la Península Ibérica y daría a luz a Al Andalus, Marrakech erigió mezquitas, madrasas, jardines y palacios de una gran belleza con la riqueza del oro y del marfil de las caravanas. Algunos de sus monumentos todavía pueden visitarse a pesar de la destrucción que provocaron los almohades en el siglo XII.

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'East London', vida rural en plena ciudad

Desde Greenwich Park, lugar de salida del maratón, se divisan los rascacielos de Canary Wharf / N. R.

Londres es una de las mejores ciudades del mundo para correr. Y no precisamente porque, en un fin de semana como éste, sus calles congreguen a los mejores maratonianos del orbe.

Ellos, los Dennis Kimetto, Wilson Kipsang Mo Farah o Mary Keitany acuden a la capital británica atraídos por la cuantía de los premios del evento, los más generosos del continente. Y su presencia, luego, arrastra la de miles y miles de corredores amateurs que no quieren perderse la oportunidad de marchar a cola de las grandes estrellas del maratón.

Pasada, sin embargo, la fiebre que siempre genera un evento así, Londres sigue siendo una excelente ciudad para quienes desean conocer nuevos mundos sin tener que renunciar a un hábito tan común como el correr.

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Milán, la 'capital moral' de Italia

El gótico flamígero del impresionante Duomo luce en todo su esplendor desde la restauración de su fachada / José A.

Del 1 de mayo al 31 de octubre abre las puertas la Exposición Universal de Milán sobre una idea de relanzamiento de la 'capital moral' de Italia, la segunda ciudad del país y la que ejerce el liderazgo económico. Entre las fortunas de aquel país, figura haber sabido zafarse en algunos aspectos del centralismo y entender que la idea de bicapitalidad no representa ningún ultraje. Milán es una capital considerada gélida por error, de riqueza poco acompañada por la efervescente belleza de otras. Le suelen atribuir una nubolosidad plúmbea, una prosperidad áspera, un dinamismo gris, un encanto utilitario, una poesía de talonario. Craso error. El oro de Milán posee un brillo sólo mate en apariencia.

Se acostumbra a llegar por el aeropuerto de Linate o por el de Malpensa, cuando no están cerrados por culpa de la típica niebla milanesa. Antes se llegaba más a menudo por la Estación Central, cuya escalinata estampaba al viajero contra el moderno rascacielos Pirelli y garantizaba el impacto estético. El rascacielos Pirelli simbolizó la pujanza de la multinacional milanesa.

Lombardía debe una gran parte de su primacía a la Pirelli y a la Montedison, como el vecino Piamonte, a la Fiat y a la Olivetti. Los condottieri del siglo XX eran industriales de esta región, antes de que irrumpiera –también desde Milán– la ingeniería financiera de los Berlusconi y adláteres.

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El encanto olvidado del viejo Lyón

Vista panorámica de Lyón desde la basílica de Notre Dame de Fourvière / V. S.

Debe de ser difícil promocionar tus encantos turísticos si vives a la sombra de la ciudad más visitada del mundo. Eso es lo que le pasa a Lyón, la segunda gran metrópolis francesa, pero no el segundo ni el tercero ni el cuarto destino más visitado del país galo. Por Lyon se suele pasar de largo o, sencillamente, no se piensa en él. Grave error. Su centro histórico es absolutamente maravilloso, ideal para perderse un fin de semana, pues por algo está catalogado como patrimonio cultural de la Humanidad por la Unesco.

El vieux Lyon está situado en la confluencia de los ríos Ródano y su afluente Saona. Allí donde se encuentran se forma una península –una casi-isla, como se le llama en Lyón–, donde se desarrolla la ciudad desde la época romana hasta la revolución industrial.

Por eso, al contrario que París, Lyón tiene un casco antiguo perfectamente delimitado y que se puede recorrer de arriba abajo casi sin la molestia de coches –buena parte de las calles están peatonalizadas– y sin más necesidad de transporte que las propias piernas. Eso sí, se necesitan buenas piernas, porque en esta casi-isla hay dos colinas, Fourvière y Croix-Rousse, dignas de un excursionista entrenado.

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Granada huele a incienso y mirra

Alhambra

Cada año, entre Domingo de Ramos y Domingo de Resurrección, la Granada árabe nazarí cede su protagonismo indiscutible a la Granada cristiana. Durante ocho días, las 34 hermandades toman la ciudad. El fervor religioso de los granadinos vestidos con sus mejores galas se mezcla con la curiosidad de los miles de turistas que llegan de todo el mundo atraídos por la Semana Santa andaluza y por la belleza sin igual de la Alhambra.

Las procesiones colapsan las calles y las bandas de música marcan el paso de los sufridos costaleros y de los nazarenos que expían sus pecados caminando descalzos. Ya no canta saetas el maestro Enrique Morente al Cristo de los Gitanos, pero el penetrante olor a incienso y mirra quemado con carbón sigue perfumando el aire hasta marear. En las numerosas iglesias se exponen los elaborados palios de la Virgen y del Cristo decorados con velas y flores. Duelen los ojos de tanto adorno barroco dorado y plateado.

Granada

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Gorée, la isla de los esclavos

Estatua que simboliza la liberación de los esclavos en la isla Gorée / Juan Falque

Gorée, una pequeña isla a la que se llega en una corta travesía en chalupa desde Dakar, sigue siento uno de los escenarios más accesibles para empaparse de una de las memorias más trágicas de la humanidad, la de la esclavitud. Y pese a que la visita a una de las puntas más occidentales de África debiera parecer triste por su pasado de abusos, el estallido de vida de la bienvenida y la apacibilidad la convierten en una experiencia de plenitud. Al menos eso se piensa mientras los niños se divierten en algarabía al llegar al embarcadero de la isla de Gorée, chapoteando despreocupados.

Gorée es una experiencia única en Senegal. La ausencia de coches y, por lo tanto, de buena parte de los ruidos de Dakar, parece alejarla de África súbitamente. Las mujeres caminan elegantes vestidas con su gran “bubú”, el vestido tradicional, y el turbante, como si cada día fuera digno de la mejor presencia. Las buganvillas se desparraman por los muros de las mansiones coloniales. Los tejados rojizos y los balcones de hierro de las casas recuerdan un pasado más espléndido. El presente es más coqueto que decadente. Y los artistas que desde hace décadas han convertido Gorée en un refugio bohemio exhiben sus telas de vivos colores, una expresión de la negritud. Y se respira silencio, algo impagable en África.

Apenas a tres kilómetros de Dakar, Gorée se ubica a la entrada de la rada de la capital senegalesa. Su situación era privilegiada y ya los portugueses, los primeros en aventurarse por estas tierras en 1444, lo convirtieron en un bastión en África. Una colina en un extremo rompe su perfil llano y la hace más visible conforme el ferry de pasajeros se acerca.

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Roma, la capital del palo 'selfie'

El Forum romano, contemplado desde la zona del Campidoglio / N. R.

Más que de Italia, Roma es la capital de los palos selfie. Hay casi tantos como visitantes, que ya es decir, y se venden en todos los puntos turísticos de la ciudad con el mismo éxito que los imanes del Papa Francisco o los de las partes impúdicas del David de Miguel Ángel.

Regateando, como mandan los cánones, uno puede conseguir el más simple por cinco euros. Y quien quiera rascarse un poco más el bolsillo, por ocho, sacará el modelo con disparador en el mango, el más recomendable.

Con el dichoso palo, que se vende en todos los colores, uno se ahorra tener que parar a alguien cada vez que quiere inmortalizarse en una de las muchas postales que regala la ciudad Eterna.

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Roma, la capital del pal 'selfie'

El Fòrum romà, contemplat des de la zona del Campidoglio / N. R.

Més que d'Itàlia, Roma és la capital dels pals selfie. Hi ha gairebé tants com visitants, que ja és dir, i es venen a tots els punts turístics de la ciutat amb el mateix èxit que els imants del Papa Francisco o els de les parts impúdiques del David de Miquel Àngel.

Regatejant, com manen els cànons, un pot aconseguir el més simple per cinc euros. I qui es vulgui gratar una mica més la butxaca, per vuit, traurà el model amb disparador al mànec, el més recomanable.

Amb el maleït pal, que es ven en tots els colors, un s'estalvia haver de parar a algú cada vegada que vol immortalitzar-se en una de les moltes postals que regala la ciutat Eterna.

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Chamonix, montañismo para urbanitas

L'Aiguille du Midi, en Chamonix / V. S.

Dicen de Chamonix que es la capital de los Alpes. Por lo menos, de los franceses. El típico pueblo de montaña amplificado gracias al auge del esquí, hoy con un centro muy mono y arregladito (como mandan los cánones del país vecino) y una periferia rellena de segundas residencias sólo aptas para los amantes de la nieve con un elevado poder adquisitivo. Pero Chamonix no es, ni mucho menos, un destino sólo de invierno y exclusiva para la gente chic.

En primavera y sobre todo en verano, se transforma en un destino ideal para cualquiera que quiera disfrutar del gran espectáculo de la naturaleza y no sepa cómo. En pocos lugares del mundo una familia de urbanitas, desde los niños hasta los abuelos, pueden llegar tan y tan arriba sin necesidad de piolets, cuerdas o crampones. Casi se podría ir en mocasines, aunque no sea lo más recomendable.

La Aiguille du Midi

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La Toscana, un viaje iniciático a la belleza y a la historia

El precioso 'Ponte Vecchio' de Florencia, al atardecer / C. P.

La ondulante campiña toscana se extiende hasta el infinito entre viñas y olivares. En el paisaje toscano, como en el arte que embellece sus ciudades y pueblos medievales, todo es perfecto. Los cipreses se combinan armoniosamente con las tierras de cultivo, los restos de murallas etruscas, los elegantes palacios de piedra y los caminos serpenteantes. Nada parece producto del azar. Es una tierra orgullosa, sometida desde hace siglos a los dictados de la belleza e incluso a la fealdad de los barrios dormitorio o de las zonas industriales, que desaparece por encanto, engullida por el verdor de sus suaves colinas.

El viaje a la Toscana es un viaje iniciático al arte refinado, a la bellezza sublime y a la historia con mayúsculas. Por la comarca pasaron los etruscos, los romanos y los grandes mecenas renacentistas que convirtieron ciudades como Florencia, Pisa y Siena en belicosos centros de poder durante siglos, y ese ambiente todavía se respira en cada piedra. Su enfrentamiento histórico se huele en la cocina y se escucha en las variedades lingüísticas. El viajero ha de ser precavido para no enloquecer ante tanta hermosura y acabar formando parte de la larga lista de afectados por el Síndrome de Stendhal.

Lo más recomendable es dejar para el final la visita a Florencia, la capital y patria de Dante Alighieri, porque la belleza toscana es más digerible en pequeñas dosis. La mejor forma de inmunizarse contra tanto tesoro artístico es visitar primero Arezzo, Lucca, Cortona o San Gimignano. La primavera y el otoño son las estaciones más adecuadas para recorrer la región. Los veranos son calurosos y en invierno las temperaturas bajan en picado y la nieve cubre tejados y campos. Para trayectos cortos, la vespa o la bicicleta se convierten en el mejor medio de transporte. Los autocares y los trenes son la alternativa ideal para el viajero que prefiere olvidarse del coche y de la temeraria conducción de los italianos.

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