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Estocolmo y la isla de la diversión

Gamla Stan, el casco antiguo y corazón de Estocolmo / V. S.

He estado dos veces en mi vida en Estocolmo. En la primera ocasión no puse un pie en la isla de Djurgården, en la segunda por poco no salgo de allí. La diferencia entre uno y otro viaje no son los veinte años que los separan, sino la compañía. Es la distancia que va de viajar con la pareja a viajar con la pareja más dos mozalbetes.

Todas las visitas a Estocolmo empiezan por Gamla Stan, el casco antiguo y corazón de la ciudad –incluso tiene su forma–, posiblemente la porción urbana más bella de todas las capitales escandinavas, formada por edificios medievales y renacentistas y anárquicamente surcada de calles estrechas e inesperados callejones.

Es lógico, pues, comenzar a conocer Estocolmo por Gamla Stan, ya que, además de tiendas y restaurantes, aloja también el Palacio Real y el Museo Nobel. La principal arteria de este barrio es Västerlånggatan, una especie de Rambla de Barcelona por la que quiera o no el turista termina paseando. La buena noticia es que es el único lugar de toda la ciudad, ya no digamos de todo el país, donde el visitante constata su pertenencia al rebaño guiri mientras siente el aliento en la nuca de otros de su condición.

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Bolonia, el paraíso de los gourmets

Las torres Asinalli y Garisenda, símbolo del pasado bélico de Bolonia / C. P.

Bolonia y su región no sólo son la cuna de la salsa boloñesa, la mortadela, el jamón y el queso parmesano. Encrucijada de caminos entre el norte y el sur de Italia y entre el norte de Europa y el Mediterráneo, la capital universitaria de la región de Emilia-Romaña es el lugar ideal para descubrir que, más allá de Venecia y Florencia, también hay vida, belleza y cultura. Es la alternativa perfecta para pasar unas vacaciones lejos de la masificación turística y de los precios abusivos que caracterizan las capitales de la Toscana y el Véneto, y está muy bien comunicada con las dos por carretera y por tren.

El casco histórico de Bolonia recuerda al de Siena por el color tierra de sus imponentes edificios y palacios señoriales, y sus típicas torres medievales, vestigio del poder de las belicosas familias nobles, alteran la línea horizontal de la trama urbana que caracteriza la llanura que riega el río Po. Del centenar de torres defensivas construidas entre los siglos XII y XIII quedan poco más que una veintena. Erigidas con madera y grandes bloques de selenita, la mayoría han desaparecido por los terremotos, los bombardeos o la piqueta de las reordenaciones urbanísticas posteriores.

Una buena manera de quemar los excesos de una gastronomía tan tentadora como extraordinaria es subir los 498 escalones de la torre Asinelli, que juntamente con la torcida torre Garisenda que aparece citada en la Divina Comedia, es una de las imágenes más conocidas de la ciudad. Llegar hasta arriba después de haber comido un buen plato de tortellini tiene su mérito y también su riesgo porque la estrecha escalera es muy empinada y siempre está llena de gente que sube o baja. El premio a tanto esfuerzo son las vistas espectaculares de Bolonia.

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Menorca, la isla de las dos caras

La cala Macarelleta, en la costa sur, es una de las más bellas de la isla / N. R.

Santiago Segura la eligió para rodar algunas escenas de la quinta entrega de la delirante saga Torrente. Una marca de cerveza japonesa, para promocionar su gama 0,0. Grandes nombres de la cosmética internacional, para presentar al mundo alguno de sus productos estrella.

Menorca, con sus espectaculares parajes y sus fabulosas playas, es un codiciado plató natural y el refugio predilecto de los famosos que copan las portadas de Hola, pero también de los mundanos viajeros que buscan la admirada belleza balear a ritmos más pausados.  

Frente a la más popular Mallorca y a la marchosa Ibiza, Menorca, la más oriental y septentrional de las Islas Baleares, se vende aún con cierto toque de exclusividad. Ni aparece en los catálogos turísticos low cost ni asegura fiesta siete días a la semana. Sus encantos son otros.

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No hay postal que valga para Beirut

Una familia viendo la puesta de sol en la Corniche / ALÍCIA FÀBREGAS

Hay en las ciudades que han sobrevivido a un conflicto reciente la necesidad de emerger. Abrazar la vida con la intensidad de quien duda de que el mañana no vaya a reproducir el horror del ayer. Beirut es una de esas urbes que avanza diversa, alegre y torpe, liviana y temerosa hacia un futuro que la aleje de la guerra civil que la devastó entre 1975 y 1990 -y que se repitió en 2006 con Israel. Se trata de una efervescencia -¡tan difícil de describir!- que envuelve y llena al visitante. 

No hay grandes monumentos en Beirut, tampoco paisajes deslumbrantes ni un urbanismo cautivador. Más bien al contrario. Años de conflicto han acabado con buena parte del legado histórico de esta ciudad de origen fenicio y una reconstrucción planificada a golpe de pelotazo ha quitado toda coherencia al paisaje urbano, que agrupa en cuestión de pocos metros cuadrados edificios agujereados por los tiroteos, flamantes y nuevos bloques de veintitantas plantas y mansiones del siglo XIX.

Es por eso que Beirut no es ciudad para postales, mas bien para experimentarla con los cinco sentidos –pocas veces el tópico había sido tan preciso–. El contacto de los pies descalzos con la moqueta de la mezquita Al-Amin, inspirada en la mezquita Azul de Estambul, pero con un espectacular balcón al Mediterráneo. El cantar del muecín, puede que coincidiendo con las campanas de cualquier iglesia cristiana cercana, siempre con el permiso de un ruido de coches y pitos ensordecedor. El olor del café turco y del narguile al sortear las terrazas en el barrio suní de Hamra. El sabor de comino en la ensalada. Ver el sol caer hacia el mar desde la Corniche.

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Ghana, la creatividad del África viable

El mercado de Kejetia, en la ciudad de Kumasi, en la región ghanesa de Ashanti / Adam Cohn

De Ghana se habla poco en la prensa occidental y eso, curiosamente, es buena señal. Se trata de uno de los países más estables, democráticos y libre de incidentes, y también de uno de los más prósperos del África occidental. Por eso, una visita por Ghana acaba siendo una experiencia inolvidable de creatividad, vistosismo y algarabía africanas en un entorno menos caótico y más asequible. Un viaje al África que sueña en presente.

Para descubrir lo esencial de la historia de Ghana, el primer país de la región que accedió a la independencia, en 1957, nada mejor que una visita al mausoleo de Kwame Nkrumah, el líder que guió al país en sus albores y uno de los grandes defensores del panafricanismo. Una gran avenida con dos estanques flanqueados con estatuillas de unos arrodillados tocadores de "abein", el instrumento de cuerno que se hace soplar para rendir honores a un personaje carismático, conduce al monumento en el que descansa Nkrumah para la eternidad desde 1992, cuando su figura fue rehabilitada públicamente.

El parque homenaje a Nkrumah se ubica en el antiguo campo de polo, que en época colonial no admitía la presencia de los negros, y prácticamente al lado de la inmensa plaza de la Independencia, ancha para admitir imponentes desfiles militares y con gradas que la rodean y tapan la vista al mar. La plaza es la única reminiscencia estética de veleidades prosoviéticas y de regímenes autoritarios, que fueron parte de la historia de Ghana.

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Oslo, en siete nombres capitales

El parque Vigeland, también conocido como el parque de las esculturas, en Oslo / C.C.

En términos estrictamente turísticos, Oslo vive atrapada entre la atracción de Estocolomo, posiblemente la capital nórdica más chic, y el magnetismo de los fiordos de la costa oeste, con cuya exuberancia es imposible que el fiordo de Oslo pueda competir. Sin embargo, la capital noruega es una ciudad con muchas vertientes para disfrutar y descubrir, especialmente en el terreno cultural. Hay varios nombres propios que nos pueden servir de guía.

Edvard Munch: el gran pintor expresionista noruego es la principal referencia cultural de Oslo. Tanto en el Museo Munch como en la Galería Nacional se puede ver su cuadro más famoso, El Grito, que como toda su obra es un fiel reflejo de una vida atormentada por los brotes depresivos que padecía el artista. Munch (1863-1944) pintó varias versiones de El Grito, la más conocida es la que hay en la Galería Nacional, donde afortunadamente el visitante la puede observar con calma durante un largo rato, sin necesidad de estirar el cuello ni pelearse a codazos con una legión de turistas japoneses. El Museo Munch conserva la mayor colección de obras que el pintor cedió a la ciudad antes de morir y vendría a ser una especie de Museo Picasso de la ciudad, pero sin colas ni aglomeraciones.

El Grito, el cuadro más famoso de Edvard Munch, se exhibe en la Galería Nacional de Oslo / C.C.

El Grito, el cuadro más famoso de Edvard Munch, se exhibe en la Galería Nacional de Oslo / C.C.

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Estambul, una pasión muy turca

El perfil de Estambul, al atardecer, desde uno de los puentes que unen la ciudad / N. R.

Estambul atrapa, cautiva y desconcierta. La mayor ciudad de Turquía es tan desordenadamente hermosa que es igual de normal asombrarse ante la belleza de la impresionante Mezquita Azul como asquearse por la suciedad de las vías que acogen sus numerosos mercadillos callejeros.

Se encuentran sin buscarlos, deambulando por la ciudad, a salvo de las hordas de turistas que invaden el Gran Bazar o el de las Especias, un imprescindible pese a su agobiante masificación.

El espectáculo de color y olores de las ordenadísimas paradas que venden cúrcuma, cardamomo, azafrán y cien especias más es único y difícilmente reproducible en los mercadillos de barrio, un batiburrillo que mezcla pijamas ‘pirata’ de Disney con enormes ollas de latón, lencería hortera, verduras y carne.

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Marrakech, un mágico paraíso suspendido en el tiempo

El zoco es el centro de la vida económica y comercial de Marrakech / C. P.

Cada tarde decenas de curiosos se dan cita en las terrazas de los cafés. Sentados con sus tés a la menta contemplan extasiados como el sol se oculta en el horizonte. En el cielo anaranjado se recorta la esbelta silueta del minarete mientras el canto del muecín se repite hasta el infinito. Ajeno a tanta belleza, en la plaza sigue el trasiego incesante de gente y los restaurantes al aire libre relevan a los encantadores de serpientes. Es cuando Marrakech, la joya roja beduina, revela toda su magia.

Viajar a Marrakech es hacerlo a un paraíso suspendido en el tiempo, a un oasis de palmeras y agua clara rodeado de aridez rojiza. La imponente cordillera del Atlas que separa la ciudad imperial marroquí del avance implacable del Sáhara se refleja en los estanques de la ciudad y alimenta sus fuentes. El aire fresco de las cumbres nevadas hace más llevadera la contaminación e invita al paseante a abrigarse cuando se pone el sol.

Capital del imperio almorávide que invadiría la Península Ibérica y daría a luz a Al Andalus, Marrakech erigió mezquitas, madrasas, jardines y palacios de una gran belleza con la riqueza del oro y del marfil de las caravanas. Algunos de sus monumentos todavía pueden visitarse a pesar de la destrucción que provocaron los almohades en el siglo XII.

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'East London', vida rural en plena ciudad

Desde Greenwich Park, lugar de salida del maratón, se divisan los rascacielos de Canary Wharf / N. R.

Londres es una de las mejores ciudades del mundo para correr. Y no precisamente porque, en un fin de semana como éste, sus calles congreguen a los mejores maratonianos del orbe.

Ellos, los Dennis Kimetto, Wilson Kipsang Mo Farah o Mary Keitany acuden a la capital británica atraídos por la cuantía de los premios del evento, los más generosos del continente. Y su presencia, luego, arrastra la de miles y miles de corredores amateurs que no quieren perderse la oportunidad de marchar a cola de las grandes estrellas del maratón.

Pasada, sin embargo, la fiebre que siempre genera un evento así, Londres sigue siendo una excelente ciudad para quienes desean conocer nuevos mundos sin tener que renunciar a un hábito tan común como el correr.

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Milán, la 'capital moral' de Italia

El gótico flamígero del impresionante Duomo luce en todo su esplendor desde la restauración de su fachada / José A.

Del 1 de mayo al 31 de octubre abre las puertas la Exposición Universal de Milán sobre una idea de relanzamiento de la 'capital moral' de Italia, la segunda ciudad del país y la que ejerce el liderazgo económico. Entre las fortunas de aquel país, figura haber sabido zafarse en algunos aspectos del centralismo y entender que la idea de bicapitalidad no representa ningún ultraje. Milán es una capital considerada gélida por error, de riqueza poco acompañada por la efervescente belleza de otras. Le suelen atribuir una nubolosidad plúmbea, una prosperidad áspera, un dinamismo gris, un encanto utilitario, una poesía de talonario. Craso error. El oro de Milán posee un brillo sólo mate en apariencia.

Se acostumbra a llegar por el aeropuerto de Linate o por el de Malpensa, cuando no están cerrados por culpa de la típica niebla milanesa. Antes se llegaba más a menudo por la Estación Central, cuya escalinata estampaba al viajero contra el moderno rascacielos Pirelli y garantizaba el impacto estético. El rascacielos Pirelli simbolizó la pujanza de la multinacional milanesa.

Lombardía debe una gran parte de su primacía a la Pirelli y a la Montedison, como el vecino Piamonte, a la Fiat y a la Olivetti. Los condottieri del siglo XX eran industriales de esta región, antes de que irrumpiera –también desde Milán– la ingeniería financiera de los Berlusconi y adláteres.

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