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Lyon o la seda que distorsiona el mapa

Capital medieval de la seda y de la imprenta, la Lyon de Rabelais y los Lumière mantiene su tradición al mismo tiempo que crece en arquitectura de vanguardia y nuevas tecnologías

Una ciudad de pasadizos ocultos, de gastronomía de lujo y de gigantes mitológicos

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Pâté en croûte, típico de Lyon.

Pâté en croûte, típico de Lyon. LAUREANO DEBAT

La tercera ciudad más poblada de Francia se presenta como una incógnita. Hay que buscar en sus grietas para descubrir sus particulares distorsiones. Y en la Vieux-Lyon, el casco medieval, la primera sensación es que podría parecerse a tantos otros de tantas ciudades del sur europeo: las calles empedradas, las tiendas de ropa y regalos, el trazado irregular, el concepto diseñado de lo vintage.

Hasta que nos topamos con uno de los traboules, esos pasajes invisibles que pueden aparecer abriendo una puerta de una calle cualquiera. Son oscuros, frescos y laberínticos, conectan con entradas de edificios y conforman una ciudad paralela y oculta. En el Longue Traboule hay obras de arte espontáneas, naturalezas muertas de huesos y plantas y un gato con collar muy manso y mimoso que posa para las fotos sin ningún problema.

Muy cerca, hay otro traboule más corto y no tan laberíntico, que comunica con una galería en donde se mantiene intacta una torre del siglo XVII. La particularidad paradójica de esta construcción es que no se ve desde la calle y solo es posible verla si nos metemos en un traboule. Como si tuviésemos que dar vuelta a la ciudad y verla en su reverso para descubrirla.

Lyon se oculta en sus traboules y se desnuda en sus cocinas. En el bouchon Daniel et Denise hay ollas y sartenes expuestas como objetos decorativos, utensilios prácticos que en cualquier momento pueden desaparecer del escaparate para ir a la cocina. Son arte efímero que se complementa con una cocina a la vista para que los comensales puedan ser testigos del proceso, sin telas ni cemento ni vidrios biselados que la oculten.

Uno de los traboules de la Vieux-Lyon.

Uno de los traboules de la Vieux-Lyon. LAUREANO DEBAT

El chef de este restaurante tradicional es Joseph Viola, premiado con un Bib Gourmand por la Guía Michelin, y uno de los mejores cocineros de Lyon, en una ciudad de alta cocina y con muchas estrellas Michelin. Pruebo el plato tradicional de la ciudad: el Pâté en croûte, una especie de pastel de foie gras envuelto en una masa hojaldrada y con mermelada de ciruela para acompañar. De segundo, un pescado en una salsa de gambas y setas, con guarnición de fideos gratinados en bechamel y queso. De postre, un clásico lyonés: Ìle Flettante, un praliné con crema que asemeja a una isla flotante, de ahí el nombre. Y el contraste con el Pâté en croûte: la isla frente al conglomerado.

Variaciones en la seda

Para la exposición “Las Variaciones Sebald”, comisariada en el CCCB durante 2015 por el escritor Jorge Carrión, Jeremy Wood presentó “My Ghost”, una obra gráfica impresa en seda como resultado de una cartografía autobiográfica. Provisto de un GPS, el artista inglés caminó durante años por las calles de Londres, dejando registro de su ruta. El resultado fue impreso en seda y, dentro de la sala de exposiciones, esta tela aparecía como una distorsión del mapa digital, una experiencia en profundidad que se dibujaba en una superficie inquietante.

Si los traboules deconstruyen el mapa de Lyon como pasadizos secretos que distorsionan el entramado urbano, la seda cumple una función parecida en el barrio de Croix-Rousse, el epicentro histórico de la industria textil partiendo de la Maison des Canuts, una antigua fábrica convertida en museo y donde se exponen máquinas y piezas originales.

Esta maison es paradigmática porque conserva en su arquitectura y puesta museística la pauta de cómo eran los canuts del siglo XVII en Lyon. Las familias que trabajaban en la industria solían vivir en los pisos de arriba de estas casas, mientras que los talleres funcionaban en la planta baja, con los telares y las máquinas.

El barrio de la Croix-Rousse también se va tornando laberíntico con más traboules interminables y empinados, aquí bastante más anchos, largos y amplios que los del Vieux-Lyon. Y entre restaurantes de magrets de canards y bistrós de degustación de vinos, quesos y embutidos de la región, la seda trata de mantener su omnipresencia en pequeños talleres artesanales.

En un local de impresión en tela, un operario me explica la técnica del esténcil sobre la seda y una chica me muestra la del paño de velour, esa tela sintética que imita al terciopelo. Para esta última, se colocan planchas de algodón a cuadritos que se cosen a máquina con un diseño preestablecido, para luego pintarlas a mano. “Es como hacer un edificio”, dice la chica. Y pienso en los traboules, en la seda y en todas las texturas de cemento y de telas como marcas de una ciudad llena de variaciones.

El legado de Rabelais

Pantagruel, el sediento era un personaje popular en toda la literatura oral de la Francia medieval: el demonio de la sed que esparcía sal en la garganta de la gente. Una excusa para beber vino en las tabernas y un monstruo para amenazar a los niños.

Cuando el médico Francois Rabelais llegó a Lyon a trabajar en el Hôtel-Dieu, tenía listo el manuscrito de su primer volumen de “Gargantúa y Pantagruel”, una obra clave de la literatura medieval europea y en donde recrea la historia del linaje de estos gigantes golfos, alcohólicos y guerreros.

Ejemplar de Gargantúa y Pantagruel ilustrado por Gustave Doré, Museo de la Imprenta.

Ejemplar de Gargantúa y Pantagruel ilustrado por Gustave Doré, Museo de la Imprenta. LAUREANO DEBAT

 

Inspirado en el folklore popular, en los relatos orales y en la mitología que circulaba entre la población con respecto a estos personajes, Rabelais creó una obra profunda, divertida y exagerada, que siglos después el lingüista ruso Mijaíl Bajtín rescataría como una pieza fundamental para entender el carnaval medieval y estudiar los cruces culturales entre los feudales y el pueblo.

Rabelais llegó a la ciudad en 1532, momento en que Lyon era una de las cunas mundiales de la imprenta. Todo ese legado editorial puede conocerse en el Museo de la Imprenta, donde se conservan dos ejemplares de “Gargantúa y Pantagruel” de diferentes épocas, uno de bolsillo impreso en plena Edad Media y otro ilustrado por Gustave Doré de fines del siglo XIX.

Pero este médico no sólo estuvo aquí hasta 1535 para imprimir su obra, sino también para investigar y trabajar en el Hôtel-Dieu, el mega-hospital medieval donde dejó su extravagante impronta: dirigió una lección pública de la disección del cadáver de un ahorcado, introdujo el melón y la alcachofa en preparados medicinales, inventó un aparato para curar huesos (el Glossocomion) y otro para curar heridas de vientre (el Syringotomo).

Hôtel-Dieu se alza a escasos metros del Km 0 de Lyon, la plaza Bellecour. Su fachada externa mira hacia el río Ródano, mientras que su cara interna dialoga con el entorno en pasado, presente y futuro. Graffiteros anónimos han intervenido las vallas de protección que sostienen los enormes carteles plotteados con imágenes diseñadas que anticipan en qué se convertirá este edificio: un centro de exposiciones con shopping, galerías y restaurantes.

Fachada interna del Hôtel-Dieu en plena restauración.

Fachada interna del Hôtel-Dieu en plena restauración. LAUREANO DEBAT

 

Arquitectura de confluencia

Confluence fue, durante décadas, la zona industrial por excelencia de Lyon: fábricas humeantes, movimiento obrero y polución. Hoy es un barrio restaurado y en plena restauración a lo largo y a lo ancho de sus 140 hectáreas que bordean la confluencia de los ríos Ródano y Saona: grúas hiperquinéticas, estructuras a medio construir y una galería a cielo abierto de edificios nuevos, cada uno diferente y con su propia personalidad, pero dialogando entre sí en una cierta armonía estética.

La novedosa estética de estos arquitectos italianos, alemanes, suizos, holandeses y franceses genera que, a las 7 mil personas que hoy viven en Confluence, puedan sumarse unas 10 mil más cuando comience la venta inmobiliaria a gran escala. Aunque los precios superen con amplitud a las zonas más caras de París.

Parte de la galería a cielo abierto de edificios nuevos de Confluence.

Parte de la galería a cielo abierto de edificios nuevos de Confluence. LAUREANO DEBAT

 

Los Lumière

Una tarde de finales de invierno de 1895, en una fábrica situada a pocos metros de la plaza Jean Macé, se registraba en un cinematógrafo la primera película de la historia: “La salida de los obreros de la fábrica Lumière en Lyon Monplaisir”. Los creadores fueron Auguste y Louis, los hijos del cada vez más poderoso empresario Antoine Lumière, que alrededor de su mansión fue instalando todas sus fábricas.

La mansión art-noveau fue construida en medio de un frondoso jardín y hoy alberga el Museo Lumière, donde se expone el Cinematógrafo Nº1, el original y auténtico, que filmaba, grababa y proyectaba, con el cual se registró la primera película de la historia, justo enfrente de esta casa, y que también permitió hacer la primera sesión de cine pago en la historia en el café Indio de París en 1895.

Entrada al Museo Lumière.

Entrada al Museo Lumière. LAUREANO DEBAT

 

En uno de los paredones externos de la Villa Lumière, está el Muro de los Cineastas, como una especie de canon en forma de póster gigante donde figuran los mejores directores de cine de la historia, muertos o vivos. Una parte decisiva de todo lo que vino después de los Lumière.

¿Cuántas películas vinieron después de esta primera? Esta imposibilidad de establecer la cuenta es un lógico corolario para abandonar Lyon, una ciudad que se define desde lo inasible.

Vueling vuela de Barcelona a Lyon.

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