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Viena, en tres fotogramas

Viena es uno de aquellos destinos idóneos para una escapada de ida y vuelta. Una ciudad en la que se piensa poco, quizá porque ya no forma parte de los centros de decisiones mundiales, pero que ofrece una serie de atractivos difíciles de superar. Lo dicho se visualiza fácilmente en tres películas.

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El Palau de Schönbrunn

El Palacio de Schönbrunn

Sissí

Si por algo destaca Viena es por su carácter imperial. Grandes palacios, grandes parques, grandes estatuas, grandes avenidas, y todo muy barroco. No hay lugar en el mundo más barroco que Viena. Y tampoco hay manera más rápida de viajar en el tiempo hasta principios del XIX, cuando las dinastías absolutistas europeas hacían piña para intentar aplastar las ansias de libertad, igualdad y fraternidad surgidas de la revolución francesa. Precisamente del Congreso de Viena (1815) hará dos siglos el próximo año. Se supone que de alguna manera se recordará la efeméride, por mucho fuera un intento inútil de congelar la historia.

Para el absolutismo de antiguo régimen de aquel gran imperio (que abarcaba una parte de lo que hoy es Alemania, Polonia y los Balcanes, además de toda Austria, Hungría y la antigua Checoslovaquia), la derrota napoleónica y el reparto de Europa entre las potencias vencedoras le concedió una prórroga de un siglo. Justo hasta la primera guerra mundial. Es aquí donde emerge la figura del emperador Francisco José y su esposa, Elisabeth de Baviera, más conocida como Sissí, que dio pie a una trilogía mítica del cine romántico de los años cincuenta: Sissí (1955), Sissí Emperatriz (1956) y El destino de Sissí (1957), las tres con la actriz Romy Schneider en el papel de la princesa del pueblo, empeñada en romper las rígidas reglas y tradiciones de la Casa de los Habsburgo. Hoy puede parecer un empalagoso cuento de hadas (que lo es), pero hay toda una generación que creció con la musa de Sissí, como hay otras que lo han hecho con Heidi o con Hanna Montana.

En el Palacio de Invierno de Hofburg (que dicen que detestaba) es donde se encuentra el museo de Sissí. Una parada imprescindible para nostálgicos y fetichistas, ya que allí se pueden ver sus vestidos, joyas, muebles y vajilla originales. Y es allí donde se glosan las anécdotas (fabulada o reales) sobre su incomprendida lucha contra el sopor de la Corte o su obsesión por mantenerse joven y hermosa. Sissí fue asesinada en 1898 por un anarquista italiano, y contra su voluntad fue enterrada en la cripta imperial, situada bajo la iglesia de los Capuchinos y también visitable. Ahí yacen los cuerpos de 146 nobles, entre los cuales 12 emperadores y 19 emperatrices.

Estàtua de Mozart al parc Mozart de Viena

Estatua de Mozart en el parque Mozart de Viena

Amadeus

Pero el palacio más visitado de Viena es, sin duda, el de Schönbrunn, la residencia de verano con la que los Habsburgo quisieron rivalizar con Versalles. Y, efectivamente, tanto el uno como el otro son un monumento a la opulencia y la ostentación. Dicen las guías que Versalles recibe siete millones de turistas anuales, mientras que Schönbrunn se aproxima al uno y medio, o sea que puestos a elegir, por el palacio austriaco como mínimo se puede pasear sin sufrir un ataque de ansiedad. Su salón de los espejos es especialmente célebre porque ahí dio su primer concierto un niño prodigio llamado Wolfgang Amadeus Mozart. Corría el año 1762, el niño tenía seis años y ante sí tenía la familia imperial al completo. Esto ocurría antes de que conociera y ridiculizara Antonio Salieri, el compositor de la corte, el coetáneo que le asesinaría por pura envidia si tenemos que hacer caso al famoso filme de Milos Forman (1984).

Con motivo del 250 aniversario del nacimiento de Mozart, en 2006 se inauguró en Viena la de Mozarthaus, un museo de seis plantas donde el visitante se adentra en la vida y obra del genial compositor. En una de estas plantas se encuentra la única vivienda que se conserva de las varias que tuvo Mozart en la ciudad, aunque todo lo que se ha metido para decorarla es naturalmente artificial. Mozart sólo vivió dos años y medio, entre 1784 y 1787, una corta pero fecunda temporada, ya que allí escribió alguna de sus óperas más famosas, como Las bodas de Figaro o Don Giovanni.

Más allá de Mozart, Viena es la ciudad de la música. Barroca, clásica o romántica, prácticamente todos los días del año hay un concierto. Empezando por el que cada primero de enero ofrece la Orquesta Filarmónica de Viena desde la Wiener Musikverein, y que se retransmite por todo el mundo. En este caso, las piezas estrella son El Danubio Azul, de Johann Strauss hijo (el Danubio es otro signo de identidad de Viena), y la Marcha Radetzky, de Johann Strauss padre, con la que inevitablemente se cierra el recital con el director dando la espalda a la orquesta y animando al público a dar palmas al ritmo del compás.

La cèlebre nòria del Pràter

La célebre noria de Práter

El tercer hombre

La decadencia de Viena arranca precisamente en los tiempos del mariscal Radetzky, en el convulso año 1848, cuando el antiguo héroe de guerra se encarga de reprimir la revuelta liberal que estalla en la capital del imperio por contagio con las revueltas burguesas y obreras que asolan media Europa, y esta decadencia culmina setenta años más tarde con la derrota en la Gran Guerra y el desmembramiento del imperio. A partir de aquí siguen unos años grises hasta la anexión alemana y los delirios hitlerianos de crear el Tercer Reich. Viena pasa en pocos años de capital de imperio en ciudad de provincias, y con la nueva derrota del 45, o según se mire con la liberación, la antigua urbe imperial queda dividida en cuatro zonas, como Berlín, cada cual controlada por una de las potencias ganadoras. Es esta ciudad la que quiere retratar El tercer hombre (1949), la mítica película de Carol Reed protagonizada por Orson Welles y Joseph Cotten, y rodada en parte en Viena y en parte en unos estudios de Londres.

Hasta hace unos años, la única estampa que evocaba aquellos tiempos de la Viena de espías y posguerra era la singular noria del parque de atracciones del Prater, que a pesar de inaugurada en tiempos del emperador Francisco José (dicen que es la más antigua del mundo), ha quedado en la retina popular como el peculiar lugar que elige el tortuoso personaje interpretado por Welles (Harry Lime) para volver a hablar con su viejo amigo Holly Martins, el fracasado novelista a quien da vida Cotten. Desde hace unos años, Viena ha abierto además una ruta turística por un tramo de las alcantarillas donde se rodaron las famosas escenas de persecución del film. Se trata de una alcantarilla tan real como los vestidos de la emperatriz Sissí, y por tanto la incursión no es apta para olfatos sensibles como al parecer era el de Orson Welles, que durante el rodaje exigió aromatizantes para mitigar el hedor. El trayecto por el alcantarillado dura unos 45 minutos, por sus paredes se proyectan algunas escenas, y una vez en la superficie la ruta continúa por las calles del centro de Viena y finaliza en un museo dedicado a la película, en el que se recogen más de 2.300 objetos originales.

El más retratado de estos objetos es la cítara con la que el austríaco Anton Karas compuso e interpretó el tema musical del filme, uno de los más famosos e inolvidables de la historia del cine. Para los muy cinéfilos, incluso se pueden acercar al cementerio central de Viena; en su camino transcurre la última escena de El tercer hombre, con Joseph Cotten apoyado en un carro mientras espera en vano a Alida Valli (Ana, en la cinta) y de fondo suena la cautivadora música de Karas.

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