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CATALUNYA

Una hora con el gorila Aygasha

Ruanda es el país que ha sabido sacar mejor beneficio turístico de los gorilas. Solo en Ruanda hay diez familias de gorilas como la de Aygasha, habituadas al contacto con los humanos. Los grupos de visitantes son de ocho personas, como máximo. En total, 80 personas cada día

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El gorila Aygasha. (Foto: David Dusster)

El gorila Aygasha. (Foto: David Dusster)

El único aviso fue un repentino temblor de hojas. Y, sin tiempo a reaccionar, tras una sacudida entre los arbustos, allí se plantó el gorila, a escasos cinco metros, una hembra que seguía cuesta abajo el rastro juguetón de su cría, sin miedo, sin agresividad, sin darle la más mínima importancia a los intrusos humanos. Instantes después fueron surgiendo, uno tras otro, como duendes tropicales que hubieran estado ocultándose adrede, más gorilas. Salieron con ímpetu, en desorden, raudos, y esquivando a las ocho personas que habíamos ido a buscarlos. Hasta que, al cabo de un rato, Aygasha, el macho alfa, el gorila de lomo plateado que controla una de las familias gorilas de montaña más numerosas del Parque Nacional de los Volcanes de Ruanda, apareció cerrando el grupo, se irguió, husmeó y, con su silencio, aceptó nuestra presencia.

Cuando descienden por una ladera, los gorilas son graciosos. Aprovechan su cuerpo robusto, peludo y flexible para doblar los arbustos como si fueran lianas y propulsarse para ir avanzando. Parecen inmunes a los rasguños y golpes que los humanos tememos en la selva. Y se preocupan únicamente de comer y de descansar, y, los más pequeños, de jugar. Mientras una madre da buena cuenta de unas cañas de bambú, uno de los alimentos favoritos de los gorilas de montaña, que tienen una dieta vegetariana, dos crías se entretienen en lo alto de un arbusto tapándose la cara con sus manos de color ceniza y haciendo muecas hasta que súbitamente huyen como alma que lleva el diablo.

Definitivamente, por mucho que el contacto esté preparado por los rastreadores y guardas del parque, el encuentro con los gorilas de montaña es una de las grandes experiencias que todavía se pueden vivir en la naturaleza salvaje. Y a diferencia de ver tigres o leones, carnívoros con los que hay que poner un vehículo de por medio para tener protección, o de avistar ballenas, dueñas de los mares, con los gorilas se comparte el terreno. Aygasha escruta al humano con su mirada, sentado en una postura bonachona, incluso se diría que a veces posando frente a las cámaras fotográficas, acercándose o alejándose tanto como quiere, pero a la vez estableciendo una barrera clara: es el último de la comitiva y nadie puede franquear su posición para acercarse a su familia.

Aygasha está de buen humor y en ningún momento agita sus puños contra su poderoso pecho, el gesto que más se recuerda de los gorilas gracias a películas como King Kong. Hollywood ha distorsionado a su antojo los aspectos más temibles de muchos animales. Pirañas asesinas, anacondas terroríficas y, cómo no, tiburones gigantes que aterrorizan playas, pero King Kong supo captar la capacidad de sentimiento de la fiera. Y la familia de Aygasha, por algún atavismo incomprensible, desprende cercanía y ternura. En ese bosque de altura, donde Diane Fossey decía que se tirita de frío más que se suda de calor –los gorilas de montaña sobreviven en un hábitat a más de 3.000 metros-, la bestia fiera evoca un eslabón ancestral.

Además, Aygasha tiene una historia de cine. Incapaz de entenderse con el macho dominante de su familia de origen, tuvo que refugiarse en la jungla y acabar de crecer en solitario. Hasta que un día acabó aprovechó su oportunidad. El lomo plateado de una familia murió inesperadamente y un macho inexperto se hizo cargo del grupo. Aygasha se topó con ese grupo y derrotó al novato líder. Y desde entonces cimentó su leyenda. Fue combatiendo con otros gorilas y los fue derrotando uno tras otro. Era un ganador. Y a cada victoria, la recompensa era una hembra. Algunos guías del parque bromean con que Aygasha era el “playboy” de los montes Virunga. Su familia llegó a tener 28 miembros.

Las familias de los gorilas son como los imperios de los humanos: se expanden hasta que alcanzan un punto que empiezan a ser insostenibles. Los buenos tiempos de Aygasha ya han pasado. Las peleas de gorilas son a puñetazos y, sobre todo, a mordiscos. Un asunto brutal, en el sentido más literal. Y Aygasha ya empieza a estar un poco mayor, tanto para hacerse cargo de la satisfacción y protección de sus hembras como para andar con trifulcas vecinales. Ahora su familia la integran 21 gorilas, con tendencia a aligerarse, y pese a todo, sigue siendo de las más numerosas del parque.

Los guías enseñan a comportarse y a comunicarse ante los gorilas, emitiendo sonidos guturales para saludar y reconocer la sumisión ante la fiera. Los encuentros están limitados a un máximo de una hora para no entorpecer demasiado la rutina diaria de los grandes primates. Los gorilas de montaña son una especie que únicamente habita en esa región de los Virunga, montañas que tienen diferentes nombres según las vertientes caigan dentro de los límites de Ruanda, el Congo y Uganda. Los más de 700 ejemplares censados viven entre esos tres países, moviéndose ajenos a las fronteras, aunque son animales territoriales y acostumbran a merodear por los mismos lugares. Su supervivencia y protección se debe, básicamente, al trabajo de Dian Fossey, que fue la primera investigadora en relacionarse con los gorilas en lugar de contentarse con observarlos.

Ruanda es el país que ha sabido sacar mejor beneficio turístico de los gorilas. Solo en Ruanda hay diez familias de gorilas como la de Aygasha, habituadas al contacto con los humanos. Los grupos de visitantes son de ocho personas, como máximo. En total, 80 personas cada día, unas 22.000 al año, tienen el privilegio de disfrutar de esa hora de contacto primal en la selva. Obtener el permiso es básicamente una cuestión de paciencia y dinero. Ruanda hace pagar 750 dólares estadounidenses a los extranjeros mientras que el Congo, -cuyo parque está cerrado en la actualidad por la rebelión armada en la zona- solamente cobra 300 dólares. Y en verano, la época seca, puede haber una demora de semanas para entrar en el cupo.

Cuando ya casi llevamos una hora siguiendo los pasos de los gorilas, Aygasha se planta en un claro de la jungla, se sienta como si hubiera encontrado un trono a su altura de rey, y hace gestos para que se alejen los demás miembros de la familia. Se queda sólo con los humanos. Se está despidiendo. Y me pregunto si realmente los humanos tenemos derecho a entrometernos en su hábitat, a irrumpir en su quehacer diario. Muchos defensores de los derechos de los animales discrepan de las actividades turísticas de observación de los animales. Pero el debate no va más allá porque los beneficios superan con creces a los posibles daños. Nunca ha habido un incidente serio con un gorila en este tipo de encuentros. Tampoco un gorila ha resultado dañado. Si no existiera ese turismo, Ruanda perdería su segunda mayor fuente de divisas. Y lo más trágico, los gorilas ya habrían desaparecido. Solamente quedarían visiones distorsionadas de las películas.

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