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El lago Kivu y la divisoria de África

En Ruanda los paisajes se suceden rápidamente, de una colina a otra.Tras serpentear por el valle, los volcanes van quedándose atrás. Perdemos altura y el calor empieza a apretar. Aparecen los primeros cafetales.

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Vista del Lago Kivu con el volcán Nyiragongo presidiendo el paisaje, ya en territorio del Congo. (Foto: David Dusster)

Vista del Lago Kivu con el volcán Nyiragongo presidiendo el paisaje, ya en territorio del Congo. (Foto: David Dusster)

Al final, en el último momento, el cielo se abrió y pude ver los volcanes de Ruanda al completo, sus siluetas y sus cimas, incluida la del Bisoke, que es como un cono perfecto truncado en lo más alto para encajar al lago que contiene en su interior. Después de cuatro días en Musanze, la ciudad más cercana al parque nacional que protege a los gorilas de montaña, fue al callejear camino a la estación de autobús ya para irme cuando puede apreciar nítidamente los cinco colosos.

En Musanze, que antes se llamaba Ruhengeri y que, como muchas ciudades y provincias, ha sido rebautizada por la voluntad del presidente Kagame de refundar el país a todos los niveles, también rige el principio de pulcritud que se nota nada más llegar a la capital Kigali. Musanze está limpia y eso aún tiene mérito porque excepto la calle principal, que de hecho es la carretera, y un par de calles colindantes, el resto está sin asfaltar.

En Musanze he recordado que África es el mejor lugar del mundo para los apaños. Se me cayó una varilla de las gafas graduadas y la solución más adecuada era buscar una óptica en Musanze, pero no supe encontrar ninguna, así que, después de preguntar, me llevaron a un tienda en la que reparaban equipos de música, televisores, vídeos… pura chatarra tecnológica antiucada que, gracias al manitas de la tienda, seguía funcionando. Eran televisores Telefunken, para entendernos, de esos que en Europa dejaron de venderse treinta años atrás. Pues ni tardó diez minutos el dependiente en perpetrar un arreglo endeble pero suficiente. Los dos primeros minutos los invirtió en estudiar el mecanismo de sujeción. Luego tomó una gillette, limó una pieza, cortó otra y lo ensambló con un destornillador chiquito. ¡Genial! ¡Viva África!

La estación de autobuses interurbanos es de lo más caótico que he visto en Ruanda, pero comparado con otras terminales de África o de Asia, es muy asesquible. Y eficiente. Y nadie te atosiga para que compres snacks o provisiones para el viaje. Además, mi destino, el lago Kivu, un lugar paradisíaco que si no estuviera en medio de una de las regiones más conflictivas de África sería una meca turística, está a menos de dos horas. El bus, que no va lleno –Ruanda es uno de los países mñas densamente poblados del mundo pero nunca da esa sensación- enseguida pasa por el edificio de la Fundación Dian Fossey: los continuadores del trabajo de la primatóloga ya no viven en la selva sino en pisos y casas de Musanze. Los tiempos cambian.

En Ruanda los paisajes se suceden rápidamente, de una colina a otra.Tras serpentear por el valle, los volcanes van quedándose atrás. Perdemos altura y el calor empieza a apretar. Aparecen los primeros cafetales. Y, tras una curva, el lago Kivu, uno de los más pequeños de los grandes lagos africanos, asentado sobre el Gran Valle del Rift, la espina dorsal que parte África en dos partes y una brecha geológica que garantiza la actividad sísmica y vulcanológica. El volcán Nyiragongo, responsable de alguno de los males que afligen al Congo, preside majestuoso el horizonte, pero las nubes ocultan el destello de su caldera de fuego. Tiempo habrá para recorrer este lago explosivo, no por su situación geográfica sino por el metano que contiene en sus profundidades, y la divisoria entre una África prometedora y otra malograda, entre una Ruanda renacida y un Congo que simboliza el drama de los estados fallidos.

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