Opinión y blogs

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Nepocracia

Llámenle estirpe o linaje, herencia de sangre o ralea. Díganle enchufe. Cualquiera de estos términos nos conduce a la Nepocracia y, tal como están las cosas, es difícil que su sola mención no nos remita a un patrón inmediato. A cualquier ejemplo de esas sagas familiares que protagonizan el poder político reciente, fresco, de hoy mismo…

A fin de cuentas, dirán los lectores, ¿para qué andarse con historias antiguas si aquí no se habla más que de los Borbones o los Pujol? ¿Para qué tanta arqueología si un poco más lejos tenemos el posible regreso del apellido Clinton a la Casa Blanca, la pintoresca presencia del tercer Kim consecutivo en Corea del Norte o el segundo Castro seguido que gobierna en Cuba después de casi seis décadas?

Esa inmediatez, en todo caso, está siendo ventilada en cualquier medio de cualquier tendencia y bajo cualquier soporte. Y es que el uso de la Nepocracia (más bien su abuso, pues su mera existencia ya implica arbitrariedad) no conoce fronteras geográficas, políticas o ideológicas. En democracia y en dictadura, en la Monarquía y la República, bajo el capitalismo y el comunismo, así en la paz como en la guerra, la Nepocracia persiste como un do sostenido de la vida política.

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Narcocracia

Dos noticias recientes han vuelto a poner sobre la mesa el poder omnímodo de la narcocracia: la publicación del libro Cero, cero, cero, de Roberto Saviano, y la captura del Chapo Guzmán.

El libro de Saviano es una investigación minuciosa que explora la ubicuidad de la cocaína, su invasión en cualquier ámbito o estrato social: el antro y el parlamento, la medicina y el deporte, la escuela y el ejército, el periodismo y la psiquiatría. Ubicuo era asimismo el poder de Guzmán, capo máximo del narcotráfico capturado en México, quien, con la misma naturalidad que compró magistrados y políticos, llegó a hacerse un hueco en las listas de la revista Forbes, que lo colocó entre los hombres más ricos del mundo, y en las de Foreign Policy, que lo situó entre los más poderosos.

Como aquello que intenta definir, el uso del término narcocracia no ha dejado de aumentar en las últimas décadas. Al principio, empezó por aplicarse a una actividad concreta (el tráfico de drogas) y la mayoría de las veces acabó por vincularse a un país (México). Algo relativamente obvio, pues no puede negarse que la narcocracia es un poder que emana del tráfico de estupefacientes ni que en un país con las dimensiones de México este fenómeno ha atravesado –por tierra, mar y aire- toda la sociedad. En ese país -fronterizo con Estados Unidos, primer receptor de droga a nivel mundial- se ha extendido igualmente una narcocultura con arraigo diverso en la música, el cine, la literatura, los cómics, el arte, el periodismo, las telenovelas e incluso en algunos rituales vinculados a las ejecuciones. Yuri Herrera o Julián Herbert, Lolita Bosch o Sergio González Rodríguez, Teresa Margolles o Elmer Mendoza han dado cuenta de este fenómeno en discos y ensayos, novelas y crónicas, obras de arte y reportajes, blogs o iniciativas ciudadanas con el propósito de enfrentarlo. Más allá de México, Santiago Gamboa o Don Winslow, Quentin Tarantino o David Simmons, The Wire y Breaking Bad, Stephen Desberg y Stephen Soderbergh han desvelado las aristas de un mundo que es ya el mundo: no hay frontera que se le haya resistido.

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Meritocracia

Con la expansión de la crisis actual, los méritos han vuelto a tener predicamento. No es para menos, habida cuenta de esas grandes masas, la mayoría jóvenes, que viven un desencuentro estructural con el mercado de trabajo. Y no es para menos, habida cuenta de que el asunto no trata sólo del desempleo. Casi tan grave resulta su paliativo -el empleo precario- y que la gente, frente a la nada, acabe conformándose con lo poco.

Así funciona, hoy, este sistema.

En un presente en el que vuelve con fuerza la esencia y no la elección, la herencia y no el mérito, el apellido y no la carrera, es comprensible que la meritocracia genere ilusiones. Tanto como que, en algún lugar del imaginario colectivo, se cebe la fantasía del triunfo definitivo del talento y el esfuerzo, tan propios del self-made-man a lo anglosajón o de la feina ben feta a la catalana.

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Ludocracia

Hubo un tiempo en el que aún los agentes de CSI no habían colonizado el imaginario de la ciudad ni El Padrino o Leaving las Vegas conocían su estreno. Tampoco habíamos sido sacudidos por la saga de desmadres y “resacones” propios del cine juvenil del siglo XXI…

Pero Las Vegas ya estaba allí.

Como capital del juego y como refugio dorado. Como centro de operaciones de la mafia y como esa especie de Ur posmoderna surgida de súbito en medio del desierto.

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Imagocracia

El término “imagocracia” ha adquirido tal carta de naturaleza en el lenguaje contemporáneo que no resulta difícil tropezárselo en cualquier esquina. Tampoco advertir que suele estar enfocado, acaso más de la cuenta, en la propaganda política: en esa maraña de spots electorales y tribunas promisorias desde las que se encarga de empaquetar la fábula de la vida ciudadana. Incluida su infantilización y su inalterable moraleja: “¡vótame!”. 

Así mirada, la imagocracia funcionaría como el agitprop de la democracia; su enjabonadura acrítica.

Entendámonos: no es que un  spot o una campaña sean incapaces de alojar la crítica, el problema es que esa crítica siempre va dirigida a los demás, como si estuviera adscrita al consuelo de Sartre que situaba el infierno en los otros.

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Gerontocracia

La historia política podría resumirse en cómo se transmite el poder de una generación a otra. Y en el hecho, comprobado, de que esa transmisión, por los siglos de los siglos, no se ha caracterizado, precisamente, por la generosidad: los viejos poderes han sido tradicionalmente reacios a ceder el gobierno o abandonar con naturalidad las riendas del control político.

Es más, tal como lo vio Gramsci, cuando se han encontrado ante el abismo, esos viejos poderes han preferido el Apocalipsis -“después de mí el diluvio”- antes que una entrega razonable de la dominación. (No es casual que las revoluciones suelan invocar la juventud y el advenimiento, con ellas, del futuro hecho política; capaz de derrotar no sólo al antiguo régimen sino también al tiempo). 

Mucho se ha escrito sobre la gerontocracia, y a estas alturas es poco lo que puede aportarse. Parece indiscutible el consenso de que debemos entenderla como el poder de los viejos, aunque quizá sea más preciso comprenderla como el poder de lo viejo. Un aferramiento conservador que, llegado el caso, ya no se manifiesta exclusivamente como amor al poder sino además –veamos lo que sucede en España- a la oposición. Esto se debe a la instauración de eso que conocemos como “clase política”, y al correspondiente sentimiento de casta que se expande más allá de parlamentos y partidos para alcanzar la empresa, los medios de comunicación o la cultura. Desde esta, la gerontocracia se hace obvia cuando los sabios de la tribu consiguen establecer la tribu de los sabios (ratificada con metáforas tales como “república de las letras”, “ciudad letrada”, “intelectualidad orgánica”). Resulta muy curiosa, al respecto, la existencia de una asociación de directores -¡y exdirectores!- de museos y centros de arte; como si ese fuera un oficio y no un cargo, una condición y no una ocupación. (Así de ontológico se nos puede presentar el asunto).

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Fisiocracia

La fisiocracia, hoy por hoy, ni remite a un gran poder ni arrastra esa vitola, siempre inevitable cuando se escribe en los medios, de  “candente actualidad”. Eso no significa que resulte del todo inútil como punto de comparación con lo que hoy nos sucede. O que no pueda funcionar como un instrumento para precisar el modo en que la economía global organiza la riqueza. O que sus preceptos no puedan auxiliarnos a la hora de entender una cultura contemporánea que, cada vez más, privilegia su carácter “industrial” –las industrias culturales son el último eslógan para endosarnos un neoliberalismo camuflado- y que ha convertido el “proceso”, más que la producción misma, en uno de sus grandes fetiches.

De hecho, que sea un término “viejo” no ha sido obstáculo para que un ministro de economía en Uruguay se proclame como “un fisiocrata del siglo XXI”, mientras que en Argentina ha llegado a considerarse su efectividad conceptual a la hora de describir su situación como granero del mundo. Es curioso que en las recientes conversaciones de paz en La Habana, las FARC (que a fin de cuentas es una guerrilla de origen agrario) hayan llegado a plantear términos sobre la tierra bastante próximos a los postulados fisiócratas.

Definida como el “gobierno de la naturaleza”, la fisiocracia nace en el siglo XVIII, determinada por un rotundo ensencialismo que despreciaba al mercantilismo o la industria en tanto actividades “parasitarias”. No puede decirse que fueran sus únicos adversarios, puesto que si bien estas funciones eran indignas a los ojos de los fisiócratas, el Estado no les parecía un incordio menor. Así pues, la industria, el comercio y el gobierno, no eran otra cosa que intermediarios entre los productores y los destinatarios de los bienes creados. De modo que dilataban los procesos directos y, al mismo tiempo, se enriquecían con usos calificados entonces como no del todo productivos.

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Eufemocracia

Entre el desplome del Comunismo y la crisis del Capitalismo hemos vivido una época de transición cargada de palabras soslayadas, cuando no directamente adulteradas. “Capitalismo”, por ejemplo, es una de ellas. Durante estos años, apenas un par de décadas en la Historia, se han impuesto términos como Era Global, Mundialización, Sociedades Posthistóricas, Economías de Mercado o el inefable Mundo Libre, cuyo advenimiento parecía definitivo tras el derribo del Muro de Berlín y que, en realidad, remite mucho más a la época de la Guerra Fría y de Radio Europa Libre que a la Era digital y a la expansión de Internet. El caso es que todos esos parámetros parecieron válidos para mitigar los efectos de un vocablo demasiado estridente para la música lisérgica del fin de la historia que había compuesto Fukuyama. 

Si innombrable fue la palabra “Capitalismo”, “Comunismo” no fue mucho más pronunciable que dijéramos. Puesto que el llamado Socialismo Real había quedado bajo los escombros del Muro -y de la propia historia represiva de su configuración estatal-, buena parte de las alternativas críticas de la izquierda prefirieron esquivar la palabra maldita. De ahí calificaciones como Antisistema, Antiglobalización y un largo anti-todo hasta arribar al estatuto reciente de indignados.

Bajo esa variedad semántica, han encontrado cobijo el comunismo primitivo y la democracia participativa, el socialismo utópico y la autogestión colectiva, las pulsiones igualitarias y, no hay que olvidarlo en ningún caso, algunas posibilidades totalitarias.

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Etnocracia

Cuando Juan Ginés de Sepúlveda escribió el Democrates Alter, hizo coincidir los preceptos del derecho de entonces con la razón aristotélica y –sobre todas las cosas- el interés de los conquistadores españoles. No fue el primero en formular lo que hoy conocemos como derecho internacional, mérito que distinguió a Vitoria, pero sí expandió un pensamiento cínico (no exento de erudición) que se ha multiplicado hasta el presente, dimensionado una y otra vez en la larga historia del sometimiento de la diferencia.

Para Sepúlveda, el “simbólico y a la vez poético” sistema mental aborigen –el de mayas, aztecas e incas, entre otros- no provenía de una riqueza espiritual específica, sino de un “pensamiento salvaje”, herético y por lo tanto incumplidor del “derecho de gente”. De ahí su justificación de la conquista y la colonización como medios efectivos para difundir la fe católica y, a través de ella, impedir que los nativos contemplaran siquiera la posibilidad de dotarse a sí mismos de otro orden, otra vida, otra cosmovisión.

La controversia doctrinal entre Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas (Valladolid, 1550-51) giró alrededor de estos puntos y los historiadores han llegado a asumirla como un prólogo a los debates modernos sobre la conquista, la colonización o el racismo. Por esa misma razón, Las Casas salió de aquella contienda como un precursor del anticolonialismo, aunque acabara aceptando, con el tiempo, la sustitución de sus amados esclavos indígenas de América Latina por esclavos traídos de África (a los que acaso amaba menos o percibía como más distantes de Dios y del Derecho).

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Efebocracia

Los conflictos generacionales son un invento de los viejos para joder a los jóvenes. Esta alerta cínica de Anthony Burgess puede resultar útil a la hora de abordar la efebocracia, un neologismo que –ya lejos de los antiguos griegos- es admitido en la actualidad para definir el poder de la juventud. Hubo un tiempo, al menos en Occidente, en el que adelantar la madurez fue un signo importante de la cultura. De ahí que la juventud no sólo apareciera como la etapa del ímpetu, sino también de la fugacidad: un instante que debíamos “quemar” sin contemplaciones.

A menudo los románticos sentían, incluso desde la adolescencia, que habían “vivido suficiente”. Por eso su afición al suicidio temprano (Larra), a la vida extrema (Rimbaud) o a cualquier guerra que pudiera redimir una existencia inútil (Byron). Con sólo 16 años, José Martí cumplía condena de trabajos forzados por oponerse al colonialismo español en la isla de Cuba. Elvis ya era el Rey antes de los treinta y los Beatles apenas llegaban a esa edad cuando se separaron.

Estos y otros ejemplos –pongamos el tan llevado y traído Club de los 27- hablan de una juventud cuya pujanza pasaba por una oposición sin cuartel a la gerontocracia, que se manifestaba en el gobierno y en los padres, en los maestros y en cualquiera que tuviera autoridad.

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