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De Iceta en Iceta hasta la Iceta final

El PSC lleva tiempo deligándose de su antigua masa de votantes y perdiendo todas las batallas con una obstinación granítica, pilotada por aquellos que quieren mantener el puesto y la línea hasta el último día, aunque sea a costa de dejar detrás de ellos tierra quemada. En este contexto, la nueva manifestación de ridículo del aparato del PSC con el relevo del primer secretario es problema suyo. Nadie discutirá la profesionalidad de Miquel Iceta para seguir dirigiendo igual que en los últimos años la inmolación comprobada de un antiguo partido de izquierdas de grandes dimensiones. Pero en este caso la profesionalidad es el inconveniente.

La renuncia simultánea de Núria Parlon y Susana Díaz a dirigir el PSC y el PSOE revelan el margen de maniobra de “reconstrucción” que el aparato estaba dispuesto a consentir. Ahora el auténtico problema ya no es la regeneración del PSC y del PSOE, impedida desde dentro, sino la del espacio electoral e institucional de la izquierda que antes ocupaba. Todos los adversarios se frotan las manos, esperando recoger algún trozo de la fuga masiva de votos socialistas. También se frotan las manos los partidos catalanes que menospreciaban al PSC no por sus dirigentes, sino por el espacio social mestizo y bien real que representaban.

El PSOE sabe que nunca volverá a ganar en España sin el granero de votos de Cataluña, la segunda comunidad autónoma más poblada. Ante eso no parece inclinarse hacia el bipartidismo (en coalición o en alternancia) de los viejos tiempos. Los grandes partidos políticos de la transición democrática han dado una lección diáfana de complicidad con los recortes más injustos y de inadaptación a los cambios sociales vividos. Ahora la responsabilidad de reconstrucción se encuentra del lado de las embrionarias fuerzas políticas alternativas, forzosamente balbuceantes de entrada, empezando por la responsabilidad primordial de saber sumar a favor de esa regeneración democrática que los grandes partidos de antaño han descartado tan ostensiblemente en la práctica, incluso en sus propias estructuras internas.

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Carta contra la “arquitectura disuasoria”

Estimado Alcalde Trias:

Yo también necesito echarme.

Afortunadamente tengo hogar, pero soy parte de ese alto porcentaje de la población (más de un 5%) de menos de 65 años que vive con una enfermedad crónica discapacitante. Miles como yo, tenemos Encefalomielitis Miálgica (el mal llamado “Síndrome de Fatiga Crónica”), enfermedad inmunológica que nos mantiene, sobre todo, entre la cama y el sofá, haciendo, como gran tarea semanal, el ducharnos, enfermos que hacemos en 6 meses lo que una persona sana hace en un día. Otros enfermos similares son los que tienen Lupus, Esclerosis Múltiple, Artritis Reumatoide y muchas más patologías más.

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Un Gary Cooper para el PSC

Cuando Fred Zinnemann dirigió “Solo ante el peligro” y Gary Cooper la protagonizó, ni yo había nacido ni el PSC existía. Fue en el año 1952 cuando llegó a las pantallas de los cines la historia de Will Kane, el sheriff del pequeño pueblo de Hadleyville a quien sus conciudadanos abandonaron ante la noticia de que estaba a punto de llegar Frank Miller, un criminal que quería matarlo.

Pere Navarro se debía sentir como Gary Cooper. ¿Se le puede recriminar que abandonase el pueblo antes de que llegase la banda de Miller-Mas-Jonqueras para acabar con él? ¿Tenía margen para confiar en que, com en la película, al final se produciría un milagro y saldría victorioso del enfrentamiento final al que todo el mundo le había abocado en solitario?

Antes de Navarro, el PSC había tenido otros sheriffs y autoridades que habían ido saltando implacablemente ante la presión de los resultados electorales y de la caverna mediática y política catalana: Pasqual Maragall, Joan Clos, Jordi Hereu, José Montilla,... La mayor parte de ellos fueron maltratados, insultados, mientras estaban en el cargo y rehabilitados una vez retirados de la vida política. No todos. La expresión sincera del expresidente de la Generalitat, Jordi Pujol, de que “los socialistas hay que enviarlos a la mierda de dos en dos” reflejaba no solo un odio personal sino un estado de ánimo bastante extendido entre parte de la ciudadanía catalana.

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El alcalde de las marcas

El alcalde de Barcelona Xavier Trias

De alcalde de las personas a alcalde de las marcas. Así se podrían resumir los tres años de gobierno de Xavier Trias en el Ayuntamiento de Barcelona. Al igual que su predecesor en el cargo, el socialista Jordi Hereu, a Trias no lo ha desenmascarado nadie. Él solito se lo ha guisado y se lo ha comido metiéndose en problemas como el de Can Vies, pactando con el PP, privatizando y recortando servicios municipales, subiendo el precio de los transportes públicos, alquilando espacios públicos y servicios de la ciudad a las marcas y primando el interés turístico sobre el ciudadano. En resumen: cargándose la imagen de transversalidad política y de sensibilidad social que le llevaron a gobernar Barcelona aunque ni él mismo se lo creyese.

Trias ganó las elecciones del 22 de mayo del 2011 no tan solo por sus propios méritos, que son muchos, sino por el descrédito que sufrió el anterior bipartito liderado por el PSC provocado por una forma de gobernar de espaldas a la ciudadanía mezclada con decisiones erróneas, como el referéndum de la Diagonal y el frustrado proyecto de perrera, que le llevaron a hacer el ridículo. En poco tiempo, Jordi Hereu y su equipo dinamitaron el intenso trabajo de hormiguita que los socialistas habían hecho durante años con las entidades vecinales de Barcelona para asegurarse su apoyo y también, por qué negarlo, su control. El enfrentamiento con las asociaciones de vecinos por las obras del TVG es un ejemplo.

Sorprendentemente, Trias ha seguido esta forma de gobernar ignorando a la ciudad a excepción de los grandes lobbys empresariales como Barcelona Global, con quién su equipo se reúne muy a menudo. A esto se añade el problema de que CiU tiene poca presencia entre el tejido asociativo de la ciudad y poco conocimiento de los problemas de los barrios como lo ha demostrado la pésima gestión del regidor del distrito de Sants, Jordi Martí. Hay quien dice que los asesores de Xavier Trias desconocen la Barcelona real porque viven en Pedralbes o Sant Cugat y han estudiado en Esade. No sé si éste será el caso de Jordi Martí.

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Barcelona, una oportunidad para la regeneración

Las elecciones municipales en Barcelona se convertirán en una extraordinaria oportunidad de regeneración para la política catalana. La irrupción de la plataforma Guanyem Barcelona, impulsada por Ada Colau y otros implicados en los movimientos sociales, hace aún más trascendente el camino que culminará dentro de un año en las urnas. Desde la Transición y hasta las últimas elecciones, Barcelona ha sido un laboratorio para la izquierda, tanto a la hora de tejer alianzas como en el diseño de un modelo de ciudad. En buena parte, la Barcelona que conocemos hoy es el resultado de casi treinta años de pactos de progreso, liderados por la alianza entre el PSC e ICV. Pero ese modelo ya es historia.

La izquierda y la ciudad deben repensarse. La cuestión es si la izquierda será capaz de ser el motor político e intelectual que vuelva a hacer de Barcelona un referente de transformación social, una ciudad cohesionada, solidaria, abierta, con espíritu universal. Si conseguirá ofrecer a los electores un proyecto claro y definido, desde la pluralidad pero con objetivos comunes. Para ello es necesario que fructifiquen tres procesos en marcha.

El primero es que Guanyem Barcelona logre ser el punto de encuentro de partidos y movimientos sociales que, en buena medida, comparten una misma visión de la realidad. El manifiesto hecho público por la nueva plataforma es una apelación a que ICV-EUiA y la CUP tengan la generosidad de sumarse a un proyecto que debería acoger también a Podemos y a movimientos como Procés Constituent o Parlament Ciutadà. Esta alternativa de izquierda sólo tendrá una fuerza decisiva si logra, primero, formular una propuesta conjunta y, después, acudir a las urnas en una única candidatura.

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La diferencia importante entre el fútbol i el “futebol”

El inicio de la apoteosis televisiva cuatrienal del Mundial de fútbol que organiza la FIFA se ha visto marcado, precisamente en Brasil, por una inédita aparición sobre la mesa de la exigencia ciudadana de democratización del país anfitrión y de la estructura organizativa del campeonato. Hasta hace poco tiempo la pasión popular por el fútbol lo tapaba todo. Ahora ya no, ni siquiera en Brasil. El Mundial de fútbol de 1978 se celebró en Argentina en plena dictadura militar. Todo el mundo festejó los goles los mismos días en que se multiplicaban los “desaparecidos” y los detenidos torturados.  demás, la selección argentina ganó el trofeo “en los despachos” más que en el terreno de juego (por 2-1 en la prórroga de la final contra Holanda), como posteriormente se admitió. En el mundo de hoy eso es cada vez más difícil de repetir.

Las organit¡r eli meitat de brasilers que dubtend e la conviilers (48%) es devlaren en contra de l'organitzaciencuestas recientes revelan que casi la mitad de los brasileños (48%) se declaran en contra de haber organizado el torneo, en detrimento de otras inversiones sociales que consideran prioritarias, más aun en la perspectiva de los Juegos Olímpicos de 2016 en Rio de Janeiro, los primeros organizados en América Latina. El coste para el Brasil de la organización del Mundial y las construcciones asociadas ha sido evaluado en 2.500 millones de euros, frente a los 1.000 millones que costó la última edición en Sudáfrica en 2010.

Esta casi mitad de brasileños que dudan de la manera de organizar el Mundial, pese a que muchos deben compartir la pasión por el fútbol,  acaban de indicar un cambio de rumbo y de dar una lección de madurez democrática. El “futebol” brasileño ya no es tan solo el inventor del “jogo bonito” y las “torcidas” de seguidores más ingeniosas del mundo. Ahora también es el iniciador de una nueva conciencia ciudadana sobre el dispendio de dinero y sobre la manera de gestionar que la pasión futbolera ya no justifica a ojos cerrados.

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Pere Navarro, una misión imposible

Pere Navarro anuncia su renuncia al frente del PSC / ENRIC CATALÀ

En el peor lugar en el peor momento. Esta es la historia de Pere Navarro como secretario general del Partit dels Socialistes de Catalunya. Fue elegido en diciembre del 2011 con una mayoría tan notable (73%) como ficticia porque ocultaba las graves tensiones larvadas en el partido. Llegó en medio de la formidable movilización política que vivía Catalunya. Y Pere Navarro se encontró en el epicentro de todas las tempestades, las internas del partido y las externas. Juntas, unas y otras, crearon la tormenta perfecta que llevó al PSC a naufragar en todas las elecciones y a su líder a la renuncia. Navarro creyó que podía pilotar la nave pero se vio superado por la magnitud de la misión. Y fue así porque era una misión imposible.

El PSC sufre el descrédito general de la socialdemocracia a la hora de afrontar la crisis, lo que le abre vías de agua (de cientos de miles de votos) hacia posiciones más nítidas de izquierdas, desde ICV a Podemos. Y, a la vez, padece una sangría de apoyo popular por su indefinición ante el proceso soberanista. Los votantes más catalanistas reprochan a los socialistas que no se hayan sumado al bloque por el derecho a decidir, mientras que otro sector les acusa de todo lo contrario, de ambigüedad frente al independentismo. Resultado, fugas de votos en masa por ambos frentes, hacia ERC o Ciutadans. Incluso ERC no sólo se queda con sus votos, si no que aspira a quedarse con su memoria maragallista.

El partido se ha convertido en un inmenso granero electoral para el resto de formaciones políticas. Por desméritos propios y, también, porque el PSC y sus líderes han sido víctima del acoso de quienes intentan atraer el partido a su causa (las hemerotecas dan fe de ello). Pere Navarro pensó que la solución estaba en lograr que el PSOE abriera una ‘tercera vía’, que permitiera al PSC recuperar su vieja tradición de punto de encuentro de quienes se sienten tan catalanes como españoles, mayoritarios hasta ahora según las encuestas. Navarro logró convencer al PSOE, pero no a su electorado más catalanista, que percibió la propuesta federal (declaración de Granada) como insuficiente y poco creíble. Y por supuesto, no convenció al sector crítico del partido, dispuesto incluso a crear una nueva formación socialista. 

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El general Batlle y el muerto de Brians

Albert Batlle, director de los Mossos.

Si algo avala el nombramiento de Albert Batlle como nuevo director general de los Mossos son los siete años que dirigió la política penitenciaria de Cataluña. Un cargo no tan espinoso pero casi, al que llegó por pura casualidad y sin ningún conocimiento ni experiencia previa en la materia. Lo suyo, de siempre, había sido la política municipal de juventud y deportes, nada que ver pues, pero en 2003 se quedó sin el acta de concejal porque los resultados del PSC fueron peores de los previstos, y unos meses después el primer conseller de Justicia del tripartito, Josep Maria Vallès, lo rescató como secretario de prisiones. Se suponía que empezaba una nueva era, más progresista y transparente, y sobre todo menos permisiva con los abusos. No fue así.

La noche del 4 de enero de 2004, pocos días después que Batlle ocupara su nuevo despacho, murió un interno en la prisión de Brians después de ser reducido por cinco funcionarios. Se llamaba Manuel Valencia Jorge y era enfermo mental (detalle que siempre se ocultó en los comunicados de prensa del departamento). Fue el primer marrón que se tuvo que tragar el nuevo y novato director penitenciario. Pero aplicó el manual y sacó un sobresaliente. La primera reacción fue prometer que se investigaría a fondo, y efectivamente abrió lo que se llama una información reservada; pero al tercer o cuarto día el asunto ya había desaparecido de los medios y a partir de ahí Batlle ignoró todos los indicios que hacían pensar en que la víctima había recibido una paliza antes de expirar, se agarró a la autopsia (según la cual había sufrido un paro cardio-respiratorio porque tenía una malformación coronaria) y corrió a dar el caso por cerrado. Veredicto: accidente fortuito, funcionarios exculpados. Habían pasado exactamente diez días desde la muerte de Manuel Valencia. Eficiencia máxima. Un diez por él.

Manuel Valencia era un pobre desgraciado, llevaba 15 años en el talego, sin un solo día de permiso, padecía esquizofrenia paranoide y era hijo de una familia extremadamente humilde de Mataró. Seguramente no valía la pena empezar con mal pie por alguien así, porque ya se sabe que a la mínima que un cargo público da verosimilitud a cualquier acusación de torturas o malos tratos los sindicatos se le echan al cuello. En ningún otro lugar los funcionarios cierran filas como en las cárceles. Quizá por eso Batlle prefirió no dar importancia al hecho de que Manuel Valencia no había muerto en Urgencias como se informó, sino mientras yacía esposado en el camastro de una celda de aislamiento de Brians, que se le había aplicado la sujeción sin la supervisión de la doctora de guardia, o que la autopsia había revelado que no había ingerido el medicamento que tenía prescrito. La instrucción judicial fue un poco más seria que la administrativa, por lo menos duró un año, pero tampoco sirvió para probar nada determinante.

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Acumulemos fuerzas para hacer abdicar al régimen

El anuncio de abdicación de Juan Carlos escenifica el final de régimen del que en la izquierda alternativa tanto hemos hablado. Se trata de un final de régimen que se evidencia en la ruptura de tres pactos, hasta ahora, incuestionables para casi todo el mundo: el pacto territorial, el pacto social y el pacto de modelo de Estado.

El pacto territorial quedó dañado, roto para muchos, con la sentencia del Tribunal Constitucional de 2010 que recortaba un Estatut refrendado por una mayoría abrumadora del pueblo de Catalunya, y que humillaba nuestra dignidad nacional. Desde entonces hasta ahora, la crisis territorial que vive España no ha hecho más que aumentar y no tiene visos de resolverse si no es con una consulta política al conjunto de la ciudadanía. El pacto social se rompió, unilateralmente, por parte del bipartidismo, una noche del mes de agosto de 2011 con la modificación, con nocturnidad y alevosía, del artículo 135 de la Constitución Española. Un artículo que nos hace aún más esclavos de los mercados y de los poderes financieros, y que obliga al Estado a priorizar, por encima de cualquier inversión social, el pago de la deuda a las élites financieras. Un nuevo golpe, esta vez dirigido contra nuestra dignidad social y de clase.

Ahora, con el anuncio hecho por Juan Carlos I, al régimen no le queda otra opción que escenificar la ruptura del pacto del modelo de Estado. Conocedor como es el PP y la casta que todavía ostenta el poder dentro del PSOE que en las elecciones generales del 2015 habrá un ciclón político en el estado que hará saltar por los aires las mayorías parlamentarias cualificadas del bipartidismo, han avanzado la abdicación del rey para ganarlas.

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Felipe VI de Borbón debe ganarse el puesto

Tiene en contra llamarse Felipe VI de Borbón, un nombre anacrónico y discutido, vista la nefasta experiencia de los antecesores familiares expulsados durante los dos últimos siglos (Fernando VII, Isabel II, Alfonso XIII) y la degradación vivida por el mandato de su padre. Tiene a favor la necesidad de legitimarse, como hizo su padre, con alguna aportación socialmente más persuasiva que el simple hecho dinástico. Si se tratase de un cargo electivo, no es nada seguro que en estos momentos lo ganase, menos aun en Cataluña.

Criado en los círculos de la plutocracia del dinero, la primera decisión individual que tomó Felipe VI fue seguramente la casarse con una periodista divorciada y nieta de un  taxista. Ahora necesita sintonizar con su propia generación, tener algo qué decir sobre el 55% de paro que la afecta y sobre el conjunto de agravios vividos por los ciudadanos a raíz de la injusta gestión de la crisis en curso.

En Cataluña, forzado por la movilización ciudadana del momento de la transición democrática, su padre abandonó el consolidado centralismo borbónico y abrió paso al Estado de las autonomías, al restablecimiento de la Generalitat. El hijo se encuentra hoy en la misma disyuntiva. Necesita representar algo distinto frente a aquel reciente comunicado oficial de la Casa Real, que en setiembre de 2012 decía a propósito de la situación en Cataluña: “Lo peor que podemos hacer es dividir fuerzas, alentar disensiones, perseguir quimeras, ahondar heridas”.

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