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Burkini, ¿sí o no?

A pesar de que no me gusta el burkini, me parece la mejor manera que tienen las mujeres veladas de disfrutar de la libertad de la playa

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Burkini

La prohibición del burkini en algunas playas francesas ha generado polémica Pol Rius

Yo nací a principios de los años cincuenta en una familia con un marcadísimo carácter patriarcal. Por eso, mi padre, y en consecuencia mi madre, decidieron durante algunos años –hasta que tuvieron que claudicar— qué prendas de ropa eran convenientes para mí, como chica que era. No eran adecuados los shorts, ni los pantalones, ni las minifaldas, ni unas faldas de pana con una cremallera de arriba abajo que permitía –según mi padre-- quedar desnuda muy --¡demasiado!-- deprisa.

A mí, me molestaban muchísimo las directrices que en relación a la ropa y a otras muchas cuestiones pesaban sobre mí por el hecho de ser una chica. De hecho, me molestaban tanto que me convirtieron en feminista cuando todavía no sabía que aquello por lo que pensaba luchar se llamaba "feminismo".

Consecuentemente, en cuanto pude me puse pantalones, bikini, minifaldas o me lo quité todo y fui a la playa a pelo. Se entiende, pues, que la imposición de velarse, por razones culturales o religiosas, que tienen las mujeres musulmanas no me parezca una bicoca. Pese a ello, todavía me gustan menos las prohibiciones que las imposiciones. Por eso ni comprendo ni comparto la afición prohibicionista que ha inspirado este verano a nuestros vecinos y vecinas franceses. A pesar de que no me gusta el burkini, me parece la mejor manera que tienen las mujeres veladas de disfrutar de la libertad de la playa.

¡La playa!, ese lugar donde cada uno va como le viene en gana: en bañador, en bikini, en trikini, en top less, en pareo, con sombreros de paja, con gorras de béisbol o en camisetas de manga larga de un tejido que no deja pasar el sol.

Habría entendido la polémica si se hubiera hablado de cerrar una playa o una piscina para que durante unos días al mes solo fueran mujeres veladas. Eso me habría parecido intolerable. Ya vivimos durante la dictadura franquista la separación entre chicos y chicas en las escuelas y otros ámbitos educativos y no querría que se repitiera en nombre de nada ni de nadie.

Por suerte, la prohibición del burkini se ha levantado y todo el mundo puede ir al mar como mejor le parezca. Con todo, no dejo de preguntarme por qué chicas jóvenes, nacidas en occidente, aceptan imposiciones sobre cómo tienen que ir vestidas. Y llego a la conclusión de que algunas deben de hacerlo por sus propias creencias, otras por presión familiar, pero seguro que muchas otras lo hacen como reacción a los patrones occidentales.

Me imagino a muchas musulmanas identificándose con las palabras de Maria Mercè Marçal: haber nacido mujer, de clase baja (la mayoría de las migradas no acostumbran a ser ricas) y de nación oprimida. Y esto último, no por ser catalanas sino precisamente por no serlo. Y me las imagino poniéndose un velo para reivindicarse ante los valores que occidente les quiere imponer o, sea, hartas del desprecio y con ganas de tocar las narices.

Todo esto lo pienso sentada en una silla de hospital mientras observo a una mujer de unos cuarenta y tantos años, que espera a mi lado, acompañada de su hija y de su hijo, los dos adolescentes. La mujer va vestida a lo occidental. El chico, también. La hija, en cambio, lleva un pañuelo que le cubre la cabeza y, a pesar del calor, lleva brazos y piernas cubiertos. Debe de ser eso: una rebelión contra las ideas de una cultura que tampoco las deja ser aquello que querrían.

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