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Ni Catacracia ni Españazo

Rajoy ha sido el artífice no sólo de reforzar la carencia de espacios de entendimiento, sino de mantener la llama sagrada de la obsesión política contra Cataluña, la nacional-soberanista y la otra, tratando su “problema” y “desafío

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Un juez avala que mostrar esteladas en la final de Copa es libertad de expresión

Aficionados del FC Barcelona muestran una 'estelada' durante la final de Copa EFE

Si preguntamos a un dirigente de Esquerra Republicana cuál es su preferencia entre izquierda y derecha, responderá: izquierda. Si acto seguido le preguntamos qué elige entre izquierda y Catalunya, nos responderá asimismo sin vacilar que esta última. Basta pues una pregunta para alejar nominalmente a los esquerranistas de su ideario básico y basta una mirada a sus listas únicas con los convergentes nominalmente alejados de sí mismos (PDCat) para verificar que el partido de Rufián y Tardà se ha adherido a los continuadores del partido que aplicó la política laboral más regresiva de la democracia y que seguía perdonando impuestos con un 22% de paro; los que pedían estructuras de Estado y privatizaban el servicio del agua. Los mismos, por cierto, que ahora han cedido el poder a instituciones ajenas al sufragio universal. Los que no hablan de la pobreza y la desigualdad que trajeron. Ello sucede por el taumatúrgico efecto de Catalunya, el vector que lo orienta y avala todo. Si al mismo tiempo comprobamos el firme empeño del PP de Mariano Rajoy por presentarse en el escenario pre independentista con los decorados de don Manuel Fraga y su terapia peligrosa, avistaremos el amargo porvenir que atenaza ya a un grueso de ciudadanos figurantes al que uno de los dos polos ha de romper el corazón. Un grueso supuesto, sí, pues quienes claman votar la independencia no querían ver ni en pintura unas urnas para elecciones estatutarias.

De una parte están los catademócratas que no son, desde luego, escrupulosos amantes de las libertades sin exclusión, pero dan el pego. ¿Cómo? Gracias a colgar el prefijo catalán a cada conjugación democrática, ocultan que ni Europa se frota las manos ante la posibilidad de nuevas fronteras con el lío en las ya existentes y la larga cola hibernada para las futuras, ni Bruselas asumirá ningún referéndum casero ni aceptará secesión alguna que no proceda de la anuencia de un estado miembro. Ocultan que los votos no sirven para torear las leyes estatales cuando uno representa al Estado y por tanto no juega al escondite con las instituciones; y que una cosa es tener mayoría para gobernar y otra para emprender una enorme operación en solitario que necesita mayor legitimación, liderazgo acorde y tiempo de maduración. Gracias a la Catacràcia, camuflan que ni la crisis social ni las clases humildes aparecen en su debate rebosante de trascendencia. Los conductores del procés ocultan que han perdido el miedo en una sola dirección, Madrid, pues la pérdida de soberanía frente a mercados y capital les trae tan al fresco como la escandalosa falta de capacidad de decidir en derechos sociales. Gracias al factor Catalunya, que limpia, fija y da esplendor, disfrazan su origen de aristocracia patriótica conectada a directorios sociales y culturales,

sesgada y propensa a cierto fanatismo. Gracias a la Catacràcia, las elites y partidos de este movimiento nacional normalizan el actuar con secretismo, manejar el país cual si les perteneciera, no admitir otro catalanismo que el suyo, abominar de las posiciones intermedias y agitar un léxico balcánico (emulado hasta por un as de las motos con residencia andorrana). La democracia corregida y aumentada por lo catalán logra además colar un sueño a modo de proyecto político, difuminar que el proyecto uniformista posee hechuras discriminadoras y que está rematado por un tridente en fuera de juego: las prisas, el unilateralismo a ultranza y la bronca. La Catacràcia permite afirmarse en la mera negación del contrario y eludir las responsabilidades propias exagerando los agravios ajenos o las diferencias para justificar posiciones extremas y así contagiar a la sociedad civil un maximalismo que genere victimistas. En los días más brumosos la poción mágica hace que el paisaje catalán se asemeje a una mezcla de ghetto de Varsovia, suburbio de Soweto durante el apartheid y la Escocia de William Wallace en 1365. Por algo Forcadell clama pidiendo héroes ante los tribunales, ignorante de que desgraciada es la sociedad que los necesita (para ensimismarse en su exaltación lacrimal). La Catàcracia disimula también una bulimia de símbolos que sonrojaría en otros lares. Léase el ritual del minuto 17, 14 en el golpe de estadio del Camp Nou.

Al otro rincón del ring en que hemos convertido todo esto, el Españazo y tentetieso o la democracia al servicio de la unidad constitucional momificada por los siglos de los siglos, te pongas como te pongas, que los españoles llegamos con la punta de la espada allí donde no llegan cinco años de empollar el Marca. Los admiradores de Rajoy aseguran que jamás debe censurarse sino alabarse lo que no ha hecho en cinco años respecto de Cataluña, nada, porque él podrá ser un cardo que ni pinche ni corte, pero siempre un brote liberal rodeado de plantas carnívoras. Si así es, este mal menor ha logrado los siguientes éxitos: que su partido de orden cree un desorden sin precedentes por andar obsesionado en un solo juguete, el policial, de modo que Artur Mas pueda alardear de que él ya lo avisó: había una caza mayor. Consolidar la insensibilidad a la diversidad cultural y lingüística (¡oh, el catalán es una lengua hablada!), por ejemplo mediante el bloqueo a reformar el Senado y la ayuda inestimable de no condenar explícitamente el franquismo y relativizarlo. Más éxitos: dejar patentes la subordinación de la periferia y la ridiculización de lo identitario; que cualquier ejercicio de responsabilidad a favor del autogobierno catalán conlleva el descrédito del Estado de Derecho y que el conservadurismo inestable del gobernante que rompe la cohesión siempre será mejor que el riesgo responsable.

Rajoy ha sido el artífice no sólo de reforzar la carencia de espacios de entendimiento, sino de mantener la llama sagrada de la obsesión política contra Cataluña, la nacional-soberanista y la otra, tratando su “problema” y “desafío”. El glorioso Españazo político-mediático-polijudicial ha tendido otra tupida lona sobre las cuestiones incómodas: ¿no ha sido problema y desafío hacer transformismo punitivo en el manejado Tribunal Constitucional, jugar a cocinitas fiscales y menospreciar del derecho y del revés a cargos electos? (El Constitucional no es el corredor de la muerte que pintan unos y tampoco las tablas de Moisés que separan las aguas turbias). ¿No fue problema desafiante instrumentalizar pasiones contra un Estatut votado, retocado, sancionado por el Rey? El genial estratega de Moncloa ha logrado esfumar que la sociedad es diálogo y conflicto, que éste se gestiona con inteligencia y generosidad, que pactar también es legitimidad y que si en la transición se hubiese jugado solo con la baraja de la legalidad inmovilista y no se hubiese pactado en beneficio de la otra parte empleando comodines bajo mano, a saber dónde estaría él ahora. Rajoy nos enseña que el independentismo hace sus trucos comportándose como si no existiesen el derecho y la derecha, pero, nada por aquí, nada por allá, el tahúr bueno hace desaparecer del mapa la opción estelada amplia y sólida que exige ponerse a trabajar para buscar una salida y que nunca habría de ser criminalizada por sus ideas retorciendo las leyes ni estigmatizada en foros caníbales. Rajoy, en suma, es el inventor de la imagen universal de que en Catalunya la calle siempre tiene la razón.

Habrán observado que muchos conceptos negativos atribuibles a la marea soberanista son reversibles a méritos del mal menor Rajoy: integrismo nacionalista de pura cepa, debilidad por el estereotipo, salvacionismo exaltado y fracturador, frentismo liquidador y burla al principio de realidad. Sobre todo ello revolotea un ave de pésimo agüero: la ausencia de un proyecto para toda España. Ironías aparte, ahora el hombre del frac nos presenta al cobro la factura Rajoy, un exponente nítido de la mediocracia –el acceso de los grandes mediocres al poder, o sea, a obligar a los demás a hacer lo que no quieren. Un bon vivant que se ha dado el atracón masticando sin conocerla una sentencia de Fellini -“la situación es grave, pero no seria”- y deja la cuenta impagada. Del provinciano que gallea junto a Trump pero solo acertó a pedir a Obama comprensión ante el rescate, y que ante Cameron mostró su verdadero techo: “It´s so difficult todo esto”. Del torpón que ya ha hecho del 1-O un “alboroto” y de Catalunya un poderoso estado. De ánimo.

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