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Fiebre constituyente

Pablo Iglesias y su novísimo Podemos, así como otros en Cataluña, con su obsesión constituyente parecen querer repetir lo que sus padres hicieron en el 78

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De repente todo es constituyente, lo demás no cuenta. Así se nos muestran los que aseguran ser ‘lo último de lo último’, la ‘nueva ola’ que decíamos ‘in illo tempore’. La ola que debemos, impepinablemente seguir. ¡Ay! La incultura no tiene patria ni compasión: los jóvenes JASP (jóvenes sobradamente preparados) de ‘Podemos’ quieren hacer tabla rasa de todo lo que significó la traída y llevada Transición española. Y otros en Cataluña –que enarbolan bandera supernacionalista- hablan de organizarnos otros tantos países constituyentes.

Unos y otros son un heterogéneo puñado de aspirantes al máximo liderato (de aquí o de allí). Les distingue y los asemeja su inconfundible voluntad de poder. Estos son los que claman por constituirnos en España: Está Pablo Iglesias y su novísimo ‘Podemos’, que con su obsesión constituyente parecen querer repetir lo que sus padres hicieron en el 78. ¡Volver a empezar! Como si lo vivido por varias generaciones desde entonces no contara para nada y no vieran en los españoles más que a Marianos Rajoy. ¡No nos ofenda señor Iglesias! ¡Que aquí la mayoría ya nos constituimos -a mucha honra- en 1978; no tenemos nada que ver con la casta, y mejoramos desde hace mucho a este país con nuestro esfuerzo!

En Cataluña tenemos doble ración constituyente (la catalana además de la española). Está Oriol Junqueras, jefe de ERC, uno de los ‘pensadores’ más importantes del mundo en 2014, según, la revista ‘Foreign Policy’, (¿le escucharon en ‘Salvados’ con Jordi Évole? Así se escribe la historia), y su ‘troupe’ de adláteres airados. Están también los ‘spin doctors’ en comandita de Artur Más que parece aspirar a transformarse, como Clark Kent, en ‘superMas’ y constituirnos a base de kriptonita autóctona. Hay que añadir al paquete de constituyentes a la monja Teresa Forcades –una de las pioneras catalanas constituyentes-, a Guanyem y, en cierto modo, a Ada Colau.

La fiebre está en marcha. Lleva la voz cantante el ‘mundo joven’. El cliché es favorito en medios abonados al ‘trending topic’ y al estereotipo con costra. ¿Saben esos esforzados constituyentes de lo que hablan? Comenzar una etapa constituyente, edificar desde cero, un nuevo país es muy serio, además de imposible. Cualquier mediano aficionado a las ciencias sociales sabe que las costumbres y las estructuras no se cambian de hoy para mañana (a menos que caiga una bomba atómica o llegue el juicio final).

Los que ya nos constituimos en 1978 –abrazamos la reforma pactada y sin sangre del país y nos dimos la Constitución- fuimos una mayoría de españoles y cambiamos bastante el país: hubo sanidad, educación y otras muchas cosas, por ejemplo la autonomía política. En suma: se vivió mejor y con libertad. La transición trajo la democracia, algo desconocido en nuestra historia colectiva. No es mal balance. Pero está claro que quedó mucho por hacer. Es lo que ahora toca, sin duda.

Obviamente, restos del franquismo se enquistaron allá donde pudieron, sobre todo en algunas conciencias, las que hoy esa misma mayoría identificaría –esta vez sí- con ‘la casta’. Si eso es lo que hay que cambiar, estaría de acuerdo con aquellos constituyentes que quieran arrinconar el poder del dinero y dar nueva vida al Estado de Bienestar que el neoliberalismo galopante y desregulador quiere aniquilar.

Sobre lo de construir nuevos países, queridos, hay que bajar a la tierra. Y prevenir. Prevenir algo que no por sabido es menos cierto: el ejercicio del poder suele ser devastador, para cualquiera, incluida la izquierda. Os lo dice alguien que ha visto de todo: la edad, queridos, es un grado. Más realismo, pues. Y menos lobos.

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