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Pasqual Maragall, diez años después

La obra política de Maragall ha sido considerable y positiva. Pero quizá ha intentado más de lo que tenía a su alcance. No por ambición personal, sino porque era consciente de que lo que deseaba para quién tenía más cerca -más libertad y más igualdad- era indisociable de lo que era necesario para la gente de todo el mundo

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Pasqual Maragall con su esposa, Diana Garrigosa EFE

Maragall abandonó la escena política hace una década. No fue una salida fácil, tras 60 años de presencia activa como opositor a la dictadura, primero, y como actor de primera fila durante 40 años. Maragall no ha pasado desapercibido. Suscitó grandes adhesiones, ocultas sospechas e irreductibles oposiciones.

Cinco ensayos de un libro colectivo ( Pasqual Maragall: Pensament i acció. RBA, Barcelona 2017) se aproxima ahora al personaje a través de sus textos y de sus actuaciones. Si atendemos a la presunta afirmación de Chu En Lai de que 150 años era poco tiempo para valorar el impacto de la Revolución Francesa en la historia mundial, probablemente falte perspectiva para ponderar la influencia de Maragall en su país. Pero sí parece posible un primer inventario de sus reflexiones -expresadas en documentos públicos y en notas privadas-, contrastadas con las decisiones que adoptó como alcalde de Barcelona y como presidente de la Generalitat de Catalunya.

El inventario en cuestión no es ejercicio fácil. Por la abundancia de material y por la variedad de sus facetas. Los autores del libro colectivo nos ofrecen sus visiones de Maragall al que califican de “poliédrico, heterodoxo, inclasificable, antidogmático, complejo, extemporáneo”, etc. Pero reconocen que no pueden tildarlo de contradictorio ni de inconsecuente. Porque reflexiones y actuaciones -con éxito y resultado desigual- son consistentes en grado sumo, hasta ganarle la fama de tenaz y testarudo en sus ideas y propósitos.

Se describen en el libro una visión de la política como cambio (Fuster-Sobrepere), la amplitud conceptual de su idea de “ciudad” (Nel.lo) que desborda el municipalismo, la proyección “ibérica” y “europea” de su catalanismo (Bellmunt) o las alianzas sociales y cívicas que articulan sus políticas públicas (Brugué). La realización de sus objetivos ha tenido luces y sombras, pero es innegable la coherencia entre reflexiones e iniciativas que se desprende de la relectura de sus textos originales.

Ha sido un lugar común afirmar que Maragall no encaja en el estereotipo del político que suele atribuirse a los actores de la cosa pública. La lectura del libro lo confirma. Por lo menos en dos aspectos que resaltaron dos observadores cualificados porque practicaron la política e intentaron analizarla. Me refiero a Manuel Azaña y a Marco Tulio Cicerón.

Azaña escribió lo siguiente: “Nada estrecha tanto la mente, apaga la imaginación y esteriliza el espíritu como la política activa y el gobierno. Quiero decir que (en esta actividad) la capacidad del espíritu no se ensancha, ni se ahonda, ni se mejora...”. ( Memorias de Guerra (1936-39), vol. II, p. 128. Barcelona, 1978). Una afirmación no desencaminada teniendo en cuenta el ritmo frenético de la política activa, la visión a corto plazo que la preside y el sectarismo y la parcialidad que suelen dominarla.

¿Puede atribuirse este rasgo a Maragall? Creo que no, si atendemos a la lectura del libro. Su trayectoria es una interacción constante entre ideas y políticas. En contra de lo afirmado por Azaña, se esfuerza por profundizar, ensanchar y mejorar su perspectiva sobre problemas que detecta y que intenta resolver. En su caso, la política activa y la responsabilidad de gobierno no esterilizan la disposición reflexiva. Al contrario. La estimulan, por ejemplo, en el tratamiento de las políticas de ciudad, en su proyecto de trascender las insuficiencias de los partidos, en su intento de resolver la pendiente articulación territorial de las Españas, en su confianza en la coalición entre actores públicos y privados para superar las insuficiencias de un estatalismo que considera agotado, etc.

La obra política de Maragall ha sido considerable y positiva. Pero quizá ha intentado más de lo que tenía a su alcance. No por ambición personal, sino porque era consciente de que lo que deseaba para quién tenía más cerca -más libertad y más igualdad- era indisociable de lo que era necesario para la gente de todo el mundo. “Un hombre debe conseguir más de lo que tiene a su alcance. Y si no lo hiciera, ¿para qué está el cielo?” (Browning). En un contexto global en la que la democracia y la justicia chocan con enormes obstáculos, se imponía “pensar lo que no existe todavía, pero que es posible y es mejor” (Maragall). Otra manera de expresar que “otro mundo es posible” y que -pese a errores y obstáculos- “sí se puede”.

“Reconstruir la ciudad” sería tal vez el lema de esta trayectoria. Pero no de una ciudad concreta -la Barcelona cuya redefinición lideró como alcalde- sino la ciudad entendida como polis, como comunidad política democrática que desde finales del siglo XX está reclamando una reconstrucción. Porque está amenazada por un sistema económico que corroe los valores de cooperación y comunidad, indispensables si deseamos evitar su desintegración social. Una polis en la que las actuales estructuras de intervención política dejan a la vista su obsolescencia y reclaman su rehabilitación o incluso su sustitución.

Maragall fue profundizando en esta reflexión y no en solitario. Se siente “caja de resonancia de muchas voces”. Con las antenas abiertas a prácticas nuevas. Sin la arrogancia de dictaminar en solitario y confiando en el concurso de una ciudadanía comprometida de la que espera iniciativas sociales y económicas renovadoras.

La reflexión permanente de Maragall desmiente a Azaña. Pero el personaje rompe también con otro rasgo atribuido a los políticos profesionales. Hace más de dos mil años, escribió Cicerón que “las amistades auténticas son muy difíciles de encontrar entre quienes dedican su tiempo a la vida política. ¿Has encontrado a alguno de ellos que anteponga la promoción de un amigo a la suya? ¿O hay alguno que se mantenga fiel a sus amigos cuando les afectan calamidades?” (Lelio o sobre la amistad, 64).

Cicerón no niega que se den algunos casos. Pero los considera raros. Maragall sería una de estas rarezas. En el libro que comento, se subraya su fidelidad a vínculos de amistad que ha considerado superiores a las exigencias tácticas de la política. Se trata de una fidelidad manifestada también en la confianza depositada en quienes coincidió durante su vida política. Una confianza a veces ingenua que no siempre encontró correspondencia. Con una actitud de franqueza poco frecuente, adoptada a veces con naturalidad desconcertante. Difícilmente comprensible para un entorno político y mediático fundado en la desconfianza sistemática, no solo ante los adversarios, sino muy especialmente ante los socios y colaboradores.

El Maragall que se desprende de la lectura del libro expone ideas que parecen asomar a veces en lo que alguien ha calificado recientemente de un “neomaragallismo crítico” donde resuenan su apuesta por la proximidad municipal y su urgencia por cambiar instituciones y políticas inadecuadas para un mundo en profunda transformación económica, social y cultural desde finales del pasado siglo. ¿Qué ocurriría si a esta recuperación de ideas se sumara igualmente la incorporación de algunas actitudes de Maragall que desmentían las observaciones de Azaña y Cicerón?

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