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Rajoy y el poder de la anomia

La alegría con la que el PP se toma las normas que rigen las principales instituciones del Estado debería alarmarnos

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El pasado jueves asistimos a uno de esos episodios a los que, cada vez más, nos tiene acostumbrados el Partido Popular (PP): el sí pero ya veremos de Rajoy al compromiso de someterse a una sesión de investidura. La alegría con la que el PP se toma las normas jurídico-administrativas que rigen las principales instituciones del Estado debería alarmarnos si, tal y como todo indica, su presencia en las principales esferas políticas no parece estar en peligro, sino más bien todo lo contrario.

Uno de los principales legados que el inefable José María Aznar dejó a sus herederos en el Partido Popular (PP) fue abrir una grieta en aquel famoso principio que, desde la Transición, se adjudicaba a los partidos progresistas: el de ostentar cierta superioridad moral. Dicha posición se basaba en la primacía de ciertos valores –cierta ética– aceptada por la mayoría social como incuestionablemente positiva, a la vez que era enfrentada, por oposición, a la de una derecha que, en tiempos de irrefrenable modernización del Estado y de salida del oscurantismo franquista, era vista como un freno al avance del país.

Sin embargo, Aznar no estaba inventando nada que, pocos años antes, no hubieran puesto ya en marcha líderes conservadores como Margaret Thatcher o Ronald Reagan. Parte del éxito de las políticas llevadas a cabo por estos exgobernantes estuvo basado en la capacidad que tuvieron para dar un giro completo al discurso social de sus respectivos países.

Thatcher acabó con décadas de consenso socialdemócrata en el Reino Unido y situó la responsabilidad del futuro del país en cada uno de los individuos que lo conformaban, llegando a afirmar que no existía una cosa llamada sociedad. Reagan, por su parte, acompañado de sus halcones republicanos, entró en los 80 a caballo de un significativo incremento del gasto militar acompañado de profundos recortes y reformas neoliberales con las que pretendió recuperar el orgullo norteamericano y la leyenda del American way of life.

Sin embargo, observando el comportamiento, cada vez más frecuente del PP, podríamos decir que las enseñanzas del padre fundador del principal partido conservador del Estado, no solo han sido tomadas al pie de la letra, sino que posiblemente los populares podrían haberse pasado de frenada y estar al borde de generar aquello que los sociólogos denominan anomia. Por anomia podríamos entender, siguiendo la definición durkheimiana, aquel estado en el que la inexistencia de normas dificulta, o hace imposible, las relaciones de grupo, así como su integración en sociedad.

Desde luego, sobran evidencias de avances en ese sentido. Desde la falta de responsabilidades políticas por el famoso "Luis, se fuerte", pasando por la destrucción de pruebas del mismo Caso Bárcenas, los indicios más que creíbles de la existencia de una "Caja B" dentro del partido, la utilización fraudulenta y chapucera de las instituciones del Estado contra determinadas opciones políticas del ámbito catalán, la Operación Púnica, la decisión unilateral de no responder a un Congreso recién elegido, los sobres con dinero negro, los bolsos de Rita Barberà, los negocios de Gustavo de Arístegui, los despidos en diferido, las ruedas de prensa vía TV de plasma, etc.

Hasta llegar a este sí pero ya veremos de Rajoy suponen toda una larga lista que no continuo por no hastiar a los lectores y lectoras. La situación anómica del Partido Popular, no obstante, no se produce por una ausencia de normas, sino por la simple y desvergonzada opción de no cumplirlas.

En parte de la literatura clásica, e incluso en el mundo del cómic, a veces los personajes más poderosos no son aquellos que cuentan con mayores capacidades o mayor poder político o personal, sino los que no se rigen por las reglas ni por las conductas comúnmente aceptadas. Quizás sea el momento de pensar si la inacabable primacía del Partido Popular tiene algo que ver con esto.

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