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Seguridad, el descubrimiento del iceberg

"Algunas veces desde Catalunya mismo hemos visto y tratado al Cuerpo de los Mossos como una Guardia Urbana de ciudad grande", asegura la exconsejera de Interior de la época del Tripartit

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En materia de seguridad lo más difícil de aceptar es que no se admiten apriorismos ni subjetivismos. No son las causas que más nos conmueven las que hay que garantizar, sino todas las causas lícitas; no son nuestros cercanos los que hay que proteger, sino a todo el mundo; no es posible actuar seleccionando quien se quiere sancionar, sino aplicar con ecuanimidad un régimen sancionador previamente elaborado con rigor y justicia, si es posible. Para juzgar la ecuanimidad no podemos hacerlo desde la empatía personal ni el caso puntual. Para hablar del inconmensurable alcance de la seguridad tenemos que prescindir de miradas superficiales y hacernos expertos en la observación de icebergs sociales.

Porque la inseguridad fragiliza la ciudadanía, fragiliza el disfrute de todos los demás derechos. Son las sociedades que tienen gobiernos con principios firmes para combatir la impunidad, las que respetan las normas basadas en valores compartidos, las que acaban generando un concepto social de seguridad arraigado en la mayoría de los ciudadanos. Las que aceptan que no hay seguridades absolutas, pero que el orden social depende de todos y en este orden ha de ocupar un espacio de prioridad absoluta la libertad de los individuos. Son estas sociedades las que perviven en convivencia respetuosa, las que están más preparadas para evitar fracturas sociales.

El siglo XXI es el del terrorismo global, el de la internacionalización de mercados, los libres y los negros, oscuros, delictivos. Las organizaciones criminales no descansan, pero la sociedad debe poner sus mejores profesionales en combatirlos, en combatir su acción en contra de esta misma sociedad. Catalunya ha vivido la oportunidad de crear un cuerpo policial de nuevo, y sus dirigentes políticos no siempre han sido conscientes de lo que esto representaba, algunas veces desde Catalunya mismo hemos visto y tratado al Cuerpo de los Mossos como una Guardia Urbana de ciudad grande. Es una policía integral, con un potencial extraordinario y con riesgos proporcionales a su potencial, como suele ocurrir en todas las cosas importantes.

El fin de la impunidad significa que quien les ha hecho el encargo de este difícil y sensible trabajo procurará que la hagan con toda corrección, pero también significa que si ponemos un control en la carretera detendremos a todos, sin excepciones. Significa que si detenemos unos vándalos detendremos todo el grupo, sean quien sean sus progenitores. Significa que no queda ningún espacio, ningún rincón, ningún callejón por muy marginal que sea fuera de la acción protectora policial, que ninguna posición social privilegiada te excluye de la obligada honestidad. Quiere decir que defenderemos su acción a pesar de la voz que grita porque cree que las normas de convivencia son los demás. Quiere decir que los dotaremos de mecanismos necesarios para detectar los graves peligros de los que creen poder disponer de la vida de otros. No permitiremos la impunidad de quien delinque, sea quien sea, y no permitir la impunidad de mala praxis policial, ambas impunidades son una.

Vivir gregariamente, como sociedad organizada, lleva inherente las normas, las leyes. Pero son el gobierno que las propone y los parlamentos que las aprueben los que deben garantizar que convivir no represente renunciar a ninguno de nuestros derechos inviolables. Pero las leyes las hacemos los humanos y no a la inversa. A veces lo olvidemos. Olvidemos también que es la sociedad organizada que encarga a servidores públicos, es decir, a la Policía, la protección de los derechos, de las personas y los bienes. Olvidamos, también, que la línea entre el bien y el mal no es nítida, que el mal no siempre se ve a simple vista. Olvidamos que es la ecuanimidad y la garantía de que no habrá impunidad lo que puede acercarnos a la igualdad.

Olvidamos que una adecuada Policía y una adecuada administración de Justicia son garantía de civilización, que debemos desterrar la venganza en todas sus formas y juzgar los hechos fríamente, serenamente, firmemente. Olvidamos que todos tenemos razones y nadie tiene la razón en singular.

El 1% de la humanidad acumula el 48,5% de la riqueza. Hay mas dinero que ideas y la codicia no tiene límite. Las grandes desigualdades nos hieren la mirada y nos rebelan la conciencia, pero en el mundo oscuro del delito lo que se ve no es todo lo que pasa y desconocemos la magnitud del daño. En el mundo oscuro del delito el más malvado puede tener aspecto de altruista y reconocimiento social. En la Seguridad Pública no hacemos otra cosa que intuir y, en ocasiones, descubrir icebergs.

Si queremos tener una buena policía estemos dispuestos a defenderla con la misma intensidad que queremos poder criticarla y, sobre todo, si están a las órdenes del poder político tenemos que acabar con los que malvenden la ética y el honor que destruye la honestidad de la política y hace que los ciudadanos pierdan toda la confianza en las instituciones que los han de representar y proteger.

A los cuerpos policiales les tenemos que pedir profesionalidad, respeto a la pluralidad y conocimiento de las diversas realidades sociales. Unidades especializadas, supra especializadas si es necesario, a las policías integrales, y proximidad inteligente, la que sabe que las cosas pequeñas configuran el universo del bienestar para la inmensa mayoría de la ciudadanía. Formar parte del artífice de este bienestar no es nunca una función intrascendente, no es nunca una tarea pequeña.

Pero ya ha llegado la hora de que hablemos de políticas de justicia penal en su conjunto, incluida la creación con criterios solventes de una agencia de las causas del delito para poder intervenir socialmente.

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