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Las almas rotas de Convergència

Josep Carles Rius

Las dos almas de Convergència podrían escenificarse en el Palau de la Música. Una en la protesta antifranquista del 1960 que llevó a Jordi Pujol a la cárcel. La otra en la corrupción del Caso Palau. Existe también un catalanismo conservador implicado en la construcción de la democracia y la libertad, pero también una minoría intolerante y fanática. Por esto la vieja Convergència necesita recuperar sus almas rotas.

El mito de Jordi Pujol sobre el que se construyó Convergència Democràtica de Catalunya nació en el Palau de la Música. El 19 de mayo de 1960, durante la celebración del centenario del poeta Joan Maragall, un grupo de jóvenes del movimiento Cristians Catalans lanzó octavillas contra la dictadura franquista. Jordi Pujol fue uno de los organizadores de la protesta. Detenido junto a otras diecinueve personas, acabó condenado a siete años de cárcel, de los que cumplió dos y medio. El acontecimiento pasó a la historia como Els Fets del Palau ('Los Hechos del Palau') y como el inicio de la trayectoria política de Jordi Pujol.

Casi 57 años después, el escenario es el mismo, pero ahora los ‘hechos del Palau’ son el reverso de la moneda. Representan la corrupción sistémica en la que cayó la obra política de Jordi Pujol. Y como metáfora es demoledora. Uno de los símbolos de la cultura catalana y del catalanismo convertido en tapadera para canalizar la corrupción política.

Así, las dos almas de Convergència podrían escenificarse en el Palau de la Música. Una en 1960; la otra la que a partir de hoy (27 de febrero del 2017) desfilará ante el tribunal que juzga el Caso Palau. La del 3%, la del Clan Pujol, la de unos dirigentes insaciables de poder y de dinero. Pero la otra también existe. La del catalanismo conservador que fue antifranquista, que creyó en Jordi Pujol durante la democracia y que ahora, en buena parte, ha viajado hacia el independentismo.

Estas dos almas se encontraron de forma dramática el día de la confesión de Jordi Pujol, el 26 de julio del 2014. Porque Pujol no sólo era el fundador del movimiento político y social que mantuvo la hegemonía en Catalunya durante décadas, si no que era su referente moral. Del partido y de los millones de catalanes que le dieron las mayorías. La corrupción desmoronaba, así, la pared maestra de la política catalana. Empezaba una nueva época y dos años después, el partido de Pujol se ha visto obligado a renunciar a su líder (Artur Mas), a su nombre, a su sede y, en buena parte, a su vocación de centralidad.

La inmensa mayoría del llamado ‘mundo convergente’ ha transformado la consternación y el duelo que siguió a la caída de Jordi Pujol en ansias de renovación. De pasar página. Pero un sector minoritario no digiere la pérdida de hegemonía y reacciona con actitudes que recuerdan a la extrema derecha. Son pocos, pero con una presencia muy eficaz en las redes. Con periódicos digitales que impulsan sus estrategias y con potentes tribunas en medios públicos y privados. Descargan su virulencia verbal contra todo aquel al que consideran enemigo de su causa.

Este grupo mantiene una presión sostenida en las redes, que periódicamente cristaliza en contundentes campañas públicas. La última fue la que sufrieron un grupo de estudiantes de bellas artes que realizaron una performance en el Fossar de les Moreres, espacio en el que se honra a los muertos en el asedio a Barcelona del 1714. Fue sólo la última expresión de un fenómeno mucho más profundo y que está muy bien narrado en tres artículos recientes, de Catalunya Plural; El País y Crític. Estos hechos ponen a la sociedad catalana en general, y al independentismo en particular, ante un espejo en el que no desea mirarse. El espejo de la intolerancia, el sectarismo, el pensamiento único, la irracionalidad...

El independentismo mayoritario no comparte ni estas prácticas ni estos postulados, pero tampoco los combate. Y no es consciente que representan uno de los principales lastres del Procés a la hora de ampliar su base social. Cuesta imaginar una República catalana en la que estos personajes tuvieran la posibilidad de alcanzar aún más poder de influencia del que tienen ahora. Como también resulta difícil pensar en una élite corrupta al frente de un futuro Estado independiente.

Por eso resulta imprescindible que el ‘mundo de Convergència’ recupere el alma de aquel Palau de la Música del año 1960 y llegue hasta las últimas consecuencias a la hora de exorcizar la corrupción que anidó en el mismo escenario décadas después. Que, como ocurrió con Banca Catalana, no caiga en la tentación de envolverse en la bandera, pese a la intolerable guerra sucia del Estado. Y de la misma forma, que recuerde los valores de libertad y progreso que históricamente han formado parte de las bases y los votantes de Convergència y nada tienen que ver con el fanatismo de una minoría.

El catalanismo conservador, hoy decididamente independentista, necesita recuperar sus almas rotas. Si no, la corrupción y las actitudes ultras de unos pocos resultarán insoportables.

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