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CATALUNYA

El gran camelo convergente

Han confesado Millet y Montull, ha confesado Alavedra y han confesado algunos de los empresarios que facturaron al Palau de la Música trabajos hechos para Convergència. Y vendrán más confesiones.

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Imagen de archivo de Jordi Pujol EFE

No querría ofender a toda la buena gente convergente, que es mucha y respetable, pero va siendo hora de que empiece a asumir una realidad posiblemente insoportable: el pujolismo ha sido un monumental camelo. Y escribo esto mordiéndome la lengua (o los dedos), porque después de oír a Millet y Montull confesar que hacían de cobradores del frac de CDC y de oír a Alavedra confesar que trincaba comisiones en vez de jugar a la petanca, como le correspondía como venerable jubilado con la vida resuelta que era, lo que me pedían las tripas era escribir que el pujolismo ha sido una estafa colectiva y piramidal. En este último adjetivo entraría la promesa de Ítaca, que no deja de ser una promesa de aumentar el interés a un tipo imposible de pagar pero que permite ganar clientes o como mínimo no perder los que se tienen.

Algún lector me ha acusado de estar escribiendo siempre el mismo artículo, y posiblemente tenga razón. Vuelvo a ello, pues: las evidencias de este camelo empezaron a aparecer en los ochenta, siguieron en los noventa y continuaron en los dos-mil (ciertamente, con la sordina puesta por parte de los “grandes” medios del país). Y así hasta llegar a 2014, cuando la confesión y caída a los infiernos del gran oráculo le otorga verosimilitud y credibilidad. Y hoy, más que nunca, la feliz coincidencia de las instrucciones de los casos 3% y famiglia Pujol-Ferrusola con las vistas orales de los casos Palau y Pretoria proyecta ante nuestro espejo roto una cruda imagen de este país que ya no puede ser ignorada ni por el más crédulo de los feligreses de sor Lucía Caram.

El postpujolismo no supuso ningún cambio en las formas ni en los procedimientos, y con toda justicia pagará un coste político. Los albaceas de Pujol se dieron cuenta tarde del error. Intervinieron el partido de urgencias con la intención de hacerle una cara nueva, pero finalmente la operación no llegó ni a lavado de cara. Ni la Clínica Planas habría conseguido que un solo ciudadano vea en el PDCat algo más que la nueva marca de un mismo producto que atufa a naftalina y cloaca. Deduzco que sus expectativas electorales están en caída libre, porque incluso hay quien fantasea con forzar el adiós de Artur Mas, el nuevo presidente mártir, a ver si así se ventilan los aposentos. En los próximos tiempos veremos a más de un cachorro convergente saltando a bordo de la nave republicana, sólo necesitan encontrar el momento y la excusa. Los Romeva de turno lo tendrán mucho más fácil, no les hará falta ni la excusa.

La página (o el párrafo) que tenía que ocupar el pujolismo en la historia de Catalunya ya estaba escrita, y había quedado gloriosa, o sea que habrá que reescribirla. Se podrá seguir diciendo que el nacionalismo conservador supo lograr la hegemonía política del país después del franquismo, que en especial durante los primeros años trabajó con acierto por la recuperación de la lengua y la cultura, y que también se esforzó en vertebrar y cohesionar a la sociedad catalana después de las fuertes oleadas migratorias de la posguerra, preservando su identidad como pueblo. Pero a la vez habrá que aseverar que aquella gente que durante años se presentó como la que mejor defendía los intereses de los catalanes, aquellos quienes decían ser el palo de pajar de un sentimiento, aquel partido que se vanagloriaba de ser el único no sucursalista y que siempre alertaba de un enemigo externo contra el cual se ofrecía como escudo, en definitiva, que aquellos patriotas de pacotilla engañaron a todo el mundo y se aprovecharon de sus cargos públicos para meter la mano en la cartera de los catalanes, y que aquello no fue un error puntual, un patinazo anecdótico ni una pequeña mancha en un historial de servicios inmaculado, sino una práctica deliberada, permanente y sistémica, que quedó oculta gracias a la espesa red clientelar que se fue tejiendo gracias al dinero indignamente hurtado.

Un apunte para entender la importancia de la red clientelar: desviar dinero público hacia la organización ha permitido en primer lugar mantener muchas sedes y pagar muchas nóminas para tenerla perfectamente engrasada y tener controlado (o cuando menos intentarlo) hasta el último rincón del territorio. En segundo lugar ha permitido pagar las mejores campañas y los mejores asesores, ser más visibles que nadie. Y en tercer lugar, obviamente, comprar muchas voluntades mediáticas y fijar el relato. Tal vez por eso Convergència ha conseguido jibarizar hasta la extinción cada intento de plantear un debate serio sobre cómo abaratar los costes electorales.

Han confesado Millet y Montull, ha confesado Alavedra y han confesado algunos de los empresarios que facturaron al Palau de la Música trabajos hechos para Convergència. Y vendrán más confesiones. Para empezar, la de muchos de los empresarios pillados en la trama del 3% nacida en Torredembarra y de la que aflora porquería por múltiples consistorios convergentes. Por primera vez están en la intemperie, confesar es su única tabla de salvación.

Cómo decía, sospechas ha habido siempre, prácticamente en cada oportunidad de negocio que dependiera de una potestad administrativa. Hablamos de decenas de miles de proveedores de los departamentos del Govern, así como ayuntamientos, empresas y organismos públicos. Y de que un montón de ellos tuvieron que pasar por caja. Por cada caso con aroma a corrupción que fue enterrado debe haber 50 sobre los cuales nada trascendió. Con mayorías absolutas en Catalunya y capacidad de decisión en Madrid, los patriotas de pacotilla eran imparables. Pero hoy el escenario ha cambiado radicalmente. Ahora las instrucciones judiciales llegan hasta el final, ahora a los fiscales no les torpedea nadie, y ahora los delincuentes acaban cantando todo el repertorio de Verdi, algunos hasta el de Wagner.

Los gerifaltes convergentes siempre supieron liberar su conciencia cristiana de la carga del pecado a partir de un silogismo perverso: si robar dinero me permite conservar el poder, y si conservar el poder me permite defender Catalunya, ergo sisar me permite defender Catalunya, y por tanto siso por una buena causa. U otra forma de decirlo: si me saco un sobresueldo (o se lo saca mi hijo) mientras trabajo para consolidar la hegemonía del partido; y si el partido es quien mejor representa los intereses del país; ergo mi sobresueldo y todas mis otras fechorías las hago por el país, la mejor de las causas. Y se podrían seguir haciendo. Si el sistema es opaco y costoso, y si eso me da todo la ventaja a mí que soy quien defiende Catalunya, ergo el sistema no se tiene que reformar ni hacer más transparente y barato porque esto sería ir contra los intereses de Catalunya.

Dirán que otros hacían el mismo. Que en Madrid el montaje del PP y el PSOE ha sido idéntico pero a una escala superior, pues el tamaño de su finca es mucho mayor. Para ser justos, en el caso del PSOE hay que remontarse a principios de los noventa para encontrar grandes escándalos de financiación irregular; en el del PP no hay duda de que también se puede hablar de una práctica permanente, sistémica y desvergonzada, puesto que también hemos visto confesar a Correa, Bárcenas, Jaume Matas y seguro que me dejo alguno y que esto no ha hecho más que empezar. Pero algo les debe de ir diferente porque no han tenido la necesidad de repintar la tienda ni de cambiar el letrero de la entrada. Y en todo caso, que lo hicieran otros no exculpa a Convergència (ni ¡snif! a la difunta Unió) de la gran estafa (perdón, camelo, o si se quiere, camefa) que han perpetrado durante más de treinta años a la sociedad catalana.

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