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CATALUNYA

‘Welcome’, profético Tom Wolfe

Todos conocemos ejemplos próximos o mediáticos estos amos del universo, pienso ennuestros universales contemporáneos Rodrigo Rato, en Botín, en Aznar, por ejemplo, y en todos aquellos que están convencidos de que nos hacen un favor con su mera existencia. Wolfe los calcó ya en 1987.

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Dentro de poco llega a España el gran Tom Wolfe (82 años). En contra de su costumbre -no le gusta moverse- viene para presentar su última novela Bloody Miami (Anagrama), un retrato, dicen, de la vida loca de una singular ciudad multicultural llena de secretos. Imagino que querrá comprobar qué tienen de españoles los latinos de Miami o viceversa. Obviamente, verá que, pese a que estará inmerso en el mundo literario que es lo más sofisticado que tenemos, somos primos hermanos. Y viva la Virgen.

Si recuerdo aquí a Wolfe es para agradecerle la fotografía del futuro –de nuestro aquí y ahora mismo– que nos regaló en 1987 con La hoguera de las vanidades (quienes no la hayan leído tienen la suerte de poder hacerlo aún por primera vez). Fue el primer hombre de letras que describió dos prototipos contemporáneos con sus nombres adecuados: los amos del universo y las radiografías sociales. Y su novela es una foto precisa y anticipada de las relaciones de poder social en los noventa y en las primeras décadas de este siglo. La hoguera explicaba ya entonces lo que hoy vivimos.

Igual que había descrito sutilmente el machismo más rancio en Lo que hay que tener (1979), demostrando conocer como nadie la ridícula vanidad masculina de dominar el mundo, en La hoguera esa vanidad supera cotas de sofisticación hasta concretarse en el nuevo prototipo: los amos del universo, de los cuales los yuppies fueron sólo una fugaz imitación. Era la época de las ‘Opas’ y de querer hacerse con la empresa mayor del planeta y hasta aquí hemos llegado con el quién la tiene más larga.

No seré yo quien trate de suplir las palabras precisas de Wolfe, pero el prototipo creó un modelo con tal fortuna que ahora son las escuelas de negocios las que fabrican en serie esos irritantes seres que lo tienen todo bajo control, sólo se tratan con otros amos del universo e imaginan que todo el futuro está en un algoritmo: unos endogámicos ingenuos de tomo y lomo que ignoran casi todo. De paso añado que ya existen experiencias de escuelas de negocios para niños, así que la fiebre del más lejos todavía continúa.

Todos conocemos ejemplos próximos o mediáticos estos amos del universo, pienso ennuestros universales contemporáneos Rodrigo Rato, en Botín, en Aznar, por ejemplo, y en todos aquellos que están convencidos de que nos hacen un favor con su mera existencia.

Tom Wolfe los calcó ya en 1987 y describió su indómita ambición con la amabilidad irónica e inolvidable que corresponde a la pretensión de un petimetre y zascandil cualquiera de pasar por el Sha de Persia. Lo dramático es que si pretendía avisarnos de lo que esos tipos eran (y serían) capaces de hacer sólo supimos reírles las gracias y bailarles el agua. Así han proliferado como las malas hierbas. Y con mayor engreimiento si cabe.

Y ¿qué decir de las radiografías sociales? Los jóvenes y quienes no hayan leído el libro las pueden reconocer hoy por la calle, en la televisión, en las revistas. Así llamaba Wolfe a aquellas mujeres todo hueso, pura anorexia (entonces tal calificativo era casi secreto y cabalístico), pura percha de moda. La radiografía social equivalía al fantasma que paseaba, sin habla, como espejo del zombi que ofrecía el modelo de mujer a la moda. ¿Para qué iban a hablar las mujeres? Sólo con exhibir su complacencia con el fetichismo del todo imagen ya eran el puro anuncio de la ideología dominante. Como sus parejas, los amos.

Todas las novelas del maestro Wolfe muestran como el periodismo puede ir mucho más allá si se acompaña de inteligencia, cultura, una dosis de humildad y tres partes de ironía benévola y comprensiva con la variedad del género humano. Una humanidad que parece confortada al homogenizarse e identificarse con los prototipos estéticos y éticos que los poderes le ofrecen en cada momento. Sobre estos misterios del mimetismo estético escribieron maravillosamente GilloDorfles o ClementGreenberg en su inolvidable ensayo sobre el kisth (1939). Ética y estética van siempre juntas; quizás sólo los artistas (únicos seres libres que nos quedan) perciban este ensamblaje básico.

El mismo Tom Wolfe es, por supuesto, un artista: su mirada sobre la sociedad y su forma de describirla hace que la escritura sea algo mucho más serio que la mera sucesión de bonitas frases. Leyéndole uno no sabe si la realidad imita a la literatura o la literatura a la realidad. Fue el precursor de una era en la que la gente puede moverse exclusivamente por estos mimetismos sociales tan comunes y expansivos. Su análisis sobre nuestra cultura que muestran todas sus novelas es mucho más afinado que cualquier ensayo.

No hay equivalente al método Wolfe. Si acaso, pueden encontrarse innovaciones importantes en algunas series televisivas. Estoy terminando la tercera temporada de Tremé (David Simon Y Eric Overmyer) y la manera en que estos genios de la imagen describen una sociedad viva, descoyuntada, superviviente y espontánea, llega al alma igual que las descripciones de los héroes y las situaciones de Wolfe. En Tremé los héroes son totalmente plurales y algo exótico en nuestra cultura: extraordinariamente humanos.

Sea literatura o sea imagen, lo que aporta el buen periodismo es un conocimiento profundo de las sociedades. Creo que no hemos valorado bastante este aspecto básico para entender nuestro mundo. Para pensar en ello ahí están, cada día en los medios, todas las variantes de amos del universo derivados del original descrito por Tom Wolfe. Sólo él sabe en quienes se inspiró.


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