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Ciencia independiente, la mejor garantía del derecho a la información

Ilustracion Josep Berenguel Peces y Ratas

Nos quedamos atónitos al leer la noticia.  Parece un chiste malo porque una ley así sólo se concibe en una república bananera. Pero no, no es ningún chiste. Una enmienda del grupo popular a la nueva Ley de Calidad permitirá a las empresas paralizar la publicación de informes cuando no estén de acuerdo con los resultados de los mismos. Los resultados de los informes contrarios a los intereses de las empresas no podrán ver la luz hasta que éstas puedan presentar un informe alternativo, y si el resultado de los dos informes resulta contradictorio habrá que esperar a que un tercer informe los desempate. No se trata de comprobar si el informe en cuestión es erróneo o incompleto, para la cual lo mejor es someterlo al escrutinio público lo antes posible, sino de ganar tiempo para poder ‘contrainformar’. Espeluznante.

La investigación independiente, cualquiera que sea su naturaleza, juega un papel esencial como garante de la transparencia y el bienestar social, al revelar factores que amenazan cualquiera de sus componentes, sea la salud pública (impacto de la contaminación ambiental  y modos de vida sobre la salud humana, efectos de ciertas políticas sobre el bienestar o la educación), el patrimonio común (degradación del medio ambiente, pérdida de biodiversidad, externalización de costes en producción y transporte de bienes, malversación de fondos en casos de corrupción) o los derechos humanos (torturas, esclavitud encubierta). La propuesta de enmienda del Gobierno atenta contra la libertad de investigar y publicar los resultados. Esta censura es completamente incompatible con la esencia no sólo de la investigación científica, sino de los controles de calidad y fraude en general, e incluso del propio periodismo. La cuestión es por tanto muy grave, y nos retrotrae a tiempos y prácticas que creíamos superados definitivamente.

Tomemos un ejemplo bien documentado. Es de sobra conocido que ciertos metales pesados son nocivos para la salud. A nadie sorprende, por tanto, que la Secretaría General de Pesca Marítima (SGPM) firmase un convenio específico de colaboración con el Instituto  Español de Oceanografía (IEO) para “ el estudio del arsénico y los metales pesados en pescados y mariscos de interés comercial”. Si los pescados y mariscos contuviesen altas concentraciones de metales pesados nocivos el ciudadano debería ser informado de ello. El consumidor podría querer utilizar esta información a la hora de determinar qué pescados comprar. Incluso, en países donde la salud del consumidor es una prioridad política, el gobierno podría prohibir la pesca y comercialización de especies con altas concentraciones de metales pesados, o al menos recomendar a ciertos grupos de riesgo (como mujeres embarazadas y niños) que limiten su consumo.

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No hay i sin I: Los recortes en Investigación comprometen la innovación, no la potencian

Innovación sin investigación

La avaricia y la prisa son atributos del necio. Y, si ya son negativas en la vida privada, en la vida pública son devastadoras. Por ello, la iconografía y la literatura populares están llenas de advertencias sobre el peligro de guiarse por ellas. Desde el famoso cuento de la lechera, en que las efímeras cuentas alegres de la protagonista acaban con su principal patrimonio, un cántaro de leche, esparcido por el suelo; hasta la fábula de la gallina de los huevos de oro, epítome de esa avaricia que lleva a sacrificar el fruto de la paciencia y el trabajo sostenido por un engañoso beneficio presente. O incluso tabúes, como la prohibición hindú de sacrificar al ganado vacuno para consumir su carne, que el antropólogo Marvin Harris relacionaba con el peligro de acabar, para sofocar la necesidad y el hambre causadas por períodos de sequía, con la fuerza de trabajo necesaria para poner el campo en cultivo cuando retornen las lluvias.

Muy mal van las cosas cuando hay que recordarles a nuestros gobernantes hasta las verdades más sencillas de la sabiduría popular. Pero la realidad es la que es, y nuestro Ministro de Economía y Competitividad parece decidido a sacrificar la gallina de los huevos de oro que representa, al menos potencialmente, la I+D+i española con el único objetivo de paliar temporalmente el déficit fiscal y darle un balón de oxígeno a las grandes empresas. En efecto, el Gobierno articula su política en torno a dos ideas fundamentales: (1) hay que “podar” el sistema público de I+D+i para mejorar su eficiencia, potenciando las líneas que puedan producir un retorno económico inmediato y eliminando el resto, y (2) hay que fomentar la I+D+i privada, derivando fondos públicos hacia las empresas mientras se rinde un tributo más bien retórico al incremento de la financiación proveniente de éstas. Fomentar la inversión privada en ciencia es un objetivo loable, compartido por la mayor parte de nuestros investigadores y por los países de nuestro entorno. Pero el mecanismo propuesto por el gobierno no es el más adecuado. Al desviar parte de los recursos disponibles para subvencionar inversión privada, se exacerban los problemas a los que se enfrenta la investigación pública. Y ¿qué beneficios se obtienen a cambio? Ninguno. Ese es el drama. Los presupuestos públicos de I+D+i llevan años destinando una importante partida de gasto a créditos a empresas (la mitad, más o menos, del presupuesto total para I+D+i), a sabiendas de que la mitad de ese gasto no llega a ejecutarse por falta de demanda, con lo que se han dejado sin ejecutar partidas de gasto que habrían supuesto un balón de oxígeno tanto para la I+D+i pública como para los emprendedores que, contra viento y marea, aún se atreven a colaborar con ella.

Pero aún hay más. El sector privado español, en su conjunto, se ha demostrado crónicamente incapaz de utilizar fondos públicos para generar verdadera innovación industrial o empresarial. Esta incapacidad, que cuenta con muy honrosas y meritorias excepciones, parece deberse a una combinación de factores históricos y estructurales (pequeño tamaño y falta de cultura innovadora de la gran mayoría de las empresas, debilidad del sector de altas tecnologías, falta de interés del sistema financiero por inversiones de riesgo, escasa tradición de cooperación empresarial y/o público-privada) y a la estructuración inadecuada de las políticas de financiación ( mecanismos de desgravación que perjudican a las pequeñas y medianas empresas, abrumadoras dificultades burocráticas para gestionar fondos públicos e insuficiente relación entre resultados y financiación, por señalar algunos de los problemas más importantes).

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I+D+i en España: falla la inversión, no el rendimiento

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Ciencia malabar, por Thierry

La semana pasada, tres de los autores que firman este post publicaron un artículo en la revista Science en el que hacían una revisión crítica de la política de I+D+i seguida por este Gobierno. El artículo, que coincidió con las movilizaciones convocadas por el colectivo Carta por la Ciencia en defensa de la ciencia española, ha tenido una considerable repercusión en los medios de comunicación.

Uno de los aspectos que más nos sorprendieron durante el seguimiento inicial de este artículo fue la insistencia de los medios de comunicación en considerarlo como un artículo de opinión o una carta. Obviamente, no era tal, sino un artículo científico sometido a revisión por pares y al escrutinio de varios editores, centrado en el análisis de políticas como es habitual en la sección Policy Forum de Science. La sorpresa de nuestros medios cuando les informamos de la naturaleza del artículo, o cuando ellos la constataron al revisar la extensa documentación que la revista puso a su disposición, no es anecdótica. Es, más bien, un reflejo de la realidad de nuestro país. En España, los informes de asesoramiento y el análisis de políticas están tan politizados que nadie concibe como práctica normal la existencia de un debate no partidista, basado en el análisis de datos y en la comparación con la experiencia de otros países. Esta realidad queda registrada, incluso, en nuestra lengua: mientras en Inglaterra diferencian la descripción más común de política, en el sentido de dedicarse a la política o de hablar de política ( politics), de la definición de principios o normas para guiar las decisiones y alcanzar resultados racionales ( policy), todo esto queda englobado en castellano bajo el paraguas de un término ( política) en el que doctrina, racionalidad y acción se confunden sin matices.

Y ¿cuál era el mensaje que se deduce de nuestro trabajo? Se podría resumir en un titular: En España, aumentar la inversión pública en I+D es un excelente negocio. Recortarla, un suicidio. Este mensaje encapsula el análisis de los antecedentes, objetivos e instrumentos de la política española de I+D+i, conforme se establecen en la  Estrategia Española de de Ciencia y Tecnología y de Innovación 2013-2020 y en el Plan Estatal de Investigación Científica y Técnica y de Innovación 2013-2016, que la desarrolla. Vayamos por partes.

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Ciencia española: crónica de una miseria anunciada

Reparto del gasto de I+D+i

Investigar en España vuelve a ser una labor heroica. La crisis ha acabado con el espejismo de la última década, en la que llegó a parecernos que ese hilo conductor de precariedad que enlaza los desoladores relatos de Don Santiago Ramón y Cajal, la emigración de Severo Ochoa a América y el exilio masivo de nuestro talento joven en las décadas de los 80 y 90 podía romperse definitivamente. Atrás han ido quedando los programas de incorporación de investigadores jóvenes, que dieron por fin una oportunidad a los candidatos de fuera de la casa. Atrás queda el gran esfuerzo de inversión en I+D y en contratación de personal investigador, que redujo un poco las diferencias con los niveles de los países de nuestro entorno. Atrás puede quedar la introducción de sistemas más objetivos de evaluación para la concesión de proyectos y becas. Y atrás ha quedado el fomento de la vocación investigadora mediante becas de movilidad y de introducción a la investigación.

A partir de 2009, la necesidad de reemplazar un modelo productivo basado en la especulación inmobiliaria y financiera por otro basado en la innovación y el valor añadido se ha hecho más evidente que nunca. Sin embargo , la estrategia elegida para abordar la crisis económica se ha llevado por delante la inversión en los dos aspectos en que debería basarse éste cambio: la educación y la investigación. Entre 2009 y 2013, el presupuesto dedicado por el Gobierno a I+D+i se ha reducido un 38%, descendiendo a niveles no vistos desde 2005. Y, en realidad, esas son las buenas noticias. Porque el descenso del 38%  tan solo refleja las cifras hechas públicas por el Gobierno, después de realizar varios trucos contables para camuflar el alcance real de los recortes. El truco más socorrido ha sido ir aumentando del gasto no financiero, asignado a préstamos a empresas, hasta representar el 59% de la inversión pública en I+D+i en 2012. Todo ello, a pesar de que esta partida de gasto nunca ha llegado a utilizarse en su totalidad por falta de demanda desde las empresas. La consecuencia es que una parte cada vez mayor del menguante presupuesto de I+D+i no llega a ejecutarse: según denuncia las COSCE, la cantidad de presupuesto que no se ha llegado a ejecutar desde el inicio de la crisis, en 2008, asciende a 8.600 millones de euros, una cantidad superior al presupuesto global para I+D+i de este año. En cierto sentido, el Gobierno está pagando todo el programa de I+D+i de 2013 con el dinero que ha escamoteado de dicho programa entre 2008 y 2012.

El descenso es aún más dramático si calculamos el presupuesto por investigador. El número de investigadores creció un 50% durante la última década (llegando a 4.7 investigadores por cada 1000 habitantes, aún muy por debajo de los 6.4 de Alemania o los 6.0 de Francia), por lo que el regreso a los niveles presupuestarios de 2005 implica que cada investigador tiene mucho menos dinero para trabajar que entonces. El presupuesto por investigador, que  aumentó un 28% entre 2002 y 2009, ha disminuido un 45% entre 2009 y 2013. Este cambio está causado principalmente por la caída en la financiación pública por investigador, que había aumentado un 26% entre 2001 y 2008, para caer un 51% entre 2008 y 2013. Así que, mientras que cada investigador disponía (en promedio) de 26.210 € anuales en 2001 para hacer su trabajo, y pasó a disponer de 33.020 en 2008, ahora se espera que sea capaz de mantener o incluso aumentar sus niveles de producción y excelencia científica con tan solo la mitad: 16.220 €.

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SOL Y SOMBRA

Orquídea del hombre desnudo (Orchis italica) - Fotografía de Eva De Mas

Las plantas crecen y se reproducen gracias a la luz. Seguramente por ello una planta tiene la capacidad de crecer ajustando su forma y crecimiento a la cantidad y calidad de la luz incidente. Pero utilizar la luz para fabricar su fuente de energía, los azucares, no es gratuito. Hojas más grandes favorecen una mayor síntesis de azúcares mediante fotosíntesis, pero también implican un mayor esfuerzo en transporte e incrementan el consumo de agua. Esta pérdida de agua es necesaria para permitir la absorción y movilidad de nutrientes, que ascienden desde el suelo a través de las raíces y el tallo, gracias también a la energía solar que activa un mecanismo a modo de bomba de succión. El necesario balance entre esta fabricación de azúcares y el transporte y pérdida de agua, ha sido seguramente la causa de que muchas plantas crezcan de manera plástica, incrementando el tamaño de las hojas cuando la luz es escasa y el agua no es limitante (en la sombra); y al contrario, disminuyendo el tamaño de las hojas cuando la luz es excesiva y el agua escasea (en el sol). Esto último permite a las plantas mantenerse vivas aunque al precio de hacerlo con una menor tasa de crecimiento. Este proceso por el cual un individuo ajusta su forma y función a las condiciones ambientales de un determinado momento y lugar se conoce como plasticidad fenotípica y es ubicuo en los seres vivos.

Vemos pues claramente cómo las plantas pueden ajustar su crecimiento a las circunstancias del ambiente, minimizando de este modo el mal uso de los recursos. Resulta intrigante comprender cómo las plantas consiguen integrar la información del entorno y tomar la “decisión correcta” sin poseer algo parecido a un cerebro, pero de hecho hay investigadores que, debido a la existencia de un evidente comportamiento adaptativo en plantas, están impulsando el nuevo campo de la neurobiología vegetal. Esto nos lleva a inevitables preguntas: ¿Qué es un cerebro? y ¿Qué tiene de particular el cerebro humano?

Si comparamos las capacidades del cerebro humano con las capacidades de una planta, podemos encontrar enseguida importantes analogías así como interesantes diferencias. El cerebro humano procesa información del entorno canalizada por los 5 sentidos para tomar decisiones en función de varios factores, tales como la experiencia previa del individuo (aprendizaje en función del ambiente en el que se desarrolla), la calidad de la información obtenida (función a su vez de la capacidad sensorial, así como de la existencia de dicha información en el ambiente), y de la base genética del cerebro (lo que podríamos llamar base genética de la personalidad). Dado que existen diferencias genéticas demostradas en cómo diferentes individuos en plantas responden a las inclemencias ambientales y también se ha demostrado que las plantas mantienen memoria a largo plazo y son capaces de comunicarse entre ellas, no es tan fácil definir por esta vía características que  hagan a los animales “funcionalmente” diferentes de las plantas. ¿Qué es pues diferente en un cerebro? En animales, la alta capacidad de movimiento y la alta tasa de interacciones tanto sociales como con el resto de organismos, origina una necesidad de reaccionar rápidamente (por ejemplo para evitar depredadores, capturar presas, evitar engaños de los miembros del clan, cooperar en diferentes rutinas, etc.) algo que no se da en las plantas probablemente por restricciones de diseño (p. ej. al no tener un sistema muscular), siendo esta necesidad de reaccionar con rapidez probablemente una de las causas de la evolución de las capacidades cognitivas que llevó al desarrollo del lenguaje en humanos y, en general, a la evolución de un cerebro capaz de procesar información y tomar decisiones que involucran grandes niveles de complejidad; es decir, la evolución de la inteligencia.

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¿Qué esperamos de una sociedad tecnológica?

Ciencia y Tierra - Fotomontaje de Eva De Mas

Gran parte del mundo, y en particular los que hemos dado en llamar países desarrollados, se rigen por un sistema económico basado en el crecimiento perpetuo. Según los economistas oficiales el crecimiento económico constante es necesario y deseable, y contribuye a mejorar las condiciones de vida de toda la población. Efectivamente, para que el sistema capitalista funcione necesita crecer constantemente. Hay que aumentar continuamente la demanda. Tiene que aumentar la producción. La recesión es la eterna y gran pesadilla de los economistas.

Desde la publicación de “Los límites del crecimiento” (1972), el informe encargado por el Club de Roma que predecía un colapso de la civilización si no se tomaban medidas preventivas, son muchas las voces que han denunciado que esta huida hacia adelante conduce a la humanidad irremisiblemente hacia el abismo. Según “Los límites del crecimiento”, en el peor escenario el colapso podría llegar para el 2015. Afortunadamente, todo parece indicar que hemos evitado ese peor escenario, pero en ausencia de un replanteamiento radical del sistema productivo, podríamos haber pospuesto el desenlace unas pocas decenas de años.

Pese a estas advertencias, los economistas oficiales insisten en continuar por la vía del crecimiento, argumentando que es la única solución posible y mostrando una fe inquebrantable en que los desarrollos tecnológicos serán capaces de resolver los problemas que el crecimiento origina. La solución a su entender estriba en mejorar la eficiencia de los procesos industriales y agropecuarios para aumentar la producción disminuyendo el coste (tanto económico como, y principalmente este último, medioambiental). Pero el aumento de la eficiencia no puede ser la solución a largo plazo: un planeta finito no puede dar cabida a un crecimiento ilimitado. El crecimiento, acompañado de mejoras en la eficiencia, puede ser aguantable a corto plazo. Pero nunca será sostenible a largo plazo. De ahí que el físico Stephen Hawking inste a los gobiernos a continuar la exploración del universo con la esperanza de encontrar un planeta de repuesto. Al predecir que la humanidad no podrá prolongar su existencia sobre la tierra otros mil años, sin embargo, Hawking se muestra extremadamente cauto.

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La pérdida de talento científico y el declive del programa Ramón y Cajal: “¡Santiago y cierra España!”

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Fuga de cerebros - Ilustración de Josep Berenguel

El afán por hacer noticias lleva a ver las cosas desde un ángulo único y a veces distorsionado. La noticia que se construyó sobre la coincidencia en el tiempo de un premio internacional concedido a un joven físico y la no concesión al mismo de un contrato en la última convocatoria Ramón y Cajal ha dado lugar no sólo al revuelo que se buscaba sino a desenfocar el tiro sobre la realidad de la I+D+i española. Algunos escritos han derivado en sensacionalismos  superficiales y en críticas y sospechas que poco ayudan a entender la realidad de lo sucedido. Y menos aún ayudan a retratar con objetividad el mundo académico y sus vicisitudes actuales. Hagamos primero un breve repaso de los hechos.


El 6 de Mayo la Sociedad Europea de Física otorga al Dr. Diego Martínez Santos el Premio 2013 al mejor joven físico experimental en el campo de la física de partículas. Ese mismo día se le notifica que no ha quedado seleccionado dentro de los propuestos para un contrato postdoctoral en el programa Ramon y Cajal.  La no concesión de un contrato  Ramón y Cajal al Dr. Martínez Santos tiene al menos dos lecturas. Puede concluirse de este hecho que la asignación de contratos no se realiza de forma adecuada, o que hay tan pocos contratos que incluso investigadores de la valía del Dr. Martínez Santos quedan por debajo de la línea de corte y no alcanzan a asegurarse un contrato.

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Una jerarquía de ciencias o la fascinación por el lenguaje matemático

¿Por qué no hacer experimentos in silico?

Nos reímos con los colegas cuando con frecuencia algunos científicos somos llamados " data gatherers", algo así como recolectores de datos. Es decir, que somos el primer eslabón en la organización de una sociedad científica de verdad. Lo hacen con cariño, pero con eso poso victoriano que inequívocamente indica que muchos científicos estamos todavía lejos de las ciencias de verdad, pero que si nos lo trabajamos, claro que podemos llegar a ser auténticos científicos. En fin, como aborígenes recién contactados que con un poco de esfuerzo y perseverancia pueden ser llevados a buen puerto. No desesperemos. En realidad, muy pocos científicos recolectamos datos sin ton ni son y generalmente siempre hay un modelo conceptual o hipótesis detrás. Además, muchas veces las hipótesis son emitidas por los propios “recolectores” de los datos y en numerosas ocasiones esto implica el diseño de elegantes y complejos experimentos que permiten al investigador estar seguro de que los datos proporcionan la respuesta adecuada.

Nos viene a la cabeza esta chufla porque el otro día cayó en nuestras manos un nuevo trabajo en Nature en el que unos científicos, estos sí de primera división, hacen un intento de modelar la vida sobre el Planeta (Purves et al. 2013. Ecosystems:  Time to model all life on Earth). No tenemos especial interés en entrar en el contenido de este trabajo pero dejadnos  que copie literalmente  un párrafo de la introducción porque creo que es paradigmático de hacia donde queremos llevar este post: " All of the organisms would be grouped not by species, but according to a few key traits such as whether they are plants, birds or mammals, cold blooded or warm blooded, diurnal or nocturnal." Después de siglos organizando la diversidad biológica, cuando de modelar  in silico la vida en el Planeta se trata, basta con unas pocas características vitales generales.  Vamos, que los detalles no tienen mayor importancia, tan convencidos están los autores de que el modelo definitivo será inmune a esas nimiedades. ¿Por qué una cosa así merece el honor de publicarse en los lugares más altos?

La pregunta es harto retórica pero desde nuestro punto de vista de   tiene una fácil respuesta.  Existe un convencimiento profundo de que hay una jerarquía en la nitidez de los fenómenos estudiados y sobre todo en la forma que cada ciencia aborda un mismo problema. Es en esa jerarquía donde la fascinación por lo numérico y la "matematizable", perdón por el palabro inventado, se hace evidente. Desde pequeños hemos sido educados en la idea de que lo numérico es la cima de la ciencia y por extensión de la intelectualidad. Esa idea de la contundencia y de la pureza de lo numérico y si está poco contaminado por los datos y su ruido mejor, ha permeado tan profundamente en nuestro pensamiento colectivo que aceptamos de forma inconsciente la existencia de un orden cosmogónico en el que las matemáticas seguidas por la física están a la cabeza de la razón y en consecuencia de la ciencia. Los detalles de la biología, como los pormenores en economía, humanidades o medicina, son el equivalente a la artesanía, que no puede aspirar al brillo del arte puro.  En realidad esto enraíza profundamente con la idea de las cualidades primarias y secundarias de Galileo Galilei cuando construye el armazón básico sobre  el que se construye la ciencia moderna; o si queremos con el mito platónico de la caverna. Lo primario sólo es accesible por las ciencias nobles; lo secundario es lo que percibimos y nos provee de datos, cómo no puede ser de otra manera está sometido a los desatinos de lo subjetivo

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Los trabajadores de la ciencia

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El laberinto de la carrera científica y el árbol del conocimiento

Uno de los objetivos de Ciencia Crítica es mostrar a la sociedad cómo hacemos nuestro trabajo los investigadores. La falta de conocimiento sobre nuestro trabajo puede llevar a que la sociedad se cuestione si está justificada la inversión de dinero público en esta tarea. ¿Somos unos privilegiados que malgastamos recursos públicos, y por lo tanto un lujo para la sociedad, como parece pensar el gobierno actual al considerar las partidas dedicadas a investigación como prescindibles? ¿O somos trabajadores especializados que producimos un bien necesario: el conocimiento? En un país de seis millones doscientos mil parados, en el que más de una de cada cuatro personas en disposición de trabajar no puede hacerlo, esta no es una cuestión banal. El coste y los beneficios que aporta la ciencia –pública y privada– a España será un tema recurrente de este blog. Pero aprovechando el Día Internacional de los Trabajadores hoy nos queremos centrar en quién y cómo hace ciencia.

Un sistema científico bien estructurado debe apoyarse en tres grupos de profesionales – investigadores, profesores de universidad y técnicos de investigación. Además de estos tres grupos, otros tres son fundamentales para maximizar la eficiencia del sistema y el retorno obtenido por la sociedad: un cuerpo de tecnólogos que aplique los descubrimientos más recientes para desarrollar máquinas, instrumentos o sistemas con aplicación directa para la sociedad, otro de divulgadores de la ciencia que se encarguen de acercar los nuevos avances a la sociedad –y de ayudar a los investigadores a hacerlo, y un tercero de gestores y administradores especializados que se encargue de la gestión práctica y económica de todo el sistema, incluyendo la obtención de fondos. Aunque en este post no nos ocuparemos de estos tres últimos grupos, queremos resaltar su importancia. Un ejemplo excelente, aunque ficticio, de la importancia que un buen gestor puede tener sobre el impacto de la ciencia es el de Harry Carmichael, protagonista de la novela de ciencia ficción El texto de Hércules, de Jack McDevitt, que se implica con los astrónomos de su centro para gestionar los telescopios, conseguir fondos con los que profundizar en unos datos poco claros pero potencialmente interesantes, y finalmente maximizar el impacto social de la noticia que ese descubrimiento genera: el mensaje de origen inteligente que logran descodificar.

Los tres grupos de científicos tienen diferentes grados de implicación en el diseño y ejecución práctica de la investigación y la interpretación de los resultados, así como en la formación de profesionales especializados. Las funciones de los investigadores no sólo abarcan investigar, sino también planificar y dirigir la investigación, captar recursos económicos externos tanto nacionales como internacionales para llevarla a cabo (una tarea para la que, en otros países, cuentan con la inestimable ayuda de gestores especializados), diseminar sus resultados tanto en ambientes académicos (mediante publicaciones, conferencias y cursos) como al público general, realizar transferencia de conocimientos a empresas o tecnólogos que puedan desarrollar productos o mejorar la eficiencia de su trabajo gracias a ellos, colaborar con la docencia terciaria (universidades,másteres) y formar otros investigadores. Los profesores de universidad son investigadores que, además, desempeñan tareas docentes, con lo que realizan las tareas antes referidas más las clases y actividades de tutoría correspondientes. Y, finalmente, los técnicos ejecutan y dan apoyo a la investigación diseñada por otros, contribuyendo a menudo a dicho diseño, y además pueden –y en muchos casos deben– apoyar tareas docentes en las universidades.

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El viajante

Mendigo a las puertas de EUropa

“No tenía que haber dicho que sí”, pensó por enésima vez al ver el precio del billete. En otros tiempos, era un orgullo y una alegría ser invitado a representar a España en una reunión internacional organizada por la Comisión Europea. Incluso ahora, la posibilidad de contribuir a rescatar la investigación en biodiversidad del cementerio al que ha sido relegada en el programa Horizonte 2020 (el próximo Programa Marco de investigación de la Unión Europea, centrado en “crear nuevo crecimiento y trabajos en Europa”) era una posibilidad a la que resultaba difícil renunciar. Lo que temía no era la mala comunicación entre el sur y el centro de Europa, que le obligaría a perder casi ocho horas tanto en la ida como en la vuelta; ni la conmiseración visible en los ojos de sus colegas cuando le preguntaban por la situación de la investigación en España; ni tan siquiera la posibilidad de contribuir con su presencia a legitimar un programa de investigación insensato que, llenándose la boca de sostenibilidad y grandes retos, solo contribuye en la práctica a acelerar la velocidad a la que los lemmings europeos nos acercamos a los acantilados (una expresión que, aunque biológicamente incorrecta, proporciona una poderosa metáfora de la tendencia del ser humano a negar sus problemas más acuciantes).

Lo que le importaban eran los pequeños detalles.

Recurrió a la vieja táctica de “patear el balón hacia delante”, como le enseñó un amigo argentino en los tiempos de la hiperinflación – cuando le sorprendió que ningún investigador de ese país pudiera llegar a fin de mes sin combinar dos o tres trabajos. Últimamente, recordaba esta impresión a menudo, cada vez que leía las noticias: quemarse la salud a diario, eso sí que es vivir por encima de nuestras posibilidades. Así que reservó los billetes a través de la agencia de viajes de su instituto, para evitar pagarlo con tanta antelación – y por si los organizadores decidían no cumplir su promesa de hacerlo, que en estos tiempos nunca se sabe. Ojalá no ocurriera esto último, porque el Organismo Público de Investigación para el que trabaja no tiene ningún mecanismo para cubrir la asistencia a reuniones asociadas al Programa Marco Europeo – a pesar de ser estas esenciales para mejorar el retorno económico, o para ser tenido en cuenta en futuras  solicitudes de proyectos. Antes, los investigadores se atrevían a utilizar fondos de proyectos existentes para cubrir las reuniones de preparación de futuros proyectos, o incluso las de representación de un ministerio que a menudo se olvidaba de invertir en ser representado. Pero la saña con que las recientes auditorías de proyectos examinan las declaraciones de gastos para  “rescatar”, con cualquier excusa,   el dinero gastado durante los últimos 5 años por los investigadores ha eliminado cualquier flexibilidad. Gracias al “buen hacer” del Ministerio de Hacienda en su lucha por cumplir los objetivos de déficit a costa del buen funcionamiento de la administración pública, quien quiera un español en una reunión internacional, que pague los gastos. Por mucho que el principal interesado sea el propio estado español.

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