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Evolución y tecnología: ¿sueño o pesadilla?

Fotograma de Paradoja Temporal: Santi regresa de un futuro más allá de la Singularidad con implantes cerebrales

En el reciente libro La singularidad está cerca. Cuando los humanos transcendamos la biología, Ray Kurzweil explica cómo, a su juicio, los avances tecnológicos cambiarán de forma radical el mundo en que vivimos a lo largo de las próximas décadas. Según el autor, cambios en tres áreas – genética, nanotecnología y robótica – permitirán a la humanidad resolver, en treinta años más, todos sus problemas.

Los avances en genética nos permitirán manipular a nuestro antojo los sistemas vivos, evitando enfermedades y prolongando la vida indefinidamente; los avances en nanotecnología nos darán control casi absoluto sobre el ambiente con el que interactuamos, tanto fuera como dentro de nosotros mismos – utilizando, por ejemplo, “nanobots” (suerte de robots nanoscópicos) para reparar el ADN nuclear y evitar los procesos de envejecimiento – y los avances en robótica e inteligencia artificial concluirán con el perfecto entendimiento del funcionamiento del cerebro y llevarán al desarrollo de máquinas que piensen por sí mismas y produzcan nuevas generaciones de máquinas, cada vez más potentes y sofisticadas.

En la visión de Kurzweil, la coalescencia de estos desarrollos conducirá a “la singularidad”: la fusión de biología y tecnología, haciendo  de las supercomputadoras una armoniosa extensión del cerebro y convirtiendo en realidad lo que hoy tenemos por la ficción más disparatada (Kurzweil juega incluso con la idea de viajar a velocidades superiores a la de la luz).

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¿Para qué sirve la diversidad?

El edificio de la diversidad, segun Vilar Vega.

Un economista, perfectamente desorientado por las fluctuaciones del mercado, algo común entre los economistas pero que no le servía de ningún consuelo, decidió diversificar sus inversiones y recomendar a sus clientes que hicieran lo mismo para disminuir el riesgo de perderlo todo o de perder mucho.

Una madre de familia, completamente confundida por la información de las etiquetas de los productos de un supermercado y preocupada por la ingesta de demasiado colesterol y compuestos cancerígenos o malsanos, optó por diversificar su carrito y combinar el jamón y los huevos con un poco de humus, pan integral, leche de almendras, tortillas mejicanas y fideos chinos.

Un entrenador de futbol, profundamente implicado en el progreso de un equipo que tan pronto gana contra buenos contrarios como pierde partidos fáciles, propuso al club diversificar los fichajes de la nueva temporada incorporando un veloz jugador de origen turco, dos fuertes deportistas nacionales, un sudamericano muy táctico y un alemán incombustible.

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La navaja del lector frente a las argumentaciones seudocientíficas

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Vivimos en un mundo en el que la realidad es cada vez más compleja, y nos vemos apremiados a diario con la necesidad de formar nuestra opinión sobre temas que exceden ampliamente nuestra formación o conocimientos. En muchos casos, además, la opinión sobre hechos relativamente especializados es utilizada para influir sobre nuestros criterios morales, políticos o religiosos.

En España, donde el nivel de educación de la población ha aumentado vertiginosamente en las últimas cinco décadas, la exigencia de argumentos adecuados para convencer a la sociedad es cada vez mayor. Sin embargo, precisamente la complejidad creciente de la realidad social y el conocimiento científico crea nuevos espacios para la manipulación. La receta para evitarlo pasa por una apuesta decidida por la diversidad, la independencia y el rigor de los medios de comunicación, y por la exigencia de argumentaciones honestas, suficientemente detalladas y apoyadas por datos contrastables.

Nuestra lectura de la prensa y de los medios sociales nos hace ver abundantes artículos sustentados en criterios falsamente racionales y/o científicos. En nuestra opinión, estos incluyen desde los que presentan como verdades absolutas cuestiones controvertidas o infundadas hasta aquellos que hacen una utilización ideológica, política o religiosa de supuestos hechos científicos. A menudo, el tono general de estos artículos permite adivinar una fuerte dosis de sesgo ideológico. Pero, incluso en esos casos, ¿cómo detectar cuándo debemos desconfiar de sus argumentaciones? Como guía, proponemos estos tres sencillos criterios:

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Estrellas o cantera: ¿cómo repartir la inversión en ciencia?

Fútbol de laboratorio

La cuesta de Enero nos ha traído la noticia de la marcha de Juan Carlos Izpisúa de España. Lo que primero parecía un nuevo episodio de fuga de cerebros ha ido seguido de una serie de revelaciones acerca de la gestión del Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona como simple satélite de su laboratorio en el Salk Institute for Biological Studies de La Jolla, en California (discutidos, por ejemplo, en eldiario.es, Materia [ 1 y 2] o El País [ 1 y 2]). Lo que está claro es que el caso de Izpisúa es un ejemplo paradigmático de algunas de las flaquezas de la política científica española. Parece innegable que tanto la talla de los hallazgos liderados por Izpisúa (un potencial Premio Nobel) como el impacto que tendrán sobre la medicina del futuro cercano convierten esta marcha en una pérdida significativa para el sistema de I+D+i español. Pero también cabe reflexionar hasta qué punto vale la pena centralizar la inversión en este tipo de “ estrellas científicas”. Usamos el término “estrella” en lugar de “líder científico” porque el primero es el más utilizado en la literatura científica que hemos consultado y porque líderes son también muchos otros científicos que dirigen o coordinan equipos pequeños, medianos o grandes: un detalle que, como veremos, no debe desdeñarse.

Como miembros de un sistema de I+D+i que debe ser capaz de contribuir al desarrollo y la mejora de las condiciones de vida de la sociedad española, debemos preguntarnos si este tipo de acuerdos con estrellas internacionales son la mejor forma de invertir los limitados recursos de que disponemos. Sin conocer el caso de primera mano es difícil opinar acerca de si la gestión del Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona ha estado a la altura de lo esperable de un científico de la talla de Izpisúa o no. Pero el hecho de que su marcha implique la pérdida de 18 de 21 proyectos en curso parece indicar que su impacto sobre el centro es más coyuntural que estructural, y su efecto sobre nuestro sistema de I+D probablemente muy inferior al de la sangría de jóvenes investigadores a los que la política científica actual niega la posibilidad de establecer sus equipos y proyectos en España, abocándolos al exilio forzoso. Estos Quijotes, de los que nos ocupábamos hace unos meses, están (o estaban) atrayendo proyectos seguramente de menor cuantía que los del Centro de Medicina Regenerativa y probablemente aportando avances más modestos al conocimiento científico. Pero, al hacerlo, estaban contribuyendo a generar una estructura sólida de crecimiento futuro que (a tenor de lo leído sobre este centro) la centralización del laboratorio de Izpisúa alrededor del Salk Institute no ha permitido generar.

Un buen ejemplo de por qué a veces invertir en determinadas estrellas puede no ser la mejor opción viene de examinar el campo en el que, quizás, la innovación española ha obtenido sus mejores resultados en los últimos años: el fútbol. Puede parecer una trivialidad, pero el desarrollo del fútbol de élite en España puede darnos algunas ideas de en qué condiciones es bueno invertir en estrellas de la ciencia, y en qué otras esta estrategia representa una mala inversión a medio o largo plazo. La inversión realizada desde los años 80, tanto en fichajes millonarios de estrellas como en el fútbol de base, convirtió a la Liga Española en la más importante del mundo durante los años 90. Sin embargo, hasta 2008, este liderazgo (reconocido a nivel mundial, aunque tal vez no tan superlativo como nuestros medios publicitaban) no se tradujo en éxitos a nivel de selección nacional (posiblemente, el mejor indicador de la eficacia y excelencia del sistema). Durante años los fichajes estrella de la liga más cara del mundo se estrellaron repetidamente contra el muro de los cuartos de final en las competiciones a nivel de selección. Si la relación entre fichar estrellas y tener éxitos fuera directa, algo nos habríamos llevado para hinchar el pecho ante nuestros vecinos entre el gol en blanco y negro de Marcelino a Rusia en la Eurocopa de 1964 y el de Torres a Alemania en la de 2008. Fueron 44 años, 30 de ellos con inversiones millonarias: ahí es nada. Y, de repente, una selección de tíos igual de bajitos y con la misma tendencia a la alopecia que los de antes, que corren igual que antes y sufren arbitrajes tan polémicos como los de antes, lo gana todo y se convierte en la mejor del mundo. ¿Por qué?

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Brujos y aprendices de la energía nuclear

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Aprendiz de brujo nuclear - Ilustracion de Yoana Novoa

La historia del Aprendiz de Brujo pertenece a un poema de Goethe, que la música de Dukas y los dibujos de Disney han hecho muy popular. En esta historia un aprendiz de magia y brujería da vida a una escoba durante la ausencia de su maestro para que realice todas las trabajosas tareas que tenía encomendadas. El aprendiz, incapaz de recordar las palabras mágicas para detener a la escoba que estaba vertiendo demasiada agua para limpiar el cuarto, la quiere detener rompiéndola. Esto empeora las cosas, ya que la escoba se multiplica y comienza a generar una inundación, que es al final evitada con la llegada del maestro.


La humanidad, con su creciente demanda de energía, ha estado siempre buscando formas de controlarla y ponerla a su servicio. Posiblemente nunca hayamos encarnado mejor el papel de aprendices de brujo que con la energía nuclear. Con el objetivo de generar grandes cantidades de energía se realizaron en la década de los 40 del pasado siglo diversos experimentos explorando la reacción nuclear de fisión. Los primeros ensayos fueron principalmente de índole militar, y culminaron con las bombas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki en el verano de 1945 y que precipitaron la rendición de Japón y el final de la Segunda Guerra Mundial. Aunque irónicamente la fuerza demoledora de las bombas nucleares asentó la paz entre los países occidentales hasta nuestros días, algunos ya vemos en esto un mal comienzo para el programa de desarrollo nuclear. Una característica clave de la energía nuclear es la alta calidad de la energía por unidad de masa de material utilizado, muy superior a cualquier otro tipo de energía conocida por el ser humano. Destaca también la poca eficiencia de un proceso en el que se pierde entre un 86% y un 92% de la energía liberada. Pero por encima de todo destaca el manifiesto descontrol que tenemos de los dos problemas principales, el de los residuos radioactivos y el de los riesgos de accidentes nucleares. Los residuos tienen un largo periodo de peligrosidad y deben almacenarse durante miles de años, pero ¿quién asegura la estabilidad geológica de los almacenes en esa escala temporal? Eso por no hablar de la estabilidad sociopolítica y de los riesgos de sabotaje y terrorismo en relación a los almacenes nucleares, algo que cambia en marcos temporales de pocas décadas. 

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Causa y efecto: el ejemplo de la Astrología como pseudociencia

Las Pléyades

Desde tiempos remotos los humanos han intentado predecir una gran variedad de sucesos en función de lo que ocurría en el firmamento. Es obvio que esta querencia por la interpretación del patrón celestial se basa en la experiencia. Desde los bosques tropicales hasta los polos, pasando por los desiertos o la campiña francesa, la posición de las constelaciones a una determinada hora del día puede anunciar de manera más o menos exacta la proximidad de la época lluviosa o el invierno (dependiendo de las coordenadas del globo en que nos encontremos). Así el nacimiento de la Astrología podría haber tenido inicialmente una base puramente empírica, basada en experiencias o mediciones reales. Sin embargo, incluso si aceptásemos que alguna parte de la Astrología, tal y como se usa hoy día, tuviese algún poder predictivo, deberíamos preguntarnos si la causa (posición de las constelaciones) es lo que lleva al efecto (ej. perfil de personalidad). A través de este caso (la Astrología) queremos analizar en este post una de las labores principales de la ciencia: dilucidar sin ambigüedades las causas que llevan a determinados efectos observados.


Hoy en día a (casi) nadie se le ocurre pensar que son las estrellas presentes en el firmamento en un momento puntual las que tienen el poder de determinar la llegada de las lluvias, tal y como presupondría una Astrología ancestral y geocéntrica. Y eso a pesar de que la estacionalidad sí tiene que ver con la interacción entre la Tierra y el Sol. La diferencia entre la verdadera causa de la estacionalidad (la inclinación del eje de La Tierra respecto a la eclíptica que hace que el Sol incida de manera diferente sobre los diferentes puntos de ésta en diferentes épocas del año) y la coincidencia entre las estaciones y la posición de las constelaciones nos lleva a un corolario importante en ciencia: “ correlación no implica causalidad”. Con el movimiento del globo terráqueo alrededor del sol, la noche nos orienta a una parte diferente del firmamento en las diferentes estaciones. Esta es la razón de que veamos constelaciones diferentes, o bien las mismas a diferentes horas, y la razón por la que coincide con el cambio de las estaciones. Es decir, una tercera razón coincidente (la órbita terrestre) explica la asociación entre la configuración del firmamento y la estacionalidad, en un claro ejemplo de como correlación no implica causalidad.

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Ha nacido la universidad concertada

Sin financiación no hay excelencia

Sí, ya lo sé, esto es un blog de ciencia. Como otras veces nos asalta la duda, y nos parece que como decía Soulé al definir la Biología de Conservación: es una ciencia de crisis que exige respuestas (Soulé, 1985 What is Conservation Biology, Bioscience). Pues eso, son momentos excepcionales de los que no podemos escapar. Así que hablar de ciencia lo dejamos para otro post. O no. Al fin y al cabo la calidad y el éxito de nuestra investigación dependen de cómo la financiamos.

Estamos asistiendo al nacimiento de la universidad concertadade facto (la nomenclatura es nuestra y no está patentada). Como no podía ser de otra forma, la Comunidad de Madrid constituye una punta de lanza en esta cruzada por alcanzar nuevos escenarios de degradación de lo público. Sí, sé que suena raro, pero ¿cómo podemos denominar al hecho de que los recién aprobados presupuestos de la Universidad Rey Juan Carlos (o URJC, una de las seis universidades públicas de la Comunidad de Madrid) contemplen que de los 110 millones de euros de presupuesto para el año 2014, la friolera de 47 millones son ingresos propios y el resto de transferencia corriente? Se ha aprobado en esos términos. El Consejo de Gobierno de dicha universidad ha dicho que sí. ¿Qué remedio?, como las lentejas, si quieres bien, y si no las dejas.

Lo de ingresos propios es un pequeño eufemismo, dado que en su gran mayoría se trata de ingresos vía tasas y matrículas de los alumnos. Es decir que la URJC debe generar cerca de la mitad de lo que necesita para mantener todos sus servicios. Es una situación absolutamente nueva en la historia de la universidad pública española donde los ingresos propios hasta hace un par de años nunca se habían acercado a un 15% de los presupuestos totales. No sabemos, quizá es una de las ideas que la reforma que tiene en cartera nuestro siempre reverenciado ministro Wert pronto esgrimirá ( ver el artículo de Prado Campos en diario.es).

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Cuando la medicina puede curar pero la fe obliga a morir

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Víctimas de la sanación basada en la fe

Se ha escrito mucho sobre la coexistencia de ciencia y religión. Uno de los argumentos más utilizados por los denominados “ acomodacionistas” es que religión y ciencia tan solo representan dos formas diferentes y complementarias de acceder al conocimiento, y que, al analizar aspectos trascendentes a la realidad, la ciencia no tiene nada que aportar sobre “las grandes preguntas” que abordan las religiones.

Sin embargo, hay al menos tres importantes áreas en que ciencia y religión entran en abierto conflicto. Primero, cuando la religión defiende dogmas que están en abierta contradicción con hechos comprobados científicamente. Segundo, cuando la religión utiliza hechos, interpretaciones o jerga pseudocientíficos para hacer que las argumentaciones que soportan esos dogmas sean (en ausencia de un escrutinio detallado) más convincentes. Y tercero, cuando intenta imponer esos dogmas a todos los ciudadanos, forzándoles a convertirse en feligreses “de facto”. Es por ello que algunos críticos del acomodacionismo lo consideran como “fundamentalismo con piel de cordero”.

Este debate podría ser tan sólo dialéctico si no fuera por las consecuencias realmente dramáticas que acarrean algunas creencias de religiones oficiales o muy extendidas, a menudo con la complicidad de una tolerancia legislativa que excede ampliamente la legítima garantía a la libertad de culto.

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El científico ante la sociedad: ¿zapatero a tus zapatos?

Zapatero

Cuenta Plinio el Viejo, allá por el siglo I, que el famoso pintor griego Apeles estaba siempre pendiente de lo que el público opinara de sus obras. Hasta tal punto le importaban las críticas que cuando un zapatero encontró que las sandalias que había pintado en un cuadro eran demasiado grandes, las corrigió con diligencia. Sin embargo, cuando al día siguiente el mismo zapatero, posiblemente crecido por el efecto de sus observaciones, comenzó a criticar otras partes de la pintura, Apeles le soltó aquello de "zapatero, a tus zapatos."

Muchos profesionales se encuentran tarde o temprano ante situaciones análogas a las del zapatero  griego, opinando sobre temas ajenos o muy indirectamente relacionados con su profesión. El debate sobre la ética periodística y el estilo a seguir al cubrir la información cobra mayor actualidad ante la creciente injerencia de otros profesionales y del público en general, el llamado periodismo ciudadano, en la cobertura de noticias y eventos. El periodismo tiene tintes políticos claros en países como Estados Unidos mientras que en otros, como España, se pretende establecer una barrera estricta entre información y opinión, cuando un repaso a los contenidos (o a la falta de contenidos, que a veces es aún más ilustrativa de la ideología) muestra que ningún medio permanece ajeno al color político. El periodismo, que se ve forzado a reinventarse constantemente en esta era de la información global y rápida, requiere más que nunca de profesionales y quizá hasta de activistas, pues como se pregunta la profesora Ana Azurmendi "¿Queremos noticias planas como las instrucciones de una lavadora?". Tal como describe Merche Negro, en su postrera entrada en eldiario.es, asistimos a una proliferación de tertulianos, columnistas y opinadores en general, situación empujada por el hecho de que, en palabras de editores y responsables de prensa, la opinión es lo que más se lee y es lo más barato. Pero opinar es bien distinto de informar, y eso le ha llevado a la autora de ese último post a dejar de opinar, en un esfuerzo por recuperar y practicar la esencia de su profesión como periodista.

Los científicos pasamos por situaciones muy similares. Basta con comprobar los contenidos de esta sección. Hay un cúmulo de situaciones que explican y quizá justifican esta intromisión de los científicos en las actividades de comunicación, difusión y, también, de opinión. Por un lado la sociedad, que financia  buena parte de sus actividades, demanda y merece atención e información rápida y asequible. Por otro lado, los científicos nos rasgamos las vestiduras cuando vemos algunas reseñas científicas y saltamos a la palestra en un intento quijotesco de desfacer entuertos. Nuestras propias instituciones (universidades, organismos de investigación) van premiando cada día un poco más estas incursiones en ámbitos sociales ya que dan visibilidad a la actividad científica que apoyan y financian. Muchas cuestiones técnicas requieren, además, de la participación directa de científicos en gabinetes de asesoramiento a políticos o en programas destinados a generar opinión en la sociedad sobre las bases del conocimiento. El paso del laboratorio a la columna de un periódico o al plató de televisión es casi inevitable cuando el tema de investigación es relevante o simplemente seductor para la sociedad. Y el siguiente paso, el de comentar y opinar sobre temas satelitales al de la investigación concreta de que se trate, es, también, casi inevitable. ¿Debe el científico dar un paso atrás y delegar en periodistas y otros profesionales la transferencia de su conocimiento a la sociedad? ¿ Dónde están los límites entre informar, divulgar y opinar cuando la sociedad lo que exige con frecuencia a los científicos es que se comprometan y den una respuesta clara a cuestiones que científicamente no suelen estar del todo resueltas?

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Ciencia espuria, democracia endeble

The Shine Dome, sede de la Australian Academy of Science en Canberra.

En muchos sentidos, aunque con tiempos y formas distintas, la buena ciencia es como el buen periodismo: centrada en el objetivo de buscar la verdad y hacer partícipe de ella al resto de la sociedad, llega a extremos de gran sofisticación para protegerse de quienes, por interés o prejuicio, prefieren que ésta solo llegue a descubrirse y revelarse cuando no les incomoda.

Y también como el periodismo está sujeta a la interferencia de intereses contrarios a este objetivo: desde la utilización de redes de influencias para controlar los recursos, publicaciones o paradigmas vigentes hasta la búsqueda del éxito y la fama rápida mediante el plagio o el fraude.

No es por ello extraño que, al igual que la independencia respecto a quienes ostentan el poder es consustancial al buen periodismo y la buena investigación, el escrutinio y crítica de todas las decisiones políticas indican un ejercicio respetuoso del poder. Por todo ello, la sumisión de la investigación a los intereses de administraciones y empresas sería una muy mala noticia para los ciudadanos.

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