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"Góngora supo hacer de la lengua común lo que le dio la gana"

Ángel Luis Luján acaba de ser nombrado miembro de la Real Academia Conquense de las Artes y Letras (Racal)

Su discurso de entrada en la academia se centró en el poeta Luis de Góngora que, asegura, estuvo en Cuenca en mayo de 1603

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Ángel Luis Luján

Ángel Luis Luján Foto: Saúl García

L a Real Academia Conquense de las Artes y Letras (Racal) ya tiene nuevo miembro, Ángel Luis Luján Atienza (Cuenca, 1970), profesor de Lengua y Literatura en la Escuela de Magisterio de Cuenca además de investigador, crítico y poeta, con libros como ‘Días débiles’ o ‘Una calle cortada’ y recopilaciones como ‘Los rostros de Medusa. 20 años de poesía conquense’. Su discurso de entrada versó sobre uno de los muchos poetas a los que admira y ha analizado, Luis de Góngora.

¿Cuál fue la relación de Góngora con Cuenca? 

Góngora estuvo en Cuenca, con toda seguridad, a principios de mayo de 1603. Vino comisionado por el Cabildo de la Catedral de Córdoba para hacer una investigación de limpieza de sangre. Se conjetura una segunda visita en 1609, pero de esa no se tienen pruebas. Fruto de esa visita son tres poemas, dos de autoría segura (el romance ‘En los pinares de Júcar’ y el soneto ‘¿Son de Tolú o son de Puerto Rico’) y uno de autoría muy probable (‘Érase en Cuenca lo que nunca fuera’), que muestran en conjunto dos actitudes contrastantes con respecto a la ciudad. Por una parte, la fascinación que le produce el baile de las serranas en medio de los pinares junto al río y, por otra, el desdén por un mal recibimiento y por la dureza del paisaje y las mujeres.

No es raro que Góngora trate el mismo tema desde dos perspectivas completamente opuestas. Desde luego, el romance ‘En los pinares de Júcar’ es fundamental para entender su evolución literaria, pues ahí está el germen de lo que será después su gran obra: ‘Soledades’. En este romance tenemos la primera vez que Góngora presenta el mundo rural no como objeto de burla o para contraponerlo al fastidio de la corte, sino como una forma de vida con entidad y dignidad propias.

Se trata de la dignificación de la vida sencilla. La literatura le debe a unas anónimas serranas conquenses la intuición de que es posible celebrar una forma de vida aparentemente intrascendente, la grandeza de lo pequeño y cotidiano, y por supuesto la idea de uno de los más grandes poemas en español. 

Adentrarse en la poesía de Góngora es todo un reto, ya que en ella abundan los cultismos, las metáforas, el hipérbaton... 

En realidad, como ya explicó Dámaso Alonso, hay dos Góngoras: el príncipe de la luz y el príncipe de las tinieblas. Nos han acostumbrado a este último, el Góngora oscuro, intrincado, retorcido, el Góngora de las ‘Soledades’ y del ‘Polifemo’. Sin embargo, está el Góngora de la mayoría de los romances, mucho más sencillo y tremendamente divertido. El romance de Júcar es un buen ejemplo de un Góngora más accesible.

Como profesor, ¿cuesta hacer llegar los textos de Góngora al alumnado? 

Yo creo que el Góngora que habría que empezar a explicar a los alumnos es este último al que me he referido: el de los romances, las letrillas, textos más comprensibles (que no más ligeros) y que en la mayoría de los casos son humorísticos. Aunque parezca mentira, Góngora es uno de los autores más humorísticos de nuestra literatura. Tanto si habla en serio como en broma, lo que Góngora nos enseña es que la poesía se hace con palabras, no es una cuestión de ideas ni de sentimientos, sino de manejo del idioma. Lo maravilloso es cómo ese manejo de las palabras crea no solo belleza sino también emociones. La grandeza de Góngora estriba en que supo hacer de la lengua común lo que le dio la gana.

Góngora tuvo una fuerte rivalidad con Quevedo. Comparativamente, ¿fueron tan antagonistas como se dice o tiene su poesía puntos en común?

La rivalidad literaria era generalizada en el Siglo de Oro: Cervantes contra Lope, Quevedo contra Góngora, todos contra Lope, al que tenían envidia por su éxito teatral. Parece que sí hubo una fuerte inquina personal entre Quevedo y Góngora, hasta el punto de que se dice que el primero compró la casa donde el cordobés vivía en Madrid solo por el gusto de desahuciarlo.

Son dos personalidades completamente opuestas, Quevedo era un moralista bastante resentido con la vida mientras que Góngora era un vividor que disfrutaba de los placeres de la existencia. Eso se refleja en los temas que trata su poesía y en la manera de abordarlos. Sin embargo, en el uso del lenguaje no se diferencian tanto, pues Góngora hace uso continuo de la característica que normalmente se atribuye a Quevedo, el conceptismo, que viene a ser la coincidencia en una misma expresión de sentidos completamente distintos y hasta opuestos. Los dos son maestros en este estilo, lo que diferencia a Góngora es el uso que hace de cultismos y la complicación de la sintaxis, pero ya digo que esto es solo una parte de Góngora aunque haya quedado como lo más característico.

¿Cuál es la herencia que observa de Góngora en la poesía posterior, y en especial en la actualidad?

La obra de Góngora quedó silenciada durante siglos. Los ilustrados la rechazaban por oscura y los románticos por artificiosa. Fue la generación del 27 la que volvió a poner a Góngora en el lugar que le correspondía en las letras españolas. Para autores como Lorca, Alberti o Gerardo Diego, Góngora fue un modelo sobre todo en lo que tenía de imaginación lingüística.

Las propuestas de las vanguardias de los años 20 venían a coincidir con la estética gongorina en la preminencia de la imagen sorprendente como base del placer poético y en la ruptura de la lógica del discurso. Góngora presentaba un espacio de libertad lingüística en que se reconocían. Después su influencia se ha ido atenuando y en general la poesía desde la posguerra ha acudido a modelos ‘más realistas’ en el sentido de un uso del lenguaje más cercano al habla cotidiana. Sin embargo, aparecen en ocasiones reflejos de la poesía gongorina en autores como Antonio Carvajal o más jóvenes como Carmen Jodra en su primer libro que nos recuerdan que Góngora sigue ahí cuando queremos que la palabra se vuelva juego, eso sí, un juego jugado muy en serio.

Ahora que ya forma parte de la Racal, ¿cuáles son sus principales retos?

Los retos son los de siempre, no creo que eso vaya a cambiar mucho, lo que ocurre es que ahora lo haré desde una posición más institucional, con más apoyo. El principal reto de todos los que nos dedicamos a estas cosas es hacer de la cultura algo que forme parte de la vida de la gente y eso no es nada fácil, se intente a título individual o desde alguna institución como la Racal o la Universidad.

Estará al tanto de las alabanzas, y críticas, que ha generado la concesión de Nobel de Literatura a Bob Dylan, ¿cuál es su opinión?

Si comparamos a Dylan con Echegaray o Churchill, ambos premios Nobel de Literatura, ¿quién saldría ganando? Para mí, Dylan ha hecho por la poesía infinitamente más que la multitud de poetas sin música que andan por ahí. De hecho, la única poesía que tiene hoy en día una difusión mayoritaria es la de cantantes como Dylan, Cohen, Sabina o Serrat, por decir solo unos nombres. A los poetas-poetas no los lee nadie, excepto ellos a sí mismos.

En cuanto a la calidad literaria, Dylan la tiene, pero siempre nos vamos a preguntar, sea quien sea el premiado, por qué no aquel otro que también es muy bueno. Quizá el Nobel de este año ha querido recordarnos que en su origen la poesía no existía sin la música.

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