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A favor y en contra de 'Cowboy de medianoche', de John Schlesinger

Cartel de 'Cowboy de medianoche'

De Texas a Nueva York puede haber kilómetros o mundos enteros. Para el joven aprendiz de vaquero Joe Buck ( Jon Voight) solo es una huida hacia su futuro. Deja su puesto como lavaplatos y una vida triste, de abandono y turbulencia, dispuesto a ganarse la vida en la Gran Manzana seduciendo a las mujeres, viviendo de ellas. Consciente de su atractivo físico, pagado de sí mismo pero ingenuo, optimista y pasional, este cowboy es hoy en día uno de los símbolos cinematográficos del sueño americano más frustrado, el que ni siquiera se alcanza con el esfuerzo, y mucho menos por un camino supuestamente equivocado, lleno de turbulencias y de continuos golpes contra la pared.

' Cowboy de medianoche' es a todas luches una de las mejores películas de su cineasta, John Schlesinger. Está basada en la novela homónima de James Leo Herlihy, mediante un guion de Waldo Salt que se hizo con el Premio Oscar de 1969, junto con los de Mejor Película y Mejor Dirección. Llena de amargura y desesperanza, y dotada de una inteligencia basada en imágenes perturbadoras, algunos toques de sarcasmo y enorme sensualidad, su estreno fue casi una profecía de lo que a muchos jóvenes alegres de los años 60 les esperaba en esa ciudad de imposibles en que ya se estaba convirtiendo Nueva York. La ciudad se viste de color, se aleja de los míticos planos del cine negro, y se desploma sobre su protagonista mientras camina entre sus multitudes con sus botas, su sombrero y su cazadora de flecos.

Su contrapeso y el de prácticamente toda la película es la entrada en escena de ese irrepetible personaje llamado Rico ‘Ratso’ Rico. Dustin Hoffman puso rostro a uno de los mejores roles de su carrera dentro de la piel de ese ratero timador, tullido, tuberculoso y marginal, que se convierte en amigo y carga de Joe, y que marca su destino sin remedio. Es la voz de la experiencia. De una experiencia febril y triste, pero de la única con la que cuenta el aspirante a gigoló en la inevitable soledad de Manhattan. Hoffman se dejó la piel en este papel, y su química con el cineasta hizo posible que años después ambos volvieran a colaborar en ese maravilloso thriller llamado ' Marathon Man'.

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‘La llegada’, de Denis Villeneuve: horizontes inquietos

Somos suyos desde el principio. El cineasta canadiense Denis Villeneuve nos tiende una emboscada y nos hace prisioneros desde los primeros minutos de metraje. Unos instantes donde el público sufre una fuerte sacudida emocional, mientras asiste a la presentación del personaje protagonista: una mujer que ama intensamente y vive una tragedia. El prólogo cinematográfico nos hace comprender que estamos en otra parte; no vamos a ser meros espectadores de una película Sci-Fi convencional.  En ' La llegada', efectivamente, existe una civilización extraterrestre que aparece en nuestro planeta, pero para conducirnos a un universo desconocido que habita dentro de nuestra realidad.

La trama nos sitúa en el momento en el que doce naves extraterrestres quedan suspendidas sobre el cielo de doce lugares diferentes de la Tierra. El ejército estadounidense pide ayuda a Louise Banks ( Amy Adams), una prestigiosa lingüista, para comunicarse con los alienígenas y averiguar cuáles son sus intenciones en nuestro planeta. Banks  intentará cumplir su compleja misión con la mente abierta y acompañada del científico Ian Donnelly ( Jeremy Renner).

'La llegada' se basa en el relato de Ted Chiang, conocido como 'La historia de tu vida'. Villeneuve toma su argumento y se acerca a la ciencia-ficción, un género por el que siente devoción desde niño, para seguir haciendo de las suyas y hablarnos, en clave de metáforas, de un buen número de temas sugerentes. Cuestiones como el desgarro resignado de una madre o el lenguaje visto como un asidero que nos permite comprender nuestra existencia de una forma determinada. Asuntos como el aislamiento de un planeta intolerante, empeñado en seguir construyendo su Torre de Babel, o el paso del tiempo como invención humana de la que son esclavas, principalmente, nuestras emociones.

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‘Después de la tormenta’, de Hirokazu Kore-eda: espejos y sueños

Cartel de 'Después de la tormenta'

Kore-eda se ha convertido en uno de los realizadores de referencia del cine japonés contemporáneo. Su capacidad para retratar, con aguda delicadeza, las luces y sombras de las relaciones familiares le han abierto un espacio entre los favoritos de los festivales Cannes y San Sebastián, al punto de ser comparado con Yasujiro Ozu, maestro por antonomasia del cine nipón. Desde hace algunos años Kore-eda ha dedicado varias producciones a captar, con una narrativa muy similar (para algunos más de lo mismo), los entresijos de los vínculos paternofiliales. Basta echar un vistazo a 'Still walking' (2008); 'Kiseki' (2011), ' Like father, Like son' (2013) o 'Nuestra hermana pequeña' (2015). Aún así es de aplaudir su capacidad para encontrar la médula del conflicto en cada una y plasmar sin excesos los matices emocionales de cada drama.

En ' Después de la tormenta'Kore-eda mantiene su toque personal, entre el drama costumbrista y el realismo documental. De hecho da un paso más al volcar parte de su experiencia íntima tras la muerte de sus padres. Los cambios emocionales por los que pasa el protagonista, el intento por acercarse a la memoria de su padre para intentar comprenderle, su afición por la escritura, la mariposa azul en la que la madre ve a su difunto esposo y el barrio en el que vivió son puntos en común con la vida del director.

Ryota (Hiroshi Abe) no ha logrado ser lo que soñó. Arrastra la frustración y la nostalgia de verse incapaz de construir una vida que le llene. Su carrera de escritor se ha estancado y sólo la alimenta esa esperanza de recuperar el talento que lo llevó a ganar un premio literario por su primer libro. Sobrevive trabajando como detective privado y realizando pequeñas estafas que le dan el dinero justo para satisfacer su ludopatía. Mantiene una relación tensa con su ex esposa Kyoko, a la que no paga la pensión de su hijo y quien intenta reconstruir su vida junto a otro hombre. La relación con su madre es entrañable pero distante. Los únicos momentos de incómoda felicidad los tiene cuando, una vez al mes, ve a su hijo de 11 años.

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‘7 años’, de Roger Gual: retrato de miserias humanas

Cartel de '7 años', de Roger Gual

Los títulos de crédito dejan paso a una obra de teatro. Una puesta en escena sobre un único escenario: cuatro socios de una empresa de informática se someten, durante una noche, a un extraño proceso de mediación para elegir a la persona que pasará los próximos siete años en prisión. Todos son culpables de haber cometido un fraude fiscal de altos vuelos y todos lo tienen muy claro: solamente uno expiará la culpa corporativa. ¿Pero quién? El director general ( Alex Brendemühl); la directora financiera ( Juana Acosta); el director comercial ( Juan Pablo Raba) y el genio informático, que en su momento, hizo ricos a sus colegas ( Paco León) son los personajes que están sobre el tablero de juego. Entre todos, han de encontrar una solución a contrarreloj. Más les vale. El fisco les está pisando  los talones.

' 7 años' es una película de suspense cuya tensión se aventura a recorrer unos diálogos cercanos, reales, pero acerados y llenos de mala baba. Unos diálogos capaces de saltar, a degüello, de un tema sangrante a otro, para poner de relieve las miserias, las debilidades, las pasiones, los golpes bajos y las heridas abiertas de los cuatro socios. Este espectáculo, minuciosamente orquestado por el director Roger Gual ('Smoking Room'), cuenta con algunos buenos cómplices entre sus intérpretes protagonistas, aunque también con alguna puesta en escena, por momentos, irregular. Quizás sea este el único punto débil de una buena y esmerada producción.

La película comienza a funcionar porque ejerce un “efecto flechazo” sobre el espectador en los primeros minutos de metraje. El planteamiento resulta original y engancha. Genera intriga por el contraste que pone en escena: los protagonistas aceptan someterse a unas civilizadas reglas del juego, un proceso de mediación, para solucionar un asunto visceral, donde lo que prima es el instinto de supervivencia. Un conflicto repleto de asuntos pendientes, algún que otro recuerdo entrañable y un puñado de malentendidos, de esos que acaban ‘sucediendo’ en una vieja amistad.

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A favor y en contra de 'El crimen de Cuenca', de Pilar Miró

Cartel de 'El crimen de Cuenca'

“Hay fundamentos suficientes para estimar que la confesión de los reos Gregorio Valero y León Sánchez, base esencial de sus condenas, fue arrancada mediante violencia continua inusitada (…) En vista del error de hecho que motivó la sentencia, se declara la nulidad de la misma, por haberse castigado en ella delito que no se ha cometido”. Tribunal Supremo, sentencia de juicio de revisión de 10 de julio de 1926 sobre el denominado Crimen de Osa de la Vega.

Unas coplas de ciego arrancan esta obra maestra de Pilar Miró, quien en 1979 llevó a la gran pantalla los hechos acaecidos entre los pueblos conquenses de Tresjuncos y Osa de la Vega, cuando en 1910 dos hombres inocentes fueron injustamente acusados del robo y asesinato de un tercero, que había desaparecido ocho años antes sin dejar rastro. La cineasta madrileña compuso un desgarrador guion junto a Salvador Maldonado que rompería los moldes de la supuesta libertad democrática en España y con la que se rindió a ese cine crudo y rural que ya Carlos Saura, Mario Camus o Luis Buñuel habían convertido en reflejo de la leyenda negra de España.

Con un ritmo vertiginoso, absolutamente innovador para la época, y un reparto hoy envidiable, ' El crimen de Cuenca' no es solamente el retrato de un suceso ocurrido hace casi un siglo, sino la fotografía áspera y rugosa de un trozo de nuestro país sumido en la miseria, en cortijos, caciques, mujeres de negro y sirvientes, donde las rencillas entre pueblos, los resultados electorales y la política hicieron de estos hechos algo más que un titular.

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‘Tarde para la ira’, de Raúl Arévalo: una venganza inesperada

Cartel de 'Tarde para la ira'

Curro (Luis Callejo) sale de la cárcel y se encuentra un mundo que no le pertenece. Ocho años después del fracasado atraco a una joyería que le llevó entre rejas, intenta rehacer su vida al lado de su novia, Ana (Ruth Díaz) y de su hijo. Sin embargo,  a Curro el pasado no le dará tregua. Tampoco Jose (Antonio de la Torre), un hombre de pocas palabras, junto al que se adentrará en una espiral de violencia para satisfacer una venganza.

' Tarde para la ira' es una película con entrañas, bien narrada y de atmósferas densas. Cuenta con el magnetismo y la fuerza de su hilo conductor: una venganza algo torpe, arrastrada, que se sigue como por instinto animal; con un plan que está en los huesos, pero que mantiene cierta lucidez. Sencillamente, porque su autor es un hombre que aprendió a esperar. Es una historia improbable que funciona maravillosamente bien. Y es precisamente el comportamiento improvisado de los protagonistas lo primero que nos sorprende y cautiva, al resultar una ‘rareza’ dentro de la historias de ajustes de cuentas. Un género donde, como espectadores, parece que nos hemos acostumbrado a ‘servirnos la venganza demasiado fría’, con un formidable sentido del espectáculo y mucho golpe de efecto sofisticado.

Hablamos de un thriller bien resuelto y una ‘road movie’ que se beneficia del pálpito acelerado de un ritmo que no decae en ningún momento. Cuenta con unos personajes principales presentados como a retales, pero que pronto y con habilidad narrativa, se nos llenan de vida y de aristas, de infiernos y de amenazas de redención que no llegan a cristalizar.

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A favor y en contra de 'American Beauty'

Cartel de 'American Beauty'

Cuando Lester Burnham se levanta todos los días para afrontar su anodina existencia, lo primero que hace es masturbarse mientras se ducha. Es lo mejor del día. A partir de ahí, todo empeora”. Nunca la carta de presentación de un personaje fue tan reveladora, divertida y amarga. Porque así es la vida del personaje que Kevin Spacey inmortalizó para 'American Beauty' y que produjo un raro acontecimiento en Hollywood, al menos desde los tiempos dorados: que una comedia negra se hiciera con los mejores premios de la Academia. Su director, Sam Mendes, uno de los directores teatrales más prestigiosos del mundo, realizó su mejor película en torno a este maduro americano de doble filo: por un lado, impertinente, pervertido, hastiado y de vuelta de todo; y por otro lado, entrañable, maravillosamente sarcástico y valiente.

La familia de clase media de la que forma parte Lester es todo lo que se puede pedir al aclamado sueño americano. Tiene un trabajo, una esposa, una hija y una gran casa en una urbanización. Pero algo falla. No, todo falla. Su mujer (Annette Bening) roza el esperpento de la americana perfecta, su hija adolescente (Thora Birch) básicamente le odia y su trabajo es tan aburrido que solo consigue arrastrarse hasta allí de forma reptiliana. En ese desierto emocional, la visión estimulante de una amiga de su hija (Mena Suvari) mientras baila, despierta en él el deseo de vivir, de pelear por algo que merezca la pena. Una excusa pueril pero muy útil, que hace renacer a un nuevo hombre.

'American Beauty'

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‘Midnight Special’, de Jeff Nichols: por un instante de magia

Cartel de 'Midnight Special', de Jeff Nichols

El cineasta estadounidense Jeff Nichols es de Arkansas, ese estado del sudeste colindante con el Missisippi desde donde ha importado toda la respiración sureña de sus películas. Hace unos años su película ' Take Shelter' se convirtió en un fenómeno de intriga y paranoia que también nos sirvió para descubrir el talento del actor Michael Shannon, que  no es otro que su propio rostro, moldeado para la tortura mental. Ahora director y actor han vuelto a repetir tándem con una innovadora cinta de ciencia-ficción que se asienta en la intriga y en ese mismo circuito independiente que Nichols tampoco dejó de explorar con el drama infantil de humedales ' Mud'.

Con ' Midnight Special', el cineasta ha querido seguir explorando los fenómenos paranormales que tan solo existían (o no) en la cabeza del protagonista de 'Take Shelter' pero recomponiendo las piezas para navegar por otros géneros. Nos presenta aquí a un niño que viaja con su padre y un amigo huyendo al mismo tiempo de una extraña secta y de las autoridades federales. Que el pequeño Alton es muy especial queda claro desde que nos lo presentan cubierto con una sábana cual E.T. Aquí Spielberg mete las narices de alguna manera, porque sabemos que el niño tiene capacidades, poderes, algo. El gran Rey Midas ya no deja de olisquear por cada fotograma. Eso se va desvelando conforme a la estructura de suspense que rodea a todo el guion, por cierto muy inteligente a la hora de desconcertar al espectador.

Lo mejor de la película es que está repleta de escenas emocionantes en todos los sentidos. En acción y en sentimientos contenidos. Y Nichols busca alejarse de sus evidentes influencias reduciendo los diálogos a lo estrictamente necesario. Huye de las lágrimas como de la peste. Alton es fuerte, él mismo descubre su origen y futuro, y los que le rodean solo pueden mirarlo pasmados y rendirse a su halo sobrenatural. Solo así se explica que muchas de las incógnitas solo queden medio desveladas. Como si el director únicamente quisiera centrarse, no lo que el niño es en realidad, sino en lo que transmite a los demás.

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‘La memoria del agua’, de Matías Bize: dolor abismal

'La memoria del agua', de Matías Bize

' La memoria del agua' es un drama que tiene mucho de película de suspense. El conflicto se desata en los primeros segundos del metraje, en la desoladora presentación de los personajes, Amanda (Elena Anaya) y Javier (Benjamín Vicuña) a orillas de una piscina. Acaban de perder a su hijo en un fatal accidente. No sabemos muy bien qué ocurrió, pero eso quizás sea lo de menos porque, a partir de entonces, nos vemos atrapados. En la película del chileno Matías Bize (' La vida de los peces ', 'En la cama'), el espectador se queda con la intriga de saber qué será del sufrimiento que esa pareja comparte, que es único, solo ellos comprenden, y es abismal, les acaba distanciando inevitablemente.

A través de ‘secuencias mirilla’, que permiten asomarnos a las nuevas vidas que inician Amanda y Javier (nunca perdemos la sensación incómoda de estar metiéndonos donde no nos llaman), les vemos sobrevivir a la pérdida de su hijo de maneras completamente antagónicas. Por un lado, surge el deseo de escapar, de volar, de estar lejos de esa otra persona que forma parte de una historia rota por una ausencia. Despiertan las ansias de detener el tiempo en un presente muerto, estéril, porque esa es la única manera en la que se acierta a mantener vivo un recuerdo.

Del otro, aparece el deseo de retomar la vida donde el destino nos la ha querido dejar. Sin hacerse preguntas, con cierta resignación natural. Procurando, eso sí, que la mirada tropiece, de vez en cuando, en las fotos de otros tiempos o dejando, por unos instantes, que unos juguetes incómodos se pierdan en un espejo retrovisor. Después, a ambos les ocurren muchas otras cosas.

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‘Green Room’, de Jeremy Saulnier: borbotones de sangre punk

Cartel de 'Green Room'

Del azul al verde. Así ha trascurrido la carrera del cineasta estadounidense Jeremy Saulnier en tan solo dos años. Cuando ' Blue Ruin' aterrizó en algunas (pocas) pantallas de todo el mundo hace tres años, algunos nos quedamos sorprendidos de reencontrarnos con un espectáculo sangriento de tanta elegancia y absoluta dedicación. Ni Tarantino, ni los hermanos Coen, ni el más recientemente aclamado Nicolas Winding Refn, se habían terminado de tomar del todo el serio los baños visuales de hemoglobina. Todos ellos los habían puesto al servicio de algo más grande: la ironía, el humor, los diálogos, los personajes.

Saulnier dio un paso más allá y en la historia de 'Blue Ruin' nos contó una venganza sobria, desatada y contumaz. ' Green Room' ha venido a confirmar un estilo tan sencillo como eficaz. El drama vengativo-familiar azul de un hombre desahuciado se convierte ahora en la encerrona verde de un grupo punk rock de tres al cuarto, los Aint’s Rights. Cuatro jinetes de una furgoneta destartalada que malviven de lo que les pagan aquí y allá y que dan con sus huesos en un concierto organizado por neonazis en la América profunda. Tras casi liarla con su actuación (una de las grandes maravillas de la película) uno de ellos presencia un crimen por el que todos acaban encerrados en una habitación del local. Ellos y otra testigo frente a unos 50 descerebrados que montan un dispositivo digno de la CIA para para salir del atolladero. Nazis contra punks, y empieza el espectáculo.

El relato se embarca a partir de ahí en la más pura psicología de la violencia. El cineasta consigue que las personalidades de cada uno de ellos florezca a lo bestia. Muchas veces sin sentido, pero como parte de una premisa totalmente demencial. La barca del “todo vale” nos sirve para toda la travesía. A ello contribuyen unas interpretaciones casi desconcertantes, por naturales, y el score musical resonando sin piedad a cada derramamiento de sangre punk, nazi o perruna: piezas de Creedence Clearwater Revival, Corpus Rottus, Battletorn, Midnight, Hochstedder o Patsy’s Rats.

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