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Disección de 'Amanece, que no es poco': cuando da lo mismo un so que un arre

Teodoro y Jimmy llegando al pueblo en 'Amanece, que no es poco'

La decisión es vuestra. Este es el planteamiento: Teodoro es un ingeniero español que trabaja en la Universidad de Oklahoma y está de año sabático. Se va de ruta con su padre, en un sidecar que este le ha comprado para que olvide que asesinó a su madre “porque era muy mala”. Llegan a un pueblo sin nombre donde, en un principio, no hay ni el tato. Pero tras la aparición del catecúmeno Ngé Ndomo, que camina haciendo eses porque así tiene más tiempo para decidir a dónde va, comienzan a ser testigos y partícipes de multitud de situaciones disparatadas. Y ahí es donde podéis o no entrar en el juego.

Opción A: si le dais luz verde, obtendréis como recompensa un vodevil absurdo, pero luminoso y humano, y con una lógica-cosmo-lógica. Os desternillaréis así con los aplausos enfervorecidos al levantamiento de hostia del cura, con la ocupación pacífica que hacen los del pueblo de al lado, con un profesor (“rural, nada más”) que examina sobre las ingles y revienta a sus alumnos a base de musicales, con un alcalde que se ahorca porque el pueblo quiere que su novia sea “comunal”, con el encarcelamiento de un intelectual por plagiar a William Faulkner, con inmigrantes que unos días huelen bien y otros días van en bicicleta, y con elecciones de un día para otro (porque “ya nos conocemos todos”).

Opción B: si le cerráis la puerta a esta obra maestra de la comedia (y de la filosofía) española, no os merecéis por tanto disfrutar de un flash-back en la plaza del pueblo, de un sacristán que levita, de hombres que nacen de los bancales, del alcoholismo organizado por la Guardia Civil, de amables anfitrionas interesadas en Dostoyevski, de gente que se preocupa por el aspecto teórico de los hechos, de borrachos cornudos que se desdoblan, de suicidas inasequibles al desaliento, y de alergias a la luna llena. Y no veréis cómo amanece por donde no debe, ni os cagaréis en el misterio. Saldréis perdiendo, entonces, sin las proclamas de este cuento de estampas mágico-costumbristas, de este tratado de aires mundanos y aplastantes. Y si aún así pensáis que no, que no cuela, solo podemos desear que os lluevan higos y que los dioses os manden conformidad.

Ahorcamiento del alcalde y Ngé

Ahorcamiento del alcalde y Ngé

Detrás de las cámaras

A nuestro amigo José Luis Cuerda, director y guionista de esta historia para mentes abiertas, le debemos nuestra receptividad al surrealismo desde temprana edad. Fueron la asombrosa 'Total' (un mediometraje hecho para la televisión) y la onírica y cuasi-siniestra 'El bosque animado'  (adaptación de la novela de Wenceslao Fernández Flórez), el precocinado de lo que luego se convertiría en la obra que nos ocupa. Le consideramos un estupendo ingeniero de las cámaras y poseedor de una sensibilidad como reflejo involuntario de su campechanismo, pero lo único que sentimos es que nunca haya querido volver a abrazar su capacidad para el absurdo.

Si bien con 'La marrana' demostró un pulso narrativo mejorado y tecnificado, y con 'La lengua de las mariposas' nos hizo llorar de impotencia, nunca más volvió al principio del camino. Lo intentó sin éxito con 'Así en el cielo como en la tierra', y luego parió a Alejandro Amenábar, y nos dejó tristemente interruptus y denostados con 'La educación de las hadas' y 'Los girasoles ciegos'. Pero aún así, por habernos proporcionado nuestro particular manual de super-surrealismo a la española, nos atrevemos a decirle, pese sus derrapes estilísticos, lo mismo que le dicen los habitantes del pueblo a su alcalde. “Nosotros somos contingentes, pero tú eres necesario”.

Primer plano

Luis Ciges (Jimmy). Disparatado en la pantalla, bohemio, erudito e imprevisible en la vida real, Ciges hasido un actor de culto para todo incondicional de la comedia patria. En 'El Milagro de P. Tinto' se reveló como un gran protagonista cuando ya llevaba tiempo subido al pedestal de esos secundarios que se comen la película sin piedad (algo así como una Thelma Ritter, pero en absurdo). Dignas de recordar son sus interpretaciones como criado de los Marqueses de Leguineche en 'La escopeta nacional' y en 'Patrimonio Nacional'. Berlanga lo había fichado,tiempo atrás, cuando iba para médico y justo después de hacer de leproso en una cinta de Luis Lucía, de enigmático nombre, 'Molokay'. Fue por aquel entonces cuando Ciges tropezó con el Instituto de Investigación y Experiencia Cinematográfica, lugar en el que se propuso ver qué era aquello del cine. Gracias a aquel experimento hizo sus pinitos como realizador, pero también le permitió conocer al gran Berlanga, pues allí ejercía de maestro.

"Un hombre en la cama siempre es un hombre en la cama"

"Un hombre en la cama siempre es un hombre en la cama"

De ahí a 'Plácido' fue todo uno y, entonces, la vocación se le puso seria. Gracias a una película de José Luis Cuerda, ('Así en el cielo como en la tierra') ganó un Goya, pero es interpretando al padre que suplica respeto a su hijo, mientras comparte sábanas con él, como nos gusta recordarle en 'Amanece, que no es poco'. Y es que ya se sabe, “un hombre en la cama es un hombre en la cama”.

Antonio Resines (Teo). Siempre nos ha caído bien el tipo y han sido muchas las veces que nos lo hemos pasado en grande viéndole encarnar papeles de ex, futbolero y periodista deportivo ('Todos los hombres sois iguales'), de cantinero sordomudo ('Los ladrones van a la oficina') e incluso durante su periplo como padre de familia en continuo estado de perplejidad en 'Los Serrano'. Sin embargo, Resines, ha dado lo mejor de sí mismo en personajes dramáticos donde es capaz de arrebatarnos una intensa ternura.

En 'La buena estrella' (Ricardo Franco) nos emocionó como el manso-castrado que resiste los embistes del amor esquivo (su interpretación bien le valió un Goya). También sufrimos junto a él cuando se puso el mundo por montera para vengar la muerte de su hija desvelando una compleja trama de corrupción en la Costa del Sol. La excusa para su precisa interpretación, un brillante thriller made in Spain, 'La Caja 507'.  En 'Celda 211' se atrevió además con un personaje sádico y sin escrúpulos, el policía asesino de la prisión donde se desencadena la trama. En 'Amanece, que no es poco' aparece de año sabático, con la guitarra al hombro, el padre senil en el sidecar y esquivando a un Quique San Francisco que le quiere cambiar el personaje. Quizás, si se hubiera dejado, también nos hubiera resultado convincente. 

Contrapicado: a favor

Al igual que nos pasó con 'Plácido', creemos que el hecho de que esta película haya calado tanto en la memoria colectiva y se haya convertido, más de 25 años después de su estreno, en una obra de culto, se lo debe casi todo a sus actores. Porque Cuerda no solo comparte con Berlanga su pulso coral sino esa capacidad para que alguien diga una barbaridad sin pies ni cabeza con la mayor naturalidad del mundo. Por eso, no dudamos en aplaudir desde aquí a los que dieron rostro a los habitantes del mejor pueblo de España, el que quizás alguna vez soñaron Miguel Delibes, Gonzalo Torrente Ballester o el ya mencionado Wenceslao Fernández Flórez. Y en el ránking, los primeros: José Sazatornil ‘Saza’, Luis Ciges, Antonio Resines, Manuel Alexandre, Chus Lampreave, Casto Sendra ‘Cassen’, María Isbert, Rafael Alonso, Violeta Cela, Gabino Diego, Ovidi Montflor, Miguel Rellán, Pastora Vega, Enrique San Francisco, Tito Valverde y Guillermo Montesinos.

Los hombres que nacen en los bancales

Los hombres que nacen en los bancales

Picado: en contra

Echamos en falta un contrapunto, una vía de escape que marque la normalidad en el maremágnum de gags y escenas surrealistas que se suceden en la vida cotidiana del pueblo o, lo que es lo mismo, a lo largo de la película. Tanto mundo al revés, en ocasiones, abruma. Lo decimos porque quizás así, ante la atenta mirada de, por ejemplo, un personaje virgen de excentricidades, o al menos, con fácil capacidad de asombro, el contraste podría haber generado situaciones de humor nuevas y contundentes. Algo así como Sazatornil, en su personaje de empresario, prosaico y catalán, cuando se pierde en el ‘sindiós’ de cacería organizada para 'La escopeta nacional'De este modo, a lo mejor, se podría haber aprovechado mejor el metraje ahorrándonos algunas escenas forzadas y poco afortunadas como las clases del profesor, los pedos psicosomáticos o ese yanqui cansino que no termina nunca de hablar (que nos perdone el simpático de Gabino Diego) ¡y sin tener maldita la gracia!

Simbiosis sonora

De la Kalinka rusa a la percusión rítmica para Ngé; del himno universitario a los ‘Madrigales’ de Giovanni Gastoldi, pasando por la taberna, para escuchar a Puccini y Haendel… El mosaico de piezas musicales, de diverso pelaje, se sucede sin ton ni son a lo largo de la película o al menos así lo parece. Pero hete aquí que esa era la única manera que José Nieto tenía para otorgar voz y dimensión a los variados personajes que se dan cita en la película. En 'Amanece, que no es poco' fue el responsable de darle vida al absurdo haciéndose cargo de la música original.

Nieto fue batería en Los Pekenikes y durante buena parte su existencia, un gran y respetado autor de bandas sonoras tan fantásticas como las de 'Sé quién eres', 'La pasión turca', 'Beltenebros' o 'El bosque animado'. Cuenta en sus estantes con seis Goyas y dice que acabó en esto del cine porque le gusta que lo que escribe “se haga, se interprete y pueda oírlo”; y es que su música no está hecha para dormir el sueño de los justos en un cajón, a la espera de que alguien quiera interpretarla o grabarla.

El Cabo Santo poniendo orden

El Cabo Santo poniendo orden

Ojo al dato

La película ha envejecido a la manera de un buen vino. Si cuando se estrenó fueron no pocos los que se cebaron con ella, hoy ya no es sólo una película de culto, sino un género en sí mismo que ha creado escuela entre humoristas que triunfan en la pequeña pantalla (véase la banda de los Muchachada Nui). Pero además, Castilla-La Mancha ha creado una ruta 'Amanece, que no es poco' para que los incondicionales del filme se pierdan por los escenarios naturales de la película de tres pueblecitos de la Sierra del Segura: Ayna, Liétor y Molinicos.

Aunque del rodaje nos quedamos con los recuerdos de Miguel Rellán quien contaba que con tanto trajín de personajes entrando y saliendo en escena, fueron muchas las horas que tenían libres los que esperaban su turno para colocarse ante las cámaras. Algunos, las mataban jugando al billar y ahí, quien no tenía rival, era Manuel Alexandre, quien además de tener una “habilidad innata” ante la mesa, brillaba, como de costumbre, cuando tenía que volver al tajo.

Retrato del héroe

Casi imposible nos resulta destacar algo entre tanto festín de frases y personajes. Así que nos decantamos por el que consideramos el “héroe anónimo” de la película, el que lleva a su calabaza en el corazón, putero como ninguno, y filósofo por accidente y ruralidad. Aquel que dijo algo que, en nuestro caso, llevamos repitiendo sin cesar desde entonces: “Yo soy un hombre muy primario y estoy terriblemente sujeto a las pasiones. No pienso casi. Cualquier cosa que les dijera sería una estupidez”. Sin réplica posible.

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‘El caso Sloane’, de John Madden: lobista de cinismo frágil

Cartel de 'El caso Sloane'

“Somos más de cinco millones y estamos armados”… ¡Bang! La bala imaginaria sale despedida del dedo de Bob Sanford ( Chuck Shamata). El magnate de la industria armamentística que busca el apoyo de la lobista Elizabeth Sloane ( Jessica Chastain) para detener la aprobación de una nueva ley que quiere poner coto a la segunda enmienda a la Constitución de los Estados Unidos. Aquella que protege el derecho del pueblo estadounidense a tener y portar armas. La frase fanfarrona y el gesto del viejo Sanford producen un rotundo escalofrío en el espectador. No solo por la amenaza violenta que encierra. Sino porque a esas alturas de la película (' El Caso Sloane') y más allá de la pistola ‘hipotética’, le sitúa frente a una verdad que le gustaría seguir manteniendo como mera sospecha: ¿en qué momento, como diría Vito Corleone, comenzamos a ser “marionetas movidas por los hilos de los poderosos”? ¿Hasta qué punto la opinión del ciudadano de a pie es enteramente libre?

Porque son los poderosos los que echan mano de grupos de presión y profesionales como Sloane para salirse con la suya. Y estos grandes estrategas y comunicadores, dispuestos a lograr sus propósitos como sea, funcionan con una eficacia abrumadora. Al menos, en la película.

La lobista de 'El caso Sloane', de  John Madden ('Su majestad, Mrs. Brown' / 'Shakespeare in love'  / 'La deuda'), de alguna manera, acaba saliendo rana. Aunque siempre se ha vendido al mejor postor, terminará abrazando la causa contraria trabajando, desde otro grupo de presión, para que se legisle a favor del control de armas. Sloane es una  mujer sin complejos éticos, que tiene la virtud de saber predecir el futuro, o lo que es lo mismo, de conocer la manera de anticiparse a los movimientos de su oponente para sorprenderle, desarmarle y alcanzar sus objetivos. Sloane vive en el filo del insomnio crónico, permanentemente dopada para entretener el cansancio, despejar la mente y trabajar sin descanso. Es de lengua y pensamiento rápido y una mujer hermética: solamente permite que se asomen a su ‘burbuja personal’ entregados chicos de compañía.

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A favor y en contra de 'Doce hombres sin piedad', de Sidney Lumet

El cine ha bebido del teatro desde su cuna. Miles de guiones pensados para el escenario alcanzaron mayor repercusión mundial a través de la gran pantalla, una práctica que tuvo su eclosión en los años 40 y 50 y que todavía hoy sigue siendo una magnífica práctica, sobre todo en el cine de autor. 'Doce hombres sin piedad' puede considerarse, quizás junto con 'Un tranvía llamado deseo', uno de los filmes que mejor representan esa comunión entre el guión teatral y las cámaras. El dramaturgo Reginald Rose escribió la historia original (representada en casi todo el mundo) y la adaptó también para el cine, dejando en manos del gran Sidney Lumet la realización de este relato sobre la verdad y sus aristas, que se convertiría en uno de los dramas judiciales más intachables de la historia.

Ante los doce miembros de un jurado, un magistrado da por finalizado el juicio a un joven de 18 años por haber matado a su padre, y les pide que se retiren a deliberar el veredicto. Si es culpable, será enviado a la silla eléctrica por homicidio en primer grado. La cara del acusado se superpone sobre la sala a la que todos acuden a reflexionar su dictamen y donde se desarrolla el resto de la película. Cuatro paredes para que una docena de hombres decidan sobre lo que al principio parece un caso sencillo de culpabilidad. Pero hay uno de ellos, el número 8, interpretado por Henry Fonda, que tras la primera votación manifiesta su desacuerdo, no por creer en la inocencia del muchacho, sino por tener dudas y considerar justo que se debata sobre la cuestión, debido a que la vida del acusado está en sus manos.

Es el arranque de una de las mejores narraciones cinematográficas que se han hecho sobre la relatividad de los denominados “hechos probados”. Arropado por un reparto excepcional (todos ellos sin nombres propios en la película) cuya solidez descansa sobre un austero Fonda y un tremendo Lee J. Cobb, Lumet abre la caja de pandora sobre cuestiones sociales nada habituales en el cine de los años 50, emanadas de la propia infancia maltratada del acusado y de su pertenencia a un barrio suburbial azotado por la violencia. Casi en tiempo real, el miembro del jurado número 8 comienza a desgranar una por una las pruebas del caso y a ofrecer al resto de los personajes una oportunidad para reconsiderar lo que se ofrece como un veredicto precipitado y sometido a prejuicios.

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‘Lady Macbeth’, de William Oldroyd: retrato de los confines del alma

'Lady Macbeth', de William Oldroyd

Inglaterra victoriana. Katherine (Florence Pugh) es una joven que vive en una enorme mansión del norte del país junto a un suegro, que la desprecia (Christopher Fairbank) y un marido (Paul Hilton) que es incapaz de tocarla. Katherine comenzará a buscar su libertad en pequeños gestos de desobediencia y en los parajes nublados, áridos del exterior del caserón donde vive encerrada. Lugares donde aprende a respirar y en donde también acabará descubriendo la pasión en brazos de uno de los siervos de su marido, Sebastian (Cosmo Jarvis). El aprendizaje de Katherine será rápido, voraz y su fría lucidez acabará convirtiéndola en una mujer implacable, dispuesta a cualquier cosa con tal de no perder el dominio sobre su destino.

' Lady Macbeth' es un cruel retrato de los confines del alma; un retorcido recorrido por un personaje que lejos de dejarse apoderar por el dolor, la humillación o el resentimiento, aprende que la supervivencia es un viaje libre de alforjas: sin conciencia ni retorno. El espectador pronto reconoce que algo no cuadra en la protagonista, al menos, ella se conduce fuera de lo previsto. Y esta intriga atrapa su atención de forma poderosa. Según avanza la historia, comprende que se encuentra ante una criatura que, en medio de su tragedia, ha dejado de sufrir. Katherine madura de forma abrupta, convirtiéndose en una mujer de voluntad implacable.

Se trata de la primera película del director de teatro y ópera británico William Oldroyd, y está basada en el relato 'Lady Macbeth de Mtsensk', del ruso Nikolái Leskov, escrito en el siglo XIX. Oldroyd y la guionista, Alice Birch, conducen la película con una inteligencia narrativa y una habilidad estética que sabe trascender los límites de la pantalla para rodear al espectador de una atmósfera viciada, enrarecida. Ayuda el suspense transgresor impreso en el metraje, su vocación de thriller que se queda a medio camino. Y es que no llega a materializarse con los mimbres acostumbrados del género…. porque esta es otra historia.

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‘Life’, de Daniel Espinosa: amenaza marciana sin decoro

Cartel de 'Life'

' Life' es un thriller de ciencia ficción que nos sitúa junto a la tripulación de una estación espacial internacional, próxima a Marte. Los exploradores descubren un organismo unicelular que parece ser el origen de una especie alienígena. Un planteamiento científico que pronto acabará confirmándose porque aquel ser logrará despertar a la vida y se convertirá en una terrible  amenaza mortal.

La película ha sido dirigida por Daniel Espinosa y cuenta, entre sus reclamos taquilleros, con una tripulación comandada por dos grandes estrellas del momento: Ryan Reynolds y Jake Gyllenhaal. Es un film que además ha querido fundamentar su rigor científico echando mano de un equipo de profesionales de primer orden (exobiólogos, médicos, ingenieros aeroespaciales…) que han trabajado junto a los guionistas para escribir la historia. Y de hecho, nadie puede negar que se trata de una esmerada producción que cuenta con méritos, pero también con debilidades. Entre los primeros, por ejemplo, se encuentra el suspense bien mantenido de los primeros minutos de metraje. Son los instantes en los que asistimos al despertar de la vida extraterrestre, en el momento en el que el organismo comienza a mostrar su exuberante y vertiginosa ‘vitalidad’ y establece sus primeros ‘contactos’ con los seres humanos.

Al misterio de la historia contribuye también de manera eficaz la buena dirección artística que ha encontrado en los legendarios estudios británicos de Pinewood (territorio donde tuvieron lugar grandes aventuras cinematográficas como 'El hombre que pudo reinar', 'La vida privada de Sherlock Holmes' o algunos títulos de la saga Bond. Un espacio donde recrear de manera minuciosa la estación espacial. Es un fascinante laberinto de pasillos, cables y pasadizos, casi expresionistas, que sabrían despertar la angustia del espectador de no ser porque la película, en un momento dado, parece abandonada a su suerte. Sin encontrar su razón de ser.

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A favor y en contra de ‘Avatar’, de James Cameron

En el año 2154, Pandora no es la hija de Zeus encargada de propagar los males por el mundo, sino el nombre de una luna repleta de vegetación y magia donde habitan los 'na’vi', una raza de humanoides que viven apegados a la espiritualidad que emana de la tierra y a la fuerza de una religiosidad anclada en la naturaleza, dividida en diferentes clanes. El hombre también ha llegado hasta allí, y permanece en constante conflicto con los indígenas en operaciones dirigidas desde unas instalaciones científico-militares, con la intención de hacerse con un mineral necesario para la supervivencia energética del planeta Tierra. Pero el mayor yacimiento del mismo se encuentra bajo el asentamiento de un poblado de nativos, un inmenso árbol-madre que no están dispuestos a ceder a los que ellos consideran los alienígenas, los que no entienden nada, la “gente del cielo que no sabe ver”.

Un marine que ha quedado parapléjico, Jake Sully (Sam Worthington) es enviado a Pandora con la misión de participar como conductor en el programa 'Avatar', a través del cual los humanos han conseguido crear cuerpos de nativos que pueden controlar a distancia. La doctora Grace Augustine (Sigourney Weaber), pacifista, amante de la biología y sensibilizada con la vida de los indígenas dirige esta operación, que los militares quieren utilizar en su beneficio para destruir el poblado sagrado. Sully consigue infiltrarse en el todopoderoso grupo de los Omaticaya tras conocer a la nativa Neytiri (Zoe Saldana), momento a partir del cual, sumido en la piel del indígena, su conciencia comienza a partirse en dos entre su deber como marine y su pasión por la libertad de lo que consigue amar y vivir dentro de su avatar. Aparece aquí la figura del elegido, del mesías, del destinado a hacer pervivir toda una raza.

Esta es la compleja síntesis de la fábula ecologista, anti-imperialista, mística y fantástica con la que James Cameron reventó las taquillas en 2009 tras numerosas especulaciones y otras tantas expectativas. Crítica y público quedaron absolutamente rendidos ante la originalidad e innovación del diseño de ese nuevo universo preñado de animales mitológicos, ancestros que susurran a través de las raíces de los árboles y seres azules conectados por energías espirituales. Ante todo, un espectáculo visual sin precedentes en el cine del nuevo siglo, pero por debajo de ese caparazón en tres dimensiones, una maravilla de la otredad y de la iconografía que todavía hoy resulta difícil de resumir debido a la gran cantidad de cuestiones que aborda: desde su hostil mensaje contra el colonialismo y a favor de los derechos de los pueblos, hasta la duplicidad de la mente, la filosofía descartiana, el chamanismo, las nuevas tecnologías y las tesis sobre los mesías y profetas que todas las religiones tienen en común.

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A favor y en contra de ‘Réquiem por un sueño’, de Darren Aronofsky

La vida es como una montaña rusa, como esa que adorna una de las primeras secuencias de ' Réquiem por un sueño'. Algunas veces nos eleva hasta las más altas cotas y otras nos obliga a tocar fondo. Estas dos sensaciones, aunque opuestas, coinciden en lo extremo. Crear un retrato psicológico que evoque los intrincados matices del camino al tormentoso fondo de las obsesiones y la adicción, no parece una tarea fácil. Menos aun hacerlo con una película sobre drogadicción tras el éxito de 'Trainspotting' (Danny Boile, 1996).

En el año 2000 Darren Aronofsky nos dejó abrumados, y por qué no decirlo, en una especie de ‘shock’, con 'Réquiem por un sueño'. Pese a su corta carrera cinematográfica, este joven director estadounidense logró, de manera magistral, meternos en el asfixiante mundo de decadencia de cuatro personajes, que hundidos en la soledad y obsesionados con sus sueños, pierden el control de sí mismos. De un lado, plantea el descenso de Sara Goldfarb ( Ellen Burstyn), madre de Harry ( Jared Leto) cuya añoranza por la familia y la obsesión por participar en su programa de televisión favorito le llevan a perder la razón al hacerse adicta a las pastillas para adelgazar. De otro lado, están Harry, su novia Marion ( Jennifer Connelly) y su mejor amigo Tyrone (Marlon Wayans), quienes en busca de sus sueños de riqueza y emprendimiento, terminan hundidos por la adicción a la heroína.

En 'Réquiem por un sueño', Aronofsky confirma (tras el reconocimiento de su primer largometraje, 'Pi') su capacidad para escarbar en la psique de los personajes. Pero sobre todo, para remover los sentidos del público. Esta oda a la muerte de los sueños puede gustar o no, pero nadie queda indiferente ante su propuesta. Ver la pupila del ojo dilatándose o a una inigualable Ellen Burstyn desencajada, haciendo chirriar los dientes y aterrorizada por el ataque de su nevera, son imágenes difíciles de olvidar.

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‘Jackie’, de Pablo Larraín: duelo en Camelot

Cartel de 'Jackie', de Pablo Larraín

Su marido murió en su regazo con la cabeza reventada. Al otro lado de la pequeña pantalla, un país se quedaba huérfano contemplando el magnicidio. ¿Qué podía haber después de aquello? El delirante viaje emocional que hizo Jackie Kennedy ( Natalie Portman), tras el atentado de Dallas en el que murió el presidente de los EEUU, John Fitzgerald Kennedy ( Caspar Phillipson), es el complejo recorrido que realiza la última película de Pablo Larraín. Un director de cine chileno que sorprendió al mundo con la fantástica 'No' y que, en su primera incursión en el cine norteamericano, aborda la figura de un mito tal y como hizo en 'Neruda', huyendo de los mimbres trillados de biopic.

Larraín ha explicado que intentar reconstruir la personalidad de Jackeline Kennedy fue para él como lanzar una especie de órdago argumental a los espectadores. Fue hilvanando fragmentos de entrevistas, conversaciones, como la que compartió la mujer con Arthur Schlesinger, asesor de su marido y por supuesto le siguió la pista a los acontecimientos registrados por la historia. Sin embargo, la labor de investigación se habría quedado corta sin la aportación del guionista del film, Noah Oppenheim. Un hombre que ha sabido realizar un persuasivo ejercicio de imaginación.

La película muestra varios hilos conductores para colarnos en el duelo privado de la primera dama, en los acontecimientos que rodearon al magnicidio y en las obsesiones de una mujer  que, hecha jirones, intenta entender la tragedia que está viviendo. Por ejemplo, asistimos a la célebre entrevista que Jackie mantuvo tras el atentado con Teddy White, de la revista 'Life' (Billy Cudrup), un periodista empeñado en poner de relieve su figura de madre que consoló a los norteamericanos en el dramático lance de perder a su líder. La película desvela también las confidencias de Jackie con  un párroco católico (maravilloso John Hurt, en su penúltimo papel) al que abre su alma dejando a la vista la rabia reservada al marido desleal, el desgarro por sus hijos muertos (los desconocidos Arabella y Patrick) y las contradicciones infernales en las que un ser humano abatido por la tragedia puede verse atrapado.

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A favor y en contra de 'El Gatopardo', de Luchino Visconti

El encuentro era inevitable. El Príncipe de Salina se acerca al espejo y se contempla. Su emoción es intensa, la mirada se le deshace y una lágrima termina por recorrer su rostro. Es la nostalgia. Por una juventud perdida, por un mundo conocido que se desmorona a su alrededor, por un amor al que llegó tarde. Y es la certidumbre de saberse cerca de una muerte que ‘le corteja’ y a la que ya no será posible desdeñar. Después, la realidad rompe su actitud ensimismada, su sueño de siciliano. Un reguero de orinales desbordados le recuerdan que ha de recuperar su dignidad y marcharse de una fiesta donde un par de parejas apuran una polca de manera febril. Como si no quisieran que llegara el día y con él, se rompiera el encanto de una era que se desvanece y donde se sintieron felices y privilegiados.

Pocos instantes hay en el cine tan sugerentes y poderosos como éste, logrado por uno de los cineastas más cultos y fascinantes, Luchino Visconti. Aquella secuencia es un momento en el que el tiempo se detiene para resumir la esencia de esta obra maestra y de la sensibilidad de un cineasta nacido en la aristocracia milanesa. Un artista que anduvo en una contradicción existencial, entre su compromiso ideológico marxista y su inclinación emocional hacia lo que representaba su condición social. Y 'El Gatopardo' es como un reflejo de estas turbulencias interiores que alimentaban su creatividad. La secuencia es también un auténtico prodigio de la interpretación, puesta en escena por un actor norteamericano que está majestuoso, impresionante, emocionante en la piel del protagonista, un noble siciliano. Nos referimos a un Burt Lancaster impagable, en la mejor interpretación de su carrera. 

El Gatopardo

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'Manchester frente al mar’, de Kenneth Lonergan: el dolor de sentirse vivo

Un hombre arregla un escape de agua, ajusta una bombilla, desatasca un váter, evita a toda costa cualquier conversación con los vecinos para los que trabaja llevándoles el mantenimiento de sus casas. Vegeta en un sótano, un hogar de una sola habitación. Y mientras, la vida va pasando a su lado. Hasta que llega cualquier día del fin de semana y ese hombre se sienta en la barra de un bar frente a una cerveza tras otra. Entonces sí, desea volver a sentirse vivo, muy vivo. Una pelea buscada y el dolor de su cara partida le sirven para salir del trance.

Ese hombre se llama Lee y los días pasan para él como por inercia ( Casey Affleck) en Boston, una ciudad donde no ha llegado a echar raíces. Sin embargo, una llamada comunicándole la muerte de su hermano Joe (Kyle Chandler) le obliga a regresar a Manchester, el pueblo del que puso distancia mucho tiempo atrás.  Allí, después de dejar todo dispuesto para el funeral de Joe, tendrá que hacerse cargo de su sobrino adolescente, Patrick (Lucas Hedges) y volverá a ver a su ex mujer, Randi ( Michelle Williams). Será inevitable que acabe resucitando para él un pasado que le provoca un dolor devastador.

Kenneth Lonergan es un dramaturgo y un cineasta de breve pero aplaudida carrera, que aborda ' Manchester frente al mar' desde dos orillas diferentes: dos planos narrativos que parecen estar en las antípodas. Por un lado, nos sitúa en el presente de los personajes, un tiempo que sabe atrapar de manera brillante evitando la violencia del sufrimiento de los personajes. Es en los gestos cotidianos donde el espectador llega a adivinar la complejidad de las emociones de los protagonistas, y donde comprende el desasosiego interior en el que se ven atrapados. Un congelador que no cierra del todo, una conversación necesaria que jamás debería haberse producido, la frialdad elocuente (demasiado inquietante) con la que se recibe la muerte de un ser querido.

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