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'Manchester frente al mar’, de Kenneth Lonergan: el dolor de sentirse vivo

Un hombre arregla un escape de agua, ajusta una bombilla, desatasca un váter, evita a toda costa cualquier conversación con los vecinos para los que trabaja llevándoles el mantenimiento de sus casas. Vegeta en un sótano, un hogar de una sola habitación. Y mientras, la vida va pasando a su lado. Hasta que llega cualquier día del fin de semana y ese hombre se sienta en la barra de un bar frente a una cerveza tras otra. Entonces sí, desea volver a sentirse vivo, muy vivo. Una pelea buscada y el dolor de su cara partida le sirven para salir del trance.

Ese hombre se llama Lee y los días pasan para él como por inercia ( Casey Affleck) en Boston, una ciudad donde no ha llegado a echar raíces. Sin embargo, una llamada comunicándole la muerte de su hermano Joe (Kyle Chandler) le obliga a regresar a Manchester, el pueblo del que puso distancia mucho tiempo atrás.  Allí, después de dejar todo dispuesto para el funeral de Joe, tendrá que hacerse cargo de su sobrino adolescente, Patrick (Lucas Hedges) y volverá a ver a su ex mujer, Randi ( Michelle Williams). Será inevitable que acabe resucitando para él un pasado que le provoca un dolor devastador.

Kenneth Lonergan es un dramaturgo y un cineasta de breve pero aplaudida carrera, que aborda ' Manchester frente al mar' desde dos orillas diferentes: dos planos narrativos que parecen estar en las antípodas. Por un lado, nos sitúa en el presente de los personajes, un tiempo que sabe atrapar de manera brillante evitando la violencia del sufrimiento de los personajes. Es en los gestos cotidianos donde el espectador llega a adivinar la complejidad de las emociones de los protagonistas, y donde comprende el desasosiego interior en el que se ven atrapados. Un congelador que no cierra del todo, una conversación necesaria que jamás debería haberse producido, la frialdad elocuente (demasiado inquietante) con la que se recibe la muerte de un ser querido.

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‘Frantz’, de François Ozon: culpa y humanismo

Cartel de 'Frantz', de François Ozon

François Ozon sigue sumando éxitos con su particular estilo de abordar los dramas humanos. Festivales como Cannes, Sitges, Venecia, Berlín y San Sebastian han premiado su trayectoria, reconociendo en sus propuestas ingenio, audacia, crudeza, pero sobre todo, la sutileza con la que encara las revelaciones y tormentos de sus personajes. Con ' Frantz' el director francés confirma su versatilidad. Después de 'Joven y bonita' (2013) y 'Una nueva amiga' (2014), Ozon se enfrenta exitosamente a la mentira y a la culpa realizando un remake de ' Remordimiento' (1932), la adaptación que Ernst Lubitsch realiza de la obra 'L’homme que jài tué' (El hombre al que maté) de Maurice Rostand.

El film de Ozon recupera la figura del enigmático joven francés que viaja a un pueblo de la Alemania profunda para contactar con la familia de Frantz, un soldado alemán muerto durante la primera guerra mundial, al que sus padres y su prometida siguen llorando. La llegada de Adrien ( Pierre Niney) a la vida de Anna ( Paula Beer) y de la familia de Frantz descubre un cúmulo de sucesos y reflexiones entorno a la culpa, la mentira, el perdón, el deseo y la guerra.

Las anécdotas de Adrien  con Frantz hacen que sus padres recuperen una memoria alegre de su difunto hijo y que acojan al soldado francés pese a la complejidad de las relaciones franco-alemanas en plena postguerra. No obstante, es en el vínculo con Anna  en donde aparecen las luces y sombras del relato. La decepción inicial de la prometida de Frantz al conocer la verdadera intención del atormentado Adrien, el deseo y la dualidad de la relación, la culpabilidad y el instinto de protección, aderezan una historia que el propio director ha denominado como novela de aprendizaje (‘Bildungsroman’).

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‘La La Land’, de Damien Chazelle: para quedarse a vivir

El cine puede ser un gran acto de rebeldía. Una experiencia liberadora que nos permite soñar sin temor a ser sorprendidos y, en el mejor de los casos, recuperar la alegría de vivir. Este motín emocional es un acontecimiento que sucede, por ejemplo, cada vez que un espectador se abandona y disfruta de los musicales clásicos de Vincente Minnelli, Stanley Donen o Gene Kelly. Sencillamente, dan ganas de quedarse a vivir en ellos para siempre. En el cine de nuestros tiempos, sin embargo, se ha perdido algo de aquella valiente ingenuidad, de aquella magia absurda que se producía en nuestra mente cuando veíamos, por ejemplo, a un tipo con cara de chiste que bailaba ‘subiéndose por las paredes’ o a una pareja que se dejaba querer entre pasos de danza clásica, claqué y un París impresionista . ' La La Land', un musical de nuestros tiempos que está recorriendo un camino plagado de éxitos y cuenta con 14 nominaciones a los Oscar 2017, es uno de esos lugares asombrosos donde a muchos no les importaría echar raíces.

Su autor, Damien Chazelle, tiene 31 años, es un joven que tuvo una prometedora, pero truncada carrera como batería de jazz y acabó dando con sus huesos en la industria del cine. Un negocio donde ha  sabido reivindicar su potente personalidad artística y convertirse en un autor admirado casi desde el primer momento, cuando sorprendió con su segunda película como director, ' Whiplash'. Chazelle es también un romántico irremediable. Un realizador que quería, en La ciudad de las estrellas, rendir un homenaje a los musicales de siempre y, en especial, a ' Los paraguas de Cherburgo'  (Jacques Demy, 1964). Lo ha logrado resultando, al mismo tiempo, original y audaz.

Para dotar alma a su propio musical, escogió Los Ángeles como telón de fondo. Una ciudad que se deja atrapar fácilmente por los atascos y los clichés sobre el éxito y el fracaso, pero desde la cual Chazelle nos habla de las ilusiones y de sus desdichas, de los sueños prestados por los que se lucha ciegamente y de los propios, que se soportan como un calvario  que anula cualquier rastro de humanidad. Y por supuesto, habla del amor, pero de una forma que engancha: como ese inconveniente que habría que evitar a toda costa, pero al que no hay manera de darle esquinazo.

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Disección: ‘L.A. Confidential’, de Curtis Hanson. ‘Cine negro sublevado’

EL MEOLLO: “La vida es bella en Los Ángeles…” hasta que aparece un puñado de cadáveres en un bar mugriento de los suburbios. Es entonces cuando la trayectoria de tres agentes del departamento de policía, radicalmente diferentes, colisiona para dejarnos ver la miseria y la corrupción que envilecen la ‘Tierra de los Sueños’. El ambicioso y brillante Ed Exley (Guy Pierce), el matón atormentado Bud White(Russell Crowe) y el cínico Jack Vincennes (Kevin Spacey) acaban  colaborando para resolver un caso endiabladamente complejo lleno de espejismos, pornografía, drogas, ‘putas operadas para parecerse a estrellas de Hollywood’ y falsos culpables que también se han ganado el infierno.

DETRÁS DE LAS CÁMARAS

CURTIS HANSON: El pasado mes de septiembre nos dejó este cineasta cuya obra magna más deslumbrante fue ' L.A. Confidential' (1997), una película en la que fue productor, director y coguionista (junto a Brian Helgeland) y con la que logró nueve nominaciones a los Óscar (sólo recibió los de Mejor Actriz de Reparto y Mejor Guión Adaptado). Sin embargo, antes de llegar a la cima, este autor se había ganado a pulso su condición de artesano del suspense como guionista ('El socio del silencio', 1978) llegando a trabajar con cineastas de renombre como Sam Fuller. Junto a este director escribió ' Perro Blanco', una película cargada de polémica, pues sobre ella pesó la acusación de racismo, pero que evidenciaba un gran talento narrativo. En el 83, se puso al frente de un Tom Cruise, todavía sin lustre estelar, para dirigirlo en ' Ir a perderlo y perderse', un divertimento para adolescentes donde la virginidad se convierte en la madre del cordero de toda la trama. Fue en los años 90 cuando el cineasta comenzó a convertirse también en un director con ingenio para la taquilla. Alcanzó el éxito con ' La mano que mece la cuna' (1992), una película que recorre un escalofriante ajuste de cuentas donde el instinto maternal frustrado ejerce una diabólica influencia.

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A favor y en contra de 'Cowboy de medianoche', de John Schlesinger

Cartel de 'Cowboy de medianoche'

De Texas a Nueva York puede haber kilómetros o mundos enteros. Para el joven aprendiz de vaquero Joe Buck ( Jon Voight) solo es una huida hacia su futuro. Deja su puesto como lavaplatos y una vida triste, de abandono y turbulencia, dispuesto a ganarse la vida en la Gran Manzana seduciendo a las mujeres, viviendo de ellas. Consciente de su atractivo físico, pagado de sí mismo pero ingenuo, optimista y pasional, este cowboy es hoy en día uno de los símbolos cinematográficos del sueño americano más frustrado, el que ni siquiera se alcanza con el esfuerzo, y mucho menos por un camino supuestamente equivocado, lleno de turbulencias y de continuos golpes contra la pared.

' Cowboy de medianoche' es a todas luches una de las mejores películas de su cineasta, John Schlesinger. Está basada en la novela homónima de James Leo Herlihy, mediante un guion de Waldo Salt que se hizo con el Premio Oscar de 1969, junto con los de Mejor Película y Mejor Dirección. Llena de amargura y desesperanza, y dotada de una inteligencia basada en imágenes perturbadoras, algunos toques de sarcasmo y enorme sensualidad, su estreno fue casi una profecía de lo que a muchos jóvenes alegres de los años 60 les esperaba en esa ciudad de imposibles en que ya se estaba convirtiendo Nueva York. La ciudad se viste de color, se aleja de los míticos planos del cine negro, y se desploma sobre su protagonista mientras camina entre sus multitudes con sus botas, su sombrero y su cazadora de flecos.

Su contrapeso y el de prácticamente toda la película es la entrada en escena de ese irrepetible personaje llamado Rico ‘Ratso’ Rico. Dustin Hoffman puso rostro a uno de los mejores roles de su carrera dentro de la piel de ese ratero timador, tullido, tuberculoso y marginal, que se convierte en amigo y carga de Joe, y que marca su destino sin remedio. Es la voz de la experiencia. De una experiencia febril y triste, pero de la única con la que cuenta el aspirante a gigoló en la inevitable soledad de Manhattan. Hoffman se dejó la piel en este papel, y su química con el cineasta hizo posible que años después ambos volvieran a colaborar en ese maravilloso thriller llamado ' Marathon Man'.

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‘La llegada’, de Denis Villeneuve: horizontes inquietos

Somos suyos desde el principio. El cineasta canadiense Denis Villeneuve nos tiende una emboscada y nos hace prisioneros desde los primeros minutos de metraje. Unos instantes donde el público sufre una fuerte sacudida emocional, mientras asiste a la presentación del personaje protagonista: una mujer que ama intensamente y vive una tragedia. El prólogo cinematográfico nos hace comprender que estamos en otra parte; no vamos a ser meros espectadores de una película Sci-Fi convencional.  En ' La llegada', efectivamente, existe una civilización extraterrestre que aparece en nuestro planeta, pero para conducirnos a un universo desconocido que habita dentro de nuestra realidad.

La trama nos sitúa en el momento en el que doce naves extraterrestres quedan suspendidas sobre el cielo de doce lugares diferentes de la Tierra. El ejército estadounidense pide ayuda a Louise Banks ( Amy Adams), una prestigiosa lingüista, para comunicarse con los alienígenas y averiguar cuáles son sus intenciones en nuestro planeta. Banks  intentará cumplir su compleja misión con la mente abierta y acompañada del científico Ian Donnelly ( Jeremy Renner).

'La llegada' se basa en el relato de Ted Chiang, conocido como 'La historia de tu vida'. Villeneuve toma su argumento y se acerca a la ciencia-ficción, un género por el que siente devoción desde niño, para seguir haciendo de las suyas y hablarnos, en clave de metáforas, de un buen número de temas sugerentes. Cuestiones como el desgarro resignado de una madre o el lenguaje visto como un asidero que nos permite comprender nuestra existencia de una forma determinada. Asuntos como el aislamiento de un planeta intolerante, empeñado en seguir construyendo su Torre de Babel, o el paso del tiempo como invención humana de la que son esclavas, principalmente, nuestras emociones.

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‘Después de la tormenta’, de Hirokazu Kore-eda: espejos y sueños

Cartel de 'Después de la tormenta'

Kore-eda se ha convertido en uno de los realizadores de referencia del cine japonés contemporáneo. Su capacidad para retratar, con aguda delicadeza, las luces y sombras de las relaciones familiares le han abierto un espacio entre los favoritos de los festivales Cannes y San Sebastián, al punto de ser comparado con Yasujiro Ozu, maestro por antonomasia del cine nipón. Desde hace algunos años Kore-eda ha dedicado varias producciones a captar, con una narrativa muy similar (para algunos más de lo mismo), los entresijos de los vínculos paternofiliales. Basta echar un vistazo a 'Still walking' (2008); 'Kiseki' (2011), ' Like father, Like son' (2013) o 'Nuestra hermana pequeña' (2015). Aún así es de aplaudir su capacidad para encontrar la médula del conflicto en cada una y plasmar sin excesos los matices emocionales de cada drama.

En ' Después de la tormenta'Kore-eda mantiene su toque personal, entre el drama costumbrista y el realismo documental. De hecho da un paso más al volcar parte de su experiencia íntima tras la muerte de sus padres. Los cambios emocionales por los que pasa el protagonista, el intento por acercarse a la memoria de su padre para intentar comprenderle, su afición por la escritura, la mariposa azul en la que la madre ve a su difunto esposo y el barrio en el que vivió son puntos en común con la vida del director.

Ryota (Hiroshi Abe) no ha logrado ser lo que soñó. Arrastra la frustración y la nostalgia de verse incapaz de construir una vida que le llene. Su carrera de escritor se ha estancado y sólo la alimenta esa esperanza de recuperar el talento que lo llevó a ganar un premio literario por su primer libro. Sobrevive trabajando como detective privado y realizando pequeñas estafas que le dan el dinero justo para satisfacer su ludopatía. Mantiene una relación tensa con su ex esposa Kyoko, a la que no paga la pensión de su hijo y quien intenta reconstruir su vida junto a otro hombre. La relación con su madre es entrañable pero distante. Los únicos momentos de incómoda felicidad los tiene cuando, una vez al mes, ve a su hijo de 11 años.

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‘7 años’, de Roger Gual: retrato de miserias humanas

Cartel de '7 años', de Roger Gual

Los títulos de crédito dejan paso a una obra de teatro. Una puesta en escena sobre un único escenario: cuatro socios de una empresa de informática se someten, durante una noche, a un extraño proceso de mediación para elegir a la persona que pasará los próximos siete años en prisión. Todos son culpables de haber cometido un fraude fiscal de altos vuelos y todos lo tienen muy claro: solamente uno expiará la culpa corporativa. ¿Pero quién? El director general ( Alex Brendemühl); la directora financiera ( Juana Acosta); el director comercial ( Juan Pablo Raba) y el genio informático, que en su momento, hizo ricos a sus colegas ( Paco León) son los personajes que están sobre el tablero de juego. Entre todos, han de encontrar una solución a contrarreloj. Más les vale. El fisco les está pisando  los talones.

' 7 años' es una película de suspense cuya tensión se aventura a recorrer unos diálogos cercanos, reales, pero acerados y llenos de mala baba. Unos diálogos capaces de saltar, a degüello, de un tema sangrante a otro, para poner de relieve las miserias, las debilidades, las pasiones, los golpes bajos y las heridas abiertas de los cuatro socios. Este espectáculo, minuciosamente orquestado por el director Roger Gual ('Smoking Room'), cuenta con algunos buenos cómplices entre sus intérpretes protagonistas, aunque también con alguna puesta en escena, por momentos, irregular. Quizás sea este el único punto débil de una buena y esmerada producción.

La película comienza a funcionar porque ejerce un “efecto flechazo” sobre el espectador en los primeros minutos de metraje. El planteamiento resulta original y engancha. Genera intriga por el contraste que pone en escena: los protagonistas aceptan someterse a unas civilizadas reglas del juego, un proceso de mediación, para solucionar un asunto visceral, donde lo que prima es el instinto de supervivencia. Un conflicto repleto de asuntos pendientes, algún que otro recuerdo entrañable y un puñado de malentendidos, de esos que acaban ‘sucediendo’ en una vieja amistad.

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A favor y en contra de 'El crimen de Cuenca', de Pilar Miró

Cartel de 'El crimen de Cuenca'

“Hay fundamentos suficientes para estimar que la confesión de los reos Gregorio Valero y León Sánchez, base esencial de sus condenas, fue arrancada mediante violencia continua inusitada (…) En vista del error de hecho que motivó la sentencia, se declara la nulidad de la misma, por haberse castigado en ella delito que no se ha cometido”. Tribunal Supremo, sentencia de juicio de revisión de 10 de julio de 1926 sobre el denominado Crimen de Osa de la Vega.

Unas coplas de ciego arrancan esta obra maestra de Pilar Miró, quien en 1979 llevó a la gran pantalla los hechos acaecidos entre los pueblos conquenses de Tresjuncos y Osa de la Vega, cuando en 1910 dos hombres inocentes fueron injustamente acusados del robo y asesinato de un tercero, que había desaparecido ocho años antes sin dejar rastro. La cineasta madrileña compuso un desgarrador guion junto a Salvador Maldonado que rompería los moldes de la supuesta libertad democrática en España y con la que se rindió a ese cine crudo y rural que ya Carlos Saura, Mario Camus o Luis Buñuel habían convertido en reflejo de la leyenda negra de España.

Con un ritmo vertiginoso, absolutamente innovador para la época, y un reparto hoy envidiable, ' El crimen de Cuenca' no es solamente el retrato de un suceso ocurrido hace casi un siglo, sino la fotografía áspera y rugosa de un trozo de nuestro país sumido en la miseria, en cortijos, caciques, mujeres de negro y sirvientes, donde las rencillas entre pueblos, los resultados electorales y la política hicieron de estos hechos algo más que un titular.

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‘Tarde para la ira’, de Raúl Arévalo: una venganza inesperada

Cartel de 'Tarde para la ira'

Curro (Luis Callejo) sale de la cárcel y se encuentra un mundo que no le pertenece. Ocho años después del fracasado atraco a una joyería que le llevó entre rejas, intenta rehacer su vida al lado de su novia, Ana (Ruth Díaz) y de su hijo. Sin embargo,  a Curro el pasado no le dará tregua. Tampoco Jose (Antonio de la Torre), un hombre de pocas palabras, junto al que se adentrará en una espiral de violencia para satisfacer una venganza.

' Tarde para la ira' es una película con entrañas, bien narrada y de atmósferas densas. Cuenta con el magnetismo y la fuerza de su hilo conductor: una venganza algo torpe, arrastrada, que se sigue como por instinto animal; con un plan que está en los huesos, pero que mantiene cierta lucidez. Sencillamente, porque su autor es un hombre que aprendió a esperar. Es una historia improbable que funciona maravillosamente bien. Y es precisamente el comportamiento improvisado de los protagonistas lo primero que nos sorprende y cautiva, al resultar una ‘rareza’ dentro de la historias de ajustes de cuentas. Un género donde, como espectadores, parece que nos hemos acostumbrado a ‘servirnos la venganza demasiado fría’, con un formidable sentido del espectáculo y mucho golpe de efecto sofisticado.

Hablamos de un thriller bien resuelto y una ‘road movie’ que se beneficia del pálpito acelerado de un ritmo que no decae en ningún momento. Cuenta con unos personajes principales presentados como a retales, pero que pronto y con habilidad narrativa, se nos llenan de vida y de aristas, de infiernos y de amenazas de redención que no llegan a cristalizar.

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