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‘7 años’, de Roger Gual: retrato de miserias humanas

Cartel de '7 años', de Roger Gual

Los títulos de crédito dejan paso a una obra de teatro. Una puesta en escena sobre un único escenario: cuatro socios de una empresa de informática se someten, durante una noche, a un extraño proceso de mediación para elegir a la persona que pasará los próximos siete años en prisión. Todos son culpables de haber cometido un fraude fiscal de altos vuelos y todos lo tienen muy claro: solamente uno expiará la culpa corporativa. ¿Pero quién? El director general ( Alex Brendemühl); la directora financiera ( Juana Acosta); el director comercial ( Juan Pablo Raba) y el genio informático, que en su momento, hizo ricos a sus colegas ( Paco León) son los personajes que están sobre el tablero de juego. Entre todos, han de encontrar una solución a contrarreloj. Más les vale. El fisco les está pisando  los talones.

' 7 años' es una película de suspense cuya tensión se aventura a recorrer unos diálogos cercanos, reales, pero acerados y llenos de mala baba. Unos diálogos capaces de saltar, a degüello, de un tema sangrante a otro, para poner de relieve las miserias, las debilidades, las pasiones, los golpes bajos y las heridas abiertas de los cuatro socios. Este espectáculo, minuciosamente orquestado por el director Roger Gual ('Smoking Room'), cuenta con algunos buenos cómplices entre sus intérpretes protagonistas, aunque también con alguna puesta en escena, por momentos, irregular. Quizás sea este el único punto débil de una buena y esmerada producción.

La película comienza a funcionar porque ejerce un “efecto flechazo” sobre el espectador en los primeros minutos de metraje. El planteamiento resulta original y engancha. Genera intriga por el contraste que pone en escena: los protagonistas aceptan someterse a unas civilizadas reglas del juego, un proceso de mediación, para solucionar un asunto visceral, donde lo que prima es el instinto de supervivencia. Un conflicto repleto de asuntos pendientes, algún que otro recuerdo entrañable y un puñado de malentendidos, de esos que acaban ‘sucediendo’ en una vieja amistad.

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A favor y en contra de 'El crimen de Cuenca', de Pilar Miró

Cartel de 'El crimen de Cuenca'

“Hay fundamentos suficientes para estimar que la confesión de los reos Gregorio Valero y León Sánchez, base esencial de sus condenas, fue arrancada mediante violencia continua inusitada (…) En vista del error de hecho que motivó la sentencia, se declara la nulidad de la misma, por haberse castigado en ella delito que no se ha cometido”. Tribunal Supremo, sentencia de juicio de revisión de 10 de julio de 1926 sobre el denominado Crimen de Osa de la Vega.

Unas coplas de ciego arrancan esta obra maestra de Pilar Miró, quien en 1979 llevó a la gran pantalla los hechos acaecidos entre los pueblos conquenses de Tresjuncos y Osa de la Vega, cuando en 1910 dos hombres inocentes fueron injustamente acusados del robo y asesinato de un tercero, que había desaparecido ocho años antes sin dejar rastro. La cineasta madrileña compuso un desgarrador guion junto a Salvador Maldonado que rompería los moldes de la supuesta libertad democrática en España y con la que se rindió a ese cine crudo y rural que ya Carlos Saura, Mario Camus o Luis Buñuel habían convertido en reflejo de la leyenda negra de España.

Con un ritmo vertiginoso, absolutamente innovador para la época, y un reparto hoy envidiable, ' El crimen de Cuenca' no es solamente el retrato de un suceso ocurrido hace casi un siglo, sino la fotografía áspera y rugosa de un trozo de nuestro país sumido en la miseria, en cortijos, caciques, mujeres de negro y sirvientes, donde las rencillas entre pueblos, los resultados electorales y la política hicieron de estos hechos algo más que un titular.

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‘Tarde para la ira’, de Raúl Arévalo: una venganza inesperada

Cartel de 'Tarde para la ira'

Curro (Luis Callejo) sale de la cárcel y se encuentra un mundo que no le pertenece. Ocho años después del fracasado atraco a una joyería que le llevó entre rejas, intenta rehacer su vida al lado de su novia, Ana (Ruth Díaz) y de su hijo. Sin embargo,  a Curro el pasado no le dará tregua. Tampoco Jose (Antonio de la Torre), un hombre de pocas palabras, junto al que se adentrará en una espiral de violencia para satisfacer una venganza.

' Tarde para la ira' es una película con entrañas, bien narrada y de atmósferas densas. Cuenta con el magnetismo y la fuerza de su hilo conductor: una venganza algo torpe, arrastrada, que se sigue como por instinto animal; con un plan que está en los huesos, pero que mantiene cierta lucidez. Sencillamente, porque su autor es un hombre que aprendió a esperar. Es una historia improbable que funciona maravillosamente bien. Y es precisamente el comportamiento improvisado de los protagonistas lo primero que nos sorprende y cautiva, al resultar una ‘rareza’ dentro de la historias de ajustes de cuentas. Un género donde, como espectadores, parece que nos hemos acostumbrado a ‘servirnos la venganza demasiado fría’, con un formidable sentido del espectáculo y mucho golpe de efecto sofisticado.

Hablamos de un thriller bien resuelto y una ‘road movie’ que se beneficia del pálpito acelerado de un ritmo que no decae en ningún momento. Cuenta con unos personajes principales presentados como a retales, pero que pronto y con habilidad narrativa, se nos llenan de vida y de aristas, de infiernos y de amenazas de redención que no llegan a cristalizar.

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A favor y en contra de 'American Beauty'

Cartel de 'American Beauty'

Cuando Lester Burnham se levanta todos los días para afrontar su anodina existencia, lo primero que hace es masturbarse mientras se ducha. Es lo mejor del día. A partir de ahí, todo empeora”. Nunca la carta de presentación de un personaje fue tan reveladora, divertida y amarga. Porque así es la vida del personaje que Kevin Spacey inmortalizó para 'American Beauty' y que produjo un raro acontecimiento en Hollywood, al menos desde los tiempos dorados: que una comedia negra se hiciera con los mejores premios de la Academia. Su director, Sam Mendes, uno de los directores teatrales más prestigiosos del mundo, realizó su mejor película en torno a este maduro americano de doble filo: por un lado, impertinente, pervertido, hastiado y de vuelta de todo; y por otro lado, entrañable, maravillosamente sarcástico y valiente.

La familia de clase media de la que forma parte Lester es todo lo que se puede pedir al aclamado sueño americano. Tiene un trabajo, una esposa, una hija y una gran casa en una urbanización. Pero algo falla. No, todo falla. Su mujer (Annette Bening) roza el esperpento de la americana perfecta, su hija adolescente (Thora Birch) básicamente le odia y su trabajo es tan aburrido que solo consigue arrastrarse hasta allí de forma reptiliana. En ese desierto emocional, la visión estimulante de una amiga de su hija (Mena Suvari) mientras baila, despierta en él el deseo de vivir, de pelear por algo que merezca la pena. Una excusa pueril pero muy útil, que hace renacer a un nuevo hombre.

'American Beauty'

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‘Midnight Special’, de Jeff Nichols: por un instante de magia

Cartel de 'Midnight Special', de Jeff Nichols

El cineasta estadounidense Jeff Nichols es de Arkansas, ese estado del sudeste colindante con el Missisippi desde donde ha importado toda la respiración sureña de sus películas. Hace unos años su película ' Take Shelter' se convirtió en un fenómeno de intriga y paranoia que también nos sirvió para descubrir el talento del actor Michael Shannon, que  no es otro que su propio rostro, moldeado para la tortura mental. Ahora director y actor han vuelto a repetir tándem con una innovadora cinta de ciencia-ficción que se asienta en la intriga y en ese mismo circuito independiente que Nichols tampoco dejó de explorar con el drama infantil de humedales ' Mud'.

Con ' Midnight Special', el cineasta ha querido seguir explorando los fenómenos paranormales que tan solo existían (o no) en la cabeza del protagonista de 'Take Shelter' pero recomponiendo las piezas para navegar por otros géneros. Nos presenta aquí a un niño que viaja con su padre y un amigo huyendo al mismo tiempo de una extraña secta y de las autoridades federales. Que el pequeño Alton es muy especial queda claro desde que nos lo presentan cubierto con una sábana cual E.T. Aquí Spielberg mete las narices de alguna manera, porque sabemos que el niño tiene capacidades, poderes, algo. El gran Rey Midas ya no deja de olisquear por cada fotograma. Eso se va desvelando conforme a la estructura de suspense que rodea a todo el guion, por cierto muy inteligente a la hora de desconcertar al espectador.

Lo mejor de la película es que está repleta de escenas emocionantes en todos los sentidos. En acción y en sentimientos contenidos. Y Nichols busca alejarse de sus evidentes influencias reduciendo los diálogos a lo estrictamente necesario. Huye de las lágrimas como de la peste. Alton es fuerte, él mismo descubre su origen y futuro, y los que le rodean solo pueden mirarlo pasmados y rendirse a su halo sobrenatural. Solo así se explica que muchas de las incógnitas solo queden medio desveladas. Como si el director únicamente quisiera centrarse, no lo que el niño es en realidad, sino en lo que transmite a los demás.

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‘La memoria del agua’, de Matías Bize: dolor abismal

'La memoria del agua', de Matías Bize

' La memoria del agua' es un drama que tiene mucho de película de suspense. El conflicto se desata en los primeros segundos del metraje, en la desoladora presentación de los personajes, Amanda (Elena Anaya) y Javier (Benjamín Vicuña) a orillas de una piscina. Acaban de perder a su hijo en un fatal accidente. No sabemos muy bien qué ocurrió, pero eso quizás sea lo de menos porque, a partir de entonces, nos vemos atrapados. En la película del chileno Matías Bize (' La vida de los peces ', 'En la cama'), el espectador se queda con la intriga de saber qué será del sufrimiento que esa pareja comparte, que es único, solo ellos comprenden, y es abismal, les acaba distanciando inevitablemente.

A través de ‘secuencias mirilla’, que permiten asomarnos a las nuevas vidas que inician Amanda y Javier (nunca perdemos la sensación incómoda de estar metiéndonos donde no nos llaman), les vemos sobrevivir a la pérdida de su hijo de maneras completamente antagónicas. Por un lado, surge el deseo de escapar, de volar, de estar lejos de esa otra persona que forma parte de una historia rota por una ausencia. Despiertan las ansias de detener el tiempo en un presente muerto, estéril, porque esa es la única manera en la que se acierta a mantener vivo un recuerdo.

Del otro, aparece el deseo de retomar la vida donde el destino nos la ha querido dejar. Sin hacerse preguntas, con cierta resignación natural. Procurando, eso sí, que la mirada tropiece, de vez en cuando, en las fotos de otros tiempos o dejando, por unos instantes, que unos juguetes incómodos se pierdan en un espejo retrovisor. Después, a ambos les ocurren muchas otras cosas.

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‘Green Room’, de Jeremy Saulnier: borbotones de sangre punk

Cartel de 'Green Room'

Del azul al verde. Así ha trascurrido la carrera del cineasta estadounidense Jeremy Saulnier en tan solo dos años. Cuando ' Blue Ruin' aterrizó en algunas (pocas) pantallas de todo el mundo hace tres años, algunos nos quedamos sorprendidos de reencontrarnos con un espectáculo sangriento de tanta elegancia y absoluta dedicación. Ni Tarantino, ni los hermanos Coen, ni el más recientemente aclamado Nicolas Winding Refn, se habían terminado de tomar del todo el serio los baños visuales de hemoglobina. Todos ellos los habían puesto al servicio de algo más grande: la ironía, el humor, los diálogos, los personajes.

Saulnier dio un paso más allá y en la historia de 'Blue Ruin' nos contó una venganza sobria, desatada y contumaz. ' Green Room' ha venido a confirmar un estilo tan sencillo como eficaz. El drama vengativo-familiar azul de un hombre desahuciado se convierte ahora en la encerrona verde de un grupo punk rock de tres al cuarto, los Aint’s Rights. Cuatro jinetes de una furgoneta destartalada que malviven de lo que les pagan aquí y allá y que dan con sus huesos en un concierto organizado por neonazis en la América profunda. Tras casi liarla con su actuación (una de las grandes maravillas de la película) uno de ellos presencia un crimen por el que todos acaban encerrados en una habitación del local. Ellos y otra testigo frente a unos 50 descerebrados que montan un dispositivo digno de la CIA para para salir del atolladero. Nazis contra punks, y empieza el espectáculo.

El relato se embarca a partir de ahí en la más pura psicología de la violencia. El cineasta consigue que las personalidades de cada uno de ellos florezca a lo bestia. Muchas veces sin sentido, pero como parte de una premisa totalmente demencial. La barca del “todo vale” nos sirve para toda la travesía. A ello contribuyen unas interpretaciones casi desconcertantes, por naturales, y el score musical resonando sin piedad a cada derramamiento de sangre punk, nazi o perruna: piezas de Creedence Clearwater Revival, Corpus Rottus, Battletorn, Midnight, Hochstedder o Patsy’s Rats.

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‘Money Monster’, de Jodie Foster: una denuncia a medio gas

Cartel de 'Money Monster'

Hay películas en las que los personajes parecen seres desvalidos, sin alma y con poca garra. Creaciones que parecen haber sido abandonadas a su suerte en las historias, pues su retrato parece importar poco ante otras cuestiones de mayor altura. Como, por ejemplo, la intención de construir un film con vocación de trascendencia, con la misión irrenunciable y necesaria de denunciarlos males que asolan nuestro mundo ‘civilizado’.

En este sentido, hay mucho de compromiso responsable en ' Money Monster' y un legítimo deseo de su autora, Jodie Foster, de ofrecer una película entretenida al mismo tiempo, pero en el camino se le han quedado unos protagonistas planos, con comportamientos poco coherentes y, muchas veces previsibles, según los dictados de la industria del entretenimiento ‘made in Hollywood’. Por ello, la denuncia y la diversión parecen quedarse a medio camino, sin resuello, aunque la película sea una digna producción que cuenta con algunos momentos de intensa tensión y la buena voluntad de poner en la picota la maraña de intereses y ambiciones que rodean al mundo de las finanzas.

Es en esa tela de araña donde se deja enredar cualquier incauto, analfabeto bursátil, que se juega sus ahorros en la ‘ruleta rusa’ de los mercados financieros. Porque cualquiera, según el film de Foster, puede acabar arruinado como el protagonista: el joven KyleBudwell (espléndido  Jack O’Connell). Un muchacho al que se le va la cabeza cuando pierde todo el dinero que tenía ahorrado para su familia por seguir un consejo fallido ofrecido por el programa de televisión 'Money Monster'. Invierte en un valor aupado por las expectativas de medios especializados como este: un popular híbrido que mezcla espectáculo, esperpento e información presuntamente útil para los inversores aficionados. Budwell intentará ajustar cuentas y desahogar su frustración secuestrando al equipo del programa presentado por Lee Gates ( George Clooney) y dirigido por Patty Fenn ( Julia Roberts).

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‘La invitación’, de Karyn Kusama: irreversible y destructivo dolor

Cartel de 'La invitación', de Karyn Kusama

Las fórmulas mágicas no existen. Las casi mágicas, sí. A lo mejor no son perfectas ni en la mayoría de los casos podemos determinar cuál es el ingrediente estrella. Pero sí que las hay en el séptimo arte. Ocurre casi siempre cuando un buen cineasta sabe hacer malabares con los géneros sin que apenas lo notemos, con una aparente sencillez y con ese revestimiento ‘indie’ que gusta tanto como espanta. La cineasta Karyn Kusama se consagró así en la última edición del Festival de Sitges. ' La invitación' parece una película humilde, presume de bajo presupuesto, pero pone sobre la mesa de invitados un compendio de complejos platos y cubiertos cuidadosamente colocados. Listos para el caos.

La directora neoyorquina, coautora de algunos thrillers cuestionables como 'Jennifer’s Body' pero alabada por Sundance, nos introduce, con un prólogo más que premonitorio, en la inquietante cena que comparte un grupo de amigos en Los Ángeles tras mucho tiempo sin verse. En la misma se reencuentran Will y Eden (la anfitriona), que estuvieron casados y que parecen haber rehecho sus vidas tras haber compartido una dolorosa tragedia en la misma casa donde ahora se celebra la fiesta. Nada más traspasar las puertas nada funciona como debería. Comenzamos a respirar una tensión insana, que emana tanto los autores de la invitación amistosa como de las relaciones de Will con su exmujer, con su nueva pareja y con sus amigos.

¿Qué pasa? Es la pregunta que envuelve toda la película. Y la que nos deja amarrados a la pantalla. El juego de la dirección y del guion se vuelve entonces peligroso. Lo más normal es virar hacia la vía del aburrimiento, de los diálogos circulares, de los estereotipos sobre el dolor y la pérdida mil veces vistos, pero sucede que el magnetismo de esa fiesta, los detalles y el comportamiento errático de los protagonistas nos hacen caer en la trampa. Porque sí, es una trampa. Inteligente y emocionalmente trabajada. Tanto, que es imposible desvelar más pormenores de la historia sin reventarla. Tanto, que desprende un maravilloso guiño a ' El ángel exterminador' de Luis Buñuel y de esa pequeña maravilla de culto llamada ' Coherence'. Tanto, que conjuga el cine de terror, el de suspense y el drama desprendiéndose de etiquetas en cada secuencia.

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A favor y en contra de 'En la ciudad', de Cesc Gay

'En la ciudad', de Cesc Gay

Cuando en España no rugía el ogro miserable de la crisis, todavía quedaba espacio para que el cine sobre los sentimientos urbanos no fuera tachado de poco comprometido con lo social. ' En la ciudad' es seguramente uno de los retratos de la madurez amorosa más honestos y descarnados de esa etapa de la vida en que todo se pone en duda aunque estemos rodeados de certezas. Es una película metida en sí misma y en sus personajes sin más ambición que la de mostrarnos su resignación y decadencia, sin más (ni menos) escenario que esa gran urbe que es Barcelona, capaz de ahogar con su humedad la escasas decisiones y esperanzas que todos ellos pueden fabricarse para sobrevivir. Cesc Gay la compuso en 2003 tras las tragicomedias que alumbró en ' Hotel Room' (a medias) y en ' Krámpack' (en solitario), al borde de su propia madurez y de un giro hacia el cine mundano y dialogado que sigue hasta nuestros días.

No es gratuita nuestra decisión de reivindicar con esta película la figura de este cineasta catalán. Valiente, realista y sencillo, con los óleos corales de 'En la ciudad' se atrevió a contarnos los secretos de un grupo de amigos en el que nadie sabe nada de nadie. El director decidió que fuéramos los espectadores el cajón donde guardar sus vidas ocultas, sus frustraciones, infidelidades y mentiras, sabiendo de nuestra no intervención ni traición a ninguno de ellos, más allá de querer identificarnos con algunos de sus actos, buscando nosotros también una salida como inexpertos optimistas.

Siempre nos resultó magnífico que Gay vertiera sobre esta historia la honestidad de no dejar malparada la incomunicación. Es decir, que el hecho de que Mario ( Eduard Fernández) se resignara al romance de su mujer Sara ( Vicenta N’Dongo), de que Sofía ( María Pujalte) diera tumbos por su necesidad de ser amada o de que Irene ( Mónica López) se permitiera el lujo de la tristeza incluso con una familia perfecta, no nos hiciera detestarlos o repudiarlos sino comprenderlos. Hablamos de un mundo reciente (hace poco más de una década) en el que no había redes sociales amenazando nuestra vanidad y egolatría. Es más, hablamos de la última forma de ser amigos que existió antes de las relaciones 2.0. No tan diferente como pudiéramos pensar pero sí sometida a las leyes de la vergüenza y el silencio, de la pérdida de la confianza y de la empatía con aquellos que alguna vez fueron importantes en nuestra vida.

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