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‘Trumbo', de Jay Roach: ‘El silencio de un genio subversivo’

Cartel de 'Trumbo. La lista negra de Hollywood'

Al principio, el tipo nos cae mal. Parece un impostor. Dalton Trumbo es un guionista con un gran éxito que trabaja en el Hollywood dorado de los años 40. También es un presuntuoso que exhibe sin pudor su fortuna profesional y su riqueza, a pesar de que se confiesa un comunista convencido. 

 No hay manera de creerle. Hasta que el destino da un golpe de timón a su vida y le coloca ante el Comité de Actividades Antiamericanas del Congreso de los Estados Unidos, en plena ‘Caza de Brujas’, orquestada por el senador McCarthy. Y  el tipo decide entonces no abrir la boca. Se niega a dar nombres. Evita denunciar a otros trabajadores de Hollywood sobre los que pende la ‘sospecha’ de ser comunistas y con ello, convertirse en cómplice del miedo que imperaba en la época. Se comporta, ante el grupo de inquisidores americanos, como un hombre íntegro. El silencio de Trumbo le hace caer en desgracia y le lleva a la cárcel. Cuando sale, ninguna productora quiere contratarle.

' Trumbo: la lista negra de Hollywood', de Jay Roach, es una película que nace de una historia real extraordinaria. El calvario que recorrió el guionista Dalton Trumbo (autor de la literatura que da vida a obras maestras como 'Vacaciones en Roma' o 'Espartaco')  y su supervivencia artística resultan asombrosos. Sin embargo, la película lejos de ofrecer un testimonio igual de apasionante que las peripecias vividas por el autor cinematográfico, resulta irregular en su narración.

Tarda en encontrarse emocionalmente con el espectador, perdiéndose en el dibujo biográfico del personaje y hay algo en el retrato de la época que no termina de cuajar. Quizás se deba a su visión maniquea de los protagonistas que la pueblan y que entran en conflicto con Trumbo. Por ejemplo, los personajes que encarnan al mismísimo John Wayne y a la actriz y periodista Hedda Hopper (soberbia Hellen Mirren), antagonistas ideológicos de Trumbo, se diluyen en un par de villanos planos. Se convierten en una especie de malvados obsesivos que buscan ajustar cuentas quedando, fuera de plano, motivaciones más convincentes. En el film, no queda claro si se veían a sí mismos como héroes que creían trabajar por la defensa de la seguridad nacional o funcionaban como unos ‘trepas’ que se subían a la causa delatora para medrar o sobrevivir en la industria. Entre estos últimos, los cobardes o los prudentes, la película detiene también la cámara ante Edward G. Robinson, amigo de Trumbo. Fue un actor formidable y un personaje con mucha miga al que  la cinta no le se le sabe sacar todo el partido, a pesar de sus tribulaciones.

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Disección: 'El milagro de P. Tinto', de Javier Fesser. 'Esta noche tralarí, tralarí'

Silvia Casanova y Luis Ciges en 'El milagro de P. Tinto'

EL MEOLLO: P. Tinto tiene un objetivo sagrado en su vida: tener una numerosa descendencia. Desde la más tierna infancia alumbra este deseo y pronto encuentra a la mujer con la que desea compartir su sueño. Se trata de Olivia, una niña ciega y algo atolondrada que se convierte en la media naranja perfecta, mientras los años pasan y ambos crecen seguros y confiados en la vida que les espera. Se hacen mayores, P. Tinto se hace cargo de la empresa familiar, en la que se fabrican obleas para el Vaticano, y se establecen en una vieja estación, un lugar olvidado del mapa donde un expreso pendular pasa cada 25 años. Allí, afincados en su tranquila vida, esperan infructuosamente la llegada de un hijo hasta que un par de marcianos, simpáticos y caraduras, aterrizan en su jardín y un enorme huérfano, de dos metros y apetito insaciable, se oculta en su casa tras escapar de un manicomio.

DETRÁS DE LAS CÁMARAS: De la cocina de artistas de los tardíos años 80.  De familia de escritores, guionistas, cómicos y magos de los rayos catódicos. Javier Fesser Pérez de Petinto (ahí queda el guiño) se entrenó en la publicidad cuando en España aun era una forma de soñar, un motor de creatividad que generó una escuela de ilusiones exportable y competente. Desde sus inicios como creativo y director de spots, Fesser se encontró con una marca personal que le salió de su visión absurda del mundo. Ya entonces nos encontramos con personajes alucinoides y algo bobos que se reciclarían en Películas Pendelton, la productora que fundó en 1992 junto a Luis Manso y con la que continúa trabajando. Cuando se proyectaron en los cines, como teloneros de películas españolas de cierto renombre, los cortometrajes ' Aquel ritmillo'  (1995) y ' El secdleto de la tlompeta' (1996) no dejaron indiferente ni a los apáticos amanuenses del purismo. Sus desorbitadas historias, herederas de alguna que otra revolución estética a la francesa y del humor más cañí , comenzaron a funcionar por el boca a boca, y ambos se convirtieron en los dos cortos más premiados del cine español. De la mano de la paternidad de Fesser y con ayuda en el guion de su hermano Guillermo (componente del inigualable dúo Gomaespuma) vendría también al mundo la historia de ' El milagro de P. Tinto' , hilarante, conmovedora, socarrona, esquizofrénica, única en el cine español.

L a recolección de premios fuera y dentro del país permitió al cineasta madrileño afrontar proyectos como la puesta en marcha del Festival de Cortometrajes Online  Notodofilmfest , uno de los más prestigiosos del país, así como la aplaudida serie para Internet 'Javi y Lucy' . Con 'La gran aventura de Mortadelo y Filemón' , basada en los cómics de Francisco Ibáñez, apuntaló en 2003 su capacidad para hacer un cine español fresco, animado y de nueva hornada. Sin embargo, fue con el corto ' Binta y la gran idea' (2007), nominado a los Oscar, y con el largometraje ' Camino' (2008), triunfador de los Goya ese año, cuando Fesser dejó de ocupar la esquina izquierda de las páginas impares de los medios y dejó al respetable entre la risa y el llanto. Tras ello, su nueva aventura ha sido la película colectiva y apocalíptica 'Al final todos mueren' , dividida en bloques y donde Fesser dirige el prólogo y el epílogo.

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‘Techo y comida’, de Juan Miguel del Castillo: un rostro para la dignidad

Natalia de Molina en un fotograma de 'Techo y comida'

Desde que comenzó la crisis económica, esa que todavía no sabemos muy bien si ha terminado o amaga con reencarnarse en otra similar, la imagen colectiva más representativa de la pérdida de derechos sociales en España ha venido representada por los desahucios. Miles de personas  que han perdido su casa porque les hicieron creer que el sistema financiero español era sostenible y que hipotecaron hasta su última gota de sudor. Un drama que pervive, que no ha finalizado y que gracias al cineasta Juan Miguel del Castillo se rescata de la debacle política para ponerle rostro en el drama ficticio pero real como la vida misma que supone ' Techo y comida'.

Desde su paso triunfal por el pasado Festival de Málaga hasta sus nominaciones en los últimos Premios Goya, la dramática historia de una madre soltera en Jerez de la Frontera durante el año 2012, sin trabajo y a punto de ser desahuciada por impago del alquiler, ha llegado al corazón del gran público, un objetivo difícil sobre todo para un tema muy complicado y que ha sido abordado en profundidad por los medios de comunicación comprometidos con la causa. Pero se trata de una película sencilla y certera, con un rodaje sin pretensiones que incluso imita por momentos al cine documental, y que deja caer toda su carga emocional en la maravillosa interpretación de Natalia de Molina, dando vida a la desamparada Rocío.

El cineasta andaluz debuta en el largometraje, tras una docena de cortos sociales, aunando en  escenas sin apenas música y con diálogos contados, los dos derechos perdidos de la protagonista y de su hijo que dan título a la película. Pone rostro creíble y naturalidad desoladora a una situación de pobreza que se asoma por las cuatro paredes de ese frío y triste piso que madre e hijo habitan. Y de paso, siembra de encontronazos con la realidad los  esfuerzos inútiles de su protagonista por hacerse hueco en un mundo que se le escapa de las manos: sin ayudas, sin esperanza, con solo un precipicio delante y un arnés construido a base de dignidad para salvarse del mismo.

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A favor y en contra de ‘El ángel exterminador’, de Luis Buñuel

'El ángel exterminador', de Luis Buñuel

Todo empieza en una casa señorial de la calle Providencia. Es donde, de alguna manera, el servicio lo sabía, sin saber muy bien el qué. Los criados tenían claro que la noche en la que sus señores volvían de la ópera, ellos tenían que abandonar la casa cuanto antes.  No se trataba de una maldición, ni de una espantada por motivos laborales, tampoco parecía ser una epidemia sin diagnosticar. Sencillamente, estos personajes de clase humilde ponían tierra de por medio mientras entraban sus patronos a la mansión. Donde los ricos se hicieron ‘náufragos’. Allí, los burgueses disfrutaron de una deliciosa velada hasta que decidieron retirarse a sus casas. Es entonces cuando descubrieron que no podían salir del salón en el que se encuentran. Así, sin más. Y a partir de entonces, pasaron las horas y los días. Comenzaron a mirarse con recelo y a sentir hambre, les envolvió la desidia, se les acercó la enfermedad, aparecieron los ataques de histeria,  las pulsiones sexuales insatisfechas, incluso el deseo atávico de ‘matar al padre’ o, en su defecto, al anfitrión de la casa.

“¿Por qué no se entienden? (…) ¿Por qué no llegan juntos a una solución para salir de la casa?”. Cuando le preguntaban por su película ' El ángel exterminador', Luis Buñuel se lo planteaba. Y es que en esta producción, el cineasta se metió de cabeza en una poética encerrona para que un grupo de burgueses cayera en una espiral de degradación y perdieran la “etiqueta” que les humanizaba. Sin embargo, Buñuel no supo muy bien por qué se inventó aquella historia, aunque tampoco le importaba demasiado. Parecía querer jugar con el espectador y, ya de paso, invitarle a la reflexión. Y es que esta obra se ubica entre el territorio absurdo del surrealismo y las obsesiones retorcidas del director aragonés (un vasto y fascinante universo). Pero es un film que huye, como alma que lleva el diablo, de los símbolos comprometidos, aquellos que, a la fuerza, han de tener significados que van a misa. El cineasta, conciliador o más bien socarrón, solía decir que cada cual era muy libre de interpretar todo lo que estaba viendo en ella. Por muchas preguntas que él también se hiciera.

'El ángel exterminador', de Luis Buñuel

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‘¡Ave, César!’, de Joel & Ethan Coen: nostalgia de un Hollywood surrealista

Cartel de '¡Ave, César!'

¿Cómo se fabricaban los sueños en el Hollywood Dorado? ¿Qué había detrás de aquellas grandes superproducciones que, aún hoy, consiguen sacar al ciudadano medio del blanco y negro de sus vidas cotidianas para escapar en brazos de una saludable fantasía en tecnicolor? Los hermanos Coen nos embarcan en un viaje en el tiempo, con visión panorámica, para contárnoslo y para regresar a un territorio en el que “nunca hemos llegado a estar”, pero produce mucha nostalgia. La visión de la industria del cine de los años 50 se convierte, en ' ¡Ave, César!'  en un espectáculo lleno de ingenio bien afilado, de ironía y un sentido del humor singular, que no es para todo el mundo ni se deja ver todo el tiempo.

El filme se fija en Eddie Manix ( Josh Brolin), un directivo de los grandes estudios que trabaja como “fixer”, un solucionador de problemas de una de las principales productoras de los años 50. En concreto, se ha especializado en cruzadas imposibles, como sacar a las estrellas de verdaderos apuros.  Un buen día, desaparece el actor de moda que protagoniza una carísima superproducción bíblica. Se trata de un actor mujeriego y muy dado a las  juergas (Baird Witlock / George Clooney) que ha caído en manos de una organización llamada El Futuro. Y  comienza entonces la odisea y calvario particular de Mannix.

Dice la campaña de publicidad de '¡Ave, César!' que  es una carta de amor al cine, un homenaje a los grandes estudios y al glamour que envolvía a la industria en aquella época. Y es verdad, pero no tiene nada de complaciente. No estaríamos ante una película de los Coen. Los cineastas más bien prefieren sumergirse en aquella época dorada agarrándose  a un buen personaje, a una narración que tira del ‘absurdo inteligente’, como herramienta para desarrollar una historia singular, pero llena de alicientes envenenados con sarcasmo. 

Y es que la película acaba pareciendo el camarote de los Hermanos Marx, un lugar en el que, inevitablemente, aparecen y   se atropellan todo tipo de disparates: un cowboy con los arrestos suficientes como para hacer cabriolas a lomos de un caballo, pero incapaz de superar una línea de guión; una entrañable ‘horda’ de guionistas comunistas cometiendo un delito por justicia histórica; una ‘Esther Williams’ embarazada ( Scarlett Johansson) en busca de un marido-tapadera; un trasunto de  Hedda Hopper desdoblada en un par de gemelas viperinas ( Tilda Swinton) y hasta un submarino soviético emergiendo, como si tal cosa, en las costas californianas.

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Disección: 'El crepúsculo del los dioses', de Billy Wilder: 'A la altura de una gloria perdida'

Cartel de 'El crepúsculo de los dioses', de Billy Wilder

EL MEOLLO: La cámara se acerca al bordillo de una acera que señala un lugar mítico de Hollywood: Sunset Boulevard (el título original de la película), el corazón residencial de la meca del cine. Allí, en una gran mansión aparece el cadáver de un hombre en la piscina, sacado en uno de los contrapicados más magistrales del cine. Es Joe Gillis (William Holden), un escritor de guiones cuya voz en off, en una fórmula revolucionaria en ese momento, comienza a narrar los hechos que llevaron a su propio asesinato. Seis meses antes, Gillis, escritorzuelo endeudado y sin éxito que pulula por los estudios de la Paramount de los años 50, da con sus huesos en una enorme y ostentosa mansión de la famosa calle, huyendo desesperado de unos prestamistas. Allí conoce a Norma Desmond (Gloria Swanson) una antigua actriz del cine mudo que vive encerrada con su criado Max (Erich von Stroheim) y que sueña con regresar a la gran pantalla, ajena a la realidad de un mundo que se ha transformado y ha olvidado a sus viejas glorias cinematográficas.

La mítica actriz, trastornada y apasionada, consigue convencer a Gillis a través de dinero y chantajes emocionales para que escriba junto a ella el guion de su regreso, estableciéndose entre ambos una destructiva relación de la que el escritor no sabrá cómo zafarse, asqueado y conmovido a partes iguales por la sombra de la diva que fue. Billy Wilder inauguró la década de los 50 con esta obra maestra en la que se atrevió a hacer una crítica de la parte inhumana del cine cuando este apenas había empezado a conocerse a sí mismo. Refrescando los métodos narrativos y del ‘flashback’ que él mismo fraguó en ' Perdición'  y llenando de guiños y cameos su oda a la época muda, el cineasta dejó para la historia este  triste relato de talentos frustrados, dioses caídos y reinas olvidadas. Hasta Robert Aldrich una década después con ' ¿Qué fue de Baby Jane?' nadie conseguiría un relato tan fresco, cruel y conmovedor sobre la cara oscura de la fama.

DETRÁS DE LA CÁMARAS: En 1934,  Dios llegó a Hollywood y no sólo hizo la luz sino que la proyectó sobre fotogramas creando, a partir de ella, magia, genio y oficio en películas inolvidables. Hablamos de Billy Wilder, el genial cineasta de origen austriaco, cuando “el exilio no fue idea suya, sino de Hitler”. Wilder es el autor de la mejor película de cine negro de la historia del cine ( Perdición), de la crónica más desgarradora pergeñada para descender hacia los infiernos del alcohol (' Días sin huella') y de la comedia que encontró la alquimia perfecta entre lo agrio y lo dulce en ' El apartamento', cimentado en un prodigio de guión. Y qué decir de ' Irma la dulce', aunque “esa es otra historia”. En 'El crepúsculo de los dioses' nos brindó la mejor de sus creaciones para burlarse de las miserias de Hollywood y de la fama, para ser cruel, elegante y regalarnos algunas de las secuencias más fascinantes del séptimo arte. Todo ello narrado por un cadáver, de vuelta de todo, que se ríe de su propia suerte.

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A favor y en contra de 'Rashomon', de Akira Kurosawa

Cartel de 'Rashomon'

En los años más crudos de la partición del mundo entre dos bloques de hielo, y cuando Japón apenas había conseguido sobreponerse a su derrota en la Segunda Guerra Mundial, la concepción de la moral de los hombres estaba bajo mínimos en el Imperio del Sol Naciente. Las bombas nucleares lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki dejaron la cultura nipona prácticamente delirando sobre sus restos calcinados. Nadie quería recordar ni revisar ni llorar. Nadie salvo un cineasta emergente y crítico, que ya había sobrevivido a su propio desastre personal, y que decidió que fuera el séptimo arte el que rescatara el miedo de los hombres a los hombres, la delgada línea que separa la verdad de la mentira y el egoísmo innato de la condición humana.

' Rashomon' (1950)  fue la primera obra maestra de Akira Kurosawa y supuso una revolucionaria puesta en escena para ambos lados de la maquinaria de la Guerra Fría.  No era política, ni propaganda, ni siquiera grande en medios ni pretensiones. El cineasta japonés, que ya había despuntado en su país en los peores años de la posguerra, se basó en un cuento escrito por Ryunosuke Akutagawa en 1915 y rodó una historia que trascendió las fronteras de su propia moraleja para darle una lección al mundo sobre el relativismo y la filosofía de los actos humanos.

En el siglo XII, bajo una implacable tormenta, dos hombres (un leñador y un sacerdote) se refugian en las ruinas del Templo de Rashomon. Uno de ellos repite sin cesar: “No entiendo nada”, mientras el otro, a su lado, le mira compartiendo su perplejidad. Ambos han sido testigos de un hecho sin precedentes. Un tercero se acerca a resguardarse y, acuciado por la curiosidad de tales estados de ánimo, les pide a ambos que le cuenten la historia. Así arranca el relato del leñador, la primera de hasta cuatro versiones diferentes de una violación y un crimen, donde un hombre y su esposa caminan por un bosque, un ladrón les asalta, viola a la mujer, y el marido termina muerto. Capturado el delincuente, ante un tribunal, la verdad comienza a difuminarse por las bocas de los testimonios de cada uno de sus protagonistas.

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‘Spotlight’, de Tom McCarthy: un silencio depredador

Cartel de 'Spotlight'

'Spotlight' es el equipo de investigación del diario ‘Boston Globe’.  En esta sección, trabaja un grupo de profesionales que, en 2003, comenzó una  investigación periodística contra la Archidiócesis Católica de Boston. Destaparon el sistemático encubrimiento de casos de sacerdotes pederastas que, durante décadas, abusaron sexualmente de menores en la ciudad. Unos datos escalofriantes que ponen al descubierto una verdad todavía más terrible que se nos queda atragantada en una frase, simple y estremecedora, de uno de los personajes principales, el abogado Mitchell Garabedian ( Stanley Tucci):  “Se necesita a toda una ciudad para abusar de un niño”. La complicidad, a fin de cuentas, de una sociedad que ignorando o enterrando el problema, permitió que sucediera una tragedia humana de estas características.

Frente a ello, la emoción visceral, el instinto casi animal que la búsqueda de la verdad mueve en algunos individuos es el nervio que recorre esta buena crónica sobre periodistas del director  Tom McCarthy. Y en ese ‘recorrido eléctrico’, ' Spotlight' se embarca en una narración sobria, incisiva, seca, elegante. Sin concesiones al melodrama ni a la lágrima fácil. No son necesarios. El apasionante relato de la investigación es suficiente.  Su estilo es discreto, prácticamente invisible y cuenta con un guion bien estructurado que sabe cristalizar una tensión creciente que nos permite disfrutar de momentos de eterno suspense. Los periodistas que realizan la investigación y, de su mano, los espectadores, acabamos desconcertados por la magnitud del crimen desvelado y atrapados por la sensación de mal presagio que nos invade. Una sospecha que acecha en todas las esquinas de una ciudad moralmente acabada.

Y es que es una película que respira autenticidad por todos los poros de su metraje. Desde el principio, en el instante en el que percibimos la pereza y el hastío de los jefes de sección del periódico, cuando el nuevo editor ( Liev Schreiber) les obliga a retomar una investigación incómoda, que quedó traspapelada en noticias de segunda categoría. También queda de relieve en la inteligente decisión de filmar escasos testimonios de las víctimas, los “supervivientes”, para no desviar la atención del encubrimiento de la Iglesia. Logrado está también el fascinante, pero discreto retrato de uno de sus personajes principales, Mike Renzedes ( Mark Ruffalo). Un hombre extraño, inquieto, el periodista más tozudo y decisivo del equipo Spotlight. Un personaje  apenas perfilado más allá de su rol de ‘cruzado de la verdad’ que, sin embargo, está lleno de vida en la gran pantalla.

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‘Anomalisa’, de Charlie Kaufman y Duke Johnson: un llenazo existencial

Cartel de 'Anomalisa'

Está todo dicho y sentido. Puede que no haya ningún sentimiento ni dolor el mundo en el que como individuos podamos ser los únicos, los primeros. Eso lo sabe un genio como Charlie Kaufman desde que era solo un escritor maltratado y por eso su originalidad radica en la búsqueda de repetir de mil formas diferentes un vacío existencial que no deja de reinventarseporque va pegado como un parásito a la condición humana.  Solo busca, de nuevo, un oasis cinematográfico, no de autocompasión como muchos equivocadamente interpretan, sino de autocomprensión. El ideólogo literario de 'Cómo ser John Malkovich', 'Adaptation' y 'Olvídate de mí', se atreve con la animación stop-motion acompañado de Duke Johnson, un genio de las marionetas en tres dimensiones, para componer esta obra maestra sobre el aburrimiento y el amor. Con ello da un paso más tras su fabulosa ópera prima como director, 'Synecdoche, New York'.

Más compleja de lo que aparenta, ' Anomalisa' es una película de animación para adultos atrevida, paradójicamente humana, divertida y desoladora. Todo eso en 90 minutos que resumen la noche que pasa en un hotel de Cincinnati el ‘coach’ Tom, vendedor de ideas de atención al cliente totalmente muerto por dentro, al que únicamente rodea la misma voz, siempre la misma, en las mismas caras, en todas las conversaciones cruzadas y propias. Los rostros ensamblados de Kaufman se cruzan con el protagonista como un cromo repetido que no hay manera de intercambiar, hasta que una voz diferente, la de Lisa, aparece en medio de la noche para otorgarle unos instantes de vida auténtica.

Podría ser una comedia negra si no estuviera plagada de tristes existencias. Podría ser un drama si no se le viera la simpática ironía abultada en sus bolsillos. Así que puede ser  cualquier cosa que queramos.  Como si su director nos diera a elegir nuestra propia aventura, un sef-service cinematográfico de emociones donde picotear para deleitarnos en sus momentos de éxtasis o acurrucarnos en un rincón cuando todo se desvanece. Con admirables parecidos a Her, de Spike Jonze, el universo de Kaufman es adorable y cursi, desolador y gris, se ilumina y se apaga con cada frase, y en esa montaña rusa o te dejas dar vueltas o las conclusiones te superan.

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'La gran apuesta', de Adam McKay: cinismo tragicómico sin moraleja

Cartel de 'La gran apuesta', de Adam McKay

' La gran apuesta' es una de esas películas que no pretenden despertar conciencias dejando al descubierto las terribles injusticias que produjo un sistema financiero diseñado para engañar a sus clientes. No es su estilo. Más bien se atrinchera en la sorna para hacer su denuncia con buen humor negro, cinismo, una estética audaz y mucha irreverencia. Esel lenguaje con el que director, Adam McKay, pretende llamar la atención sobre el lamentable espectáculo de los excesos que se cometieron en los tiempos previos al desplome de la economía mundial, entre 2005 y 2008.

En primera línea de fuego, nos presenta a un puñado de personajes que aunque no pertenecían a la órbita de Wall Street, sí tuvieron la lucidez o la astucia suficiente de ‘apostar’ contra los bancos o lo que es lo mismo, contra la economía mundial, cuando intuyeron que se avecinaba el cataclismo de la crisis financiera del 2008. Son unos protagonistas perfectos para esta sátira realista: unos tipos tan inmorales como el sistema que pretendían burlar. Todos ellos quisieron sacarle ‘tajada’ a la gran farsa, siendo plenamente conscientes de que, a su alrededor, en sus conciencias, resonaría el eco de un sinfín de historias trágicas. Es decir, la miseria y la desgracia de millones de personas en todo el planeta que perdieron sus hogares, sus empleos, sus pensiones, su vida.

'La gran apuesta' abre el telón y mantiene el interés echando mano de una estética algo bizarra, astuta y estrafalaria. Puro entretenimiento. Al fin y al cabo, teníamos que conocer la Sodoma y Gomorra que edificó Wall Street; la burbuja de lujo, fantasía hortera y sangrantes contradicciones que se estuvo construyendo, desde hace décadas, en torno a una riqueza que nunca llego a existir. No para todos. Por ello, Adam McKay se afana en preparar un grandioso espectáculo donde un vértigo inteligente se apodera del montaje de la película, por el que discurren, de forma frenética, todo tipo de excesos visuales, videoclips y juguetes narrativos.

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