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David Bowie: 'starman' de cine

David Bowie en 'Dentro del laberinto' (1986)

Era uno y cientos al mismo tiempo. Su capacidad para reinvemtarse, su asombroso carisma y un talento incombustible como artista, compositor y productor musical le convirtieron en una de las figuras musicales más influyentes del siglo XX. Con su álbum 'Next Day' de hace dos años regresó a la música  después de una década silenciosa. Tuvo una excelente acogida de público y decidió probar suerte de nuevo hace tan solo unos días con la publicación de 'Blackstar', su último trabajo, más íntimo y retraído. El Duque Blanco, el extraterrestre Ziggy Starsut, el cocodrilo incurable, el astronauta a la deriva no solo deja una amplísima discografía que seguramente ahora será reeditada y machacada, sino también un férreo paso por la historia del cine contemporáneo.

En Cinetario queremos rendir un pequeño homenaje al paso de Bowie por el celuloide, que no ha sido precisamente escaso. Este genio británico siempre dejó que su capacidad para ser un camaleón de ficciones y su fascinación por el cine fueran evidentes desde los años 70, cuando el glam, el rock y el concepto de vinilos conceptuales se unieron para formar parte de su mejor discografía. Así intentó reflejarlo Todd Haynes en la película 'Velvet Goldmine' (1998), pseudo-biopic sobre los años locos de Bowie, honesta con el tiempo que retrataba pero excesivamente maquillada en especulaciones.

Al margen de su vida y estridencias, creemos que desde el Major Tom de 'Space Oddity' hasta su legendario 'Ziggy Stardust', los personajes de sus discos no son sino almas cinematográficas a las que dio vida a través de sus composiciones. Además esa tónica permanecería en las tres décadas posteriores y David Robert Jones seguiría regalándonos su mirada bicolor y sus canciones tanto en escenas como en títulos de crédito iniciales y finales, que consiguió hacer más carismáticos solo con sus letras o su presencia.

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Disección: ‘Apocalypse Now’, de Francis Ford Coppola. ‘Sobre el filo de una navaja’

Foto: cinetario.es

EL MEOLLO: El capitán del ejército estadounidense Benjamin L. Willard (Martin Sheen) combate en dos guerras. Primero la suya interior, enfrentado a sus sangrantes y alucinantes demonios ante un premonitorio 'The End' en una calurosa y claustrofóbica habitación de hotel. Y en segundo lugar, la Guerra de Vietnam, ese conflicto cuya derrota norteamericana ha sido la más rentable jamás pensada. En pleno delirio alcohólico, Willard recibe la misión de adentrarse en un lugar recóndito de la jungla de Camboya para apresar y asesinar a un ex boina verde, el coronel Walter E. Kurtz (Marlon Brando), que ha renegado del ejército y ha creado su propio imperio entre los nativos, quienes le adoran y veneran como un dios.

El viaje que emprende por el río y la selva al encuentro de este personaje, junto con varios soldados, algunos pasados de rosca y otros enganchados a las drogas psicotrópicas, se convertirá en una travesía de transformación interior que termina afectando a la propia película, cada vez más irreal, más onírica, más sorprendente y gratificantemente incómoda, que obtiene su mejor catarsis en el encuentro entre Willard y Kurtz, un duelo interpretativo que ha pasado a ser referente del existencialismo, la angustia y el poder. Adaptación de la novela de Joseph Conrad ' El corazón de las tinieblas', Francis Ford Coppola cambió el África colonial del siglo XIX retratado en el libro por la jungla vietnamita (aunque rodada en Filipinas), creando una de las películas bélicas más asombrosas del séptimo arte, objeto de miles de lecturas y engalanada en 2001 con una versión etiquetada como 'Redux' a la que se añadieron 49 minutos de escenas eliminadas de su montaje original de 1979. Con multitud de premios, entre ellos la Palma de Oro de Cannes, 'Apocalypse Now', con un reparto completado –en porciones- por Robert Duvall y unos jovencísimos Lawrence Fishburne, Dennis Hopper y Harrison Ford, sigue siendo un auténtico descenso al averno, de esos de los que despiertas sudando y con las manos temblorosas después de haber sentido su apología del miedo.

DETRÁS DE LAS CÁMARAS: De Michigan al cielo de su éxito y al infierno retratado en sus primeras películas. Hablar de Francis Ford Coppola es entrar de lleno en la historia del mejor cine de todos los tiempos, siendo como fue dueño de toda la década de los 70 del siglo pasado. Sin haber cumplido los 30 años, y tras haber estudiado cine en Los Ángeles, este estadounidense de ascendencia napolitana, enfermo infantil de poliomelitis y adicto a las marionetas y al cine de John Ford (por el que se inventó su primer apellido), llamó la atención de una industria en pleno aperturismo de géneros como asistente personal del genio Roger Corman. Tras una historia olvidada de mediometrajes eróticos, fue esta relación de amistad y devoción la que le permitió rodar su primera película, ' Dementia 13' (1963), hoy en día catapultada a los altares pese a su bajísimo presupuesto y su escasa factura. A partir de ese momento comenzaron a aflorar en largometrajes como 'You’re a Big Boy' (1966) o 'The Rain People' (1968) algunas de las cuestiones clave de su cine como la juventud, el sometimiento emocional y los traumas existenciales. Todos ellos confluyeron de manera definitiva en el oscarizado guion que redactó junto a Edmund North para la fabulosa ' Patton'  (1970), dirigida por Franklin J. Schaffner. Su total incursión en el cine bélico, no obstante, todavía se haría esperar, puesto que el siguiente encargo que recibió de la Paramount Pictures fue la adaptación de ' El Padrino', novela homónima de Mario Puzo –con el que escribió el guion- que prácticamente se acababa de publicar, que terminaría convertida en una soberbia trilogía y que le consagraría como uno de los cineastas más influyentes del mundo. Su trabajo con Marlon Brando, Al Pacino o Robert Duvall resulta todavía absolutamente perfecto, como el que añadiría con Robert de Niro en 'El Padrino II' (1974). Entre medias de ambas entregas y en pleno éxtasis de inspiración rodó ' La conversación' (1974), una bellísima y triste historia de espionaje y saxofones protagonizada por Gene Hackman que todavía hoy no consideramos suficientemente reivindicada.

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‘Sicario’, de Denis Villeneuve: la inercia de un mal sueño

Cartel de 'Sicario', de Denis Villeneuve

' Sicario' es un escalofrío que recorre el estado de ánimo del espectador como una descarga emocional de alto voltaje. Hay algo de mal presagio en todas y cada una de sus secuencias. Algo de liturgia que te prepara para presenciar un instante de epifanía desoladora donde todo lo que hay que saber sobre la oscuridad de la condición humana queda dicho y comprendido.

La agente del FBI, Kate Macer ( Emily Blunt), comienza a sospechar la verdad desde los primeros minutos de la extraña misión en la que acaba de enrolarse. Ha decidido formar parte de un operativo de agentes especiales de la CIA que, al margen de los conductos oficiales, luchará contra el narcotráfico mexicano. Kate ya ha vivido lo suyo, ha conocido la barbarie y parece que nada es capaz de impresionarla. Sin embargo, todavía conserva ciertas convicciones que chocarán de plano con la manera sucia con la que sus colegas tratan de vencer la violencia despiadada del cártel al que se enfrentan. Entre ellos, se encuentran el jefe de su misión, un flemático y cínico Josh Brolin y un incómodo ‘lobo’ solitario llamado Alejandro. Un sicario colombiano  protagonizado  por un   Benicio del Toro magistral, brillante, en auténtico estado de gracia.

El guión de 'Sicario' es una hábil maquinaria de narración cinematográfica llena de acción, tensión y humanidad. Durante dos horas, la película tiene la capacidad de envolver al espectador en una atmósfera de paranoia y de desconfianza, en una encerrona emocional donde casi acaba faltando el aire. La angustia cobra intensidad en tres grandes secuencias prodigiosas. Aquella con la que arranca la película, donde la protagonista irrumpe en una casa para realizar detenciones y acaba tropezándose con un cementerio demasiado frecuentado. En segundo lugar, el recorrido por un túnel sin final, ‘escarbado’ en el desierto, donde el operativo de agentes pretende darle el golpe de gracia al cártel de la droga. Y por último, especialmente fascinante resulta el  atasco de tráfico que viven los protagonistas a la salida de Ciudad Juárez. Una huida del infierno que queda en suspenso, con la inercia de un mal sueño. Quedan retenidos en medio de un peligro inminente que no termina de desencadenarse. Como explicó el propio cineasta, Denis Villeneuve, su intención era mostrar a “una araña inmóvil; asusta mucho más que una en movimiento. Intenté aplicar esa misma idea a la escena”, en sus palabras. Desde luego, el nivel de tensión que llega a alcanzarse es impresionante; hacía tiempo que no se dejaba ver en la pantalla un suspense tan definitivo.

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A favor y en contra de 'Qué bello es vivir'

'Qué bello es vivir', de Frank Capra

“La vida de cada hombre afecta a muchas vidas. Y cuando él no está, deja un hueco terrible”. Un abismo. Mucho más grande que el que se abría, con el ímpetu de un río, ante un tipo llamado George Bailey ( James Stewart). Un hombre que, amargado, desea una y otra vez no haber nacido. Hasta que la frase hecha y deshecha por la desesperación se escucha en el cielo donde deciden darle una lección. Le envían a Clarence (Henry Travers), un ángel cachazudo, sin alas, más extraviado que caído y algo tontorrón y le dan una misión: mostrarle a Bailey qué es lo que le hubiera ocurrido a su pueblo y a sus gentes si él jamás hubiera existido. El resultado es ' Qué bello es vivir' , de Frank Capra, una fantasía loca, bella, cristiana y sentimental, pero con la suficiente imaginación y mala leche como para convertirse en una inmortal obra maestra.

George Bailey es un hombre ingenuo, simpático, que vive en un pueblo llamado Bedford Falls y que se quedó sordo del oído izquierdo cuando, de niño, salvó a su hermano de morir ahogado. Y ahí comenzó su condena. Empezó a recorrer una vida, que sentía como prestada, porque tuvo que renunciar a todos y cada uno de sus sueños. Y es que siempre entorpecían los planes de otros, de muchos otros. Incapaz de escapar de su buen corazón, George dirige con muchas dificultades la empresa familiar de préstamos y consigue que muchos vecinos sin recursos de su localidad tengan su propio hogar. En su camino, siempre se cruzará con los intereses del despiadado banquero, el Sr. Potter (un malo de manual, tremendo Lionel Barrymore) el hombre de negocios cínico que, en realidad, no soporta la visión de George, quizás el tipo que podría haber llegado a ser él mismo si le hubiera tenido menos miedo al mundo.  En cualquier caso, Potter aprovecha el ‘oportuno’ descuido de un tío de Bailey, compañero de trabajo, para conducirle a la idea del suicidio.

'Qué bello es vivir' es, precisamente, una película superviviente. Un film creado por el imprescindible Frank Capra que soporta, con el paso de las décadas, la insistencia de los programadores de televisión, que la pasan una y otra vez por la pequeña pantalla, los chascarrillos de los espectadores que nunca la vieron, o el sambenito de historia gravemente edulcorada que le persigue sin hacerle justicia. Y, sin embargo, quien se acerca a ella sin prejuicios, se encuentra con una película inteligente e irónica. Ágil, llena de guiños ingeniosos sobre el amor, las diferencias sociales y las cosas de la vida, es una película que toca la fibra sensible con descaro y sin ningún tipo de complejos. Tiene, además, un gusto visionario por mezclar géneros (ese cuento que se topa con el melodrama bien humorado) y una crítica tan ingenua como imprescindible hacia un capitalismo insaciable que devora a sus propios hijos.

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‘Beasts of No Nation’, de Cary J. Fukunaga: ‘Un niño lo es todo’

Cartel de 'Beasts of No Nation'

“Es solo un niño”, dice el coronel de una facción rebelde en algún país de África, tras encontrar en la selva a un muchacho asustado y perdido, que huye del horror y de su propio miedo. “Tiene dos ojos para apuntar y dos manos para coger un arma. Un niño lo es todo“, le responde su comandante. Y ese es el momento el que Agu deja de ser precisamente eso: un niño. Antes vivía con su familia en una zona protegida de una nación sin nombre en plena guerra civil. Pero ese ‘antes’ se va difuminando poco a poco conforme se entrega a su nueva familia: un ejército de niños y jóvenes que siguen a un jefe mesiánico y carismático que deja un rastro de sangre en su supuesto camino a la libertad.  La causa por la que terminan luchando se pierde en algún momento de sus vidas, cuando mutan a una forma de muerte continua, la que da matar por matar.

' Beasts of No Nation' es la tercera película del cineasta estadounidense Cary J. Fukunaga, creador de la maravillosa 'Jane Eyre' de 2011 y de la ya casi mítica primera temporada de la serie 'True Detective'. La gran apuesta de la plataforma Netflix en su faceta de producción dejó sin habla al público del pasado Festival de Venecia y ya se encuentra recabando apoyos en su camino hacia los Premios Oscar. No es para menos en este caso. Se trata de una película casi perfecta, comprometida, cruel y bella, que recoge el testigo de la labor que Amnistía Internacional lleva décadas denunciando y que el cine español puso de largo en todo el mundo con el apabullante cortometraje 'Aquel no era yo': los niños soldado.

En esta suerte de 'Apocalypse Now', la jungla vietnamita se traslada hasta África para mostrarnos la bajada al infierno del pequeño Agu (absolutamente sobrenatural la interpretación de Abraham Attah) y el napalm se convierte en el polvo marrón de las balas, disparado y esnifado para aguantar el terror que siembra a su paso ese escuadrón de la muerte formado por pequeños que aprenden a matar antes que a vivir. Les guía El Comandante, un Idris Elba (el inolvidable Stringer Bell de 'The Wire' y también el mimetizado 'Mandela ') que desde el principio se erige un tótem de barro y violencia, padre y verdugo de todos. Con él aprenden que la única forma de existencia es el exterminio, pero también que es  imposible extirpar la infancia de cada rincón del ser.

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Disección: 'Memento', de Christopher Nolan. 'No me acuerdo de olvidarte'

Cartel de 'Memento', de Christopher Nolan

EL MEOLLO: Leonard (Guy Pearce), antiguo agente de seguros, no puede guardar nuevos recuerdos a causa de un brutal golpe recibido en la cabeza. A modo de epitafio, su memoria se ha detenido en un hecho trágico: la violación y muerte de su esposa. El suceso le dejó  atrapado para siempre en el dolor y en el odio. Por eso, aunque corra el riesgo de no poder acordarse de ello, Leonard sabe que tiene que vengar el crimen. Para ello crea un complejo sistema de pistas, que se va dejando a sí mismo, y que le permitirá recordar los avances de su investigación. Anotaciones, Polaroids, tatuajes en la piel y los automáticos ‘condicionantes’ son los únicos apoyos que tiene para lograr su objetivo sin que las mentiras de la gente que le rodea, ni siquiera las suyas propias, reescriban sin piedad su patética historia, una y otra vez.

Christopher Nolan / Imdb

Christopher Nolan / Imdb

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‘Truman’, de Cesc Gay: ‘Morir como se pueda’

Cartel de 'Truman', de Cesc Gay

Solo porque guarda entre sus secuencias el abrazo más conmovedor de la historia del cine español, ' Truman' ya merece la pena. Sucede entre un padre y su hijo. En unos cinco o seis planos, sabemos lo que ambos están sintiendo, si ‘saber’ es la palabra adecuada. Es sencillo, arrebatador, transparente. Es una de las decenas de chispas visuales con las que esta nueva película de Cesc Gay acaba convirtiéndose en una llamarada emocional, interiorizada y viva.  De nuevo en tándem con el actor, escritor y dramaturgo Tomás Aragay, el cineasta catalán ha querido convertir los elementos de guion que mejor domina -diálogos, personajes, naturalismo- en probablemente su mejor película, dándose codazos con ' En la ciudad' en ese podio.

Pero más allá de ese abrazo, casi todo es admirable en 'Truman'. Cuenta la llegada de Tomás ( Javier Cámara) desde Canadá hasta Madrid para visitar a su amigo Julián ( Ricardo Darín) que ha decidido no combatir el cáncer que padece y dejarse morir. Con sus planos casi siempre fijos, la anatomía de su historia se resuelve sin casquería sentimental. Algo que puede parecer imposible, con un punto de partida tan difícil, por melodramático y aparentemente facilón. Sin embargo Cesc Gay convierte un relato sobre la muerte en una agria semicomedia plagada de su obsesión por la amistad, la lealtad y el respeto.

¿Cómo se hace eso? ¿Cómo, previendo un traumático descenso a los infiernos, resulta ser todo lo contrario, un ascenso a la resignación de “morir como se pueda”? Probablemente dejando que suceda. Julian y Tomás avanzan por los cuatro días que permanecen juntos sin hacerse muchas preguntas pero respondiendo a casi todo. La factura más impecable de la película es sin duda el haber puesto el foco sobre ambos. Uno se muere, el otro no. Pero ambos sufren, ambos se quieren lo mismo, ambos tratan de comprenderse. Y evolucionan al final tomando la actitud del perro de Julián, cuyo nombre da título a la película, y que no puede hacer nada por impedir lo que le pasa, salvo imponer su miradas brillantes y la devoción a su dueño.

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‘Marte (The Martian)’: un Robinson Crusoe con prisa por sobrevivir

Cartel de 'Marte (The Martian)', de Ridley Scott

Mark Watney (Matt Damon) es un miembro de la tripulación de la nave Hermes que se queda solo y atrapado en Marte tras una gran tormenta. Sus compañeros no tuvieron más remedio que escapar del planeta rojo poniendo rumbo a la Tierra, así que él se ve obligado a echar mano de su ingenio y de sus conocimientos para superar lo que, a todas luces, parece una situación insalvable. Le quedan escasos suministros de oxígeno y de alimentos. Tampoco tiene  ninguna posibilidad de contactar con la NASA y poder decirle al mundo que sigue vivo.

' Marte (The Martian)' es una película que nos permite reconciliarnos con Ridley Scott tras sus últimos fiascos en la gran pantalla. A su favor cuenta con una narración clásica y su sobriedad a la hora de plantear y desarrollar un argumento de ciencia ficción, sin grandes efectos ni arrebatos especiales, pero con una historia bastante potente. Y sobre todo, cuenta con ingeniosos monólogos puestos en escena, de manera brillante, por Matt Damon. Watney es un tipo que afronta su adversidad con una especie de optimismo desencantado, poco creíble, pero con un sentido del humor verdaderamente irresistible. La interpretación del actor y sus soliloquios para la posteridad, un alarde de ingenio, son lo más sobresaliente de la película.

El film ofrece, además, alucinantes recreaciones del paisaje desértico marciano, y una producción exquisita, muy cuidada, como las que el cineasta ha sabido brindarnos en todas y cada una de sus películas. Un fabuloso envoltorio que se ve  coronado por una banda sonora  donde se dan cita grandes éxitos de los 70. En ella nos podemos encontrar desde el previsible tema 'I will survive', de Gloria Gaynor, a la sublime 'Starman', de David Bowie, pasando por la pizpireta 'Waterloo', de ABBA.

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‘Loreak (Flores)’, de José Mari Goenaga y Jon Garaño: ‘Soledades cruzadas’

Cartel de 'Loreak (Flores)'

Meses después de las nominaciones por sorpresa que obtuvo en la última edición de los Premios Goya, ' Loreak  (Flores)' ha disfrutado en las últimas semanas de una merecida segunda vida gracias a su elección como representante española para optar a la nominación en los Oscar. Nos resulta imposible saber si la Academia de Hollywood sabrá apreciar el enorme diamante que esconde esta película. Por eso quizás también nos es indiferente el resultado. Simplemente nos gusta que haya remontado su vuelo discreto y silencioso en las salas de cine, armada tan solo con su sencillez y sinceridad visual. Rodada en euskera y amada por un público que no ha dejado de admirarla tras todo este tiempo, esta película del tándem Goenaga-Garaño respira esa honestidad de los melodramas humildes, tan necesarios como difíciles de encontrar.

Sucede aquí que las flores se convierten en el punto de unión de tres mujeres. Ane (Nagore Aranburu) las recibe cada semana en su casa, a la misma hora y de un admirador anónimo. Y le gusta. Le gusta tanto que apenas puede explicar todo lo que supone para ella. Ni siquiera a su marido, que no entiende su leve sonrisa y satisfacción. Por eso se las lleva siempre a su oficina, un barracón en unas obras, donde las cuida y las contempla. Por allí trajina en grúas y andamios Beñat (Josean Bengoetxea), que vive con su pareja (Itziar Ituno)  y su hijo. Su mujer también persigue un misterio en forma de flores: las que alguien coloca semanalmente en la curva de una carretera, un hecho que también confluye con la memoria perdida de su suegra (fantástica Itziar Aizpuru).

Flores por todas partes. No captamos su olor. No sabemos quién las manda, quién las pone, qué significan, por qué se mueren. Solo dan color a unos personajes grises que se mueven por una inercia que apenas si les sirve para comunicarse. Sí sabemos que con esos ramos abren más sus ojos, se les instala en una fría rutina, en la tristeza cómoda de sus vidas, ese elemento distorsionador que es imposible ignorar porque recuerda a algo parecido a sentir. Esas son las pacíficas armas de José Mari Goenaga y Jon Garaño para esta película, junto con una espléndida fotografía de Javi Agirre.

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‘Operación U.N.C.L.E.’, de Guy Ritchie: ingenio al servicio del Telón de Acero

Cartel 'Operación U.N.C.L.E.'

Todo en ' Operación U.N.C.L.E.' tiene mucha clase. Sus personajes protagonistas, la cuidada banda sonora,  la manera ‘cool’ de darse un garbeo pop por los años 60 y su acción trepidante y perfectamente coreografiada. Guy Ritchie imparte una magistral lección de estilo. Se lo pasa bomba haciendo de las suyas detrás de la cámara para sumergirnos en una película con nervio, humor y glamour, pero que a ratos parece olvidarse de la historia que cuenta.

Y esta no es otra que una película de espías, basada en la serie de culto de los años 60 ' El agente Cipol', que tiene la ocurrencia de meter en un mismo operativo a un agente de la CIA (Napoleón Solo / Henry Cavill) y a otro de la KGB (IlllyaKuryakin / ArmieHammer) para emprender una misión internacional común: intentar acabar con una organización secreta, con raíces nazis, que podría estar desestablilizando la inquietante paz de la Guerra Fría. La chica de la película (fabulosa y bella Alicia Vikander) es la que tiene la clave a la hora de desmantelar la sociedad criminal, pues su padre, un científico del Tercer Reich que desapareció hace tiempo, podría estar ayudándola a desarrollar armas nucleares.

En la película, hay momentos en los que Guy Ritche se pone demasiado estupendo. Tanto ejercicio de estilo abruma y pone en peligro el interés que podría haber despertado la trama si se hubiera confiado en ella y se la hubiera dejado transcurrir a bordo de una narración cinematográfica más sencilla. Sin embargo, también es cierto que 'Operación U.N.C.L.E.'  seduce precisamente por sus secuencias originales, su aire de surrealismo sofisticado y por permitirse extravagancias cómicas como emprender una persecución de coches con un mapa de calles en la mano. En el film hay momentos memorables que muestran un ingenioso y retorcido sentido del humor, como aquella secuencia en la que Solo, en plena huida,  se esconde en un camión donde acaba pasándoselo en grande disfrutando de un buen vino y escuchando una arrebatadora melodía italiana. Mientras contempla, al otro lado de la ventanilla, cómo su compañero Kuryakin se debate entre la vida y la muerte a bordo de una lancha. Hay que verlo para entender su grado de mala leche.

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