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Disección: ‘Centauros del desierto’, de John Ford. 'Los que buscan sin descanso’

Cartel de 'Centauros del desierto' / Foto: cinetario.es

EL MEOLLO: Es 1868 y en pleno desierto de Texas una mujer se asoma al umbral de una puerta. La vemos desde detrás, recortada en una sombra, en uno de los planos cinematográficos más simbólicos del cine. Ella y los miembros de su familia reciben a Ethan (John Wayne), que regresa de la guerra. Un hombre frío, rudo y acostumbrado a la barbarie, con enormes y casi justificados prejuicios raciales, pero que tendrá que enfrentarse a algo peor: en una emboscada y mientras él se encuentra de expedición, los comanches asesinan a toda la familia menos a su sobrina Debbie (Natalie Wood), a la que se llevan secuestrada. Emprenderá así una búsqueda sin descanso, primero acompañado de los mandos civiles del condado, y después en solitario junto a su sobrino mestizo Marty (Jeffrey Hunter), con el que mantiene una despótica relación debido a su sangre cherokee. Basada en la novela original de Alan Le May ' The Searchers' (también el título original de la película), ' Centauros del desierto' es probablemente el mejor western de la historia del cine. Asombrosa de principio a fin, constituye un auténtico manual para revolucionarios en el que John Ford vertió toda su legendaria maestría, explotó y renovó las técnicas de realización en exteriores, e influyó en décadas posteriores y en todo tipo de géneros. Estos míticos centauros nos llevan a una búsqueda infinita, a un descubrimiento terrible pero sospechado, a una oportunidad para ser libres, y a un aprendizaje para aquel que no comprende “que se pueda perseguir algo sin descanso”.

DETRÁS DE LAS CÁMARAS: El western se llamó así por una simple localización geográfica. Si no, hubiera llevado el nombre de John Ford . Muchas más cosas tendrían que haberse bautizado así, en realidad. Medio siglo dedicó este grande entre los grandes a explorar todas las facetas del séptimo arte, a innovar, a bucear en la historia de su país. Un patriota crítico y rotundo , que llegó a ser contraalmirante de la Armada norteamericana, pero que aprovechó su prolífica carrera cinematográfica para dejar señalada con su pipa una butaca entre los reyes absolutos del celuloide . A la fabricación de su profesionalidad contribuyó la escuela del cine mudo , desde sus inicios con Universal y de la mano de su hermano Francis, hasta su contrato con la Fox, que le permitió en los años 20 comenzar a desplegar su talento en todo tipo de géneros, aunque fue con la superproducción 'El caballo de hierro'  (1924) cuando comenzó a dejarse mimar por una industria que comenzaba a apostar fuerte por las batallas entre indios y vaqueros . Varios ensayos de películas en los que mezclaba comedia, drama y acción como 'Tres hombres malos' y 'Cuatro hijos' , hicieron que Ford cabalgara siempre con relativa comodidad entre géneros y que se anticipara al cine crepuscular , centrado en el sacrificio y la muerte, que se violentaría con los años.

Foto: cineclasico.com

Foto: cineclasico.com

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‘Calvary’, de John Michael McDonagh: ‘Un dios que no comprende todo’

Cartel de 'Calvary' / Foto: Imdb

La película abre con el plano fijo de un confesionario. En penumbra, para que los pecados puedan salir con discreción. En la imagen sólo vemos a un sacerdote. Al otro lado, fuera de plano, se escucha una voz que puede ser de cualquiera, aunque el cura sabe que tiene un nombre. “Probé semen, por primera vez, a los siete años de edad”, se oye. En seguida, el ‘pecador’ confiesa haber sido violado de manera sistemática por otro sacerdote. El dolor que asoma por el rostro del padre James Lavelle (inmenso Brenda Gleeson) es amargo. La tragedia le suena demasiado. Pero el hombre sigue con su relato y acaba despidiéndose dejando un desafío en el aire: “Le mataré porque es usted inocente”. Y le da una fecha, lo hará el próximo domingo.

El arranque de Calvary es demoledor. Impactante, pero también temerario, nos dice mucho del espectáculo ante el que estamos a punto de rendirnos sin condiciones. Porque Calvary es una película ante la que es muy difícil pasar de largo. Resulta desoladora sin dejar de mostrar un gusto peligroso por el humor negro y sórdido. Y es una rareza dentro de la cartelera, entre otras razones, porque cuenta con algunos de los diálogos más brillantes que se han dejado escuchar en los últimos tiempos.

El sacerdote tiene siete días para dejar las cosas en orden, cerrar una conversación con su hija, que siempre parece quedar pendiente, e intentar ayudar a algunos de los habitantes de la aldea irlandesa donde está su parroquia. El espectador, además, tiene dos horas para descubrir quién está detrás de la amenaza. Un interrogante que pronto queda en un segundo plano ante el patético espectáculo que comienza a desarrollarse. Y es que el calvario del sacerdote no anda muy lejos, porque supone recorrer los infiernos que encierran las almas de los habitantes del pueblo. Feligreses que nunca tiraron de Fe, precisamente, para ‘tomarle las medidas’ a su dolor, como diría John Lennon.

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‘El tercer hombre’, de Carol Reed: ‘La muerte es solo un contratiempo’ vs ‘El mal enterrado ciudadano Lime’

Foto: 400films.com

Ella avanza con la mirada en el suelo y el paso decidido. A su alrededor, las hojas de los árboles caen con indiferencia. Aunque protagoniza la escena, la contemplamos lejana; más cerca de nosotros, Holly Martins, apoyado en un viejo carromato, la observa; de vez en cuando, desvía la cabeza. La cámara está fija y la alameda es larga. En concreto, mide casi dos minutos y medio de metraje. Pero la bella y distante Anna Schmidt sigue su camino manteniendo su rostro hierático. Pasa de largo, un último gesto de crueldad inevitable, sin prestar la más mínima atención a su enamorado, quien no espera gran cosa de su insistencia, pues es un romántico insufrible que permanece allí. Por si acaso, nuestra protagonista se pierde en un primer plano y Martins, sin moverse de su sitio, enciende un cigarrillo. El humo del pitillo nos ofrece el fundido a negro.

Cuentan que Carol Reed, director británico de 'El tercer hombre' , y Graham Greene, guionista del filme y grande de la literatura universal, mantuvieron encendidas disputas porque no se ponían de acuerdo con el final de la película. En la novela previa que Greene siempre se veía obligado a escribir antes de abordar un guión cinematográfico, la muchacha coge del brazo a Martins mientras desaparecen de la vista del narrador. Una concesión a la esperanza, un desenlace ambiguo, demasiado cínico, que no casaba con la visión de un cineasta empeñado en no dar tregua a una historia de amor que nunca existió o que, sencillamente, fue de otro. Sin embargo, y a pesar de contener el desenlace más perfecto jamás contado, Greene tenía razón, su historia era tan cínica como la Europa que sobrevivía al impacto de la Segunda Guerra Mundial, el escenario de esta película.

Dejarse llevar por esta película, la más grande del cine británico, es sumergirse en una historia brillante, ágil, llena de personajes desencantados que frecuentan una Viena amenazadora donde siempre hay alguien observando de manera inquietante detrás de una ventana, o acechando mientras se fuma un cigarrillo a la vuelta de la esquina, o escudriñando una escena mientras se deja una conversación en el aire. La atmósfera lograda es única, con calles frecuentadas por potentes claroscuros y atrapadas en encuadres al bies (herencia del expresionismo alemán), que pierden el equilibrio cada vez que se avecina un momento de tensión emocional o de suspense policiaco.

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‘Citizenfour’, de Laura Poitras: ‘La mayor arma de opresión’

Cartel oficial del documental 'Citizenfour'

Un simple bono de metro puede destripar nuestra intimidad. Puede ser la puerta abierta para conectar con registros bancarios personales, con la huella digital que dejamos, o con las llamadas de teléfono y los mensajes que lanzamos. Mientras, creemos estar a salvo. Amos y señores de nuestra vida personal. El mundo parece estar conectado de manera inquietantey en esta red en la que nos vemos atrapados, sin venir a cuento, tenemos espectadores.

El ojo que todo lo ve o el Gran Hermano de Orwell parecen convivir en Citizenfour, pero sin ser una creencia, un inquietante personaje virtual o una criatura alumbrada por la ciencia ficción. Según el documental de Laura Poitras están aquí y ahora, entre nosotros, espiándonos y tienen un único nombre. Se llama NSA. Se trata de la agencia de inteligencia de EEUU que se encarga de todo lo relacionado con la seguridad en materia de información. Y de hecho, es la protagonista del mayor escándalo destapado en los últimos tiempos por un héroe cuestionado, otro gran enigma: Edward Snowden.

Este antiguo trabajador de la NSA desveló que la agencia intercepta continuamente las comunicaciones de ciudadanos de todo el mundo a través de correos, de búsquedas de Google, de registros bancarios, de manifestaciones ingenuas a través de las redes sociales. Es así, al parecer, desde el 11-S, cuando se instauró un control férreo de la información en aras de la seguridad nacional y ante posibles amenazas terroristas. Y este hombre, traidor para el Gobierno de su país, decidió denunciar esta violación de los derechos civiles filtrando a la prensa todo lo que sabía.

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'Mommy', de Xavier Dolan: 'Cine desnudo y de ventanas abiertas'

'Mommy', de Xavier Dolan

– ¿Tú y yo nos queremos aún?

– Es lo que mejor hacemos.

Si el cine sigue siendo el cine es porque permite hacernos creer que el mundo deshumanizado e individualista en el que vivimos de vez en cuando deja que tres piezas aparentemente sueltas y perdidas se encuentren y encajen en el algún rincón del puzzle. Puedes decidir no creértelo, instalarte en el escepticismo y llevar el descreimiento por bandera hasta la muerte. O puedes disfrutarlo, como ficción o como la historia que una vez, en algún sitio, pudo ser verdad. El joven cineasta canadiense Xavier Dolan ha asimilado como irrenunciable esa capacidad para hacer confluir disfuncionalidades y extrañezas en el centro de su universo, un universo mágico, tramposo y musical. Tan extravagante como exquisito. Y tan personalista que resulta simpático y acogedor por la sinceridad desprendida de sus historias.

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