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‘Green Room’, de Jeremy Saulnier: borbotones de sangre punk

El director de la sangrienta y triste 'Blue Ruin' encierra ahora a una banda de música en el local de unos neonazis dispuestos a tapar un crimen

La violencia, la frialdad y la muerte vuelven a marcar el estilo de un cineasta que comienza a hacerse grande en el circuito independiente

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Cartel de 'Green Room'

Cartel de 'Green Room'

Del azul al verde. Así ha trascurrido la carrera del cineasta estadounidense Jeremy Saulnier en tan solo dos años. Cuando ' Blue Ruin' aterrizó en algunas (pocas) pantallas de todo el mundo hace tres años, algunos nos quedamos sorprendidos de reencontrarnos con un espectáculo sangriento de tanta elegancia y absoluta dedicación. Ni Tarantino, ni los hermanos Coen, ni el más recientemente aclamado Nicolas Winding Refn, se habían terminado de tomar del todo el serio los baños visuales de hemoglobina. Todos ellos los habían puesto al servicio de algo más grande: la ironía, el humor, los diálogos, los personajes.

Saulnier dio un paso más allá y en la historia de 'Blue Ruin' nos contó una venganza sobria, desatada y contumaz. ' Green Room' ha venido a confirmar un estilo tan sencillo como eficaz. El drama vengativo-familiar azul de un hombre desahuciado se convierte ahora en la encerrona verde de un grupo punk rock de tres al cuarto, los Aint’s Rights. Cuatro jinetes de una furgoneta destartalada que malviven de lo que les pagan aquí y allá y que dan con sus huesos en un concierto organizado por neonazis en la América profunda. Tras casi liarla con su actuación (una de las grandes maravillas de la película) uno de ellos presencia un crimen por el que todos acaban encerrados en una habitación del local. Ellos y otra testigo frente a unos 50 descerebrados que montan un dispositivo digno de la CIA para para salir del atolladero. Nazis contra punks, y empieza el espectáculo.

El relato se embarca a partir de ahí en la más pura psicología de la violencia. El cineasta consigue que las personalidades de cada uno de ellos florezca a lo bestia. Muchas veces sin sentido, pero como parte de una premisa totalmente demencial. La barca del “todo vale” nos sirve para toda la travesía. A ello contribuyen unas interpretaciones casi desconcertantes, por naturales, y el score musical resonando sin piedad a cada derramamiento de sangre punk, nazi o perruna: piezas de Creedence Clearwater Revival, Corpus Rottus, Battletorn, Midnight, Hochstedder o Patsy’s Rats.

Aquí hay que detenerse en la melomanía y pasado musical de Jeremy Saulnier. Fue músico por vocación, pero acabó tras las cámaras rodando el gore ' Murder Party', un ensayo estilístico de lo que vendría después. Por eso 'Green Room' es también su tributo particular al punk. The Aint’s Rights es un grupo ficticio creado para la película pero donde tocan y cantan todos los actores, con cuatro temas propios compuestos por Brooke & Will Blair, colaborares musicales del cineasta también en 'Blue Ruin'. La versión de la pieza 'Punks fuck off', de Dead Kennedys, es uno de los puntos álgidos de la película.

'Green Room' es más exagerada y rebuscada, y también menos triste y melancólica, que 'Blue Ruin'. Pero es adrenalina en estado puro. Es igual de cruel, despiadada e impredecible. Hasta la sangre huele a hielo. De diálogos cortos y cortantes, el goteo de muertes brutales es el castillo de naipes que configura toda su puesta en escena. Y hasta los giros de guion más absurdos consiguen vestirse para la ocasión en base a la torpeza nihilista de todos sus protagonistas. Sin riesgo de 'spoiler', baste con concluir que la última frase de la película es “Me importa una mierda”. Todo muy punk en esa pequeña parte del mundo.

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