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A favor y en contra de 'El crimen de Cuenca', de Pilar Miró

Dos críticas diferentes para la única película que fue censurada durante la actual democracia en España, debido a las torturas reflejadas en ella

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Cartel de 'El crimen de Cuenca'

Cartel de 'El crimen de Cuenca'

A favor: la justicia bajo tortura

“Hay fundamentos suficientes para estimar que la confesión de los reos Gregorio Valero y León Sánchez, base esencial de sus condenas, fue arrancada mediante violencia continua inusitada (…) En vista del error de hecho que motivó la sentencia, se declara la nulidad de la misma, por haberse castigado en ella delito que no se ha cometido”. Tribunal Supremo, sentencia de juicio de revisión de 10 de julio de 1926 sobre el denominado Crimen de Osa de la Vega.

Unas coplas de ciego arrancan esta obra maestra de Pilar Miró, quien en 1979 llevó a la gran pantalla los hechos acaecidos entre los pueblos conquenses de Tresjuncos y Osa de la Vega, cuando en 1910 dos hombres inocentes fueron injustamente acusados del robo y asesinato de un tercero, que había desaparecido ocho años antes sin dejar rastro. La cineasta madrileña compuso un desgarrador guion junto a Salvador Maldonado que rompería los moldes de la supuesta libertad democrática en España y con la que se rindió a ese cine crudo y rural que ya Carlos Saura, Mario Camus o Luis Buñuel habían convertido en reflejo de la leyenda negra de España.

Con un ritmo vertiginoso, absolutamente innovador para la época, y un reparto hoy envidiable, ' El crimen de Cuenca' no es solamente el retrato de un suceso ocurrido hace casi un siglo, sino la fotografía áspera y rugosa de un trozo de nuestro país sumido en la miseria, en cortijos, caciques, mujeres de negro y sirvientes, donde las rencillas entre pueblos, los resultados electorales y la política hicieron de estos hechos algo más que un titular.

Las torturas a las que fueron sometidos los dos reos por parte de la Guardia Civil hasta conseguir que ambos firmaran una confesión falsa, fueron entonces, y siguen siendo hoy, muy difíciles de contemplar y asimilar. Los planos-detalle de Miró, primero oscurecidos, y luego tan transparentes como si fuéramos nosotros los propios verdugos, arrojaron luz sobre una cuestión espinosa e intocable en España, con la que la directora no tuvo ninguna piedad, y que hizo que una copia de la película fuera retenida 1980 por el entonces ministro de Cultura, Ricardo de la Cierva, y puesta a disposición militar bajo el Gobierno de Adolfo Suárez. Se convirtió así en la única película española censurada durante la democracia, y no pudo ser estrenada hasta 1981.

Escena de torturas en 'El crimen de Cuenca'

Escena de torturas en 'El crimen de Cuenca'

Aunque indudablemente histriónica y efectista, su seña identidad también estuvo determinada por un reparto encabezado por las dolientes interpretaciones de Daniel Dicenta y José Manuel Cervino, como los dos inocentes torturados; y coronado con Fernando Rey (como el diputado Contreras, la mano negra detrás de las presiones), Héctor Alterio (como el juez Isasi promotor de la torturas); Amparo Soler Leal (como la mujer de uno de los detenidos); Mary Carrillo (la madre del desaparecido); Mercedes Sampietro (sirvienta del juez) y Guillermo Montesinos (el inexistente muerto).

Arropada también por la fabulosa fotografía de Hans Burman, y por una abrumadora banda sonora de Antonio García Abril, Miró cargó no solo con la dirección de una película valiente y difícil sino que supo darle un enfoque emocionalmente (e intencionadamente) polarizado entre víctimas y verdugos con escenas demoledoras como la falsa reconstrucción de los hechos o los planos fijos de las torturas, donde por su crudeza y realidad,  deja a la altura de lo naif, incluso hoy en día, a las fantasías bizarras y gratuitas de 'Hostel' o 'Saw'.

Miró puso a la misma justicia bajo la tortura de su pulso cinematográfico y provocó que entendiéramos esa parte de la interpretación de la ley que cuando falla hace imposible la redención de un inocente. Sin embargo, sujeta a esa misma realidad de los hechos (ambos reos fueron indultados tras pasar 12 años entre rejas) la cineasta dejó que al final, los vértices de esta triste historia confluyeran en mitad de ese pueblo conquense, bajo un abrazo imposible entre los hombres que fueron las verdaderas víctimas de un crimen que nunca se cometió. 

En contra: crónica indolora y seca

'El crimen de Cuenca' es una película que le debe mucho a su propia leyenda. Y es que se trata del único film secuestrado de la democracia. A un ministro de la UCD le entró un ataque de pánico cuando visionando la cinta fue espectador de las torturas que la Guardia Civil infligía a los protagonistas. Escandalizado y temeroso, pensó que podrían suscitar cierta animadversión hacia la Benemérita entre la sociedad en un momento político delicado para nuestro país. Así que, en un arrebato de diplomacia (bien torpe) la quitó de en medio. Su autora, la gran cineasta Pilar Miró fue, además, objeto de un proceso militar. Aquel acontecimiento convirtió a la película en una cinta de culto, una especie de heroína que sobrevivía a la censura tardía en los albores de nuestra democracia.

Aquel miedo a la libertad benefició enormemente a un film que, más allá del tiempo en el que vio la luz, se queda en una producción que tiene sus virtudes, pero apenas trascendencia. 'El crimen de Cuenca' emprende un recorrido por las miserias humanas y lo hace sacando la parte más monstruosa del género humano, su capacidad para infligir dolor en sus semejantes.

Escena de 'El crimen de Cuenca'

Escena de 'El crimen de Cuenca'

Sin embargo, este relato de falsos culpables, crónica de una tremenda injusticia que se basa en hechos reales, se queda estancado en la mera galería de los horrores. No logra empatizar con el espectador, despertar sus emociones incluso cuando el sufrimiento que narra es el más atroz que pueda imaginarse. Acaba siendo una crónica seca, inerte e incluso indolora. Y es que no basta con el mero y concienzudo relato de una tortura para levantar una película. Su compromiso se diluye al ser protagonizado por unos personajes planos, anodinos. Casi sin vida, más allá del gesto manierista del martirio que protagonizan. Y no parece ser culpa de las interpretaciones.

Por otro lado, quien todavía no haya oído hablar de la película ni de la historia que relata podrá encontrarse con una sorpresa final predecible. Lo que no tendría demasiada importancia si no fuera porque el acento monocorde del relato, las largas secuencias de tortura psicológica y física que aparecen en la película, hace que se espere, como agua de mayo, un final que actúe como un revulsivo sorprendiendo al respetable. De ahí que, como ocurre en las películas ‘whodunit’, se llegue a pisar terreno resbaladizo porque apoya en su resolución buena parte del interés del argumento. Pero es que, además, la ironía con la que se remata el film la pone en escena, de manera un tanto artificiosa, un Guillermo Montesinos histriónico que ocupa demasiado metraje.

Sin embargo, la película también tiene sus momentos antológicos. Guarda alguna secuencia desgarradora, bastante lograda como aquella que nos muestra la voraz sed que tiene el personaje protagonizado por Daniel Dicenta, capaz de apartar con violencia a su bebé para arrebatarle el pecho de su mujer. Una vez más, quintaesencia de la tortura. Para los anales también quedan algunas interpretaciones notables como las del propio Dicenta, Amparo Soler Leal, Héctor Alterio y, en especial, la de un Fernando Rey majestuoso, señorial en la piel del cacique de la comarca. Su cinismo cruel, ligero, es una bendición ante tanto discurso tremendista.

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