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El cine y la verdad

"En el cine comprendí que el sentido de la vida es un conjunto de interrogantes cuya contestación son otras incógnitas que multiplican tanto el anhelo de saber como el vacío del silencio"

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EFE

La ficción es a la realidad lo que las emociones a la razón. Sin poder aún traducirla a palabras, me topé con esta verdad personal con apenas seis años. No recuerdo cuándo empecé a pensar (a tener uso de razón), pero sí puedo decir que, desde entonces, comencé a fabular (a poseer uso de ficción). Esta historia comienza en aquel instante, y es, más bien, el registro de una memoria sentimental. Se desarrolla en una pequeña ciudad de provincias, donde un niño -como todos entonces-, receloso ante la imperativa y acrítica verdad del nacional-catolicismo, trata de superar sus zozobras con la imaginación, formulándose, a sí mismo, preguntas sobre el sentido de la existencia, en la oscuridad de una sala de cineclub de una Casa de Cultura.

Fui al cine, por primera vez, aquel día, acompañado por mi tío, el hermano mayor de mi padre, en cuyo rostro, podía leerse la orgullosa complacencia del mentor que guía a su pupilo en un rito iniciático.  Llegué. Me senté en el patio de butacas. Se hizo la oscuridad, y, súbitamente, algo parecido a un hallazgo velado se mostró ante mí. Lo que vi fue el 'King Kong' de Merian C. Cooper. No puedo decir que asumiera yo el hilo narrativo de la película, ni que pudiera hacerme reflexiones sobre semiología cinematográfica -no es este, en modo alguno, un relato de precocidades intelectuales-, pero sí se incoaron en mí algunas intuiciones que luego fueron preguntas, preguntas eternas, sin respuesta, y que, pese a ello, me asaltan, desde entonces, una y otra vez. Fui comprendiendo que el sentido de la vida es un conjunto de interrogantes cuya contestación son otras incógnitas que multiplican tanto el anhelo de saber como el vacío del silencio.

En aquella cinésica de la fantasía, contemplé el horror y la belleza, la ternura y la brutalidad, pero el reparto de papeles no fue, para mí, tan nítido e inequívoco como pudiera sospecharse. Es vedad que, en la imagen de ese simio gigantesco proyecté buena parte de mis miedos infantiles, que fueron poblando mis pesadillas y mis soledades: figuras como el vampiro, el licántropo, monstruosas presencias nacidas del soberbio sueño de la razón…Y, con los primeros afanes de la adolescencia, recordé de nuevo a aquel mono que, absurdamente, servía para explicarme el amor, de la misma manera que la muchacha rubia que estaba a merced de la fuerza primaria de King Kong, servía para explicarme la fealdad; la bella era la bestia y a la inversa, como vi más tarde en la lectura que Jean Cocteau hacía, en su propia película ('La bella y la bestia') del cuento de Perrault.

El domingo siguiente, mi tío me llevó a un cine de barrio. Vi 'La guerra de las Galaxias'. Apenas alcancé a atisbar lo que años más tarde leí en los teóricos de la semiótica cinematográfica: el concepto de universo de discurso, el mundo de referencias internas que hace que una película sea creíble no cuando es realista, sino cuando es coherente, siempre que hay una relación de congruencia entre el discurso fílmico y el mundo al que se refiere; había descubierto, sin saberlo, la ley esencial del cine, la verosimilitud, que me fue ratificada, tiempo después, en los libros de Andrew Sarris.

Seguí asistiendo, con ávida atención, al cine, de la misma manera que me las apañaba para estar presente en las tertulias improvisadas y semiclandestinas que se producían en el salón de mi casa, entre mi padre, mi tío y algunos compañeros de trabajo, cuya identidad quedaba indiferenciada bajo la común designación de “camarada” o “compañero”. De esas apasionadas conversaciones que comenzaban a quebrar, en medrosos susurros, un tiempo de silencio, extraje la idea de “voluntad de estilo”; supe, por boca de aquellos hombres, que el director de la película es el autor, según la postura de un tal André Bazin y de los críticos de 'Cahiers du Cinema' que serían también los artífices de la 'Nouvelle Vague' del cine francés.

En algunas intervenciones de aquellos cenáculos domésticos se defendía que el cine es un arte, que el cine es cultura de masas (en un tiempo en que se teorizaba sobre la sociedad del trabajo y la sociedad del tiempo libre). Tal vez mi presencia motivó a que aquellos contertulios elucubraran sobre la educación de los niños a través del cine, al que nombraban como “el teatro de los pobres” y al que atribuían la posibilidad de atesorar “el conocimiento y la educación de la sensibilidad para asaltar un día el poder y conquistar la libertad personal”. Confieso que esos vaticinios me asustaron; ratificaban, en cada episodio, la conciencia de que la vida de cada uno es un viaje de ida, que se inicia con la escisión del cordón umbilical y termina con la muerte.

No he dejado de ir al cine. Mi pretensión no ha sido, ni por asomo, asaltar el poder ni conquistar una libertad que entiendo como un doloroso desarraigo; de hecho, en el cine, en la ficción, he buscado siempre -y lo sigo haciendo- un sentido de la existencia, un retorno para ese viaje solo de ida; no sé si un retorno al útero materno, como algunos dicen, pero sí una segunda oportunidad, tal vez un más allá o una eternidad en que quepan el amor, la verdad, la belleza, la pureza y el resto de las preguntas recurrentes que percuten la conciencia y el sentimiento.

Si buscas eso en el cine, si entiendes así la vida (es decir, no la entiendes en absoluto), y te ubicas en una localidad entre las filas siete y doce, es probable que me encuentres.

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