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“La sexualidad no es algo estático ni la ha prescrito un dios”

La antropóloga mexicana Rosío Córdova defiende la teoría del cuerpo y el sexo como aspectos de la vida social influidos por contenidos culturales

Ha participado en Talavera de la Reina en el Curso de la UCLM ‘Género, sexualidades y cuerpo’

“No nos preocupa el infanticidio femenino en India o la ablación en el Magreb, pero se desprecia que las mujeres exijan mejores servicios para atender sus derechos sexuales”

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La antropóloga Rosío Córdova / Universidad de México

La antropóloga Rosío Córdova / Universidad de México

El cuerpo y la sexualidad son abordados en la mayoría de los casos como datos biológicos, inmutables, siempre los mismos en todo tiempo y lugar, sobre los que no podemos tener otra idea más que la “natural”. Pero esto no es siempre así. Hay una serie de elementos, sobre todo factores culturales, que funcionan como variables en la concepción del sexo. Esa es la teoría que ha defendido a la antropóloga mexicana Rosío Córdova ante los estudiantes de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM) en Talavera de la Reina, dentro el curso 'Género, sexualidades y cuerpo. Un acercamiento desde la cultura'.

“No solamente lo que pensamos sobre el cuerpo y el sexo nos hace actuar en consecuencia, sino el saber que cada cultura construye y transmite información acerca de lo que es la persona y cuál es la diferencia sexual, es decir, influye en la manera en que concebimos el género, como binario o multitudinario”, explica Córdova, vinculada al Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana (México), en una entrevista con eldiarioclm.es. 

Esta idea choca de lleno con la construcción de los tópicos, de lo establecido, opina la experta. “Si pensamos que los hombres tienen un cuerpo urgido de deseos eróticos, entonces existe en la sociedad un discurso que refuerza estas ideas, y hace la vista gorda a conductas que bajo otra óptica serían delitos. Y si creemos que los cuerpos de las mujeres necesitan mostrarse, ser atractivos, satisfacer deseos 'voyeuristas' o prácticos, entonces ellas ‘buscan que las violen’ por enseñar el ombligo”.

Por ello defiende la idea antropológica que “nos pone en contacto con otras maneras de pensar” y “nos permite cuestionar todas esas aparentes certezas y su validez universal”. Busca con ello cuestionar el conocimiento sobre el cuerpo y brindar herramientas para reflexionar sobre la forma en la que logramos conocerlo, “que es a la vez parcial, dinámica y relativa”.

A su juicio, la única manera de lograr hablar de sexualidad es reconociendo su “carácter inmanente”. O lo que es lo mismo: lo que es válido aquí y ahora puede no serlo en otros tiempos y espacios. “La diversidad de formas en las que se ejerce la sexualidad y lo que se cree acerca de ella es bastante amplia y, en ocasiones, sorprendente”. Rechaza por ello las ideas conservadoras sobre el aborto y la homosexualidad: explica que hasta bien entrado el Renacimiento los abortos e infanticidios eran comunes en las sociedades europeas, y aún en el siglo XIX, hasta que no se estableció la diferencia entre feto animado e inanimado en 1869, la embriotomía “no exigía una vigilancia social”. De igual forma, los atisbos de amor carnal entre hombres adultos y jóvenes no sólo existían entre los antiguos griegos; “también hay registros de su presencia entre los monjes y sus novicios en el siglo XII”.

Contra "una sola respuesta" a lo que debe ser el sexo

Lo que ha pasado, opina la antropóloga, es que desde hace poco más de un siglo, en Occidente se pretende “dar una sola respuesta y una única normatividad a lo que debe ser el sexo”: heterosexual, monógamo, procreativo e íntimo. “No es más que un recurso discursivo del poder”, estipula.  “Hay una clara tendencia a restringir las actividades humanas que nos brindan placer, seguridad, bienestar. ¿De qué forma alguien puede hacer daño a otros si se casa con su pareja homosexual?  ¿A quién perjudica que una mujer aborte?”.

“Es importante saber que la sexualidad no es estática, ni la ha prescrito un dios, o varios dioses, y que responde mínimamente a una anatomía y más a protocolos culturales”. La prueba la ejemplifica con el caso de Veracruz, en México, donde Córdova ha estudiado la sexualidad femenina en localidades campesinas desde hace 20 años. Otro ejemplo lo encuentra en “ese espléndido laboratorio de la sexualidad humana” que es Nueva Guinea: un gran abanico de posibilidades y culturas “desde las más machistas y patriarcales”, como los ‘baruya’ de quienes escribió Maurice Godelier, hasta los muchos grupos, “unos más o menos relajados y gozosos”, de los que han escrito muchos antropólogos.

Además, recuerda que hoy en día el sexo es “un instrumento de poder y control” y que se utiliza su concepto para una polarización en el discurso entre “industriales y empresarios” y “progres e intelectuales”. “La disputa está entre quienes queremos hacer de nuestro culo un papalote y los que pretenden ponerles cercos, metafóricamente hablando, y a veces con absoluta falta de respeto al otro”, argumenta.

Finalmente, insiste en que la sexualidad no es sólo reproducción, sino que es “placer, culpa, sociabilidad, aislamiento, fiesta, pecado, recreación y un sinfín de cosas”. “No nos preocupa el infanticidio femenino en India, la ablación en el Magreb o la feria de novias en China, ni los muchísimos casos de pederastia clerical de los que sabemos, pero se desprecia que las mujeres exijan más y mejores servicios para atender sus derechos sexuales y reproductivos, cuenten con píldoras de emergencia, o se encarcele a quienes las violen en las fiestas sin cuestionar si vestían de tal o cual manera”.

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